Ava 11 Meta #3
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11 Meta #3

Esta vez no me molesta el apelativo. En este instante y bajo esta luz no me importa.

Necesito sentir el calor de su piel, de modo que le desabrocho los botones de la camisa para comprobar cómo el tacto de mis dedos también le altera y le eriza el vello del pecho.

Desabrocha el lazo que une el cuello de mi blusa y deja caer la tela; mis pezones se endurecen al instante por el impacto del aire fresco en la estancia.

Una sombra del pasado intenta colarse en mi cabeza pero la combato con todas mis fuerzas, buscando la chispa de fuego en sus ojos.

Rober abandona mi boca para deslizar los labios hacia la garganta y descender hasta mi pecho.

De forma casi inconsciente arqueo la espalda para facilitarle el acceso; mientras sostiene su mirada fija en la mía, me acaricia con la lengua despacio, desatando una oleada de deliciosos escalofríos.

—Vamos a la habitación —escucho que le digo, con un hilo de voz apenas audible.

Me pongo en pie y me sigue a tientas, con los dedos entrelazados y la respiración agitada.

—Déjame verte bien —me pide, ayudándome a quitarme del todo la penda roja que descansaba sobre el pantalón.

Por una fracción de segundo sufro un bloqueo: me asaltan otras voces, otras manos indeseadas, el fantasma de una niña indefensa muchos años atrás...

—Ava, ¿quieres parar? —su voz suave, mi nuevo nombre, mi vida actual, me devuelve al presente. Nada de esto guarda relación con aquella Nicole que murió hace casi diez años.

—No. Quiero seguir. Yo también quiero verte —respondo, en un ataque de osadía.

Le quito la camisa para recrearme en su torso, descubriendo el tatuaje con el símbolo ψ y un par de mariposas azules en cada extremo de la palabra Psi. Es bonito, elegante. Yo solo tengo una pequeña flor marchita grabada en el brazo; un estigma que me recuerda demasiadas sombras.

—Eres preciosa, Ava —murmura con devoción—. Ignoro si las barreras que te impones vienen de algo que te dijeron en su día, pero si es así, haz el favor de olvidarlo. Me gustas muchísimo. Aunque los dos sepamos que este no es el momento adecuado para nosotros.

Sus labios vuelven a recorrer mi cuello.

Descubro nuestro reflejo en el espejo colgado sobre una antigua cómoda y, lejos de incomodarme, la estampa estimula mi deseo.

Siento cómo mi sexo se humedece por momentos y me esfuerzo por sepultar definitivamente las imágenes trágicas que mi memoria insiste en rescatar.

Le dejo hacer, recreándome en unas sensaciones que por primera vez en la vida me resultan placenteras; solo que por un segundo, solo por un instante fugaz, no es Rober quien está conmigo, e imagino cómo habría sido esto cuatro años atrás con otro chico, en otro lugar...

Sus manos se pasean con suavidad sobre mis pezones, que se endurecen todavía más bajo su tacto.

Abro los ojos para regresar de golpe a la realidad, con mi compañero, con el chico que últimamente me hacer reír y con el que parece que el sexo no supondrá algo obligado ni desagradable.

Lo descubro observando nuestro reflejo en el espejo y una sonrisa franca se me dibuja en el rostro antes de darme la vuelta para desabrocharle el pantalón y acariciarlo.

Eso sí sé bien cómo hacerlo; por desgracia, lo aprendí demasiado pronto.

Pero esta situación es distinta y me obligo a disfrutar devolviéndole el placer que me regala mientras su mano se adentra en mi pantalón.

—¡Joder, Ava! —exclama al notar la humedad en sus dedos—. Necesito saborearte.

No sé si lo deseo del todo, pero me dejo hacer.

Se lleva las yemas impregnadas a la boca, me guía hasta la cama y me empuja con delicadeza, dejándome caer de espaldas antes de despojarme del pantalón.

Me contempla con la respiración agitada mientras su bóxer se tensa al límite.

Subo las piernas al colchón y las separo, invitándolo a continuar.

No se lo piensa: desliza las palmas por mis muslos hasta alcanzar mis braguitas, una pieza minúscula que baja despacio hasta dejarme a su merced.

—¿Estás segura de esto? —vuelve a indagar al ver que no digo nada. La verdad es que soy incapaz de articular palabra.

—Sí... quiero seguir. Te aseguro que no sé cómo fue el otro día, pero esto es nuevo para mí y me gusta —Esta vez le hablo con absoluta sinceridad, aunque calle los detalles amargos.

No necesito explicarle nada más. Su sonrisa se ensancha y se hunde entre mis piernas, apoyando mis muslos sobre sus hombros.

La primera pasada de su lengua resulta intensa, pero nada comparable con lo que sobreviene a continuación, y desde luego a años luz de lo que me provoca cuando cuela los dedos en mi interior.

Busca no sé qué punto exacto, pero las corrientes eléctricas que me recorren me transportan al paraíso.

Ahora comprendo tantas cosas que había oído a otros y que jamás logré entender.

Nada que ver tampoco con lo experimentado en sueños.

Esto puede crear adicción, lo tengo clarísimo.

Acompaño sus embestidas con un balanceo de caderas y, cuando el placer se vuelve insoportable e intento cerrar las piernas, él me las sujeta con firmeza.

Siento que me rompo en mil pedazos en lo que intuyo un orgasmo de nivel estratosférico.

—Rober… dime que tienes condones — —casi le suplico. Quiero que siga, necesito sentirlo dentro.

—Shh, disfrútalo, que aún no he terminado contigo —responde sin interrumpir el vaivén de sus dedos, mirándome con el rostro brillante por mis fluidos.

Con la mano libre busca en el bolsillo trasero de su pantalón tirado en el suelo, extrae la cartera y saca un sobrecillo.

Me incorporo como puedo y se lo quito de los dedos mientras mantiene su acoso sobre mi sexo.

Rompo el envoltorio, lo ayudo a deshacerse del bóxer y se lo coloco.

Solo entonces abandona mi coño y me mira con los ojos encendidos y la respiración acelerada.

—He de decirte, Ava, que hoy estás mucho mejor. Te quiero encima de mí; quiero que lleves el ritmo y que te corras de nuevo.

Joder, ¿eso es posible en la vida real?

—Pero...

Ni me deja terminar. Se tumba de espaldas y tira de mí para acomodarme sobre su vientre.

En un principio me quedo inmóvil, pero toma mis manos y las guía hacia su pecho.

Reacciono acariciándole la piel cálida, notando cómo se le eriza bajo mis yemas.

Sus palmas se posan en mis caderas y ya no me quedan excusas; tampoco es que quiera buscarlas.

Me coloco en cuclillas sobre el colchón y me dejo caer despacio sobre su erección.

Deja escapar un gemido al sentir cómo me penetra y yo, animada por sus caricias, empiezo a marcar el vaivén, tanteando la forma de darle placer.

—¿Bien? —me pregunta entre jadeos.

—Sí — Me inclino sobre su cara y me apodero de sus labios accediendo a su interior, donde su lengua y la mía emprenden un juego que nos va calentando más.

Sin esperarlo, noto cómo la marea del deseo vuelve a subir dentro de mí cuando su mano libre se abre paso entre nuestros cuerpos para acariciarme el clítoris.

—Es que me pones a mil... Como sigas a este ritmo no te voy a durar ni un minuto. Eres la hostia, Ava —gime contra mi boca.

—No te preocupes… Jooder, Robeeer —Pues sí que se le da bien a este chico. Se le nota la experiencia.

No sé cómo lo consigue, pero en cuestión de poco tiempo me tiene al borde de un segundo orgasmo que no esperaba, pero que ni de lejos voy a rechazar. Esto está resultando de una intensidad insaciable y no quiero que termine.

Me yergo sobre él para moverme más rápido y, justo cuando creo que ya no puedo más, siento que acelera el ritmo y se deja ir.

Antes de terminar, me da la vuelta llevando de nuevo mis piernas sobre sus hombros y deja en suspenso el orgasmo, que se vuelve brutal cuando sale del todo para embestirme otra vez unos instantes, más hasta que nuestro ritmo se acompasa, sale de mi interior y se deja caer a mi lado, dejándome una extraña sensación de vacío.

Se pone en pie para quitarse el preservativo y tirarlo al baño. Cuando regresa a la cama me encuentra pertrechada tras la sábana.

—Eh, ¿por qué te tapas? No te ha quedado claro que me chiflas —dice sentándose a mi lado sin cortarse un pelo —¿Quieres que me vaya?

Su pregunta me toma por sorpresa y hasta me produce un chispazo de molestia.

—¿Por? ¿Es que te apetece irte? Sé que solo somos amigos, o follamigos, o que esto ha sido un simple polvo, pero...

—¿Quééé? No, boba, no lo digo por mí, sino por ti. No sabía si te incomodaba mi presencia tras esto. Anda, ven aquí.

Tira del embozo y me rodea con los brazos. Hace tanto tiempo que nadie me estrechaba de esa manera que el gesto casi consigue que se me desborden las lágrimas. Dejo escapar un suspiro demasiado profundo y él capta al vuelo que algo me aflige. Se distancia unos centímetros y me mira al rostro.

—¿Qué ocurre? Ava, de verdad, me visto y me voy sin problema si prefieres estar sola. Si he hecho algo mal, dímelo, por favor.

Me acerco a sus labios buscando su calor y no duda en darme el contacto que necesito. No es mucho rato, pero si lo justo para hacerme sentir mejor.

—No, quédate, en serio. Es solo que hace tanto tiempo que nadie me daba un abrazo así que me ha pillado por sorpresa.

—¿Qué han hecho contigo? —murmura con ternura—. Esta no es la chica dura que pretendes vender al mundo.

—Cosas que pasaron. Ya estoy mejor.

Se acomoda a mi lado en la cama mientras le hago sitio bajo la sábana.

No me suelta; mantiene el brazo rodeándome la cintura.

Salvo aquella noche confusa de la que no guardo memoria, y sin contar lo de Bosco, con quien jamás llegué a nada físico, nunca he dormido con un hombre.

Descubro que no es una sensación desagradable.

Sentirse querida de vez en cuando sienta jodidamente bien.

—Soy bueno escuchando, ¿sabes? Soy psicólogo, o casi —sonríe mientras me acaricia la mejilla.

—Lo sé. Y vas a ser un terapeuta extraordinario muy pronto.