10 Madrid
MADRID
«¿Temes que esté envenenada? —dijo la anciana—. Mira, voy a cortar la manzana en dos partes; tú te comes la parte roja y yo la blanca».
— BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.
Me despido de los padres de Bosco, de su hermano y de Tana la tarde previa a mi partida. Él no hace acto de presencia. Su madre intenta disculpar su ausencia, aunque no tiene ninguna necesidad de hacerlo.
La culpa es mía; soy yo quien termina por destruirlo todo.
Mariana me arranca la promesa de mantenerla informada de cada paso que dé en Madrid y me insiste en que la llame si siento que la carrera y el trabajo en la boutique me superan.
No voy a llamarla.
Esto acaba aquí.
Hoy.
La despedida de las niñas pequeñas del piso de acogida resulta desgarradora, al igual que el adiós a las educadoras.
Me han ofrecido toda la ayuda durante estos cinco años, superando con creces las obligaciones de su trabajo.
El afecto que me han dado no viene con el puesto, ese viene con el corazón.
Sin embargo, cuando abro la puerta del portal cargada con las maletas para salir con Lorena, que me llevará al aeropuerto, me encuentro con una sorpresa: Bosco aguarda junto al coche.
Luce una sonrisa triste, sí, pero es su sonrisa al fin y al cabo.
No nos habíamos visto desde que regresamos de aquel viaje a la Costa Dorada hace más de una semana.
Suelto el equipaje sobre el bordillo en cuanto se aproxima a mí y me estrecha contra su pecho.
—Por más que me doliera, era incapaz de dejarte marchar sin verte una última vez, Blancanieves —susurra contra mi oído—. Ya he hecho el imbécil más de la cuenta estos días.
Trago saliva con dificultad para evitar que las lágrimas se desborden.
—Si no salís ya hacia el aeropuerto vas a perder el vuelo, Ava. Vais con el tiempo justo —nos recuerda Lorena, que aguarda unos pasos por detrás con una sonrisa comprensiva.
Me giro para abrazar a mi educadora por última vez, sin que la mano de Bosco llegue a soltar la mía del todo. Él se hace cargo de la maleta más pesada y caminamos juntos hacia el vehículo.
—No debiste haber venido —murmuro en voz baja.
—¿Y perderme una despedida épica en el aeropuerto? Ni hablar —se esfuerza por bromear.
Nos acomodamos en el coche de su madre y la música empieza a sonar.
You ´re Beautiful de James Blunt abre la lista de reproducción; Bosco la tararea muy bajo, sin mirarme, como si las estrofas fueran más que suficientes para expresar lo que calla.
Las dos canciones siguientes me comprimen el pecho hasta hacerme desear saltar del coche en marcha: Aires vestidos de antojos y Todo se parece a ti ambas de Diego Martín, unas letras que él conoce al dedillo y que no duda en cantar por lo bajo.
—¿Era necesario poner esta música? —pregunto cuando consigo articular palabra.
—No sé de qué me hablas —se hace el despistado, manteniendo la vista fija en la carretera.
—No me jodas, Bosco. ¿No hay más putas canciones en tu lista?
—Ya me gustaría —escucho que murmura en un susurro. Al percatarse de que lo he oído, añade un «lo siento» que no suena sincero en absoluto.
—¿A qué has venido? —exploto por fin, incapaz de contener la tormenta que me asola el alma—.
¿A empeorar el ambiente de estos días? Ya sé de sobra que esto duele.
Pensaba que había dejado claro que no me quedan alternativas.
Por mucho que vosotros os empeñéis en creer que sí las tengo, no las hay, joder.
No tengo opciones. No puedo seguir fingiendo que todo marcha bien, que mi vida es maravillosa cuando en realidad es una mierda insoportable.
Lo único que desearía en este mundo es vengarme de quienes me convirtieron en esto que soy hoy, pero ponerme a su altura me volvería tan despreciable como ellos.
De modo que no, no me queda ni una sola opción decente.
Cargo con todos los traumas del mundo y tú te niegas a verlo; te has obstinado en conseguir algo imposible porque en tu vida jamás te han negado nada.
Crees que todo el mundo vive en un cuento de hadas, pero la realidad es distinta: hay personas que no hemos tenido unos padres como los tuyos, ni una infancia idílica, ni un hermano que te proteja si las cosas se tuercen.
Hay niños que aborrecían la hora de regresar a casa porque entre esas cuatro paredes el infierno era peor que estar en la calle, ¿sabes?
Yo soy una de esas personas. Ni siquiera estos cinco años en el piso han conseguido curarme las heridas.
Nadie puede reparar lo que está roto dentro de mí, lo tengo más que comprobado.
Y no estoy dispuesta a permitir que mi mierda te salpique a ti, porque a pesar de todo te quiero y deseo que seas feliz.
¿Te enteras de una vez? ¿Puedes entenderlo, Bosco?
Alcanzamos la terminal del aeropuerto sin que me haya dado cuenta del trayecto.
Bosco recoge el tique del aparcamiento, estaciona en una plaza libre y se baja del vehículo en absoluto silencio.
Sé que está procesando cada una de las palabras que le he arrojado a la cara.
No me siento liberada por haberme desahogado, pero necesitaba que conociera al menos una fracción de la verdad y dejara de calificar mi marcha como un simple capricho.
Abre la puerta del copiloto y, al ver que mantengo el cinturón de seguridad desabrochado pero sigo paralizada en el asiento, me toma del brazo y tira de mí hacia fuera.
No me da tiempo a reaccionar: sus labios se apoderan de los míos en el beso más ardiente, desesperado e intenso que nos hemos dado nunca.
Un jadeo ahogado rompe el silencio entre los dos antes de que me separe de él, completamente aturdida.
—Eso es lo único que entiendo —sentencia, mirándome con una sinceridad que me traspasa el alma—.
Esto que tenemos y que tú te empeñas en negar.
Pero soy consciente de que no puedo obligarte a quedarte y tú ya has tomado una decisión, de modo que me toca respetarla aunque jamás consiga sacarte de mi cabeza ni de mi corazón.
Espero de verdad que en Madrid logres reparar lo que está roto dentro de ti y que te acuerdes de los que nos quedaremos aquí pensando en ti. Siempre.
Se encamina al maletero y extrae mis pertenencias. Me hago cargo de la maleta pequeña, mientras él carga el peso de la más grande y de mi mochila. Tomados de la mano, nos dirigimos a la zona de facturación.
Apenas queda margen para las despedidas. El anuncio de embarque para mi vuelo resuena por los altavoces de la terminal y solo disponemos de unos segundos para un último abrazo y desearnos suerte en lo que está por venir.
—Por favor, Blancanieves... —me suplica, hundiéndose una vez más en mi cuello—.
Si en algún momento sientes que todo a tu alrededor se derrumba y necesitas a alguien que te recuerde lo importante que eres, llámame.
Me planto a tu lado en un par de horas, o en un día si no encuentro cómo. Por favor, prométemelo.
—No te olvides de ser feliz —le respondo, luchando para que la voz no se me quiebre por completo—. Quién sabe... A lo mejor en el futuro volvemos a coincidir en los tribunales, cuando te hayas convertido en un brillante abogado y a mí me toque custodiar a algún detenido.
—Ava…
—Adiós, Bosco.
Me desprendo de su agarre sin mirar atrás y encaro el acceso al control de billetes. Dejo a mis espaldas los últimos cinco años de mi vida, la calidez de su familia y al único chico que ha logrado rozarme el corazón.
Llevo varias semanas instalada en Madrid.
Durante los primeros días, Bosco intentó comunicarse conmigo por todos los medios: llamadas perdidas, mensajes diarios...
Tan solo le envié una respuesta escueta al pisar la capital para avisarle de que había llegado bien a mi nueva casa.
Nada más. No me apetece bloquear su número, pero terminaré haciéndolo si continúa insistiendo.
Por él.
Por mí.
Por los dos.
Ivette, mi jefa y casera, es una mujer encantadora.
La boutique se ubica en una de las avenidas más exclusivas de la ciudad y el estudio donde me alojo queda a pocos pasos del barrio de los Austrias.
Se trata de una minúscula buhardilla, pero el bajo precio de alquiler que me cobra se debe a que Mariana le confió parte de mi historia personal.
Al principio di por hecho que conviviría en su propia vivienda, pero la semana previa a mi llegada la pareja que ocupaba este estudio le anunció que se mudaba cerca de su trabajo.
El piso quedó desocupado e Ivette prefirió no buscar a otros inquilinos y reservármelo a mí.
Aunque compartir casa con ella me habría salido más económico, disponer de mi propio espacio me viene mejor.
Me paga un sueldo justo y, sumado a la beca académica, me alcanza de sobra para cubrir los gastos.
Espero con ganas el inicio de las clases universitarias para volcar la cabeza en los libros, aunque el dolor de la ausencia me acompañe día tras día.
Los días que cerramos a mediodía aprovechamos para comer juntas. Las jornadas de mayor afluencia —jueves, viernes y sábados— nos turnamos con Adara, la otra empleada, para que la tienda permanezca abierta continuamente con dos personas de cara al público.
Las llamadas de Bosco se han ido distanciando hasta extinguirse por completo. Coincidiendo con el arranque del curso académico, recibo un único mensaje en la pantalla:
A por ellos, Blancanieves.
Me quedo unos minutos contemplando el teléfono antes de enviar mi réplica:
Demuéstrales de que pasta estás hecho, futuro abogado.
Los primeros días en la facultad de Psicología resultan extraños.
Mantengo mi costumbre de no entablar relación con nadie.
Lo malo es que, al presentar la programación de las asignaturas, nos confirman la exigencia de completar trabajos en pareja y en grupo.
La sola idea me devuelve el recuerdo de cómo empezó mi historia con Bosco y me oprime el pecho.