Ava 9 Despedidas
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9 Despedidas

DESPEDIDAS

«Blancanieves morirá —gritó—, aunque me cueste la vida».

​— ​BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.

Deja atrás Málaga y toma la autovía en dirección a Cádiz sin soltar prenda sobre nuestro destino, por más que le pregunto.

Lleva la música bajita, como siempre; de nuevo el gusto musical de su abuelo nos hace compañía en el trayecto.

Logical Song de Supertramp suena en primer lugar y, un poco más tarde, la voz pausada de Bosco tararea por lo bajo los versos de Just the Way You Are.

Al llegar a la altura de Marbella, veo cómo acciona el intermitente y toma la salida. Madre mía, que la vamos a liar...

—¿Nos quedamos aquí? —inquiero, arqueando una ceja.

—¿En mitad de la autovía? —se mofa sin apartar los ojos de la calzada—. No, vaya mierda de regalo sería.

—Muy gracioso. A ver, Bosco... Estamos a finales de julio y en Marbella. Cualquier cosa por aquí cuesta un ojo de la cara. ¿Se te ha ido la cabeza o qué te pasa?

—Se me debió de ir hace ya bastante tiempo, sí, pero no tiene nada que ver con eso. Es tu cumpleaños, estuve trabajando precisamente para costear esto y, además...

No le permito completar la frase. ¿De verdad ha estado echando horas en el bufete solo para regalarme un par de días en la costa? Y lo peor es que ya intuyo hacia qué complejo nos dirigimos. Lo mato. Lo mato y no dejo de él ni un solo pelo.

—¿Que tú qué? ¿Lo dices en serio? —le espeto, fuera de mí—. ¿Estuviste trabajando para hacerme un regalo? Definitivamente has perdido el juicio.

Accede a un aparcamiento privado mediante una tarjeta magnética, lo que me confirma que no es la primera vez que se deja ver por allí. Me cago en todo lo cagable.

En cuanto apaga el motor, abro la puerta y me bajo de golpe sin esperarlo. Me encamino a zancadas hacia el lado del conductor, le abro la puerta de malas formas y aguardo a que salga. Para colmo de males, me contempla con una mueca divertida.

—¿Eres idiota o qué te ocurre? Ah, no, claro...

Que trabajar te ha sentado fatal y por eso has decidido traerme a un puto hotel de cinco estrellas un veinticuatro de julio.

No puedo contigo, Bosco. Ve a recepción, cancela la reserva y volvámonos por donde hemos venido.

No pienso dirigirte la palabra en lo que te queda de vida.

—Vas a hacerlo igual —suelta sin inmutarse, con un tono divertido que me descoloca.

—¿Cómo dices? —pregunto perpleja. No puede ser... Mariana me prometió que no le diría nada.

Sin darme margen a reaccionar, me agarra por la cintura y me pega contra la carrocería del coche. Se coloca a escasos centímetros de mí; demasiado cerca para todo lo que no quiero sentir.

—Tres cosas, Ava —murmura, clavándome la mirada—.

Una: llevo mil años queriendo venir contigo a este sitio, sé de sobra que te morías por conocerlo y no existe mejor ocasión que ahora.

Dos, y esta me hace parecer más rata de lo que soy: mis padres y el director del hotel son buenos amigos desde hace años.

No lo sabía, pero al comentarle a mi madre que quería invitarte, habló con él y la estancia me ha salido tirada de precio.

Y tres: mi dinero me lo gasto en lo que me da la real gana.

Puntualiza esta última frase deslizando la vista hacia mis labios, para luego ascender despacio hasta sostener la mirada de mis ojos. A continuación, se despega de mi cuerpo lanzando un suspiro, dejándome sin un solo argumento al que agarrarme.

No estoy lista para esto y no es el momento adecuado. Tampoco él es la persona indicada. Él no.

Es probable que esa persona jamás exista para mí.

Lo que no puedo permitirme, bajo ningún concepto, es hacerle daño.

Subimos en silencio en el ascensor. La tensión que se ha instalado entre nosotros me resulta insoportable.

Estar mal con él no es una opción viable y la angustia me oprime el pecho hasta el punto de faltarme el aire.

Trato de respirar despacio pero, antes de alcanzar nuestra planta, se da cuenta de que algo me ocurre.

Suelta el equipaje en el suelo acercándose a mí, me acuna el rostro entre las manos y me busca la mirada.

—Ava, respira, cariño… Despacio. Así, coge aire hondo. Mírame a los ojos y hazlo conmigo.

Consigo que el oxígeno regrese a los pulmones justo cuando el elevador se detiene con un leve temblor y las puertas se abren.

Recoge las mochilas del suelo impoluto de la cabina —donde ahora reparo en que suena una melodía ambiental de esas insípidas que invitan a huir por las escaleras— y tira con suavidad de mi mano para salir al pasillo antes de que la puerta vuelva a cerrarse.

Lo sigo por un corredor decorado con un gusto exquisito y sobrio.

Saca la tarjeta magnética del bolsillo y abre la puerta de una enorme habitación.

Lo primero que llama mi atención es un ventanal imponente que ocupa la pared frontal de lado a lado, regalando unas vistas panorámicas al mar mediterráneo.

El resto del mobiliario pasa desapercibido para mí, al menos en un primer instante.

Atraída por una fuerza que no puedo controlar, me acerco al cristal, deslizo la hoja corredera y salgo a la terraza.

El aroma salado resulta aquí mucho más intenso que en la ciudad y se entrelaza con la fragancia de las flores estivales del jardín inferior, donde la piscina refleja el cielo brillante.

No oigo sus pasos, pero sé que se ha colocado a mi espalda, en silencio, aguardando a que sea yo quien le diga algo.

—Bosco... —lo llamo con un hilo de voz apenas audible.

Antes de que termine de articular su nombre, ya está a mi lado.

—¿Estás mejor? —me pregunta, rodeándome la cintura con un brazo.

Sus dedos se cuelan por debajo del borde de mi camiseta, acariciándome la piel de la cadera y alterándome los sentidos.

—Lo siento —murmuro, bajando la cabeza—. Soy una desagradecida. Con todo lo que haces por mí, con todo lo que hace tu familia... y encima me pongo a protestar.

—Shhh... —deposita un beso en mi pelo—. No vuelvas a decir algo así.

Solo queremos lo mejor para ti. Deja de cuestionarlo todo como si no te merecieras que te quieran.

Ava, deja que la gente te demuestre su afecto de una vez.

Sé de sobra que te vas a marchar, que nuestros caminos se van a separar y que me vas a romper en mil pedazos, de modo que al menos permíteme disfrutar a tu lado de estos días.

Escuchar esa afirmación tan tajante me deja helada. No se trata de una suposición o una indirecta: él lo sabe a ciencia cierta. Y no alcanzo a comprender cómo lo ha averiguado.

—¿Por qué dices eso?

Me giro un poco para encarar su mirada, que luce apagada, sin el brillo habitual.

—No hace falta que disimules más. Sé que no has solicitado plaza en la Universidad de Málaga para ninguna carrera. Está claro que te marchas lejos y que pretendías ocultármelo.

—Pensaba contártelo, te lo juro...

—¿Cuándo, Ava? —me interrumpe—. ¿En el andén de la estación o en la puerta del aeropuerto? ¿Pensabas decirme siquiera a qué ciudad te vas?

—¿Podemos hablar de esto al regresar a casa? —le suplico, sintiendo que me faltan las fuerzas—. Déjame creer por unos días que eso no va a suceder.

Vuelve a acunarme el rostro entre las manos. Me aparta con delicadeza el flequillo rebelde y me desliza una tibia caricia por la mejilla mientras deja escapar un suspiro profundo, cargado de una derrota más que evidente.

—¿Y de qué sirve aplazarlo si ya lo tienes más que decidido?

Noto como las lágrimas se acumulan en mis ojos y un nudo denso se forma en mi garganta, impidiéndome articular palabra.

Bosco se da cuenta y prefiere no presionar más.

Se limita a atraerme hacia su pecho para envolverme en un abrazo protector y me pierdo contra su cuerpo, un cuerpo que ha cambiado muchísimo durante estos años de adolescencia.

Ignoro cómo será dentro de cinco o diez años, pero ahora posee una envergadura imponente y, a su lado, me siento diminuta.

La natación lo mantiene en forma y ha desarrollado un cuerpo que llama la atención.

No tengo ni idea del tiempo que permanecemos así, con sus manos trazando caricias sobre mi espalda mientras mantengo la frente apoyada en el hueco de su hombro, sumergida en su perfume.

Ese aroma que se convirtió en mi refugio y en mi hogar hace demasiado tiempo como para desprenderme de él de golpe.

—Cariño, ¿te encuentras mejor? —pregunta, tomando un poco de distancia para mirarme a los ojos. Asiento en silencio y él insiste—: ¿Prefieres que bajemos a la playa hasta la hora de comer o nos quedamos en la piscina?

—Lo que tú prefieras. Te prometo que te lo contaré todo y te explicaré mis motivos.

—Está bien. Vamos abajo; no quiero verte triste hoy.

Regresamos al interior de la estancia. Rescato la bolsa de playa para comprobar que llevo lo necesario y, antes de salir, Bosco se ofrece a extenderme la protección solar.

Sabe de sobra que, aunque he cogido tono dorado estas semanas, mi piel sigue siendo sensible y me puedo quemar con facilidad, de modo que aplicarnos la crema antes de pisar la arena es la mejor opción.

Mi ánimo no mejora mucho, por más que intente disimular la pesadumbre. No me apetece zambullirme en el agua y ni siquiera los piques habituales de Bosco consiguen animarme.

—Traerte aquí no ha sido una buena idea, está claro —asume con resignación al comprobar que resulta imposible arrancarme una sola sonrisa sincera.

Me incorporo sobre la toalla y me acomodo frente a él. Sus ojos lucen más oscuros que de costumbre. Enlazo mis dedos con los suyos, como tantas veces; su piel es cálida y suave y nuestras manos encajan a la perfección.

—No digas eso. Sabes que este día siempre es complicado para mí. Si a eso le sumas que hay cosas que no me gustaría tener que asumir… Tengo derecho a estar un poco triste, ¿no crees?