Ava 17 Bromas del destino
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17 Bromas del destino

brOMAS DEL DESTINO

«Pero en el fuego estaban preparadas ya unas zapatillas de hierro; las cogieron con unas tenazas y las colocaron delante de ella. Entonces tuvo que ponerse los zapatos, que estaban al rojo vivo, y bailar con ellos hasta que cayó muerta al suelo».

​— ​BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.

—Buenas noches. Soy el doctor Caronte, el forense.

Joder. ¿Lucas es el puto forense? Me giro despacio con el corazón en un puño y el pulso martilleándome en la garganta.

—Buenas noches, doctor. Soy el agente Ledesma, y ella es... —lo saluda el novato que me acompaña en la guardia.

Le tiendo la mano simulando que nos cruzamos por primera vez.

—La inspectora Martín.

Un destello de sorpresa cruza sus ojos durante un segundo; a mí me cuesta bastante más recomponer la máscara de frialdad.

—Si no les importa dejarme hacer mi trabajo, se lo agradecería. Y, hasta donde sé, este chico debería estar acompañado de sus padres o tutores legales —me recuerda, girándose hacia la madre, que se frota las manos presa de la angustia desde el marco de la puerta.

No retiro la mano hasta que por fin decide «premiarme» con su saludo.

Mantengo la compostura y la profesionalidad; lo analizo con la misma frialdad con la que él me escruta a mí, aunque por dentro mi corazón late desbocado.

El silencio en el box se vuelve denso, casi puede sentirse en la piel.

Me da que haber hecho salir a los padres me va a pasar factura con el doctor.

Lo que él no alcanza a comprender es que existen heridas que jamás se cicatrizan del todo y que no siempre las apariencias reflejan la realidad.

Necesitaba cerciorarme de que la hipótesis del asalto respondía a la verdad y no a una maniobra para encubrir un panorama todavía más sórdido en el entorno familiar.

—Hola —revisa el informe preliminar y, con un tono pausado, se dirige al muchacho—. Maxi, ¿verdad?

El niño asiente. No solo ha sufrido una agresión sexual y lo han drogado: le han propinado una paliza considerable.

Un hematoma violáceo comienza a deformarle la mejilla y varios raspones en los antebrazos y las rodillas evidencian que lo estamparon contra una superficie rugosa. Probablemente asfalto.

—Voy a hacerte unas preguntas. Si no recuerdas algo, no pasa nada, ¿de acuerdo? Pero es importante que me cuentes lo que sepas. —Maxi asiente de nuevo, con los ojos vidriosos—. ¿Dónde estabas cuando ocurrió?

—Iba camino de casa… Me bajé del bus y, al pasar por una calle, unos chicos se acercaron… Me empujaron contra el suelo… —Su voz se rompe y trata de recomponerse tragando saliva.

Su madre, de espaldas, solloza en silencio. Lucas le hace un gesto imperceptible con la cabeza para que se aproxime y le sostenga la mano al chaval. Posee una empatía instintiva; salta a la vista que el dolor de la víctima le toca una fibra sensible.

—Venía de un partido —continúa el chaval—, llevaba la bolsa… me la quitaron, la vaciaron… Al agacharme para recoger mis cosas me empujaron de nuevo… me tiraron, me dieron una patada… Creo que ahí me rompí el brazo. Después… solo recuerdo un pinchazo…

Detrás de él, la enfermera asiente, confirmando la vía de administración del sedante en el registro médico.

—¿Recuerdas en qué zona te pincharon? —prosigue con sus pesquisas manteniendo ese tono suave y pausado.

El chico se señala el cuello. Veo a Lucas inclinarse hacia donde el chico le indica para examinar la marca.

—¿Recuerdas algún detalle más?

—Nada… Solo… mi ropa rota… sangre… y mucho dolor… —Un gemido le sacude el pecho y su madre lo envuelve en un abrazo, hundiéndole la cara en su blusa.

Incapaz de continuar escuchando el relato, salgo al pasillo a aguardar a que el forense concluya la exploración. Unos minutos más tarde cruza el umbral acompañado por la enfermera. Lo espero apoyada contra la pared, con los brazos cruzados.

—Decidme que habéis tomado muestras de todo —pregunta, no de muy buen humor—. Porque no entiendo para qué coño me habéis llamado si ya lo habíais limpiado todo.

—Lucas, ¿cómo iban a mantener a la criatura cubierta de sangre? —replico, incapaz de sostenerle la mirada durante más de dos segundos.

—Inspectora Martín, la próxima vez que quieran que haga mi trabajo déjenme hacerlo, si no, ahórrense la llamada —recurre al tratamiento formal que yo he omitido—.

Es de sentido común, y me sorprende que usted no lo tenga presente.

Le haré llegar mis conclusiones, aunque poco he podido averiguar: el chaval apenas recuerda nada, lo cual, sinceramente, es un alivio. Si no necesitan nada más…

—Doctor… —La voz trémula de la madre lo detiene en seco cuando ya enfilaba el pasillo. Se gira para atenderla con deferencia—. ¿Cree que… que recordará algo más?

—Dependerá de la droga que le hayan administrado. Lo más probable es que tenga flashes, fragmentos… o quizá nada. Mi consejo es que busquen un buen terapeuta. Y denle mucho amor. Es lo único que va a salvarle de esto.

—Gracias. Gracias por dejarme estar con él mientras lo examinaba. Siempre ha sido un niño tan bueno… No sé cómo va a superarlo —su voz se quiebra del todo y se limpia las lágrimas con rabia—. No entiendo cómo puede haber gente tan… tan…

—Yo tampoco —responde Lucas con pesar—. Necesitará toda su ayuda y mucha comprensión. Vaya con él.

La mujer asiente y vuelve al interior de la habitación. No le permito que se marche solo; me cuelo a su lado en el ascensor justo antes de que las puertas se cierren.

—¿Tenías que ser tan borde?

—¿Cuántas normas has violado dejando a los padres fuera, inspectora? Dime, ¿al menos habéis pedido grabaciones de seguridad para pillar a esos hijos de puta?

—¿Cámaras? —suelto sin ápice de humor, cargada de amargura—. Claro… no te han dicho dónde ha sido, ¿verdad? Olvidaba que tú solo convives con tus «pacientes». Déjame recordarte algo, doctor: fuera de esas neveras tuyas existe vida. Y pasan cosas. Por si no lo sabías.

—¿Ah, sí? Pues mis «neveras», como tú las llamas, están llenas de jamón ibérico y queso manchego. Cuando quieras, te invito a una tapa.

—Que te jodan, Lucas.

—Ya te gustaría. —Sonríe mientras las puertas del ascensor se cierran, dejando al otro lado mi impotencia y un pellizco en el estómago que rehúso catalogar.