Ava 9 Despedidas #4
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9 Despedidas #4

Llegamos hasta las rocas. Por extraño que parezca, no hay un solo alma por allí; tal vez los relámpagos que dibujan líneas sobre el horizonte y el ambiente cargado de electricidad han empujado a la gente a buscar refugio en los locales del paseo.

A mí, que me he acostumbrado a vivir con el rumor del mar de fondo y que sé cuánto lo voy a echar de menos, la tormenta me da igual.

A él tampoco parece importarle demasiado, de modo que nos acomodamos sobre las piedras sin reparar en que están mojadas ni en que las olas nos salpican los tobillos.

En este instante solo existimos los dos, rodeados por la sombra de todo aquello que él prefiere esquivar y de lo que a mí no me queda más remedio que hablar.

—Bosco...

Poso la espalda contra su pecho, que sube y baja agitado. La fragancia de su perfume se mezcla con la brisa salada en una perfecta combinación. Deposita un beso suave en mi pelo.

—No lo hagas —pide con un hilo de voz apenas audible—. No digas nada. Hoy no... No quiero conservar ese recuerdo de este viaje. Ni de ti.

—Pero es que... —intento articular.

—Que no, joder, Ava... Que no quiero saberlo —me interrumpe con desesperación—.

Déjame fantasear con que no vas a marcharte para siempre, con que todo este tiempo no ha sido más que el prólogo de una historia increíble, con que no llevas años repitiéndome que no y con que hoy, por fin, me vas a dar una oportunidad.

Sus palabras terminan de resquebrajarme por dentro. Me resulta insoportable continuar escuchándolo. Tal vez sea yo la que está equivocada, pero soy incapaz de gestionarlo de otra manera, así que me pongo en pie dispuesta a marcharme.

Antes de llegar a la mitad de la playa me agarra de la muñeca y me gira para dejarme frente a él. Estampa sus labios contra los míos y yo lo dejo. Con las lágrimas empapándome las mejillas, le doy acceso a mi boca sintiendo miles de mariposas revoloteando en mi estómago.

Rompo el contacto y salgo a la carrera hacia el paseo, sin permitir que su voz gritando mi nombre me detenga.

No sé a qué hora regresa. No lo vuelvo a ver hasta por la mañana, cuando estamos listos para bajar a desayunar.

Tiene ojeras y la mirada completamente apagada.

Tampoco yo he descansado. Mejor dicho: no he pegado ojo en toda la noche.

He dado un millón de vueltas en la cama, acosada por pesadillas recurrentes que me han obligado a mantener los ojos abiertos por miedo a volver a soñar.

—Chicos, ¿estáis bien? —nos pregunta su madre en cuanto nos acomodamos en la mesa del restaurante.

—Sí, cojonudamente —responde Bosco, dejándonos a todos de piedra.

—¡Bosco! —le regaña su madre.

—¿Qué pasa, joder? Soy el único que jamás protesta por nada, pues me he cansado, ¿vale? Dejadme en paz de una vez. No tengo hambre —añade, poniéndose en pie de golpe. En su huida engancha la falda del mantel y casi tira los cubiertos al suelo.

Abandona el comedor con las miradas de media sala clavadas en su espalda. Mariana vuelve los ojos hacia mí antes de formular la pregunta inevitable.

—¿Se lo contaste?

—No me dejó —admito con la voz rota—. Pero lo sabe.

Se enfadó muchísimo conmigo. Me pidió que no le dijera nada anoche y...

—mis palabras mueren antes de salir; el dolor me estrangula la garganta y soy incapaz de continuar.

Mariana se levanta de la silla y me envuelve en un abrazo—.

No pensé que esto fuera a resultar tan doloroso —sollozo contra su hombro.

—Aún estás a tiempo de cambiar de opinión, cielo.

—No. No hay redención posible para mí —gimo.

—Eres demasiado dura contigo misma, cariño —interviene su padre, tomándome la mano para apretarla con afecto.

Tana y Nico me observan comprensivos. Ignoro hasta qué punto conocen los detalles de mi situación, pero no voy a ser yo quien les ofrezca más explicaciones.

—Voy a buscarlo. ¿A qué hora nos iremos?

—En cuanto regreséis, no hay ninguna prisa, cielo —responde Nicolás.

Salgo por la misma puerta por la que Bosco se ha evaporado minutos antes.

Confío en que sus pasos lo hayan llevado de vuelta al espigón; podría estar en cualquier rincón del municipio, el puerto incluido —le apasiona observar los barcos—, pero algo me dice que ha buscado refugio exactamente donde estuvimos anoche.

A estas horas de la mañana, la arena ya empieza a poblarse de sombrillas y toallas: niños que pelean con sus madres para librarse del protector solar y chicos de nuestra edad corriendo hacia la orilla o jugando a las palas.

Es temprano, pero hay bastante público. Mis pasos apresurados me llevan hasta el final de la playa y, tal como sospechaba, en las rocas del espigón donde por las tardes se apuestan los pescadores, lo encuentro sentado.

Me acomodo a su lado en silencio. No se mueve.

Tampoco se molesta en mirarme. Mantiene la vista fija en el romper cansado de las olas.

—Bosco... Sé que esto te duele. A mí me destroza igual —intento explicarme.

Hace ademán de girarse para contradecirme, pero se lo impido posándole un dedo sobre los labios—.

Shhh... Déjame hablar, por favor. Durante estos años he estado viviendo una existencia que en el fondo no me pertenece.

Sí, ya sé lo que estás pensando: que no tiene por qué ser así, pero es lo que siento.

Sabes de sobra que he ido a terapia durante años y nada ha servido para quitarme la culpa, para convencerme de que aquello no ocurrió por algo que hice o dejé de hacer.

La cabeza manda más que la lógica. Y ha llegado la hora de decir adiós.

Vosotros me habéis regalado una vida maravillosa.

He tenido muchísima suerte con el piso y con mis educadoras, pero por encima de todo he tenido suerte contigo y con tu familia, que me habéis querido como a una más.

Sin embargo, a partir de ahora me toca caminar sola.

—¿Por qué? Somos tu familia, tú misma lo acabas de decir —interviene por fin, encarándome con unos ojos enrojecidos que me atraviesan el corazón—. Ava, yo te quiero.

—Y yo a ti, y a ellos. Pero no puedo ofrecerte nada bueno.

Solo terminaría destruyéndote. No queda luz en mí y la sombra a veces es demasiado grande.

Ya te conté que ni siquiera fui capaz de...

—Me detengo para coger aire. Esos recuerdos amenazan con tragarme y siento cómo el oxígeno deja de llegar a mis pulmones por mucho que me fuerce a respirar.

—¿Y de verdad piensas que para mí eso es lo más importante?

—protesta con desesperación—. Ava, si piensas eso de mí es que no me conoces en absoluto, joder.

—Toma mi mano para enlazar nuestros dedos de nuevo, se la lleva a la cara y deposita un beso tierno en cada uno de ellos—.

Es que no imagino mi día a día sin poder hablar contigo, sin llamarte para cualquier tontería o sin ir a buscarte para tomar un helado y pasear por la orilla. Lo que siempre hacemos.

—¿Hasta cuándo, Bosco? ¿Hasta cuándo iba a darte igual que no sea capaz de acostarme contigo? ¿Acaso piensas que soy ciega? He visto demasiado en esta vida y he vivido lo suficiente para saber de qué hablo, cariño.

—Es que no lo sabes en absoluto —rebate, agobiado—.

Yo también me fijo en las cosas. Sé perfectamente cómo reaccionas cuando te beso o cuando te rozo la piel.

¿Qué demonios te hicieron, Ava? —se pasa la mano por la melena, llenándose el pelo de arena sin darse cuenta.

Le limpio los granos con cuidado y él deja escapar una sonrisa amarga.

—Me rompieron por dentro cuando su obligación era cuidarme. Y eso no se cura.

—Cuéntamelo. Déjame entenderte de una vez.

—No hay forma de entender algo así, por más que te empeñes. Y ya te lo dije en su momento: hay miradas que me niego a ver en tus ojos.

—Pues nada, Ava... Huye —las palabras le brotan cargadas de un despecho amargo—. Creo que huir es lo mejor que se te va a dar en esta vida. Tal vez puedas ingresar en la policía, ser agente infiltrada o lo que sea que hagan, pero ten por seguro que jamás vas a dejar que nadie se quede a tu lado...

Sus palabras se me clavan en lo más profundo del alma, no solo por la dureza de lo que expresan, sino por la frialdad implacable de su tono.

Se pone en pie sin esperarme y camina a pasos agigantados hacia el paseo marítimo para regresar al hotel.

Cuando logro reunir las fuerzas necesarias para ponerme en pie tras el golpe, lo sigo a distancia.

Al llegar al hotel, el equipaje ya está listo para regresar a la realidad. Y, en mi caso, para inaugurar una nueva vida lejos de ellos.

El trayecto de vuelta en coche resulta pesado e incómodo.

Aunque los padres de Bosco intentan entablar conversación para aligerar el trayecto, sus esfuerzos se estrellan contra el muro de silencio.

Nico y Tana se han marchado a Ibiza a pasar un par de días de fiesta, de modo que viajamos los cuatro solos.

Solo quedan tres días para mi partida. He recogido todas mis pertenencias en dos cajas de cartón precintadas que viajarán por mensajería a mi nueva dirección en Madrid y un par de maletas que irán conmigo. Eso es todo.

Mi vida de los últimos cinco años condensada en cuatro bultos y un corazón destrozado.

Otra vez.

Empezar desde cero.

Otra vez.