14 Córdoba
CÓRDOBA
«Pues regaládmelo, porque no podré vivir sin ver a Blancanieves; la honraré y la respetaré como al ser que más quiero».
— BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.
Llevo un tiempo instalada de nuevo en mi ciudad natal. Al principio resultó extraño. El regreso al escenario que desencadenó el acontecimiento que ha condicionado mi vida desde que tengo uso de razón me provoca sentimientos encontrados.
Los compañeros de la comisaría son agradables y mantengo un trato cordial con ellos, pero tampoco me prodigo en socializar, a excepción del sargento Castaño —Rubén, con quien comparto casi todas las intervenciones de campo— y del comisario, Miguel, que es el único que conoce parte de mi historial personal.
Sé que Alanna camufló no sé muy bien cómo el resto de mi expediente confidencial en el sistema. Tampoco quiero averiguar los detalles.
—Ava, ¿te tomas unas cervezas con nosotros esta noche? —me propone Rubén al concluir el turno una tarde.
Jamás me sumo a esos planes, ni siquiera cedí en las pasadas Navidades, pero me digo que ya va siendo hora de intentar trabar alguna amistad.
—Uf, me da una pereza enorme tener que volver luego a casa caminando o buscar un taxi; mejor lo dejamos para otro día en que no traiga el coche —me excuso.
—Ve a tu casa, aparcas y yo mismo me acerco a recogerte —la alternativa me atrae todavía menos.
—No, prefiero que me digas dónde vais a estar y, si me animo, ya me acerco por mi cuenta.
Al final no voy. Al llegar a casa me cambio de ropa y bajo al gimnasio acondicionado en la planta baja del edificio, situado junto a una pequeña muestra de ruinas arqueológicas halladas durante la cimentación; supongo que el yacimiento abarcaría mucho más, pero prefirieron pasar página, como ocurre con casi todo en esta ciudad.
Son detalles que me encienden por dentro.
Rumiando esa idea —como cada vez que desciendo al sótano y contemplo los restos—, accedo a la sala de entrenamiento, me subo a la elíptica, me ajusto los auriculares y comienzo a pedalear.
Un vecino cruza la puerta y me saluda con un gesto de cabeza; le devuelvo la cortesía y continúo a lo mío.
No me agrada el marcaje visual al que me somete, pero intento sofocar la incomodidad que me produce.
Se acomoda en la bicicleta estática contigua a la mía y lo descubro girándose hacia mí y moviendo los labios.
Con desgana me retiro un auricular donde sonaba Uptown Girl y le miro.
—Digo que no te había visto nunca por aquí —hostia, que quiere charla.
—No habremos coincidido —la paciencia me empieza a flaquear en tres...
—Será eso, porque tampoco es que esto se llene nunca. ¿A qué hora sueles bajar? —dos...—. Podríamos ponernos de acuerdo y compartir rutina de entrenamiento —¡y uno!
—Uy, qué va, lo siento. Manejo unos horarios desquiciados y no hay forma de cuadrarme ni con mi chico; imagínate el panorama —miento sin pestañear y me vuelvo a encajar el auricular.
El tipo, de unos cuarenta años, insiste en buscar conversación, o algo más, a saber.
—Bueno, te puedo dar mi número y, cuando vayas a bajar, me avisas. Trabajo en casa desde la cuarentena, ya sabes.
«Sí, claro, seguro que te voy a avisar a ti, puto pesado».
—No, prefiero dejarlo así. Y lo siento, pero me tengo que ir —le espeto consultando la pantalla del teléfono—. Mi chico acaba de llegar y hace días que no nos vemos.
Ya me ha jodido el entrenamiento. A partir de ahora me tocará salir por el garaje si pretendo salir a correr sin cruzarme con nadie.
Subo al piso con un enfado monumental justo cuando la notificación de un mensaje de voz de Castaño parpadea en el terminal. El que me faltaba.
—Ava, nena... —qué manía le ha entrado a todo el mundo con el dichoso «nena»— te estamos esperando aquí. No tardes.
Decido ignorar el audio. Me meto en la ducha y dejo que las columnas de agua del hidromasaje me relajen la musculatura; me aplico una mascarilla capilar, me exfolio la piel y, para cuando salgo del baño, el mal humor se ha disipado en gran medida.
Los avisos continúan entrando en el teléfono, pero rehúso mirarlos.
Voy a la cocina a preparar algo sencillo para cenar y termino improvisando una ensalada con lo que encuentro en la nevera y una tortilla de atún.
Saco una tableta de chocolate del frigorífico para que pierda el frío y me instalo en el salón a buscar alguna serie en Netflix.
El lunes a primera hora, nada más pisar la comisaría, Castaño me sale al paso antes de que alcance mi mesa.
—Nos quedamos esperándote —reprocha con tono ofendido.
—No te aseguré en ningún momento que fuera a ir. Y si me disculpas, arrastro un volumen de trabajo considerable.
—Hay que ver lo borde que te pones, joder.
—Ah —me giro sobre mis talones porque el tono empieza a colmarme la medida—, como se te vuelva a ocurrir llamarme «nena» una sola vez más, me hago un llavero con tus cojones, ¿queda claro, Castaño? Estoy valorando comprarme una moto y no tengo decidido qué adorno colgarle a la llave.
—Joder con el carácter... Lo que te hace falta a ti es...
—Si aprecias tu integridad, ni se te ocurra completar la frase. Y no, no estoy con la regla: basta ya de gilipolleces machistas que no tienen pase en pleno siglo XXI. Si te apetece soltar incorrecciones, te vuelves a la abadía y te la cascas allí con el resto de los monjes, sargento.
—Martín —la voz del comisario a mi espalda me sobresalta y me llevo la mano al pecho, provocando que mi compañero se descojone hasta que le clavo la mirada y comprende que es el peor momento para mofarse.
Sigo a Santaolalla hasta su despacho, donde me aguarda una chica de tez morena, guapísima, con el cabello castaño oscuro recogido en una coleta alta y las puntas aclaradas.
Viste pantalón vaquero y una camiseta blanca básica que le sienta de maravilla.
Junto a su silla descansan un casco de motocicleta y una cazadora de cuero.
—Dígame, comisario. —Me ha pedido en varias ocasiones que lo tutee, pero prefiero mantener el tratamiento formal en presencia de terceros.
—Te presento a tu nueva compañera, la inspectora Reyes. Saray, ella es Martín, Ava.
Vaya, una compañera en la unidad; la idea me gusta. Me dedica una sonrisa sincera mientras me tiende una mano que aprieta con firmeza. Sí, definitivamente nos vamos a entender.
—Encantada, Saray. Espero que te sientas a gusto entre nosotros. Ya irás conociendo al resto de la plantilla; ahora mismo te acompaño a conocer a algunos compañeros —le doy la bienvenida.
Antes de abandonar el despacho, el comisario me retiene con un gesto.
—Ava, ¿ha ocurrido algo con Castaño? Te he notado algo alterada fuera.
—Nada que no pueda resolver por mí misma, gracias, Santaolalla.
—Eso espero; no quiero problemas ni mamoneos, Martín —puntualiza antes de que salgamos.
De camino a nuestro despacho percibo que a Saray la devora la curiosidad por preguntar. La animo a dar el paso.
—Dispara, mujer, que parece que te van a salir subtítulos en la frente.
—Ja, ja, ja. Eres rápida, tía. ¿A qué ha venido ese intercambio de miradas con el comisario?
—Digamos que me tiene en alta estima y a veces olvida que soy una mujer adulta, que me he hecho a mí misma y que no requiero que nadie me tutele. Un roce sin importancia con el sargento Castaño. Es buena gente, pero en ocasiones se excede con las confianzas.
Saray se ha convertido en mi amiga, mucho más que una simple compañera de unidad.
Ella arrastra también una infancia complicada: no sufrió abusos, pero procede de un barrio conflictivo y ese bagaje, sumado a su etnia gitana y a su orientación sexual, la llevó a mandar todo al carajo y abandonar a los suyos antes de que la obligaran a cumplir con el matrimonio pactado con un chico de una familia allegada.
En la actualidad la relación con sus padres es nula y está empeñada en evitar que a cualquier chica de su entorno le suceda lo mismo. Una causa noble, sin duda, pero una utopía difícil de materializar.
—Oye, nena, te recojo esta noche a las nueve: cenita y copas —me suelta al salir de la comisaría el viernes.
—Saray, no me camelas. Sabes de sobra que no suelo salir.
—Vale, pues sal poco, pero hoy no te me escapas. Ponte pibón, que nos vamos a comer la ciudad.
—Uf, eso me convence todavía menos. Salir contigo equivale a un resacón descomunal al día siguiente y ya no tengo edad para estas batallas, chavala. Por no recordar aquella noche en que...
—Ehh, frena ahí, guapita, que la que se fue con aquel maromazo fuiste tú.
Y bien que te diste una alegría al cuerpo, como para quejarte ahora.
Al día siguiente tenías la mirada como fuegos artificiales y la piel radiante.
Ya va siendo hora de repetir un polvo de esos, chica, que te van a salir telarañas.
—La que fue a hablar —le pincho.
Castaño reaparece a nuestra espalda y me rodea la cintura con el brazo. Le clavo la vista en la mano y la retira de inmediato.
—¿Es que tú no escarmientas nunca? —inquiero al sargento.
—Por Dios, si no te he hecho nada... Mira que eres malaje.
—A ver, Rubén: ¿que en la fiesta de Navidad te mandara a tomar por culo abiertamente no te dio ninguna pista?
—Que estaba borracho, coño. Jamás se me ocurriría intentar nada contigo, inspectora. Eres peligrosa.
—Vale, ahora empezamos a entendernos —respondo mientras mi amiga se descojona a mi costa.
—Bueno, niñas, pues me voy a picar a otro corral —añade.
Esta vez no logro contener la risa y le suelto:
—Anda con ojo, que entre la COVID y la gripe aviar la cosa está jodida.
—Eres buena, nena —me pica, sabiendo perfectamente lo mucho que me revienta esa palabra.
—¡Castañoooo...! —le advierto.
Al final los tres nos desternillamos de risa, despertando el desconcierto de otros compañeros que salen en ese instante y nos observan sin comprender el motivo de tanta guasa.
—Ahora en serio, chicas: pasadlo bien y nos vemos el lunes. Y sed buenas —concluye.
—Sí, papi —replica Saray muerta de risa.