12 Otra despedida
OTRA DESPEDIDA
«Ahora la pobre niña estaba sola y desamparada en el inmenso bosque, y tenía tanto miedo que miraba las hojas de los árboles y no sabía qué hacer».
— BLANCANIEVES, JACOB GRIMM.
Cuando me despierto ya es tarde. Una vez más, la persiana olvidada permite que la luz matutina se cuele a raudales por la ventana.
Estiro la mano sobre la sábana; el lado donde Rober dormía permanece vacío, pero el murmullo del agua en el baño delata su presencia.
Me desperezo despacio y realizo un chequeo mental buscando algún rastro de dolor; esa punzada agria con la que asociaba el sexo en otra etapa de mi existencia. No hay nada de eso.
Tan solo me envuelve una sensación agradable, mezclada con el leve cansancio muscular que la actividad de la noche me ha dejado en el cuerpo.
Nada desagradable. Recuerdo sus caricias, las palabras al oído, sus besos y la calidez de su abrazo hasta que me venció el sueño, y me resulta imposible contener una sonrisa.
—Buenos días... Espero que no te haya molestado que use tu ducha —reaparece en el dormitorio con una toalla anudada a la cadera.
Gotas de agua resbalan desde su pelo revuelto por el pecho y el abdomen, provocándome un delicioso temblor en el estómago.
—Había pensado en cobrarte el uso de las instalaciones, pero al verte en plan deportista de élite he decidido que tal vez me cobre en especias...
—Ja, ja, ja. Yo pensaba bajar a por unos churros, pero si prefieres que moje el mío en otra parte...
—Mmmmm… churros.
Se aproxima a la cama, se inclina y roza sus labios con los míos sin perder la sonrisa.
—Provocadora. Venga, me visto y bajo un momento a la cafetería. ¿Traigo también chocolate?
—No, de eso tengo yo en la despensa. Es que no me sirve cualquier marca.
—Encima especialita la niña. Va, que se nos hace tarde.
Me planta otro beso y se gira hacia su ropa mientras lo sigo con la mirada. Me levanto para encaminarme al baño antes de que regrese y le indico que coja mi juego de llaves de la mesita de la entrada por si no he terminado de arreglarme.
Salgo con la cabellera recogida en una toalla a modo de turbante, luciendo una camiseta ancha de estar por casa y un pantalón corto. Voy a la cocina a preparar el chocolate caliente.
Desayunamos entre risas y ocurrencias, rescatando anécdotas divertidas de los cuatro años de grado. A mediodía continuamos en el piso sin la menor intención de cambiar de ocupación, tirados en el sofá.
—¿De verdad te toca ir a trabajar esta tarde? —pregunta Rober, buscándome con la mirada.
—Si, eso me temo.
—Joder, es que el tiempo a tu lado pasa volando. Bueno, pedimos una pizza para comer, te acerco a la tienda en el coche y luego me voy a mi casa.
Llega el día fijado para el examen teórico de la oposición a la Policía Nacional. Trato de templar los nervios. Son cien preguntas tipo test con tres opciones de respuesta y cincuenta minutos de margen para completar el cuestionario. No entraña mayor problema.
En cuanto entrego el examen y cruzo las puertas de la sede, el teléfono me vibra en el bolsillo.
Ya tienes un pie dentro, inspectora.
Me quedo unos segundos contemplando la pantalla antes de teclear la respuesta:
Bueno, todavía queda camino por recorrer, pero ya he dado el primer paso.
A lo largo del curso apenas coincidimos.
Él anda volcado en las prácticas y asignaturas de su máster sanitario; yo divido mis horas entre mis dos posgrados, la tienda de Ivette y el estudio intensivo de la oposición.
Además, prefiero mantener las distancias para evitar dejar más damnificados a mi paso cuando me marche a la academia de Ávila.
Su nombre vuelve a parpadear en la pantalla:
¿Una birra?
Me lo pienso unos instantes mientras me encamino hacia el coche. Al sentarme al volante, antes de accionar el contacto, decido concederme una tregua: hace al menos dos meses que no nos vemos.
¿Solo una? ¿En la terraza del mercado a las ocho?
Ok
Nos tomamos un par de cervezas acompañadas por unas tapas sencillas.
Me queda claro desde el primer instante que Rober albergaba otras intenciones para la noche, pero volver a subir a mi piso no era una opción.
Ignoro si mi mente vuelve a actuar con su rigidez habitual, pero me descubro marcando distancias de nuevo, por mucho que todavía me resten unos meses de estancia en la capital.
Cumplo lo que le he prometido, a pesar de que las ganas nos empujan con fuerza y, al llegar al descansillo de mi portal, me toca frenarlo antes de que su acoso continúe.
—Te dije que solo una copa, Rob —le recuerdo.
—Ya, pero pensé que... Otras veces...
Me siento fatal al verlo dudar, pero esto no puede prolongarse por más tiempo. A lo largo del último año he percibido que las cosas entre los dos se han acelerado a una velocidad peligrosa y no es lo que busco. No es lo que debemos hacer. No es el momento. Nunca lo será.
—Lo siento, nena —añade—. Supongo que tienes razón y que esto no era lo que teníamos previsto, pero hay impulsos difíciles de controlar.
—Tal vez lo más sensato sea dejar de vernos —le planteo—. No quiero hacerte daño ni que nos lo hagamos mutuamente. Sabes de sobra que lo nuestro no era más que...
—Ya —me interrumpe sin dejarme concluir—. Pero sabes bien lo que dicen sobre el roce, ¿no?
—Sabes que pronto me marcho a la academia y que después ignoro dónde me van a destinar. No es una buena idea. Eso sí, nunca olvidaré que fuiste tú quien me sacó del bloqueo.
—Vaya... Al final parece que el clavo para sacar otro clavo he sido yo —sus palabras suenan impregnadas de despecho. Duele escucharlo, pero es ahora o más tarde será peor.
Le acaricio la mejilla. En el último año se ha dejado una barba corta de varios días que le sienta muy bien; cualquiera podría enamorarse de él. Alguien emocionalmente sana. Yo no.
—No lo digas así. Para mí has sido alguien importante. Mucho. Más de lo que puedas imaginar.
Aparta mi mano con delicadeza pero enlaza sus dedos con los míos.
Deja escapar un suspiro de resignación y se inclina para besarme.
No profundiza en el contacto: es apenas un roce sutil de labios, suficiente para dejarme claro que la historia ha llegado a su fin y que, por muy necesario que sea, no resulta en absoluto indoloro.
Otra vez estoy sola.
Otra vez apartando de mi lado a las personas que me quieren.
Otra vez los restos de aquella niña rota ganándole la partida a la futura inspectora.
—Ava... —toma aire antes de continuar—. No quiero perder el contacto contigo. Me da igual la distancia; ya buscaríamos la forma de cuadrar.
—Rober, la distancia arruinó la relación con tu ex porque ella se negó a mudarse contigo y tú rehusaste regresar a Murcia. Las relaciones a distancia no salen bien. Y yo no sirvo para amar a nadie. Hay algo roto dentro de mí por mucho que aparente ser una persona normal.
—Joder, nena, deja de repetirte eso. Eres una chica normal, coño. Si supiera quién te hizo todo ese daño, removería cielo y tierra hasta dar con él y hacerle pagar por tanta mierda que te metieron en la cabeza. ¿Nunca me contarás qué pasó?
—Nada que importe ya —respondo en un murmullo.
La puerta se abre y la conversación queda suspendida en un silencio tenso y espeso, que ni mi vecina con su simpatía habitual, ni el alegre cocker que me busca las manos para que lo acaricie consiguen aligerar la tensión del ambiente.
—Buenas noches —nos saluda la chica, tirando de la correa para evitar que el perro se me abalance sobre las piernas.
—Buenas noches —contestamos los dos al unísono.
En cuanto la vecina se aleja y vuelvo a cruzar la mirada con Rober, sé que no va a soltar el tema.
—No digas que no importa cuando salta a la vista que te sigue afectando.
—Llevo años acudiendo a terapia; o he estado yendo, más bien. No me sirve de nada, Rob. Y me niego a destrozarte a ti también. Encontrarás a alguien en el futuro, pero esa persona no puedo ser yo.
—Lo tenías decidido desde hace tiempo, ¿verdad?
Por eso marcaste distancias estos últimos meses —no le respondo; desvío los ojos hacia la acera, incapaz de sostenerle la mirada y descubrir en su rostro el mismo dolor que vi años atrás en otros ojos—.
De acuerdo, Ava. Me marcho. Ya lo has dicho todo. Que te vaya bien.
—Pero, Rob…
Se da la vuelta y entonces descubro en su rictus una mezcla de tristeza y resignación que me atraviesa el pecho.
—¿Rob qué, Ava? ¿Acaso no es la verdad? Tienes razón: lo más inteligente es cortar por lo sano aquí y ahora.
Yo también estoy convencido de que terminarás encontrando a alguien por quien no te importe arriesgarte y que te haga sepultar toda esa mierda del pasado, pero está claro que ese papel no me corresponde a mí.
Sonrío sin pizca de humor, consciente de que esa predicción jamás se cumplirá. Mucho menos sabiendo que existe la posibilidad de que ni siquiera pueda engendrar hijos, un secreto que guardo bajo llave y que nadie conoce.
No añadimos nada más. Al cruzar el umbral del portal lo veo alejarse por la acera con los hombros caídos. Saca el teléfono del bolsillo y, al instante, el mío vibra dentro del bolso.
Te quiero, Ava. Siento no haber sido suficiente para ti.
La que no es suficiente para nadie soy yo.
Subo en el ascensor sintiendo cómo las lágrimas me queman en los ojos y un nudo me atenaza la garganta. Una vez más he vuelto a expulsar de mi vida lo único bueno que poseía, víctima de un pasado que no puede regresar pero que tampoco me permite avanzar.