Ava 8 Un año más #2
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8 Un año más #2

—Oye, pues es una idea buenísima —el entusiasmo inicial empieza a desinflarse a medida que calculo el coste de la operación—. El problema es que no creo que me llegue el dinero.

—Hagamos una cosa: déjame a mí la reserva del hotel y las entradas, y tú te encargas de gestionar los billetes de avión. Lo hablo esta noche con Nico y lo cubrimos entre los tres.

—Vaya mierda de regalo entonces —protesto, contrariada—. Ni lo pago yo sola, ni lo he ideado yo sola... Menuda amiga de chichinabo estoy hecha.

—Ava, el simple hecho de que se lo propongas le va a alucinar.

Le doy vueltas a la propuesta en la cabeza, pero, de forma repentina, deja de parecerme tan buena idea.

—Creo que es un error —sentencio al fin.

—¿Qué? ¿Por qué dices eso? —pregunta Tana desconcertada, posando la taza de café sobre la mesa con brusquedad.

—Porque con un viaje así solo voy a conseguir alimentarle unas expectativas que no son reales, y me niego a confundirlo.

No, es mejor buscar una alternativa. Siento haberte hecho perder el tiempo, Tana.

Seguro que tienes mil cosas mejores que hacer.

—De pronto me invade un agobio sofocante; necesito volver al piso, encerrarme en mi cuarto y no asomar la cabeza hasta agosto.

Tana acerca su silla a la mía, me toma de la mano y me clava una mirada serena.

—Cariño, todas las expectativas que Bosco pudiera hacerse contigo se las hizo hace muchísimo tiempo.

Y conoce perfectamente cuál es tu postura.

No la comprende del todo y nosotros tampoco, si te soy sincera, pero aun así la respeta al milímetro.

Te respeta a ti. Lo que no quita para que conserve la ilusión de que en algún momento cambies de parecer.

—¿Tú...? ¿Vosotros sabéis lo mío? Es decir, ¿sabéis que yo no...?

—A ver, Ava... Nico y Bosco se lo cuentan prácticamente todo. Y esto que te voy a decir es estrictamente confidencial —me regala una sonrisa para rebajar mi tensión—: mi cuñado está…

—Ya... Lo sé, pero es que...

—Cariño, no me des explicaciones. Yo no estoy aquí para juzgarte, eso se lo dejo a los colegas estirados de mis suegros.

Yo solo quiero que la gente que me importa sea feliz, y por eso me da rabia veros a Bosco y a ti tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

Porque me juego el cuello a que para ti él también es importantísimo.

—Precisamente por eso no me puedo permitir hacerle daño. Y si doy ese paso, terminaría destruyéndolo.

—Está bien. Pensemos en otra opción entonces.

Al final, el regalo se concreta en una excursión de un día entero a bordo de una de las embarcaciones del puerto deportivo de Puerto Marina. Los dos solos. Bueno, sin contar al patrón encargado de gobernar el barco, o como quiera que se llame.

Cuando regresamos a puerto me propone quedarnos a cenar en una de las pizzerías del paseo, a pesar de que el aire refresca al caer la tarde y de que, al estar en pleno enero, apenas hay un alma por la zona. Como de costumbre, soy incapaz de negarme a sus planes.

—Gracias, Ava —murmura. Uy, mi nombre... Nada de Blanca ni de Blancanieves...—. Ha sido un día inolvidable.

Su mano busca la mía por encima del mantel. En medio del murmullo apagado de la terraza, lo único que alcanzo a percibir es el galope acelerado de mi corazón y el tacto cálido de su piel, una sensación tan familiar, tan reconfortante y, al mismo tiempo, tan lejana para mí.

—No era este el plan inicial, pero... —Maldita sea, me resulta imposible morderme la lengua cuando se trata de él—. No quería que te hicieras falsas ilusiones.

—Nena, llevo casi cinco años haciéndome ilusiones, esperando algo que no llega, y ya casi me has terminado de convencer de que no sucederá jamás. No te preocupes. Prefiero tenerte como amiga antes que no tenerte de ninguna forma. Supongo que algún día uno de los dos cambiará de parecer.

No lo expresa en voz alta, pero estoy convencida de que conserva la fe en que sea yo quien dé el brazo a torcer.

Se me parte el alma al contemplar la forma en que me mira, cómo acaricia mis dedos y cómo se los lleva a los labios para depositar un beso delicado en cada uno de ellos.

Para colmo de males, hasta el hilo musical del local parece aliarse en nuestra contra en este instante, reproduciendo los primeros acordes dramáticos de Total eclipse of the Heart.

Esbozo una sonrisa a duras penas. Es verdad que lo hemos pasado en grande y que el tiempo ha dado una tregua espléndida para la época, pero el cansancio de la tensión acumulada me pasa factura y necesito regresar cuanto antes a la seguridad del piso.

—Menuda selección musical tienen puesta. Dan ganas de tirarse directamente al mar... Dios, qué tristeza.

—Venga ya, Blanca, si la canción es un temazo —protesta con una leve carcajada—. Bueno, vale, a lo mejor es un poco melancólica, pero preciosa.

Pedimos un postre para compartir y, sin darnos cuenta, nos quedamos solos en la sala, perdidos en una conversación que salta de un tema a otro con tal de no rozar nada importante.

Solo cuando el camarero nos deposita la cuenta en la mesa —sin que se la hayamos solicitado— nos percatamos de que han apagado la mitad de las luces.

—Madre mía, si es tardísimo y no queda nadie, Bosco. Menos mal que es sábado y has traído el coche.

Se sacó el carné de conducir pocos días después de su cumpleaños tras completar un puñado de clases prácticas, y esta noche ha tomado prestado el coche de su madre para venir hasta aquí.

Paga la cena argumentando que, ya que yo lo he invitado a la excursión en barco, a él le corresponde correr con el restaurante.

Este último curso ha comenzado a dejarse ver algunas tardes por el bufete de sus padres para realizar tareas administrativas, ponerse al día con el archivo o familiarizarse con el papeleo, lo que le permite disponer de algo de dinero propio.

Mantiene sus entrenamientos de natación y sigue cosechando calificaciones impecables, aunque ni siquiera las necesite para acceder a la carrera que ha elegido.

Caminamos hacia la zona donde dejamos el vehículo por la mañana mientras la brisa salada del puerto se vuelve más intensa.

Me estremezco por el frío y, sin pedir permiso porque sabe que no lo necesita, Bosco me rodea la cintura con un brazo y me apega a su costado, regalándome un beso en el pelo que me vuelve a encoger el estómago.

El trayecto de vuelta a la ciudad lo hacemos en silencio; ni siquiera hemos puesto música. Una nube incómoda se ha instalado entre los dos desde hace un rato, cada vez son más frecuentes estos silencios que no me gustan y no sé como aliviar.

Al llegar a la puerta de mi edificio detiene el motor, como de costumbre, y se baja del coche para acompañarme hasta el portal.

Me sostiene una mirada tan profunda que siento que me traspasa la piel. De forma instintiva, alzo la mano y le acaricio el rostro; él cierra los ojos un instante y apoya la mejilla sobre mi palma. A continuación, posa su mano sobre la mía, que cobra calor al instante.

Abre los ojos y me contempla. Su expresión es triste, apagada, y me destroza por dentro.

—Ava, sería tan fácil... —murmura.

Ahora es su pulgar el que se desliza por mi mejilla hasta acariciar con extrema lentitud mi labio inferior. Soy yo quien cierra los ojos para saborear la suavidad de sus dedos contra mi piel. Un segundo. Tan solo uno.

Me aparto de su contacto a pesar de mi voluntad, depositándole un beso rápido en la mejilla antes de dirigirme a la puerta. Me detiene sujetándome de la muñeca, reteniéndome unos instantes más mientras sus ojos oscuros se encuentran con los míos.

—Ava…

—Hasta mañana, Bosco —alcanzo a articular, zafándome con delicadeza de su agarre antes de deslizarme a toda prisa hacia el interior del edificio.

Los meses siguientes transcurren envueltos en un ambiente extraño.

Bosco pasa cada vez más tiempo en el bufete y a mí me han concedido un aumento de horas en el restaurante.

Les expliqué que necesitaba condensar mis jornadas antes de las dos semanas previas a Selectividad, ya que las dedicaré por completo a estudiar.

Mi objetivo es obtener la excelencia académica y aprovechar al máximo cada minuto disponible.

Apenas nos cruzamos y, cuando coincidimos en las pocas asignaturas comunes, se palpa en el aire que algo se ha roto, por mucho que los dos nos esforcemos en disimularlo.

Incluso su madre se ha percatado de que algo va mal entre nosotros. Me llama por teléfono unos días antes del primer examen para invitarme a merendar, en una época en la que ni siquiera hemos quedado para repasar juntos las materias que compartimos.

Pasa a buscarme a la salida del instituto una tarde en que «sus chicos» —como le gusta llamar a su marido y a sus hijos— se hallan reunidos en el despacho con un cliente importante.

Ignoro qué pinta Bosco en una reunión de ese calibre cuando ni siquiera ha empezado la carrera, pero prefiero no indagar.

—Ava, cielo ¿todo va bien? —me pregunta en cuanto nos acomodamos en la cafetería.

—No lo sé. Supongo que no —admito, fijando la vista en la mesa—. Imagino que tu hijo por fin ha asumido que no soy la persona que él esperaba y está marcando distancias. Algo que deberíamos haber hecho hace muchísimo tiempo, por más que duela.

Siento cómo la voz se me quiebra a medida que pronuncio las palabras.

Estos meses desde su cumpleaños se me han hecho insoportables.

No es que nos hayamos peleado; ha sido un distanciamiento progresivo, hasta el punto de que apenas coincidimos porque ya no tenemos clase, y ni nos enviamos mensajes ni nos llamamos.

—Ay, cariño. ¿Qué puedo hacer por ti? —pregunta Mariana, envolviendo mis manos entre las suyas.

—Nada. Es lo mejor que podía pasar. Sabes de sobra que me marcharé en algo más de un mes, de modo que esto nos allana el camino, después de todo. ¿Se lo has contado ya?

Solo ella conoce mi decisión de mudarme a Madrid a mediados de agosto.