Ava 8 Un año más #3
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8 Un año más #3

—No —responde de inmediato—. Esa es una conversación que os corresponde tener a vosotros dos.

Solo he hecho las gestiones con mi amiga, la dueña de la boutique con la que hablaste por teléfono, y nada más.

Estuve revisando la documentación de la universidad que me dijiste y me parece una buena elección.

Su programa de becas de excelencia es magnífico y las ayudas de posgrado también.

Es verdad que no disponen de los másteres específicos en los que estás interesada, pero para eso aún queda mucho tiempo y ya surgirán otras alternativas.

Y, Ava... —se interrumpe un segundo, sopesando las palabras con cautela—.

Puedes contar conmigo para lo que necesites, siempre.

No le diré una sola palabra a mi hijo, puedes estar completamente segura.

Por mi boca no sabrá nada. Y, por supuesto, si precisas ayuda económica o de cualquier otro tipo en Madrid, me lo dices.

Nadie más lo sabrá. Te prometí en su día que tu pasado quedaría protegido y esto no es diferente.

Un nudo enorme me oprime la garganta hasta dificultarme el paso del aire.

Le doy un trago largo a la bebida, que me resulta insípida, e intento articular una respuesta sin conseguir que me salga la voz.

Me limito a asentir con la cabeza mientras ella vuelve a apretarme la mano con ternura.

Mariana representa lo más cercano a lo que mi madre debería haber sido; lo que cualquier madre normal habría sido para su hija.

—Si ves que no eres capaz de compaginar las clases con el empleo en la boutique, dímelo y buscaremos otra opción —añade—. Pero eres tan bonita que encajarás a la perfección allí. Ya viste que cuando hicimos la videollamada con Ivette quedó encantada contigo.

—Gracias por todo lo que haces por mí —consigo murmurar por fin—. Te quiero muchísimo. Tal vez más adelante no estemos en contacto, pero me gustaría que supieras que eres alguien fundamental en mi vida.

—Cielo, puedes llamarme siempre que quieras. Yo también te quiero, Ava —responde con los ojos empañados—. Y me encantaría estar presente a tu lado cuando alcances cada una de tus metas.

—Lo sé, pero necesito hacer este trayecto por mis propios medios. No puedo continuar dependiendo de vosotros ni alimentando en Bosco esperanzas sobre algo que es inviable.

—Eres la única que lo considera así.

—Es posible. Pero no quiero destruir el cariño que nos queda. No creo que llegue a superar del todo lo que me ocurrió. Mira todo el tiempo que ha transcurrido y...

—Me contaste que os habíais besado en la playa y ahí no sentiste ningún bloqueo —interviene.

—No... O sí, no lo sé con certeza. Fuimos nosotros los que nos detuvimos. O fui yo la que le puso freno. Por favor, Mariana, no insistas en esa vía. No puedo hacerle esto a Bosco. No me perdonaría creerme capaz de dar el paso para descubrir después que soy incapaz de corresponderle.

—Está bien, no presionaré más —suspira, acariciándome el dorso de la mano—. Me habría encantado que te quedaras en nuestra familia, pero no puedo decir que no entienda tus motivos.

Los días previos a la Selectividad resultan una auténtica locura. Justo la tarde anterior a las pruebas, Bosco se presenta sin avisar frente a mi edificio. Me llama por teléfono en cuanto aparca abajo para pedirme que salga un momento.

No me lo pienso dos veces. Lo he echado mucho de menos. Mantener las distancias en clase sin cruzarnos apenas la palabra era una situación absurda que no tenía el menor sentido, por muchas barreras que intentáramos levantar.

Mi amigo me aguarda apoyado contra la puerta del coche de su madre. Viste un pantalón corto azul marino, un polo blanco de manga corta, deportivas impolutas y esa sonrisa radiante que tanto he echado en falta durante estas semanas de aislamiento.

Me acerco y, sin dudarlo un instante, me arrojo a sus brazos abiertos. Noto cómo aspira con fuerza el aroma de mi melena y un nudo se me aprieta de golpe en el estómago.

—Hola, Blancanieves —susurra contra mi pelo—. Te he echado muchísimo de menos.

—Y yo a ti —murmuro al separarnos despacio.

—Te invito a un helado y damos un paseo por la orilla. Apuesto a que no has parado de memorizar apuntes en todo el día.

Sonrío sin responder. Me conoce demasiado bien.

Nos acomodamos en el vehículo y veo que toma la dirección de La Carihuela. A estas horas dudo que encuentre estacionamiento con facilidad, pero la verdad es que me da exactamente igual.

Para mi sorpresa, descubre un hueco libre en el momento en que otro coche abandona la plaza, junto al hotel La Barracuda. Al bajarnos, me tiende la mano y la acepto sin dudar.

—Lamento haberme distanciado estos meses, Ava —se disculpa. Uy, mi nombre otra vez...—. Pensé que a lo mejor poner algo de tierra de por medio nos facilitaría las cosas. Spoiler: no ha servido de nada.

—Lo sé. Pero no he cambiado de opinión.

—No voy a insistir más ni a presionarte. Nunca. Lo entiendes, ¿verdad?

—Es que eres perfecto, Bosco, y te mereces...

—Ni se te ocurra decirme lo que me merezco —me interrumpe—. Soy yo quien debería decidirlo, ¿no te parece? En fin... ¿Bajamos a la arena? —señala el acceso a la playa.

Llevo un vestido de verano corto y unas sandalias sencillas. No hemos traído toallas ni nada, pero a mí no me preocupa en absoluto, de modo que me encamino con él hacia la orilla.

—¿Y qué pasa con mi helado? —le pincho con guasa para aligerar la conversación.

—Luego nos tomamos algo y el helado, ¿te parece?

Asiento con la cabeza mientras sorteamos a los bañistas que remontan las pasarelas de madera hacia las duchas.

Alcanzamos la franja húmeda de la arena, donde todavía permanecen algunas familias con niños pequeños aprovechando las últimas luces del atardecer.

En este instante, sin embargo, la playa entera parece quedar en penumbra y solo existimos los dos, mecidos por el rumor acompasado de las olas al romper sobre la orilla.

Nos sentamos a una distancia prudencial del agua para evitar que la marea nos moje la ropa.

Bosco se ha descalzado al pisar la arena, yo he hecho lo mismo.

Juego con la arena entre mis dedos que ahora lucen las uñas pintadas sin mucho tino, ya que fue la más pequeña del piso de acogida la que se empeñó en arreglarme las manos hace un par de tardes.

—¿La señorita Martín lleva las uñas pintadas de rojo? Que osadía la tuya —bromea, echando un vistazo a mis manos.

Le doy un empujón cariñoso con el hombro y él suelta una carcajada antes de pasarme el brazo sobre la espalda para atraerme hacia su costado. Vuelve a depositarme un beso tierno en el pelo.

—Me las pintó Silvia, la benjamina del piso. Dice que de mayor quiere ser maquilladora. Solo tenía ese bote y uno amarillo chillón, y comprenderás que el amarillo no era opción. ¿Cómo estás tú?

—Sobreviviré, no te preocupes. Aunque admito que me encantaría recuperar a mi mejor amiga —confiesa en voz baja, clavando la vista en el horizonte.

—Aquí me tienes —respondo, con un hilo de voz que suena poco convincente.

—¿Y mañana? ¿Y pasado? ¿Y dentro de un mes?

El corazón me da un vuelco. ¿Acaso le ha dicho algo su madre?

—¿Cómo llevas los exámenes? —pregunto, desviando el tema a toda prisa.

—Qué habilidad tienes para salirte por la tangente —se ríe, meneando la cabeza—.

Sigo sin comprender por qué prefieres la Biología a las Matemáticas.

Todo bajo control, Blanca. De ti ni me molesto en preguntar: sé de sobra que vas a sacar la nota máxima.

Precisamente por eso he venido a buscarte, para obligarte a despejar la cabeza.

Bueno, y porque me moría de ganas de compartir un rato contigo.

Nos quedamos en la playa hasta que el sol se oculta tras las colinas.

A continuación, caminamos hasta las duchas para quitarnos la arena de los pies y recorremos los metros que nos separan del puerto deportivo de Puerto Marina.

Nos acomodamos en la terraza de un restaurante italiano al que hacía meses que no acudíamos.

No me permite pagar la cena, de modo que me niego en redondo a pedir el postre para poder invitarlo yo a un helado en la cafetería contigua que tanto nos gusta.