Ava 9 Despedidas #3
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9 Despedidas #3

—¿Estáis bien los dos? ¿Ha ocurrido algo entre vosotros?

—me aborda sin rodeos nada más cruzar la puerta del baño de señoras, tan ostentoso como el resto del edificio.

No tenía necesidad real de usar el servicio, pero la intensidad de la celebración me estaba superando y precisaba unos segundos de soledad.

—No, no ha pasado nada malo —respondo, apoyándome contra la encimera de mármol—. Solo que Bosco ha deducido que me marcho de la ciudad y no sabe muy bien cómo gestionarlo. Yo tampoco, si te soy sincera.

—¿Cómo que te vas? —se extraña, Es cierto, ella no lo sabe. La sorpresa dibujada en su cara demuestra su sinceridad—. ¿No ibas a matricularte en Psicología?

Asiento con la cabeza.

—Pero no aquí. Ya sé que es una decisión que ni tú ni nadie vais a comprender del todo, pero está tomada y no voy a echarme atrás, por mucho que os vaya a echar de menos a todos. A vosotros y a él.

—¿Pero es que no piensas volver? —Niego en silencio con la cabeza—. ¿Nunca? ¿Tampoco piensas mantener el contacto con nosotros?

—No. Créeme si te digo que es lo mejor para todos.

—Pues tienes toda la razón: no entiendo nada de nada —protesta Tana—. Vas a destrozarle el corazón a Bosco. Está enamorado de ti, ¿o es que todavía no te has dado cuenta?

—Nadie se muere de amor —argumento—. Pero sí se puede sufrir por verdades que prefiero guardarme. Si se enterara de ciertas cosas, su forma de mirarme cambiaría y no estoy dispuesta a soportar esa lástima. Bosco necesita a su lado a alguien capaz de entregárselo todo, y esa persona no puedo ser yo.

Resulta imposible continuar la conversación. No era mi intención abordar este asunto en mitad de mi fiesta de cumpleaños y la voz se me atasca en la garganta. Tana percibe mi angustia y me rodea con los brazos.

—Lo siento mucho, Ava. No quería hacerte daño, es tu día y lo estoy arruinando con mis preguntas. Perdóname, por favor.

Me lavo la cara con agua fresca y ella me ofrece su propia máscara de pestañas para reconstruir el desastre. Aplico también un toque del labial rojo, me seco las manos en una toalla de lino individual y la deposito en el contenedor que hay para eso.

Salimos un instante después, en cuando se asegura de que estoy mejor.

Al entrar en la sala, los ojos de Bosco son los primeros en buscar los míos, cargados de dudas.

Le hago un leve gesto negativo con la cabeza y su rostro se destensa un poco.

Aun así, en cuanto me acomodo a su lado en la mesa, me susurra al oído:

—¿Qué ha pasado ahí dentro?

—No te preocupes, estoy bien. Centrémonos en disfrutar de la velada que has organizado.

—Tus ojos no dicen lo mismo —replica, con una sombra de melancolía.

La conversación queda interrumpida por la llegada de los camareros, que sostienen una tarta de chocolate presidida por dos velas doradas con la cifra dieciocho.

En cuanto terminan de entonar el Cumpleaños Feliz, me acerco y extingo las mechas presionándolas con las yemas de los dedos.

Nadie me cuestiona la manía a estas alturas; durante estos cinco años, el grupo entero se ha acostumbrado a mis pequeñas excentricidades en cada cumpleaños que me ha organizado Bosco.

Un rato más tarde, sus padres y mis compañeras del piso de acogida se despiden.

Tana y Nico proponen ir a tomar una copa para alargar la noche, pero a Bosco le basta con mirarme a los ojos para comprender que estoy agotada.

Él mismo declina la oferta y regresamos al hotel con la pesada sombra que sigue flotando entre los dos.

Me refugio en el cuarto de baño nada más cruzar el umbral de la suite.

Me lavo la cara con agua fría e intento desabrochar los botones minúsculos del cuello del vestido sin conseguirlo.

En un segundo descubro su reflejo a mi espalda: se acerca en silencio y deshace los cierres sin pronunciar palabra.

—Gracias —murmuro, sosteniéndole la mirada a través del cristal.

Intenta esbozar una sonrisa, pero esta noche la mueca se le desdibuja de inmediato, acrecentándome la presión en el pecho.

—No me des las gracias, solo te estoy echando una mano con el vestido —bromea, o al menos lo intenta.

—No es por eso y lo sabes de sobra, Bosco. No quería que llegáramos a este punto.

—¿A qué punto, Ava? —interviene con amargura—.

¿A echarte de menos antes de que te hayas marchado siquiera?

¿A sentir cómo el vacío se me extiende por dentro porque no alcanzo a entender tu decisión y te niegas a explicármela?

¿A saber que hay cosas que deseas tanto como yo y que, sin embargo, te empeñas en frenar?

Me giro sobre mis talones para encarar su mirada oscura y triste; esa mirada apagada que me destroza por dentro. Le tomo las manos entre las mías y enlazo nuestros dedos.

—Es que no puedo. Si he tomado esta decisión es porque estoy convencida de que resulta lo mejor para ti. Yo no soy buena para nadie, y mucho menos para ti.

—No vuelvas a decir eso —me ataja—. Eres perfecta. Para mí y para cualquiera que tenga la suerte de conocerte, solo que tú eres incapaz de verlo.

—Hay demasiadas cosas de mi pasado que ignoras y que no te puedo contar. Cosas que me impiden quedarme aquí disfrutando de una vida que no me pertenece.

—¿Y se puede saber quién decide lo que te pertenece o no? —pregunta.

Me toma por la cintura, me alza hasta acomodarme en el borde del lavabo y se sitúa entre mis piernas. Sube las manos a mi rostro para obligarme a sostenerle la mirada.

—Lo decidieron por mi hace muchos años, Bosco. Y no puedo cambiar el pasado

—El pasado no, pero sí puedes elegir tu futuro y a las personas que deseas conservar en él.

Niego con la cabeza, sopesando sus palabras. Por un instante efímero me tienta la ilusión de creer que tiene razón, pero la realidad se impone de golpe: para mí no existen los finales felices.

Se pasa las manos por el pelo visiblemente frustrado.

Me observa unos segundos, menea la cabeza decepcionado y abandona el cuarto de baño, dejándome sola encaramada a la encimera.

Desciendo de un salto, busco el pijama en la bolsa y me encierro de nuevo para cambiarme antes de refugiarme en la terraza con un libro.

No volvemos a cruzar palabra en toda la noche. Cuando regreso al dormitorio, yace dormido en la cama de matrimonio. Me recreo contemplando sus facciones en la penumbra: parece relajado, aunque una leve arruga en el entrecejo delata que la tensión no se ha disipado del todo.

Me deslizo bajo las sábanas. La cama es tan espaciosa que ni siquiera nos rozamos.

Por la mañana, la luz dorada del amanecer se filtra entre las rendijas de los visillos. Me giro sobre el costado y descubro que el espacio a mi lado está vacío.

Lo encuentro en la terraza, igual que la tarde anterior, apoyado sobre la balaustrada de cristal.

—Buenos días, Blanca —me saluda, extendiendo un brazo para que me acerque⁠—

¿Has descansado bien? —pregunta, depositándome un beso en la coronilla.

—Sí —miento sin pestañear— Tengo hambre, ¿bajamos a desayunar?

Procuramos dejar al margen las conversaciones comprometidas y consumimos las horas restantes disfrutando del entorno como si el futuro no existiera.

De regreso a la ciudad me pregunta si nos veremos al día siguiente, pero prefiero darle largas. Le explico que me va a tocar echar una mano en el piso de acogida con las niñas pequeñas.

Es Mariana quien se pone en contacto conmigo poco después para coordinar los detalles de las vacaciones familiares. Nos iremos los cuatro en un primer momento; Nico y Tana se sumarán más adelante.

El día fijado para partir me presento en su casa por sorpresa. Bosco no tiene la menor idea; lo hemos mantenido en secreto entre su madre y yo. Al llamar al timbre y aguardar en el porche, los nervios en mi estómago me dan ganas de vomitar.

La puerta se abre.

—¿Ava? —La perplejidad de su tono al descubrirme en el rellano, maleta en mano, me hace dudar. Ignoro si la sorpresa le agrada o si he vuelto a meter la pata—. ¿Qué haces aquí?

—Pues me han dicho que hoy nos vamos de viaje y mírame, aquí estoy.

Sus ojos se iluminan de golpe y una sonrisa genuina, esa sonrisa radiante que tanto me gusta, le dibuja los hoyuelos en el rostro.

—¿Vienes con nosotros? ¿Por fin? —Asiento con la cabeza y él tira de mi para darme un abrazo de los suyos en el que me pierdo encantada—. Gracias, Blancanieves.

No sé adónde vamos, y me da exactamente igual. Sé que no volveré a disfrutar de unas vacaciones así en muchísimos años y, desde luego, jamás rodeada de una familia como la suya. De modo que me dispongo a exprimir cada minuto al máximo, sin importar el lugar.

Pronto me entero de que nos desplazamos hacia la Costa Dorada, lo que nos augura bastantes horas de trayecto en carretera.

Bosco se pasa casi todo el camino buscándome con la mirada, como si temiera que fuera a evaporarme de un instante a otro.

Sus dedos buscan la calidez de los míos sobre la tapicería y, salvo en las paradas de servicio, donde interactúa un poco más con sus padres, el resto del tiempo se limita a acariciarme la mano, aislándonos en esa burbuja que acostumbra a construir a nuestro alrededor.

Creo, sin temor a equivocarme, que son los mejores días de toda mi vida.

Los paseos por la playa al atardecer o bajo las estrellas, solos los dos, ajenos a los transeúntes que se cruzan en nuestro camino, las risas, los juegos en el agua y la complicidad que nos une no se pueden comparar con nada.

Siento que todo lo que aguarda al final del verano pertenece a una realidad paralela, una amenaza lejana que prefiero ignorar, mientras cada día que pasa nos aleja un poco más.

La última noche, sus padres prefieren quedarse descansando en las instalaciones del hotel. Nico y Tana han salido a una famosa discoteca de la zona, pero Bosco me pide que lo acompañe a dar el «penúltimo» paseo por la orilla, como él lo ha bautizado.

Sé de sobra que se trata del último paseo de nuestras vidas. Pero prefiero guardarme el pensamiento y caminar a su lado en silencio.