Ava 10 Madrid #2
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10 Madrid #2

Sin apenas darme cuenta, se me echa encima la Navidad.

Ivette me invita a pasar la Nochebuena en su casa; para el treinta y uno de diciembre ha organizado una escapada con un hombre al que está conociendo y no regresará hasta el dos de enero a mediodía, de modo que nos corresponde a Adara y a mí abrir el establecimiento.

Me llevo bien con mi compañera, aunque ha intentado acercarse a mi vida personal en varias ocasiones y me he mantenido distante.

No quiero más vínculos afectivos en mi vida. Jamás.

Un grupo de la facultad ha organizado un plan para despedir el año e incluso se han ofrecido a incluirme, pero he puesto una excusa para no ir.

Mi rutina se resume en estudiar y trabajar. La meta permanece clara en el horizonte y para alcanzarla necesito las mejores calificaciones y un colchón económico suficiente. No soy una chica de dieciocho años al uso, como los demás universitarios de mi clase.

Las llamadas de Bosco han cesado por completo.

Aunque lo agradezco esa tregua, lo echo mucho de menos; no duele menos por el simple paso del tiempo.

Por las conversaciones con Ivette sé que le va de maravilla en la carrera.

A pesar de que Derecho no era una elección propia, está convencido de que es su futuro y no me cabe duda de que terminará convirtiéndose en un abogado excepcional en la rama y la ciudad que elija.

Con Mariana cruzo algún mensaje de vez en cuando, lo justo para confirmarle que estoy bien. Sospecho que es Ivette quien la mantiene informada al detalle de mis avances.

Han pasado tres años y me mantengo fiel a las mismas rutinas.

En septiembre me incorporo al último curso del grado y mi intención es matricularme a continuación en un máster de Investigación Criminal y en otro de Psicología Forense, a ser posible de forma simultánea.

Quizá resulte un plan demasiado ambicioso, pero no tengo tiempo que perder.

Continúo trabajando en la boutique de Ivette. Aunque mantenemos una relación cercana y cordial, no la dejo entrar en mi vida tanto como quizás a ella le gustaría.

No sé nada de Bosco y su familia. A veces, en momentos de debilidad, me ha tentado la idea de marcar su número, pero me he reprimido.

A estas alturas estoy convencida de que habrá encontrado a una persona capaz de darle el afecto que merece, desplazándome a un segundo o tercer plano, si es que todavía me recuerda.

Tampoco he vuelto a saber nada de las educadoras del centro ni de las niñas. Las heridas de la infancia apenas sangran ya, lo cual no significa que se hayan cerrado tras el paso del tiempo.

No he mantenido ninguna relación afectiva ni íntima. Ni siquiera me he molestado en intentarlo.

Tal vez se deba a que no me atraen los chicos, o a que ninguno resiste la comparación con la persona que no puedo tener a mi lado.

O bien a que mis propias secuelas me impiden fijarme en nadie para esquivar el trance de negarme o de comprobar si soy capaz de acostarme con alguien.

Admito que al principio soñé con Bosco en más de una ocasión, pero aquellas imágenes se disiparon.

Hace mucho que dejaron de rondarme la cabeza.

Mis calificaciones rozan la excelencia. La mayoría de los docentes me felicitan por el rendimiento académico y por el rigor de los trabajos que entrego.

—Ava, tómate algo con nosotros esta tarde, que es el último día de clase —me aborda una de las compañeras con las que he compartido grupo de estudio al salir del aula—. No te has concedido ni una sola pausa en todo el año.

—No puedo, Alba, dentro de un rato me toca turno en la tienda —me excuso—. Lo siento. Quizá en otra ocasión. Te escribo un mensaje, ¿de acuerdo?

—Vaya... Avísanos cuando tengas un hueco libre, mujer, que vives volcada en las obligaciones.

No pienso llamarlas. Tampoco les enviaré ningún mensaje.

Con la llegada de agosto, Ivette nos concede vacaciones a la plantilla y cierra el negocio durante el mes entero.

No es lo habitual, pero la tienda funciona muy bien y puede permitírselo, y la capital acusa un descenso del turismo en esa época.

Cada verano me insiste para que la acompañe a su residencia de la costa.

Nunca acepto la propuesta.

Sigo sin alternar con nadie más de lo estrictamente necesario. No quiero más dolor. Solo me queda un año, después intentaré compaginar los másteres con la preparación en la academia de oposiciones, y si la carga resulta excesiva ya veré. Tengo todo el próximo curso para informarme.

Me he matriculado en un gimnasio para preparar las pruebas físicas del proceso selectivo que me dará acceso a la Policía Nacional.

Mi título de grado y la acreditación de nivel de inglés me garantizan dos puntos adicionales en el baremo del concurso.

Todo cuenta cuando con mi edad aspiro a ser inspectora.

Durante la primera semana de agosto me concedo unos días de descanso en la costa. Este año he decidido ir al Norte. Es la primera vez que viajo, pero me apetecía. Recorro la costa cántabra y descubro que me gusta casi tanto o más que el litoral andaluz. Ojalá pudiera compartirlo con alguien.

De regreso, empleo el resto del mes en repasar el temario de la oposición. No entraña una dificultad excesiva, al menos a mí no me lo parece, y dispongo de todo el curso para afianzar los temas entre las convocatorias de exámenes y el desarrollo del trabajo de fin de grado.

Tras sopesar diversas alternativas para el tema de mi TFG, decido que abordar la sociopatía y el maltrato en el ámbito familiar constituye una opción acertada.

Le expongo el esquema a mi tutor de proyecto y, tras mostrarle los puntos que deseo tratar, me da el visto bueno.

Pienso que la investigación también me puede servir para mi vida profesional y tal vez, solo tal vez, me ayude a comprender o perdonar el pasado.

Aborrezco mirar hacia atrás, aunque en los últimos meses me descubro haciéndolo con excesiva frecuencia.

No me refiero únicamente a los años transcurridos en el piso de acogida y con la familia de Bosco, los más felices de mi vida, que a ratos me parecen un sueño, hasta que veo alguno de los regalos de Bosco o de mis compañeras.

Hace un par de años que el colgante de la manzana que me regaló se perdió; ni idea de dónde ni cuándo.

Un día me di cuenta de que ya no estaba colgado de mi cuello.

Igual fue una señal de que el libro se había terminado y yo no había sido consciente de ello.

Llega el día de la graduación e Ivette me regala el vestido que se ha empeñado en verme llevar.

Es la única persona que se sienta en la grada por mí, a pesar de las mil veces que le insistí en que no hacía falta que viniera.

No me asusta ir sola. Ni siquiera pienso acudir a la cena oficial.

A ojos de toda la promoción soy una chica rara; en estos cuatro años apenas me he relacionado con nadie más de lo necesario. No me importa. No me hace falta nadie.

Tras subir al escenario a recoger la beca y el diploma, Ivette me abraza con orgullo y se despide. A mí me toca aguardar un rato más, hay fotos en las que tengo que salir y no sé qué tonterías más.

Rober, mi compañero de fila, se estira en el asiento con el mismo tedioso aburrimiento que yo.

—Dios, qué puto coñazo todo esto —me susurra al oído, rozándome la mejilla y arrancándome la primera sonrisa de la tarde—. Podríamos habernos escapado a por una hamburguesa o un bocata de tortilla. Me muero de hambre.

—Lo cierto es que sí —admito, ajustándome la banda de fieltro sobre los hombros—. Nos lo habríamos ganado, al menos por las horas que echamos en los trabajos en grupo. Pero supongo que ahora irás a la cena con el resto, ¿no?

—¿Yo? Qué va, paso olímpicamente. He aguantado el paripé porque a mi madre le hacía ilusión. ¿Acaso me has visto alternar con la peña estos cuatro años? Si ni siquiera me apunté al viaje de fin de grado.

—Ni yo.

—¿Te hace que nos larguemos y nos tomemos algo por ahí? —propone.

Su mirada franca me tienta. Por un segundo me entran ganas de aflojar la cuerda; al fin y al cabo, en cuanto defendamos el TFG las próximas semanas, nuestros caminos se separarán para siempre.

—Vale, te lo compro. Pero sin trasnochar, que mañana curro y además necesito rematar la presentación del trabajo. La defensa es en una semana.

—Yo ando igual. Venga, un bocata rápido o lo que te pida el cuerpo y una copa. Luego, como Cenicienta: a las doce en punto cada uno en su casa —promete con un guiño divertido.

Tras un buen rato de discursos interminables en los que la mandíbula se me desencaja de aguantar los bostezos mientras Rober se descojona a mi costa, se despide de sus padres y echamos a andar hacia la avenida en busca de un taxi que nos acerque al centro.

Cuando el vehículo se detiene y hago ademán de sacar el monedero para pagar la carrera, Rober frena mi mano.

Le advierto entonces que la cena corre de mi cuenta.

Nos apeamos cerca de la Puerta del Sol y nos adentramos por las callejuelas hasta dar con un bar abierto. No pretendemos cenar en un restaurante con estrellas Michelin ni de mantel de hilo; con meterle algo caliente al estómago y tomarnos un trago tranquilos nos basta.

Así que aquí estamos los dos, desentonando entre la multitud como si viniéramos de un convite de boda.

Yo llevo un vestido espectacular que a Bosco le habría chiflado porque es rojo, de tirantes asimétricos y con una abertura que abre paso a la pierna al caminar.

Lo único que no dejé que Ivette me impusiera fueron los tacones; preferí encajarle unas cuñas negras de ante que le dan un toque más informal.

Llevo el pelo semirrecogido con una estrella de cristal en un lado.

Al entrar en el sitio donde venden bocatas, noto la sonrisa de Rober y no puedo evitar preguntarme si hay algo que no debería estar.

—¿Me he perdido algo? —pregunto.