14 Córdoba #2
Con las ganas situadas entre cero y nada regreso al piso.
Almuerzo una ensalada de pasta que dejé preparada el día anterior y me tumbo en el sofá tras recoger la cocina.
Me despierto sobresaltada a las seis y media sin ser consciente de haberme quedado traspuesta.
Otra vez la misma pesadilla: unos ojos verdes que no logro identificar me persiguen y otros marrones, cargados de una tristeza profunda, me dicen adiós.
No conozco a nadie con ese tono de mirada.
A menos que pertenezca a alguien de mi pasado y mi memoria lo haya sepultado.
Decido olvidarlo una vez más, aunque ese sueño se está convirtiendo en una constante en los últimos tiempos y ya no sé qué pensar.
Niego con la cabeza camino de la cocina.
Saco algo de chocolate de la despensa y, con mi botín en la mano, me encamino al dormitorio para decidir qué coño ponerme para la cena y las copas con mi alocada compañera.
Elijo un pantalón vaquero blanco y un top rojo de una sola manga transparente; no resulta muy llamativo, pero queda resultón.
El tiempo todavía se mantiene apacible para hallarnos en pleno otoño.
Más tarde me echaré encima una cazadora de piel; para salir de fiesta aborrezco las americanas, las llevo a diario al trabajo y no me apetece repetir atuendo.
Me miro al espejo al salir de la ducha y descubro unas ligeras ojeras.
Hemos encadenado varios casos peliagudos en la unidad y no nos conceden tregua.
Nunca imaginé que en una ciudad como Córdoba, aparentemente tranquila, pudieran concentrarse tantos sucesos...
Aunque, considerando mi propio historial, cualquier atrocidad resulta posible.
Me maquillo para camuflarlas, aplicando unas sombras en tonos grises que prefiero antes que las gamas cálidas.
Un trazo de delineador azul y un labial rojo.
No me he percatado de lo mucho que recurro a ese tono.
Tal vez saber que Bosco me lo descubrió en su día provoca que, cada vez que salgo a comprar ropa o complementos, me asalte el recuerdo de aquella etapa que intenté borrar de mi existencia.
Me decanto por unos zapatos destalonados, también rojos, con un tacón cómodo que eleva mi metro setenta y cinco un poco más sobre el suelo.
Examino mi reflejo en el espejo y me agrada el resultado.
Justo cuando recojo la cartera que voy a llevarme, el timbre del portero automático me sobresalta y casi provoco que se me escurra el frasco de perfume de las manos.
—Joder, con Saray…
Voy hasta el telefonillo y compruebo la pantalla: la veo sonriente, haciendo muecas a la cámara.
—Ya bajo, cansina.
—Venga, nena, que la noche es joven —grita desde el portal.
Está guapísima. Viste una falda de piel negra por debajo de la rodilla con una abertura lateral profunda que deja a la vista una de sus impresionantes piernas, botas altas, una blusa también negra con transparencias y sostiene en la mano una chaqueta de cuero en tono rojo.
—Vaya, inspectora, estás que te rompes —bromeo con ella en cuanto cruzo el umbral.
—Ehh, no te pases, Martín, a ver si te voy a tirar los trastos, ¿eh? Que estoy muy solita.
—Ja, ja, ja. Venga, deja de soltar tonterías. ¿Dónde vamos a cenar? Que tengo la ensalada en los tobillos ya.
—¿Sabes que das mucho asco? ¿Cómo te metes semejantes platos entre pecho y espalda y te mantienes así de flaca? Dios, qué mal repartido está el mundo.
Me explica que nos dirigimos a un local de tapeo cercano a mi piso para luego trasladarnos a tomar unas copas a otro pub que se ha puesto de moda en la zona y al que acude un público de lo más heterogéneo. También a ligar, aunque esa ya es otra historia.
Hablamos de muchas cosas: de nuestro pasado —ella tampoco lo ha tenido fácil—, de lo que le costó salir de su barrio y de cómo, al decidir hacerse policía, cortó el vínculo con casi toda su familia, a pesar de que el chico con el que la comprometieron todavía la buscaba de vez en cuando.
—¿Has pensado alguna vez en buscar a tu madre? —me pregunta mientras el camarero retira los platos para servir un postre compartido.
La miro a los ojos y compruebo que no hay en ellos rastro de pena ni de compasión; solo una determinación feroz como la que mueve cada faceta de su vida desde siempre, si le hago caso a lo que cuenta.
—¿Madre? ¿No crees que esa palabra le queda muy grande? ¿Una madre consiente lo que ella permitía? Saray, me drogaba, joder, para que fuera complaciente con todos los que pasaban por su casa. Y mira, encima ha tenido suerte: la cabrona ha encontrado un príncipe que no destiñe.
—Ya... Al menos lo mío se puede justificar en cierto modo por nuestras costumbres —responde apretándome la mano por encima del mantel—. ¿Y con los demás?
Se refiere a Bosco y a su familia. Ella es la única persona que conoce esa parte de mí; ni siquiera el comisario, que es lo más parecido a un padre que tengo.
—No. Ellos tienen su vida y yo... pues la mía.
—Pero ya no eres esa niña indefensa; tal vez lo vuestro sí funcionaría ahora.