Ava 8 Un año más #4
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8 Un año más #4

No hablamos mucho. Sobre la mesa flota todo aquello que preferimos callar, las confesiones que debería hacerle pero que he decidido postergar hasta que concluyan las pruebas de acceso a la universidad.

Ya carga con bastante presión sobre los hombros como para añadirle una preocupación sin solución. Al menos no la que él quiere.

Acordamos que pasará a recogerme en coche a primera hora para trasladarnos juntos a la sede donde se celebran los exámenes. Regresamos a mi piso a una hora prudente y esta vez sí recupera su antigua costumbre: se baja del vehículo, me acompaña hasta el portal y aguarda a que abra la puerta.

—Me ha sentado de maravilla este descanso. Gracias, Bosco —le digo, acariciándole el pelo despeinado por el viento de la costa.

Me sostiene la mano cuando recorro el contorno de su mejilla y se la lleva a los labios para depositar un beso suave en la palma.

—A mí también. No quiero volver a distanciarme de ti jamás —murmura.

Uff... Si supieras lo que se avecina...

—Me has dicho que sobrevivirás —le recuerdo sus propias palabras.

—Pero contigo viviría de verdad —suelta, asestando un golpe directo a mi coraza. Me quedo sin aliento—. Sé que hay algo que no me cuentas, y me duele casi más que lo otro, porque demuestra que no terminas de confiar en mí.

—Te lo contaré todo. Te lo prometo. Pero hoy no es el momento.

Se aproxima un paso más y me deja un beso cálido en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios, impregnándome la piel con el aroma de su perfume.

—Hasta mañana, Blanca.

—Hasta mañana.

Los exámenes pasan más rápido de lo que esperaba.

Apenas me restan un par de turnos en el restaurante; les comuniqué en su momento que no continuaría durante el mes de julio.

Nuestras calificaciones son excelentes; las mías un poco más altas, pero las de mi amigo son magníficas también.

Respiro aliviada con las notas, consciente de que ya no tendré el menor contratiempo para obtener la beca de excelencia académica.

Bosco tampoco lo sabe, pero este verano sí me iré con ellos de vacaciones familiares.

Mariana volvió a insistirme hace poco y considero que puede convertirse en una despedida bonita antes de mi partida.

De modo que, antes de poner rumbo a Madrid la última semana de agosto, compartiré con ellos unos días.

Casi como un suspiro, como si el tiempo apretara el paso precisamente cuando más deseas que se detenga, llega mi cumpleaños y el quinto año residiendo en el piso de acogida.

El veinticuatro de julio cumplo dieciocho años y, antes de trasladarme a mi nuevo destino, confío en obtener también el permiso de conducir.

Nico se presta a darme lecciones prácticas en zonas poligonales sin tráfico antes de iniciar las clases en la autoescuela; circular con más coches alrededor ya será otra historia.

El mismo día de mi cumpleaños me llega un mensaje de Bosco diciéndome que prepare un pequeño equipaje que nos vamos un par de días. Como es normal no tengo ni idea de qué habla, así que lo llamo de inmediato.

—Felicidades, Blancanieves. —responde en cuanto descuelga—. Venga, que en media hora estoy en tu casa. No me hagas esperar.

—¿Qué? ¿Pero qué dices? ¿A dónde se supone que vamos?

—A celebrar tu cumpleaños como Dios manda. No todos los días se cumplen los dieciocho. Venga, ligerita: bikinis, ropa de playa y algo arreglado para esta noche y mañana. El reloj corre, tic, tac...

Y corta la comunicación sin darme margen de réplica.

Abandono el dormitorio encaminándome a la cocina, donde tropiezo con Lorena.

Al percibir mis pasos se gira sosteniendo una magdalena con una vela encendida mientras me entona el Cumpleaños feliz luciendo una sonrisa.

Apago la mecha presionándola con las yemas de los dedos, como llevo haciendo desde niña, y ella me rodea con un abrazo cálido antes de instarme a preparar la maleta sin perder un segundo.

O sea, que Bosco la ha metido en el ajo. Vaya par de dos.

El resto de mis compañeras se suman a las felicitaciones y me entregan pequeños detalles.

La benjamina del grupo me regala un neceser minúsculo cargado de accesorios de maquillaje que me saca una sonrisa.

Lorena opta por un libro titulado Forastera; leo la sinopsis de la contraportada y descubre que trata sobre viajes en el tiempo, no sé si eso me va a gustar mucho…

En un tiempo récord y con la ayuda de mi educadora, compongo el equipaje en la maleta pequeña que adquirí hace un par de semanas.

Introduzco lo que me ha pedido Bosco junto a unas chanclas y un par de sandalias; tampoco es que disponga de una variedad excesiva en el armario.

He preferido reservar cada euro para costearme la autoescuela y cubrir los gastos inminentes en Madrid.

—Pásalo bien, cariño —me despide Lorena cuando suena el timbre del interfono.

Bajo al portal arrastrando la maleta. Bosco se aproxima de inmediato para hacerse cargo del equipaje y acomodarlo en el maletero del vehículo.

—Hola, Blanca. Felicidades otra vez —dice, depositando un beso en mi mejilla demasiado cerca de la comisura de los labios.

—Gracias... Estás completamente chiflado, ¿lo sabes?

—No me tires de la lengua —responde con una sonrisa enigmática antes de cerrarme la puerta del copiloto.