Ava 11 Meta #2
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11 Meta #2

Llego al mercado y encuentro a Rober en la terraza del local contiguo haciéndome señas con el brazo.

Está guapo, condenadamente guapo. Lleva una camisa azul claro remangada en los antebrazos que resalta un bronceado envidiable —a mi lado, da la impresión de haber pasado un mes en el Caribe—, unos vaqueros oscuros y zapatillas blancas.

El cabello rubio oscuro, los ojos castaños y las facciones varoniles pero amables lo convierten en un chico de lo más atractivo.

Resulta absurdo no haber reparado en ello antes.

Se levanta y me saluda con un beso en la mejilla. Nunca nos damos dos; ignoro el motivo.

—Ey, estás muy guapa, Martín —comenta en cuanto nos acomodamos.

—Para ir a juego contigo. ¿Siempre has sido tan guapo?

—Ja, ja, ja. Ni idea, creo que mantengo la misma cara desde que me quitaron la ortodoncia y dejaron de salirme granos.

—Pues fíjate, ni me había dado cuenta.

Pedimos unas raciones para compartir —las croquetas de este sitio sí son caseras— y decidimos continuar la celebración en algún pub cercano. Me prometo a mí misma que solo me tomaré una copa; a lo sumo, dos.

En el antro elegido se puede bailar. Cuando empiezan a sonar los acordes de Bailando y la bachata de Propuesta indecente, Rober me agarra de la mano y me arrastra hacia el centro de la multitud, donde la gente se mueve y se roza al ritmo de la música.

Yo no suelo bailar, a decir verdad, ni siquiera salgo de fiesta desde que me mudé a Madrid, así que la situación me resulta del todo insólita.

Sin embargo, al sentir sus manos asentándose en mi cintura, me obligo a soltarme para no parecer un poste.

La letra de la segunda canción destila una sensualidad evidente que mi acompañante, a quien no se le da nada mal moverse, tararea al oído sin apartar sus ojos de los míos.

No sé si me gusta o no el rumbo que está tomando la noche, aunque lo cierto es que, por una vez en muchos años, me apetece dejar de analizarlo todo y lanzarme. Llegar hasta donde sea que nos lleven la música, el alcohol y la madrugada.

—No te imaginaba de bailarín —digo con sorna, notando que el efecto del mojito empieza a calarme hondo.

—Uno guarda sus secretos —responde con una sonrisa pilla mientras toma mi mano para hacerme girar sobre mis cuñas y pegar mi espalda contra su pecho.

Siento su respiración tibia acariciándome la piel del cuello y se me eriza el vello en una reacción tan olvidada como placentera.

Así que va a ser verdad que cuando nos acostamos lo pasé bien.

En un ataque de osadía, me giro sobre mis talones, le rodeo el cuello con los brazos y me pego a su boca mientras mantengo un bamboleo constante al ritmo de la bachata.

Ahora sus palmas descienden por la piel desnuda de mi espalda.

Sus ojos se clavan en mis labios y, en un gesto instintivo, me los humedezco con la punta de la lengua.

—Ava... —murmura. Su voz suena rota, áspera, casi como un gruñido ahogado.

Me pego un poco más a su cuerpo, hundo los dedos entre los mechones de su nuca y acorto los centímetros que nos separan para morderle el labio inferior.

Juego con él, le tiento con sutileza hasta que mi lengua se abre paso entre sus dientes para buscar la suya.

Sus manos descienden por debajo de la cintura, asentándose en mi culo para pegarme a sus caderas, haciéndome sentir la evidencia de su excitación.

No me aparto. No lo rechazo. No es Bosco, ni de lejos me remueve las entrañas de la misma manera, pero un calor agradable y líquido se instala en mi sexo, humedeciéndome al ritmo de la música.

Rober me arrastra fuera de la pista hacia una zona más apartada. Una de sus manos acaricia mi cuello, la otra se pierde en el escote de mi espalda y las mías se deslizan por debajo de su camisa buscando el tacto cálido de su pecho.

—¿Y si nos vamos? —susurro contra sus labios.

—¿Estás segura? Luego no quiero que me salgas con que...

No lo dejo terminar. Lo tomo de la mano y me abro paso hacia la salida. En la puerta escudriño la calle a ambos lados en busca de un taxi libre. No estamos lejos de mi piso, pero no me apetece andar. Unos chicos se apean de uno justo enfrente y aprovecho para ocupar el asiento trasero con él.

Lejos de aplacarse, la excitación va a más.

Tengo ganas de llegar, pero una punzada de incertidumbre me encoge el estómago al preguntarme qué va a pasar exactamente en cuanto crucemos el umbral.

La mano de Rober vuelve a buscar el calor de mi espalda.

Sus ojos centellean en la penumbra del coche.

Se ha acomodado en la plaza central para mantenerse pegado a mí.

Se inclina hacia mi oído y su aliento me roza la oreja:

—¿Estás bien? Ava, de verdad, no quiero que mañana te arrepientas o vuelvas a decirme que no recuerdas nada.

—No me arrepentí la primera vez, pero te juro que no me acuerdo. Y si estoy aquí ahora mismo y vamos a mi casa es porque quiero esto, Rober. No le des más vueltas, a menos que seas tú el que prefiera dar marcha atrás.

—¿Te parece que tengo cara de querer frenar? Creo que es más que evidente lo que me provocas.

—Ya, pero hace nada que dejaste a tu novia. Y yo…

—Solo un buen rato, Ava —me interrumpe—. Nada más. A menos que tú busques otra cosa; en ese caso será mejor que me marche en el taxi en cuanto te deje en tu portal.

—No, al contrario. Te iba a decir que no quiero meterme en una relación. O no puedo, más bien.

—Todo aclarado entonces.

Sigo negándome a la posibilidad de tener pareja, lo sé.

Tal vez ha llegado la hora de replantearme las cosas si se presenta la oportunidad, pero mi parte herida termina ganando la batalla una y otra vez.

Además, sería absurdo iniciar nada a las puertas de marcharme de nuevo.

No sé dónde terminaré destinada cuando consiga la plaza en la Policía.

Mi meta sigue siendo regresar a mi tierra...

Llegamos a mi portal y nos colamos en la cabina del ascensor justo cuando una vecina, otra chica de la universidad, sale con su pareja.

En cuanto la puerta se cierra, Rober me acorrala contra el espejo y su boca se apodera de la mía, provocando que me tense al instante, rígida como una tabla.

Mi amigo lo percibe al segundo y se detiene.

Toma mi rostro entre las palmas para obligarme a mirarlo.

—Ava… —murmura—. Soy yo.

—Lo siento. Es un reflejo involuntario, por eso me extrañó tanto cuando me dijiste que la otra noche...

La puerta del ascensor se abre de golpe y mi planta aparece ante nosotros. El piloto de la luz de emergencia baña el pasillo con un matiz cálido. Rober me toma de la mano y salimos al distribuidor.

—No pasa nada —asegura, haciendo ademán de soltarme—. Me voy a mi casa y mañana lo hablamos con calma.

Le aprieto los dedos para impedirlo.

—Quiero que te quedes. Quiero seguir, Rober. Estoy cansada de vivir así, necesito sentirme normal de una vez...

—Joder, Ava... No tengo la menor idea de qué te ocurre ni de qué te pasó, pero eres una chica completamente normal, cariño. Y no puedes forzarte a hacer nada que no te pida el cuerpo.

Logro dar con las llaves en el fondo del bolso tras unos segundos de torpeza y entramos en el piso.

La lámpara de sal nos recibe desde la consola con un fulgor anaranjado y el aroma a chai del ambientador me me hace sentir mejor.

Evito encender las luces; por las rendijas de la persiana entornada se filtra el resplandor tenue de una farola de la calle.

Me encamino hacia el sofá del salón sin soltarle la mano.

No suelo beber en casa, así que no tengo gran cosa que ofrecerle, salvo algún refresco o una botella de frizzante en la nevera. Le sugiero abrirla, pero rechaza el ofrecimiento.

—¿Prefieres que hablemos? —pregunta. Niego en silencio con la cabeza—. ¿Te encuentras mejor?

—Eso creo. Perdóname.

—No tienes nada por lo que pedir perdón. Sabes de sobra que cualquiera puede cambiar de opinión, ¿verdad? Hasta el último segundo.

—Te han educado muy bien —intento esbozar una sonrisa.

—Es algo básico, ¿no? No le hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Eso sirve para la cama y para todo lo demás. Además, me he criado entre hermanas y primas; al final es cuestión de puro sentido común.

Me acaricia la mejilla y detiene el pulgar en el contorno de mis labios. Me apoyo contra su mano y coloco la mía sobre ella.

—Ya... También hay otras cosas que deberían ser de sentido común y no siempre se respetan —respondo, impidiendo que retire el contacto.

Vuelvo a acortar la distancia. Deseo continuar con lo que empezamos en el pub. Me acomodo a horcajadas sobre sus muslos, sin decidirme del todo a volcar el peso de mi cuerpo. Sus ojos castaños me examinan con detenimiento, descifrando cada una de mis reacciones.

—Ava... De verdad, no tienes que obligarte a nada —insiste al sentir cómo me acomodo sobre su pelvis, donde su erección vuelve a hacerse evidente.

Hago oídos sordos a sus dudas, me inclino sobre su rostro y lo beso.

Sus manos regresan a la piel desnuda de mi espalda, despertándome un cosquilleo eléctrico que me resulta placentero.

No dejo de mirarlo, me gusta como besa. No es Bosco, pero es cuidadoso, mima mi boca y me acaricia con dulzura.

Nuestras respiraciones se aceleran, mi excitación crece y deja escapar un gemido ahogado contra mis labios.

—Me chifla como sabes, nena.