Ava 13 La inspectora Martín
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13 La inspectora Martín

LA INSPECTORA MARTÍN

«Blancanieves yació así en el ataúd durante mucho, mucho tiempo, sin descomponerse; parecía tan solo como si estuviera durmiendo».

​— ​BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.

El período de formación en la academia ha concluido.

Mis calificaciones son las más elevadas de la promoción, lo que me otorga prioridad a la hora de elegir destino.

Soy consciente de que no todos los compañeros han obtenido unos resultados tan brillantes; salta a la vista y resulta obvio que mi expediente no me convierte en la persona más popular del grupo, pero me da exactamente igual.

He trabajado duro, no me he permitido una sola salida ni un momento de distracción desde que me mudé a Ávila y ahora recojo los frutos.

Tras el desenlace con Rober decidí no volver a relacionarme con nadie a nivel sentimental.

Me niego a causar más daño a las personas que se acercan a mí; no quiero añadir más peso a mi conciencia.

De modo que he cumplido mi promesa a rajatabla.

Hoy me incorporo a la UFAM, la Unidad de Atención a la Familia y Mujer. Estuve tentada de solicitar plaza en la UDYCO, pero considerando mi expediente académico y mi formación previa, concluyo que seré de mayor utilidad en este departamento.

Me han acogido bien; imagino que el hecho de contar con una presencia mayoritariamente femenina favorece una sensibilidad distinta hacia determinados delitos.

Al incorporarme al cuerpo con el empleo de inspectora decidí ponerme en contacto con Mariana.

No habíamos hablado en años. Le confesé el temor que me producía mi pasado, el miedo a que aquellos hechos condicionaran mi puesto o mis opciones futuras de ascenso.

Cuarenta y ocho horas después de aquella llamada, el comisario me citó en su despacho.

Junto a él me aguardaba una inspectora de la unidad.

La aprehensión que se me amontona en el estómago me impide articular palabra; dudo incluso de que mi «buenos días» haya resultado audible.

—Siéntate, Ava —me indica el comisario.

Escuchar mi nombre de pila en lugar de mi apellido o mi grado policial me descoloca.

Obedezco y me acomodo en la silla frente a su mesa.

El retrato del rey, la bandera nacional, una librería repleta de manuales jurídicos, varios marcos con fotografías personales, un equipo informático más moderno de lo habitual y una cafetera de diseño en un rincón componen el mobiliario de la estancia.

—¿Te apetece un café? Un buen amigo me ha regalado esa máquina y te aseguro que prepara un espresso excelente.

—No, gracias, comisario —respondo, manoseando la goma del pelo que llevo en la muñeca.

—Llámame Diego, por favor. Al menos en privado. Una excelente amiga me ha hablado muy bien de ti. He estado revisando tu expediente personal; lamento todo por lo que tuviste que pasar en tu infancia. Me pongo en tu lugar y...

Joder… ¿En serio?

—Yo… —ni sé que responder.

—No te preocupes: no es una información que nadie en esta plantilla vaya a conocer.

Tu historial goza de la máxima confidencialidad, pero debo admitir que tu trayectoria resulta impresionante.

Eres muy joven y brillante: cuentas con dos másteres y una carrera universitaria con notas sobresalientes.

Sé que te has construido a ti misma desde abajo, y ahora comprendo tu elección de incorporarte a la UFAM; vas a prestar un servicio inestimable aquí.

Alanna —añade, señalando a la inspectora— te dará todo el apoyo que requieras.

Puedes confiar en ella al cien por cien.

La inspectora me dedica una sonrisa tranquilizadora. Es joven; me sacará algunos años, pero dista mucho de la edad del comisario. Sin embargo, hay un matiz en el ambiente que me sugiere que entre ellos existe un estrecho vínculo personal.

—Nadie salvo Mariana conoce los pormenores de mi infancia —intervengo—. Además, existieron irregularidades a la hora de formalizar mi cambio de identidad y no querría perjudicar bajo ningún concepto a las personas que me auxiliaron en su momento.

—De este despacho no va a salir una sola palabra.

—Esta vez es Alanna quien me habla; la mirada de afecto que le dirige Diego confirma mis sospechas sobre su relación—.

No podemos eliminar tus antecedentes del registro sin meternos en un laberinto legal, y te confieso que alcanzar esta jefatura me ha costado sudor y lágrimas; pero te prometo que nadie en la plantilla sabrá nada de tu pasado.

Solo de pensar en que a mis futuros hijos pudiera ocurrirles algo semejante...

Mira que en esta unidad gestionamos miserias humanas a diario, pero la violencia intrafamiliar me altera la sangre.

Supongo que cuando se es madre o padre estas realidades se experimentan con un impacto todavía mayor.

—No creo que ese vaya a ser mi caso —interrumpo. Me observa con extrañeza y, puesto que han sido francos conmigo, decido responder con la misma honestidad—. Los informes médicos señalaron en su día que las lesiones internas me impedirían ser madre. Solo tenía once años cuando empezaron a...

—Hijos de la gran puta —exclama el comisario, golpeando la mesa con el puño—. Te juro que en momentos como este desearía prescindir de la conciencia y utilizarlos como diana en las galerías de tiro.

—Ya.

—No te robo más tiempo, tendrás infinidad de expedientes que revisar. Pero, Ava —me detiene cuando ya me he puesto en pie y sostengo el pomo de la puerta—, cuenta con nosotros para lo que necesites. Siempre.

—Gracias.

El tiempo a veces transcurre a una velocidad vertiginosa; sin embargo, cuando te hallas volcada en investigaciones que te rozan los traumas personales, las horas se vuelven densas y plomizas.

El caso que mantengo entre manos pertenece a ese grupo.

Menores, malos tratos y un escenario donde el agresor no es él, sino ella.

Una dinámica que dificulta todavía más la intervención policial.

Si a las víctimas de violencia doméstica les cuesta un abismo dar el paso de denunciar, cuando el afectado es un hombre la invisibilidad resulta abrumadora debido a los estigmas sociales.

Es un profesional del sector automovilístico, un directivo de una firma muy conocida.

Tiene dos hijos pequeños que la mayor parte del tiempo permanecen al cuidado de la abuela, porque por fortuna el padre intenta evitar a toda costa que presencien el trato que la madre le dispensa.

Hoy tengo señalada una entrevista con él.

El hospital ha actuado de oficio al detectar lesiones compatibles con agresiones continuadas y me han llamado tras la emisión del informe del forense.

—Buenos días, Izan. Doctor.

—Buenos días —saludan ambos.

Joder... ¿Qué le han hecho a este chico?

Debe de rondar los treinta y pocos años.

Es bien parecido, o debe de serlo cuando su rostro recupere un aspecto normal; ahora, entre las suturas, las contusiones y los hematomas, con algún claro evidente en el cuero cabelludo, resulta imposible apreciarlo con nitidez.

—Inspectora, ¿puedo hablar con usted un minuto a solas? —me requiere el forense con un tono que no admite objeción.

—Un segundo, Izan. Regreso de inmediato.

Lo dejamos en la habitación asignada, con la vía intravenosa puesta y el monitor de constantes conectado, para salir al pasillo. Observo al médico, aguardando su valoración.

—No creo que te vaya a sacar nada en claro. No te importa que te tutee, ¿verdad? —inquiere el médico con una breve sonrisa.

—No, en absoluto. Sé que estos casos entrañan una enorme complejidad. ¿Qué has descubierto en el examen?

—Presenta lesiones de distintas épocas y soldaduras de fracturas óseas anteriores.

Él las justifica con la práctica de deportes, caídas tontas y mil excusas más, pero lo de hoy no resulta compatible con nada que no sea un ensañamiento feroz con algún objeto que no logro precisar a simple vista.

Diría que lo ha pateado en el suelo: contabilizo un par de costillas fracturadas, múltiples hematomas y, desde luego, arrancamiento de cabello en varias zonas.

Además, la analítica revela restos de narcóticos en sangre.

—Joder. ¿Y continúa negándose a denunciarla?

—¿Continúa? —pregunta el médico, descolocado.

—No es la primera vez que coincido con él. Hace un tiempo se presentó en la comisaría acompañado por ella para denunciar un atraco. El compañero que los atendió no se creyó la versión y me derivó el expediente.

—Hostia, pues no tenía ni idea. Ignoro si hubo reconocimiento por parte de algún facultativo en aquella ocasión —responde—. Soy incapaz de comprender estas dinámicas, Ava.

—Cuéntamelo a mí.

Tras la conversación con la víctima no consigo arrancarle una versión distinta a la caída accidental que sostiene. Regreso a la Jefatura frustrada y con un enfado monumental. ¿Cómo es posible que siga habiendo gente así?

Como es viernes, decido salir a tomar un trago al terminar la jornada. Sí, de vez en cuando me permito salir sola y a veces regreso acompañada; al menos para despejar la cabeza unas horas.

Hoy es una de esas noches. Lo malo es que el chico con el que me he enrollado resulta ser un policía recién trasladado al que yo no conocía, y al que el lunes descubro integrado en mi propia comisaría.

Tengo un momento de «tierra, trágame» al descubrirlo en la reunión matinal del grupo. La sonrisa socarrona que me dedica me advierte de inmediato de que me va a traer problemas.

Al acercarme a la máquina de café lo noto a mi espalda.

—Buenos días, inspectora —el tono burlón me eriza la piel.

—Buenos días, Joel. Menuda casualidad —me giro lo justo y le susurro por lo bajo—. Y antes de que se te ocurra soltar alguna lindeza: lo del viernes fue un polvo y nada más.

—Uy, te pones en plan autoritario... Me gusta. Aunque el otro día no te importó dejarte hacer.

Me doy la vuelta echando chispas. Escudriño nuestro alrededor, pero nadie parece prestar atención a la pausa del café.