8 Un año más
UN AÑO MÁS
«Sigue tu camino, no debo abrirle la puerta a nadie. —Pero mirar sí que podrás —dijo la anciana y, sacando el peine envenenado, lo sostuvo en alto».
— BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.
Aunque tanto Bosco como su madre me insistieron para que pasara la semana de vacaciones del restaurante con ellos en una casa que alquilan en Zahara de los Atunes, y a pesar de lo mucho que me habría gustado disfrutar de esos días como una chica «normal» de mi edad, volví a negarme.
Un año más.
Un verano más.
No me parecía justo darme la gran vida mientras mis compañeras de piso pasaban los meses de calor encerradas con las educadoras.
De modo que me quedé, como he hecho cada verano desde que ingresé en el centro.
En cierto modo, siento que les debo ese pequeño sacrificio por todo lo que hacen por nosotras.
Es verdad que las educadoras están cumpliendo con su jornada laboral —como siempre me recuerda Lorena—, pero soy consciente de que su nivel de implicación va muchísimo más allá de lo que exige su contrato.
Septiembre regresa y, con él, la rutina, las clases, el último curso del instituto y un puñado de decisiones trascendentales que sé que mucha gente no entenderá. Pero se trata de mi vida y son mis decisiones.
Nada más arrancar el curso me pongo a investigar las alternativas a mi alcance.
Mantengo varias conversaciones con la directora del colegio, que tanto me ha facilitado las cosas estos años, sobre todo con la gestión de las becas que me han permitido estudiar el Bachillerato en este centro privado.
Antes de Navidad ya tengo decidido a qué universidad voy a presentar mi solicitud, gracias a un programa combinado de becas a la excelencia académica y ayudas socioeconómicas.
Eso no quita que, en cuanto me instale en mi nuevo destino, busque un trabajo a tiempo parcial para cubrir los gastos extras o por si mis calificaciones flaquean por cualquier imprevisto.
Tengo pendiente abordarlo también con Mariana, la madre de Bosco.
Ella es la única que intuye mis intenciones, aunque todavía no tengo la menor idea de cómo voy a planteárselo a su hijo.
Él da por sentado que el año que viene continuaré mis estudios aquí, en la Universidad de Málaga.
Incluso ha insinuado en más de una ocasión la posibilidad de que me instale en su casa en cuanto cumpla los dieciocho años y la Junta de Andalucía deje de tutelarme.
Sé que existen prórrogas y excepciones, pero me niego en redondo a ser una carga.
Soy perfectamente capaz de valerme por mis propios medios.
Llevo año y medio compaginando el trabajo con los estudios y podré seguir haciéndolo hasta alcanzar mi meta.
Si algo tengo claro es que quedarme aquí no representa una alternativa real. Bosco sigue esperando una oportunidad que yo jamás podré ofrecerle, y la única forma de permitirle seguir adelante es poniendo distancia de por medio, aunque otro trozo de mí se quede por el camino.
—Blancanieves, ¿estudiamos juntos Lengua? —me pregunta nada más pisar el aula, tres días antes del examen de la primera evaluación.
—Dime que no lo has dejado todo para el último momento, como de costumbre, porque esta tarde me toca turno en el restaurante —le pido.
Siempre hace lo mismo. Es verdad que posee una inteligencia brillante y le basta un par de lecturas para ponerse al día, pero dudo que esa estrategia le sirva el curso que viene, cuando tenga que enfrentarse a tochos infumables de Derecho en cada cuatrimestre.
—No me fastidies, ¿en serio? Pero si hoy no te tocaba trabajar... —protesta. Lleva el control de mis horarios mejor que yo. Tiene razón, no me correspondía turno, pero un compañero ha caído enfermo y me ha tocado cubrirle la baja.
Niego con la cabeza, mientras recojo la carpeta y los bolis. Él sigue encaramado al borde de la mesa como si los exámenes no fueran con él.
—¿Ves por qué te repito que no dejes las cosas para el final?
Eres un caso perdido; te va a tocar estudiar a ti solo.
Lo siento. Tampoco te va la vida en ello, así que no te pongas dramático.
Mañana puedo repasar un rato contigo si quieres, pero hoy me resulta imposible.
Y mañana solo un poco, que también tengo el examen de Biología.
—Vaaale, no te enfades, que serás la primera a la que lleve a dar una vuelta en cuanto me saque el carné de conducir —cede, bajando de un salto de la mesa para colgarse la mochila al hombro—. Al menos comeremos juntos, ¿no?
Seguimos haciéndolo todo juntos. Soy incapaz de evitarlo —o quizás no quiero hacerlo, no lo tengo del todo claro—, y por eso necesito que esta etapa concluya en cuanto termine el curso, o al menos cuando el verano llegue a su fin.
—Tengo que pasar a por el uniforme. Entro a las cinco —improviso una excusa que suena demasiado vaga.
—Hay tiempo de sobra.
Salimos juntos del edificio y nos dirigimos hacia la Vespa. Se la trae a diario desde que empezamos el curso; sospecho que lo hace únicamente para recogerme a la salida y llevarme a los sitios cuando no trabajo.
Desde la conversación que mantuvimos el día de mi cumpleaños no hemos vuelto a rozar esos temas espinosos.
Yo no he vuelto a salir con nadie. Él tampoco.
Nos limitamos a movernos los dos solos o, de forma ocasional, con su grupo de amigos o con su hermano.
Casi siempre los dos solos, eludiendo con cuidado cualquier conversación comprometida.
Tras pasar por el piso a recoger el uniforme, nos desplazamos a su casa, que queda mucho más cerca del centro comercial donde trabajo.
Maite nos sirve una comida copiosa, digna de un banquete.
A lo largo de estos años le he cogido un cariño enorme; a pesar de ser la empleada del hogar de mi amigo, nos trata como si fuéramos de su propia familia, o al menos así lo percibo yo por los recuerdos que conservo de mis abuelos.
—¿Quieres que repasemos un poco ahora? —le propongo tras llevar los platos sucios a la cocina y dejarlos en el lavavajillas. Sus padres no suelen regresar a comer a mediodía y hoy parece ser uno de esos días.
—No, descansa un rato. Subamos a mi habitación a escuchar música hasta que tengas que marcharte —sugiere. La propuesta resulta infinitamente más tentadora que mi idea inicial. Me tiende la mano regalándome esa sonrisa suya con hoyuelos y la acepto sin dudar.
Como cada vez que nos refugiamos en su cuarto, nos acomodamos en la cama. De momento me quedo sentada en el borde mientras él busca entre los discos de vinilo de su abuelo algo adecuado para poner en el reproductor.
Cuando los primeros acordes de Storybook Love comienzan a fluir por los altavoces, me doy cuenta de que ha seleccionado la banda sonora de La princesa prometida, esa película que hemos visto mil veces durante estos años y que nos encanta a los dos.
Por lo visto, su abuelo era o es un gran fan de Mark Knopfler.
Deja el LP girando en el tocadiscos y se acerca a mí con una sonrisa.
Se tiende en la enorme cama y da un par de palmadas sobre el colchón para indicarme que me acomode junto a él.
No me lo pienso dos veces. Este rincón es mi lugar seguro.
Y porque a él sí que voy a echarlo de menos cuando todo esto termine.
—Buena elección. Aunque corro el riesgo de quedarme frita —bromeo, sabiendo de sobra que esta música le remueve demasiados recuerdos.
—Como te duermas, saco a pasear al monstruo de las cosquillas y verás qué rápido se te pasa el sopor —amenaza, acercándose a mi costado con las manos en forma de garra.
—Te juro que te vomito los garbanzos encima si se te ocurre tocarme —advierto entre risas—. Maite se empeña en ponerme raciones como si fuera la única comida decente que hago en la semana.
Once Upon a Time empieza a sonar a continuación.
Sin embargo, tal como auguraba, mi resistencia dura lo que tardan en caer las primeras canciones.
Tras I Will Never Love Again y The Friend´s Song, el cansancio me vence por completo.
No vuelvo a ser consciente de nada hasta que la voz baja de Bosco cerca de mi oído me rescata del sueño.
Son las cuatro y media pasadas; nos toca salir a toda prisa.
—Desde luego, Blanca, menuda marmota estás hecha.
—Si no me has espabilado antes significa que tú también te has quedado traspuesto, no me jodas.
Qué cara tienes. Venga, que nos toca salir pitando.
Y nada de hacer el loco por la carretera, Valentino —se la devuelvo, haciendo alusión al piloto de Moto GP que sé que le chifla, aunque con su Vespa de cuarenta y nueve centímetros cúbicos poco margen de maniobra tiene.
Quiero preparar algo especial para el cumpleaños de Bosco.
Él siempre tiene gestos increíbles conmigo y yo llevo meses apartando un pellizco de mi sueldo con este objetivo, pero la verdad es que me encuentro en un callejón sin salida.
Bosco lo tiene prácticamente todo. Y lo único que desearía de verdad... eso no se lo puedo dar.
Aun así, se me pasa por la cabeza la idea de organizar una escapada solos los dos, aunque solo sea en plan de amigos.
He quedado con Tana en una cafetería coqueta del centro de Málaga para ver si me echa un cable con la logística.
He bajado corriendo en cuanto he completado mi turno en el restaurante.
Solo falta una semana para el cumpleaños de Bosco y, con las fiestas navideñas a la vuelta de la esquina, todo el mundo anda de cabeza.
—A ver, Ava, la idea es fantástica, pero ¿a dónde pretendes ir? Y, sobre todo, ¿a tus educadoras les parecerá bien? —me pregunta Tana.
—Ya he hablado con ellas y no hay ningún inconveniente. El problema es que no se me ocurre ningún destino adecuado. ¿Tú crees que Mariana sabrá qué le apetecería?
—¿Y si voláis a Barcelona para ver un partido de fútbol? —propone Tana, encendiéndosele la mirada—. Ya sé que para ti puede resultar un tostón insufrible, pero él lo disfrutaría como un crío. Que dejara el equipo no significa que haya perdido la pasión por el fútbol...