Ava 13 La inspectora Martín #2
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13 La inspectora Martín #2

—Ni se te ocurra insinuar, comentar o musitar una sola palabra. De haber sabido quién eras jamás habría ocurrido nada, ¿te enteras? Además, soy tu superior jerárquica, así que no te pases.

—Me gustaba más cuando gemías debajo de mí —insiste con insolencia.

—¿Qué parte de que esto es un entorno laboral y de que entre tú y yo no va a volver a pasar nada no has alcanzado a procesar? —zanjo.

—¿Pues sabes qué? Me gusta esta Ava.

Y continúa el muy imbécil. En mala hora se me ocurrió salir de copas. Habría sido mejor echar mano de cualquiera de mis juguetes en casa en lugar de cruzarme con este anormal.

Recojo el vaso de café y me largo, dejándolo plantado. Una llamada del comisario me reclama de inmediato en su despacho.

—Buenos días, Alanna, jefe. —Estos dos siempre andan juntos.

—Siéntate, Ava —me indica Diego. Empezamos bien...

—. Joel viene muy bien recomendado —menuda suerte la mía— y te va a tocar lidiar con él como buenamente puedas.

Es un capullo arrogante y pagado de sí mismo.

Ignoro qué méritos acumula o de qué influencias se sirve, pero nos lo tenemos que comer con patatas.

—No me jodas... Perdón.

—¿Qué nos tienes que contar? —interviene Alanna, demostrando su agudeza habitual.

—Me acosté con él el viernes. No sabía quien era.

—Me cago en la puta, Martín... ¿No quedan hombres en todo Madrid? A ver, que te entiendo: el chaval resulta atractivo y tú eres una mujer libre, pero coño...

—Alanna … —le advierte el comisario.

—Diego, soy realista, coño —lo ataja ella sin miramientos. Hay que ver cómo se las gasta la inspectora jefe.

—Ya, ya... Donde tengas la olla...

—¡Qué olla ni qué cojones! Mírame a mí: Diego ya era comisario cuando empezamos a salir, pero este nene juega en una liga distinta. ¿Sabía él quién eras tú antes de acercarse?

—¿Y coincidió conmigo en el garito por puro azar? Resulta demasiado enrevesado, ¿no?

—No lo sé. En fin, a ver cómo lo toreas a partir de ahora.

—De acuerdo, jefa. ¿Algo más? ¿Qué opina, comisario? —me regodeo en el trato de respeto aunque sea de manera ficticia.

—Suerte.

—Menudo consejo —ironizo por lo bajo—. Ah, y un apunte: ignoro si la plantilla está al tanto de lo vuestro, pero yo lo detecté la primera vez que os vi juntos en la misma sala.

—Ava, si te soy sincero, me importa un huevo —admite Diego—. Considero que Alanna es lo bastante valiosa como para que su trabajo hable por sí solo; pero no, no es una relación oficial.

Y sí, necesito la suerte. El dichoso Joel se me pega como una lapa a lo largo de las jornadas y no cesa de soltar insinuaciones fuera de lugar. Me veo obligada a pararle los pies a todas horas y el ambiente en la unidad se enrarece y se vuelve insoportable.

Un par de meses después me encuentro apurando un expediente en la oficina cuando apenas resta nadie en la planta. Noto su presencia a mi espalda al encaminarme hacia el aseo.

—¿Se puede saber qué coño quieres? Vamos a ver: ¿no te ha quedado claro que no quiero nada contigo?

No debe de darse por aludido, porque me empuja al interior del baño, atranca la puerta tras de sí y me acorrala contra el marco para intentar besarme por la fuerza.

Error nefasto por su parte.

Sé que existen técnicas más ortodoxas, pero la primera respuesta que le regalo es un rodillazo certero en los huevos. Acto seguido le provoco una luxación de hombro al inmovilizarlo en el suelo mientras se retuerce del dolor.

—Joder, tía... —gruñe entre dientes—. Solo pretendía que pasáramos un buen rato juntos, te noto demasiado estresada.

Lo suelto sin dar crédito a lo que escucho.

—Pero ¿tú eres gilipollas, sordo o te gusta que te muelan a palos? ¿Alcanzas a procesar que cuando una mujer dice que no, es un NO como una catedral?

—¿Y aquella noche qué? —reincide en su absurdo bucle.

—A ver, pedazo de analfabeto: han transcurrido más de dos meses.

Me has propuesto salir a tomar algo ¿cuántas veces, un millón?

¿Y cuántas te he respondido que no? ¿Mil millones?

Hostia, Joel, que me acosté contigo porque ignoraba quién eras; de haber sabido que eras de la plantilla jamás habría ocurrido.

NO ME ACUESTO CON COMPAÑEROS —le grito al oído.

—Ni con nadie más, por eso te gastas ese carácter de mierda —suelta el muy imbécil.

—Lo que haga con mi vida privada no es asunto tuyo.

Pero ten por seguro que tú te vas a pasar una temporada larga en blanco por tontopollas.

Y por si no lo sabes, el pasillo cuenta con videovigilancia.

Si me sale de los ovarios, puedo elevar un informe por acoso a Régimen Interior en este mismo instante.

Descubro cómo el color se le evapora del rostro. Se incorpora con torpeza para mirarme desde los quince centímetros de altura que me saca.

—No, Ava, yo... De verdad pensaba que solo te estabas haciendo la dura...

¿De verdad este tipo aprobó la oposición por méritos propios?

—Dime que no estás hablando en serio.

No añade una sola palabra. Abandono el aseo y lo dejo allí. Sé de sobra que las cámaras del pasillo son meramente disuasorias y no graban el interior, pero él no lo sabe. Recojo mis pertenencias y me largo a casa. Ya he tenido bastante por hoy.

Cada vez que se publica el concurso general de méritos para solicitar traslado a mi ciudad natal reviso las plazas ofertadas.

Sé que con mi escasa antigüedad va a resultar difícil, pero me niego a dejar de intentarlo.

Sumo demasiados años en Madrid y necesito un entorno más tranquilo.

Necesito regresar a mi tierra. O construir un espacio nuevo, cosechar nuevos recuerdos y asentar definitivamente la vida de Ava Martín donde falleció la pequeña Nicole López.

Además, me he enterado de que Bosco ejerce en la capital en un bufete de enorme prestigio y me aterroriza la idea de cruzármelo en un juzgado, por la acera o en algún local nocturno. No podría afrontarlo.

Por fin, tras unos años de servicio en el cuerpo, consigo la plaza deseada, justo cuando el piso que he comprado está listo para su entrega.

Me cojo todos los días de vacaciones acumulados que no he disfrutado durante el último año para cerrar asuntos pendientes y despedirme esta vez sí de mis compañeros, de Ivette, a la que he seguido viendo de vez en cuando, y de Rober, con quien coincidí tiempo atrás en el hospital por un caso judicial.

Fue una situación extraña, pero me contó que estaba saliendo con una compañera de Psiquiatría y que les iba muy bien.

Me alegré sinceramente por él; sabía que lograría algo bueno.

El último día mis compañeros me organizan una pequeña fiesta de despedida en la comisaría y Joel se acerca para pedirme perdón por lo que pasó tiempo atrás.

Después, la comisaria me invita a su casa a cenar con su marido. Sí, Alanna en estos años ha ascendido y se ha convertido en la comisaria más joven de su promoción. Ella y Diego formalizaron su relación y ahora están esperando su segundo bebé.

—Espero que te vaya muy bien en tu nueva andadura, Ava. Tu labor aquí ha sido impecable, van a tener mucha suerte contigo —me dice cuando ya estamos en la puerta—. Santaolalla es afortunado contando contigo en su unidad.

Santaolalla es mi nuevo jefe; ya he hablado un par de veces con él por teléfono y parece un tipo bastante accesible.

—Gracias por todo, Alanna. He aprendido mucho de ti.

—Y yo de ti, Martín. —La miro con cierto escepticismo y ella se adelanta para estrecharme en un cálido abrazo—. Lo digo en serio, eres una mujer alucinante. Ava.

Salgo con un nudo en la garganta y me encamino por el pasillo, cuando oigo a mi espalda la voz de Alanna.

—Ava, deja de luchar contra ti misma. Libérate y sé feliz. Date esa oportunidad, abre tu corazón; te lo mereces.

La última despedida resulta la más difícil, a pesar de que hace años que apenas mantenemos contacto. Rober también fue una pieza importante en mi vida y un adiós definitivo se siente muy doloroso.