10 Madrid #3
—Nooo... Es solo que parecemos una pareja que se ha fugado de una boda pija porque no les gustaba el menú.
Vas deslumbrante, de verdad. Y yo con este traje roñoso que se me clava en los hombros, en mitad de un garito de mala muerte con las servilletas de papel tiradas por el suelo y más pringue que en la sartén de un churrero.
—Ja, ja, ja… Pues sí, yo también lo he pensado, pero a ver.
Podríamos haber ido a mi piso, no cae lejos; me habría puesto algo cómodo y tú habrías dejado la chaqueta y la corbata en el perchero —suelto sin pensar.
A los pocos segundos me doy cuenta de lo que he dicho. Jamás he metido a nadie en mi casa.
—Qué va, de eso nada, vamos a exprimir el glamour hasta la última gota. Estás guapísima, Ava. Bueno, es que eres guapísima.
Me quedo helada un instante. ¿Eso ha sido una declaración en toda regla? ¿Me está tirando los trastos?
—Para, para los pies... No estarás intentando...
—¡Nooo! Joder, Ava, solo estoy constatando un hecho evidente. Tía, que no he dicho nada malo, ¿o sí? Con vosotras nunca se sabe cómo actuar.
—Disculpa es que no estoy en ese mood.
Él nunca se ha insinuado a lo largo de la carrera y yo... Bueno, yo no tengo la menor idea de cómo funciona el juego de la seducción. No he vuelto a salir con un chico desde el capullo de Dani.
Nos sentamos en una mesa arrinconada al fondo del local, a salvo del ajetreo de la entrada y del baño.
Me ofrezco a pedir en la barra, pero mi compañero se niega.
Le exijo que al menos me deje abonar la cuenta y me propone saldar la deuda pagando la primera ronda en el siguiente bar.
Acepto por no enredarme en discusiones absurdas.
Me lo estoy pasando bien y me descubro riendo con ganas, algo poco habitual en mí.
Quizá debería plantearme salir un poco más a menudo.
Rober regresa con una bandeja cargada: dos bocadillos de tortilla chorreantes de mayonesa, una ración de patatas bravas y unas croquetas cuyo aspecto revela que son congeladas. Las jarras de cerveza, al menos, vienen cubiertas por una capa fina de escarcha.
Se acomoda enfrente y me descubre en plena inspección visual del plato.
—¿Son de rata o algo de eso, o es que les vas a hacer una autopsia? —suelta de golpe.
La burrada me arranca otra carcajada. Trabajar a su lado en clase era una cosa, pero hay que reconocerle la chispa.
—No, no, pero pondría la mano en el fuego a que han salido directas del congelador del supermercado.
—Ah, coño, ¿y las que tú te metes entre pecho y espalda de qué tipo son? No me jodas, Martín, ¿acaso preparas croquetas caseras en tu tiempo libre y me has ocultado semejante talento culinario durante cuatro años? Eso no se le hace a un compañero de fatigas.
—¿Siempre sueltas este tipo de salidas? Eres divertido, Morán. Y no, no cocino, no me da la vida para andar liada con la sartén. Pero cuando salgo me gusta probar comida de verdad, no precocinados.
—Oye, nena, que yo he sido así de ocurrente toda la carrera, pero tú solo me has utilizado para sacar buenas notas en los trabajos.
—Como me vuelvas a llamar «nena»... —le advierto torciendo el gesto. Aborrezco esa palabra, y más viniendo de alguien que hasta hace dos horas era un simple compañero de aula—. Y en todo caso habrás sido tú el que se ha aprovechado de mis apuntes.
—Vaya, te has dado cuenta —acepta entre carcajadas, inclinándose sobre la mesa—. Eres rápida. ¿Cómo llevas el temario de la oposición?
—Bien, y las pruebas físicas también. Tengo ya el C2 de inglés que me da dos puntos, y todos los B del carné de conducir. Aislarse del mundo tiene sus ventajas prácticas. Aunque... ¿cuándo te he hablado yo de mis planes para la Policía?
—A ver, sé que apuntas a la escala ejecutiva porque se te escapó un comentario el año pasado. Conociendo tu nivel de exigencia, he dado por sentado que no habrías dejado ningún cabo suelto.
Me quedo mirándolo en silencio. Resulta que sí se fijaba en los detalles.
El garito empieza a llenarse de gente ruidosa mientras apuramos los últimos bocados.
Me levanto hacia la barra para pedir otro par de cervezas.
Cruzo el local sintiendo las miradas ajenas sobre el vestido rojo y las cuñas, una sensación extraña que me encoge los hombros por un segundo, pero me obligo a erguir el cuello y pisar con garbo. Ya no dejo que nadie me empequeñezca.
Al regresar a la mesa me encuentro a Rober pegado al teléfono. Tiene la mandíbula tensa y el semblante ensombrecido. Al verme dejar las botellas frías sobre la madera, fuerza una sonrisa que no le llega a los ojos.
—¿Malas noticias? —inquiero asentándome en la silla.
—Bah, nada que se pueda arreglar. No te preocupes.
—Si te apetece desahogarte... —sugiero mientras alargo la mano hacia la botella. Antes de que me la lleve a los labios, él intercepta el vidrio con el suyo.
—Brindemos primero, aunque la vida a veces sea una mierda pinchada en un palo.
El cambio drástico de tono me deja descolocada.
—Vale... Porque la vida deje de dar por saco, aunque sea a ratos. Y por nuestros diplomas de graduados en Psicología.
—Pues por eso mismo.
El choque seco de los botellines retumba en el rincón y un par de clientes de la mesa contigua nos dedican una ojeada desconcertada. El gesto nos hace gracia a los dos y a Rober le vuelve el brillo guasón a la cara.
Chocamos los botellines y la gente de la mesa de al lado nos mira con cara rara consiguiendo que nos riamos y Rober vuelva a tener su chispa.
Media hora más tarde abandonamos el local a la caza de un sitio donde tomar una copa de verdad.
Terminamos dentro de lo que pretende ser un pub irlandés de penumbra densa y madera oscura.
Todos estos antros acaban pareciéndose entre sí; ignoro si los garitos de Dublín guardan alguna semejanza real con este decorado.
Después de las dos cervezas de la cena, y ahora una pinta, mi cabeza empieza a estar algo rara.
No suelo probar el alcohol y hoy me estoy saltando mis propias reglas a la torera.
Siento que estoy harta de ser responsable, de seguir cargando con una culpa que no es mía, de no hacer las cosas que hacen las chicas de veintidós años y de haber rechazado una vida amable y de haber apartado de mi lado a las personas que me querían, infligiéndoles un daño gratuito que no merecían.
Mirando a Rober al trasluz de las luces rojas del pub, le propongo dejar las pintas e irnos a una discoteca a pedir un par de combinados. Mañana no me espera Ivette en la tienda; me ha regalado la jornada libre por si la graduación se alargaba, aunque yo le hubiera mentido a él al principio.
—¿De verdad he tenido que aguantar cuatro años enteros de trabajos académicos para descubrir que detrás de la empollona había una Ava con ganas de juerga? —pregunta divertido—. Pues se acabó la conversación: a la mierda las ex, las culpas y todo lo que nos impida ser felices esta noche.