9 Despedidas #2
No deja de mirarme ni un solo instante mientras le hablo. Sé que en su interior pugnan por salir multitud de preguntas, la mayoría de ellas sin una respuesta posible, pero no quiero que los días que compartamos aquí se conviertan en un mal recuerdo; serán de los últimos que fragüemos juntos.
—Es que necesito entenderlo. Y no lo consigo, Blancanieves —confiesa en un murmullo.
Sonrío al escucharlo. Vuelve a ser mi amigo, mi confidente y la persona por la que daría la vida, pero existen parcelas de mi pasado y de mi realidad que no lograría comprender ni aunque volviera a nacer. De eso estoy segura.
—Tal vez algún día lo entiendas.
Una pelota de playa llega rodando hasta nuestra posición.
Bosco no duda en ponerse en pie para lanzársela a los niños a los que pertenece, que se lo agradecen desde la orilla, mientras yo me recreo en secreto contemplando su figura.
Me pongo en pie y, cuando regresa a la toalla, le propongo darnos un chapuzón.
Pasamos el resto de la mañana jugando entre las olas, hasta que el rugido del estómago nos advierte de la hora. Recogemos los enseres para desandar los escasos metros que nos separan de la entrada del hotel.
La tarde la consumimos con pereza acomodados en las tumbonas de la piscina, sosteniendo cada uno un libro entre las manos. De vez en cuando capto cómo sus ojos me observan con la misma atención disimulada con la que yo lo contemplo a él.
Al rozar las ocho y media de la tarde, sugiere subir a la suite para arreglarnos antes de bajar a cenar.
Entro en el baño en primer lugar. Dice que tardo demasiado tiempo y prefiere que tome ventaja mientras decido qué ropa me voy a poner.
Sin embargo, al salir envuelta en la toalla, descubro sobre la enorme cama de matrimonio, esa que tendremos que compartir a menos que uno decida exiliarse al sofá, un espléndido vestido que no estaba allí antes.
—Perdona... ¿Me puedes explicar qué es esto? —inquiero, señalando el modelito rojo que es una pasada, pero que no entiendo a qué viene.
Sonríe de lado y se le dibuja ese hoyuelo en la mejilla que tanto me trastoca.
—Y yo que pensaba que eras más inteligente que yo… Y resulta que no reconoces un simple vestido cuando lo tienes delante —me vacila con guasa.
Me aproximo hasta quedar a escasos milímetros de su cara; o mejor dicho, a la altura de su pecho, dada su estatura, por lo que me veo obligada a alzar la vista para sostenerle el pulso.
Lo veo tragar saliva con dificultad y descubro que el albornoz no está todo lo cerrado que yo creía.
Estamos más que acostumbrados a vernos en bañador y eso, pero…
—Hasta ahí llego, futuro abogado. Pero ¿por qué hay un vestido rojo de mi talla sobre la cama?
—Porque el rojo te sienta de escándalo, punto uno —enumera con los dedos—.
Porque jamás te permites el lujo de comprarte algo así, punto dos.
Porque es tu cumpleaños y seguro que es el último que pasaremos juntos, muy a mi pesar, punto tres.
Y porque me da la real gana, coño, que últimamente me exiges justificar cada paso que doy.
—Uy, uy... Qué lengua tan sucia, señor letrado.
—Puedes limpiármela con la tuya, futura poli —responde agarrándome por la cintura para pegarme a su cuerpo sin dejar un milímetro de separación.
—Va a ser que no, señor Muñoz —rehúso conteniendo el aliento—. Venga, entra en la ducha mientras me lo pruebo. Gracias por el detalle, pero te aseguro que no era necesario.
—Lo sé, pero me apetecía hacerlo.
Se retira hacia el cuarto de baño tras soltarme sin excesiva gana.
Me quedo a solas contemplando la prenda sin atreverme a acariciar el tejido; descubro la etiqueta de la firma y deduzco de inmediato que le ha costado una fortuna.
Un enorme nudo se me forma en el estómago, pero me obligo a tragar saliva y me coloco frente al espejo del vestidor para superponer la tela sobre mi cuerpo.
Luce un escote estilo halter y la espalda al aire, con un corte similar al mono que llevé en la graduación; la falda es vaporosa y cae hasta media pierna.
Miro entre mis cosas a ver que ropa interior me puedo poner y aunque es obvio que debo prescindir del sujetador, no sé si habrá alguna braguita que no se marque.
Por suerte, las sandalias que traje no desentonan.
Justo cuando me deslizo el vestido por las caderas, la puerta del baño se abre y Bosco reaparece luciendo únicamente un pantalón tipo chino sin abrochar.
Lo descubro a través del cristal del espejo y procuro desviar la mirada, pero él se acerca al notar que la cremallera trasera y los botones diminutos del cuello siguen deshechos.
Sube el cierre en silencio y abrocha las presillas con destreza, aprovechando la cercanía para depositarme un beso en la piel sensible de la oreja, cerca de la nuca, desencadenando una corriente eléctrica por toda mi columna.
Si mi cuerpo reacciona así con él, tal vez… Descarto la idea de inmediato. No. Es imposible. Con Bosco no.
—Te queda perfecto, justo como suponía —murmura sobre mi cuello.
Me doy la vuelta para dejar de ver nuestro reflejo en el espejo y encararlo frente a frente.
—¿Qué estamos haciendo, Bosco?
A pesar del tono oscuro de su iris, distingo la pupila dilatada por la cercanía, y si no fuera porque el pantalón está desabrochado otros signos serían más que evidentes.
—¿Qué es lo que deseas hacer tú, Ava? —pregunta en voz baja.
Jamás ha ocultado lo que siente ni lo que anhela a mi lado. Tampoco yo le he ocultado que no puedo corresponderle como quisiera y que cruzar esa línea es una pésima idea. Sin embargo, en días como este, la atracción física resulta de una evidencia arrolladora.
—Somos amigos, Bosco... Eres mi mejor amigo. No quiero empañar ese recuerdo. Te lo he dicho mil veces.
—Pues todo dicho, nena —acepta con resignación.
Alza la mano hacia mi mejilla y me acaricia el rostro con el pulgar, bordeando el contorno de mis labios antes de dejarme un beso tan tenue que no logro discernir si ha sido real o fruto de mi imaginación.
—Termina de arreglarte, que se nos hace tarde para la cena.
Se aleja hacia el armario empotrado donde aguarda su ropa.
Yo me refugio en el cuarto de baño para abrir el neceser que me preparó mi compañera del piso de acogida.
El sol de la mañana me ha acentuado las pecas sobre la nariz y me ha dorado la piel, de modo que, como tampoco soy mucho de maquillarme, me limito a aplicar la máscara de pestañas y el labial rojo intenso que venía en el estuche.
Curiosamente, cada cosmético escogido por la pequeña de la casa parece combinar a la perfección con el vestido que Bosco acaba de regalarme.
Al salir del cuarto de baño no veo a Bosco en la suite, pero la cortina de gasa ondea con suavidad advirtiéndome de que la puerta del balcón está abierta.
Me acerco en silencio y lo veo apostado sobre la balaustrada de cristal que separa el vacío de la terraza.
Me detengo antes de salir a su encuentro para observarlo: mantiene los hombros rígidos por la tensión.
Debe de intuir mi presencia o algo similar, porque se da la vuelta esbozando una sonrisa que no le pertenece, una mueca impostada que suele colocarse cuando algo le contraría de verdad.
Esta vez, la única culpable soy yo. El gesto gana un matiz más sincero cuando sus ojos me recorren de arriba abajo y se aproxima para decirme lo guapa que estoy.
Me ofrece la mano y le pido un segundo para guardar el monedero y el teléfono móvil en un bolso de mano pequeñito.
Salimos del hotel cogidos de la mano, como si en realidad fuéramos esa pareja que no somos; pero prefiero dejarme llevar por la ilusión, al menos por esta noche.
Caminamos un poco y llegamos a un restaurante con pinta de caro que hace que mi estómago se encoja.
Está en la misma playa. Bosco cruza el umbral y me cede el paso rozándome la cintura con delicadeza.
Le indica su nombre al recepcionista y el empleado nos guía por un lateral hasta un reservado.
Al entrar en la estancia me quedo petrificada: sus padres, su hermano junto a Tana y las chicas de mi piso de acogida me aguardan de pie.
Todos visten con elegancia. Un par de globos metalizados con la cifra dieciocho presiden la pared frontal y, sobre una mesa auxiliar, se acumulan varios paquetes envueltos.
—¡Feliz cumpleaños, Ava! —exclaman al unísono.
Las niñas son las primeras en abalanzarse sobre mí para estrujarme en un abrazo; luego se acercan las educadoras, el hermano de Bosco con su chica y, por último, sus padres.
Sigo sin saber cómo reaccionar ante muestras de afecto de este calibre, pero las lágrimas deciden abrirse paso sin mi permiso, arruinando de paso la máscara de pestañas.
Bosco no se separa de mi costado ni un solo milímetro y me sujeta por la cintura en cuanto siente que me desmorono.
—No llores, cariño —me murmura Mariana al oído mientras me estrecha contra su pecho—. Bosco intuye que te vas pronto... Te prometo por lo más sagrado que yo no le he dicho una sola palabra, pero se empeñó en montar todo esto.
—Lo sé —susurro con la voz partida—. Ya hemos hablado un poco sobre el tema. Gracias por todo, Mariana.
—No me des las gracias, mi amor.
—A ver, ¿podéis dejar respirar a la cumpleañera? —interviene Bosco para romper el dramatismo—. Desde el almuerzo no ha probado bocado y debe de tener un hambre atroz. Sois unos pesados de cuidado.
Su ocurrencia provoca una carcajada general y consigue arrancarme una sonrisa entre los sollozos.
—No seas borde, nene —le riño, dándole un codazo cariñoso en las costillas.
Nos acomodamos en la mesa redonda. Bosco se sienta justo a mi lado; luce una expresión más grave de lo habitual, aunque procura sonreír a pesar de todo y cruzarse bromas con su hermano.
Antes de que sirvan los postres, me excuso para acudir al aseo.
Tana me sigue los pasos de inmediato; presiento que se avecina una charla complicada.