Ava 11 Meta
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META

«¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano! Esta vez no podrán despertarte los enanos».

​— ​BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.

Hostia puta. En maldita la hora le propuse a mi compañero ir a tomarnos unas copas después de aquellas tres cervezas.

Un dolor de cabeza colosal me retumba tras las sienes.

Trato de entornar los ojos, pero el martilleo y los fogonazos de luz aconsejan que lo haga despacio, con extrema precaución.

Se me olvidó bajar la persiana o... Un momento, ¿dónde coño estoy?

Ay, joder, joder, joder.

Me muevo despacio sobre las sábanas y a mi lado, durmiendo como un tronco y tal como su madre lo trajo al mundo, descansa Rober.

Lleva el pelo revuelto sobre la almohada y esa cara de no haber roto un plato en su vida.

Es guapo, para qué negarlo, y ahora que lo observo, o más bien lo intuyo, porque no soy capaz de abrir los párpados del todo, me doy cuenta de que está buenísimo.

Ni me atrevo a mirarme a mí misma; o mi aspecto es peor de lo que parece o la ropa desapareció en algún punto de la noche que soy incapaz de ubicar.

Maldita sea. Me he acostado con mi amigo.

Es la primera vez que estoy con alguien después de todo lo que me ocurrió y encima no me acuerdo de nada.

Aunque ignoro si no recordar resulta mejor o peor.

Supongo que si hubiese pasado algo anómalo o violento me habría percatado o Rober habría parado; porque doy por sentado que hemos tenido sexo, ¿no?

Hago ademán de levantarme con la intención de salir huyendo, pero me freno.

Si no he hecho nada malo, ¿o sí? Ay, Dios, Ava, que tú no eres así.

Me escabullo hacia el baño. No es la primera vez que piso este apartamento; alguna vez quedamos aquí para avanzar con los trabajos de la facultad.

Cuando salgo con el rostro aclarado por el agua fría, mi compañero ya se ha despertado y me observa recostado contra el cabecero de la cama.

—Buenos días, compañera —me saluda con una chispa de diversión en la mirada. ¿A este chico todo le parece una puta comedia?—. Me da que anoche se nos fue un poquito de madre la celebración, ¿no? —continúa recorriéndome con la vista—. Oye, que lleves puesta mi camisa resulta de lo más morboso.

—Joder, es que he estado a punto de largarme sin decir nada.

Hasta que caí en la cuenta de que lo que fuera que pasó no debió de estar mal del todo, ¿o sí?

Rober, dime que al menos tú recuerdas algo.

Si no, me voy ahora mismo al hospital a que me hagan un análisis de sangre; igual nos echaron alguna sustancia en la bebida.

—Sí, claro, los chupitos de tequila que cayeron tras los mojitos y las cervezas; eso fue lo que te pusieron en la copa —replica con tono guasón—.

En cuanto a mí, no tengo excusa, salvo que estabas muy, pero que muy dispuesta y divertida.

¿De verdad no te acuerdas de nada? Oye, que estabas bien.

Bueno, a ver, bien del todo no, pero se notaba que te lo pasabas en grande.

De no ser así, jamás habría seguido adelante.

—Tal vez me vengan los recuerdos más tarde, pero ahora mismo tengo la mente en blanco, lo siento. No te agobies —le pido al notar cómo el semblante se le descompone y pierde el color de golpe—. Mira el lado bueno: puede que hasta me hayas ayudado a desbloquear una pantalla.

No caza la indirecta a la primera. Por supuesto, la idea de que fuera virgen a mi edad le resulta impensable y casi me produce ternura verlo tan apurado.

—Hostia, Ava, dime que no eres… que eras… Ava, por favor.

—¿Virgen? Ehhh, tranquilo, no van por ahí los tiros. Y no te preocupes: si me aseguras que lo pasamos bien, es una buena noticia, créeme. Lo molesto es no acordarme de nada con lo buenorro que estás. Es una putada.

—Ja, ja, ja. Ya te vale, Martín —se ríe aliviado—. Han tenido que pasar cuatro años y sobrepasarnos con las copas para que dejes salir tu lado salvaje y divertido.

—Ha sido una buena forma de despedirnos —zanjo antes de que la conversación tome un rumbo indeseado.

—O de empezar algo —deja caer.

—Uy, para, para... No, no estoy en el punto de comenzar nada con nadie.

Te lo dije ayer. Sí, la noche ha estado genial y lo del polvo ha sido un gran paso, pero no es mi momento.

Tengo dos másteres a la vista y una oposición exigente, por no hablar de la academia que me obligará a mudarme de nuevo.

No, Rober, no vamos a tener nada más. Además, y de esto sí me acuerdo perfectamente, tu chica te dejó por teléfono ayer por la tarde.

No me malinterpretes: no me arrepiento de lo que hemos hecho, sea lo que sea, pero imagino que tu estado de ánimo también influyó en lo que pasó.

Se incorpora en la cama, alza la mano y acaricia mi mejilla con la yema de los dedos. La sensación no me produce rechazo. Se inclina hacia mis labios y me roza con un beso suave, lento y pausado.

—Tienes razón —admite en voz baja—. No eres una persona a la que usar para sacar otro clavo. Y yo no estoy en condiciones de ofrecerte nada serio ahora mismo. Aunque oye... un revolcón antiestrés de vez en cuando no nos vendría mal —bromea de nuevo.

Le asesto un empujón en el pecho y cae de espaldas sobre la colcha, riéndose a carcajadas.

—Cómo se nota que te machacas en el gimnasio. Con lo canija que pareces y la fuerza que gastas, niña.

—Mejor me visto y me voy.

—Date una ducha tranquila mientras preparo café, ¿de acuerdo? Luego te acompaño. Y, Ava... —me detengo al pie de la puerta y lo miro aguardando a que continúe—. Si te apetece que quedemos un día de estos y me leas el borrador del trabajo, solo tienes que llamarme.

—Hecho.

Recojo la ropa desperdigada por el suelo; sí, todo indica que teníamos prisa la noche anterior.

No guardo malos recuerdos de lo sucedido, tampoco buenos, pero me digo que si hubiera resultado algo traumático mi memoria lo habría retenido.

Me meto en la ducha y dejo que el agua me relaje.

Decido no lavarme el pelo —ya lo haré al llegar a mi piso— al comprobar que no hay acondicionador en la repisa, detalle que me hace suponer que su novia, o su ex, jamás ha llegado a dormir aquí.

—Ava —la voz de Rober atraviesa la puerta y, lejos de incomodarme, su cercanía me transmite calma—. En el mueble del lavabo tienes acondicionador, por si te vas a lavar el pelo.

—Gracias, pero paso, no tengo ganas de andar ahora con el secador y todo el lío.

—Vale.

Compartimos un par de tazas de café y las tostadas con tomate que ha preparado. Mientras recojo un poco la cocina él entra a ducharse. Aunque le aseguro que no hace falta que me acompañe a la calle, insiste en bajar conmigo.

—Bueno, lo dicho, Ava: estoy disponible para lo que haga falta. Un polvo, repasar el TFG, un café, un chupito...

Le doy un empujón cariñoso con el hombro que lo hace reír. Me acerco y le planto un beso en la mejilla. Su perfume me resulta agradable: es fresco, suave, sin resultar empalagoso.

—Tomo nota. Lo he pasado bien, al menos mientras he sido consciente.

—Y todo el tiempo, créeme. Joder, Martín, si te hubiera visto fuera de juego no habría seguido adelante. Para eso tengo estos cinco —añade, mostrando la mano derecha.

—Que sí. Chao, pescao.

Subo las escaleras hacia mi casa acompañada por una sensación extraña que no logro identificar. ¿Ligereza? Ni idea. Solo me queda comprobar en otra ocasión si mi cuerpo vuelve a funcionar con normalidad o si todo fue un espejismo fruto del alcohol.

El día previo a la lectura del TFG quedo con Rober para ensayar.

Yo le leo mi exposición, él me lee la suya.

Llevamos las presentaciones preparadas al milímetro; solo espero que el tribunal me otorgue la calificación que merezco y no estropear mi nota media a las puertas de la meta.

Al terminar la sesión decidimos salir a dar un paseo.

Como mañana debemos madrugar para ir a la facultad, nos limitamos a tomar unas tapas en una plaza tranquila cerca de su piso.

Luego me acompaña caminando hasta mi portal y nos despedimos hasta la mañana siguiente, cuando pasaré a recogerlo en mi coche: un pequeño Toyota que le compré a Ivette y que estoy segura de que me dejó prácticamente a precio de saldo.

La defensa del trabajo resulta todo un éxito.

Me conceden un sobresaliente, de modo que cierro la carrera manteniendo una media excelente y con varias matrículas de honor en el expediente.

Rober saca una nota algo inferior, pero más que suficiente para acceder al máster en Psicología General Sanitaria que tanto desea antes de volcarse en la preparación del PIR.

Me propone celebrarlo con unas copas esa misma noche.

Aunque al principio rechazo la idea, al salir del curro de la tienda lo llamo para comprobar si la propuesta sigue en pie.

—Martín, ¿ya me echas de menos? —responde al segundo tono.

—¿Sigue en pie esa copa?

—Mmmm... No sé, no sé, a mí no me va eso de ser la segunda opción —bromea.

—Bueno, pues nada, tiraré de la tercera. Chao.

—¡Nooo! Que sí, boba. ¿Has salido ya del trabajo?

—Acabo de entrar en casa. Me cambio a toda prisa y nos vemos en el mercado. Tapeamos algo y luego salimos a quemar la noche, que mañana no trabajo hasta la tarde.

—Hecho. ¿En media hora?

—Perfecto.

Abro el armario y, de pronto, un pellizco de nerviosismo me sacude el estómago. ¿En serio? ¿A estas alturas?

Selecciono un pantalón de lino blanco y una blusa roja sin mangas, con volantes y un escote en la espalda.

Por más tiempo que pase, no puedo evitar que el color rojo me traiga de inmediato el recuerdo de Bosco.

Me recojo el pelo en un moño despeinado para dejar la espalda al descubierto, ahúmo mis ojos con lápiz negro y me aplico un toque de brillo rojizo en los labios.

Al mirarme al espejo descubro que mis ojos brillan con un azul muy intenso.

«¿Qué coño haces, Ava?», me pregunto. «Disfrutar», me responde esa parte irracional que llevo tanto tiempo haciendo callar.