13 La inspectora Martín #3
Hemos quedado en el local de siempre, como tantas veces.
Acabo de salir a la calle ataviada con un pantalón vaquero y una americana, una combinación a la que recurro bastante en los últimos tiempos; en otras ocasiones prefiero el pantalón de vestir, pues el traje me aporta un matiz más formal y maduro que mis facciones no terminan de transmitir.
Al mirarme en el espejo del ascensor, la imagen de Bosco y su Blancanieves me asalta de golpe.
Los labios pintados de un tono cereza y la mirada en un azul más vivo, no sé si por las lágrimas que llevo días reprimiendo, me lo han traído de vuelta.
Esbozo una sonrisa amarga al reflejo justo cuando el ascensor alcanza el bajo y la puerta metálica se abre.
Recorro los pocos metros que me separan de la cita con los nervios burbujeando en la piel. Desde el encuentro en el hospital no hemos vuelto a cruzar palabra e ignoro si ha accedido a verse conmigo por pura amabilidad, si conserva cierto resquemor o si me ha perdonado del todo.
Al llegar ya está sentado a la mesa esperándome. Está guapo, demasiado, más que antes si es posible. Me regala una franca sonrisa en cuanto me divisa, deja el teléfono sobre la madera, se pone en pie y, en lugar de plantarme dos besos protocolarios, me rodea con los brazos en un cálido abrazo.
—Hola, inspectora. Estás muy guapa.
—Hola, doctor. —A lo largo de estos años completó el doctorado y asumió la dirección del departamento de Salud Mental del hospital en el que ingresó desde el principio—. No te di la enhorabuena en su momento. Sabía que llegarías lejos.
—Tampoco exageres: solo he subido unas cuantas plantas —bromea.
—Idiota.
—Ja, ja, ja. ¿Nos sentamos o seguimos de pie volviendo locos a los camareros?
Sonrío antes de tomar asiento y colocar el bolso en el respaldo.
—Es que me alteras, chaval.
—Ya me habría gustado alterarte más en su día, nena.
Ahí está el dardo.
Prefiero no entrar al trapo. Hacemos un repaso a la carta y decidimos pedir casi lo mismo de siempre: croquetas caseras, calamares, patatas bravas y un par de cervezas bien frías antes de ponernos al día sobre los últimos años.
Me explica que la relación con su compañera marcha sobre ruedas.
Le comento que podía haberla traído, pero me aclara que ha sido ella misma quien ha preferido que viniera solo, convencida de que nos correspondía cerrar esta etapa a solas.
La postura me sorprende, para ser sincera; ignoro hasta qué punto le ha detallado lo nuestro.
—¿Nieves conoce lo que hubo entre nosotros?
—Sí. Tener problemas por ocultar cosas no entra en mis planes. Fuiste alguien importante en mi vida durante una fase complicada.
—Me habría gustado que las cosas hubieran tomado otro rumbo...
—No era el momento, siempre lo supimos. Pero oye: no me arrepiento ni de un solo segundo de lo que compartimos.
—Yo tampoco. Y no, no era nuestro momento. Pero sabes bien que te agradezco muchas cosas.
—Cosas que nunca me contarás —me tienta para ver si recojo el guante.
—No. Carecen de importancia ya.
—¿Has encontrado a alguien? ¿Tal vez en tu ciudad?
—inquiere. No sabría decir si el tono esconde celos o mera curiosidad; yo, que presumo de descifrar a cualquiera con un golpe de vista y que he superado más de un lance gracias a los cursos de perfilación criminal y a la intuición policial, me descubro incapaz de leerlo a él.
—No. No hay nadie, ni aquí ni por supuesto allí. Solo he ido a supervisar el piso y encargar algunos muebles.
Tiende la mano sobre la mesa y enlaza sus dedos con los míos. No encajan de la misma forma en que lo hacían los de Bosco, pero la sensación de cercanía y calidez me reconfortan.
—Encontrarás a ese «alguien», estoy convencido.
—No me preocupa. Tengo veintiocho años; ¿crees que a estas alturas no tener pareja me va a quitar el sueño? Lo anhelaba tiempo atrás cuando observaba a otras parejas o a los niños... Ya no.
—Vamos, ni que tuvieras setenta años, chata. Y ni aun así.
Concluimos la cena y se obstina en acompañarme caminando hasta mi portal. La vivienda ya no guarda nada de mi vida, salvo la maleta que me acompañará mañana cuando eche la llave y le entregue las copias a Ivette tras casi una década de estancia en la capital, exceptuando los meses de la academia.
Nos fundimos en un abrazo prolongado, profundo; un adiós con todas las letras. Me susurra al oído que siempre estará ahí para mí y que solo debo llamarlo si necesito charlar. Sé que lo dice de corazón. También sé que jamás lo haré.
El sueño se vuelve agitado durante la noche.
Las sábanas se me pegan a la piel y los fantasmas de la infancia me persiguen en bucle.
Después, casi al borde del amanecer, unos ojos verdes que no alcanzo a identificar me transmiten una calma insospechada.
Intento aferrarme a esa imagen para no despertar, pero el esfuerzo resulta inútil.
El timbre de la alarma me sobresalta y la visión se diluye en mi mente.
Cierro la puerta del piso con la maleta en la mano y un poso de nostalgia apretándome el alma. Supongo que puedo afirmar que, a mi manera y dadas mis circunstancias, he sido feliz aquí.