7 Nuevas rutinas #4
—Pues claro. ¿Y tú qué has traído en la tuya? —pregunto, incorporándome un poco, consciente de que si saca el tema es porque las tripas le rugen. Y eso que apenas sobrepasamos el mediodía, aunque conociendo a su madre seguro que nos ha preparado provisiones para diez personas.
—No sé si me apetece compartirlo contigo, la verdad... Por no contarme lo que te apena.
—Tu sabrás si quieres bocata de tortilla o no.
—Tengo mis propios métodos para convencerte —amenaza con sorna.
Sé de sobra que su intención es acribillarme a cosquillas, así que, antes de darle margen de reacción, intento ponerme en pie para salir huyendo hacia el agua. No me sirve de nada: me atrapa al vuelo, me arrastra de nuevo a la toalla y da comienzo a su «tortura» particular.
—¡No, no! ¡Para, por favor! Te juro que es la última tortilla que te preparo en la vida, Bosco, ¡suéltame!
Y me suelta. Pero lo hace quedándose a horcajadas sobre mi cuerpo, a escasos milímetros de mi boca. La carcajada de hace unos instantes se transforma de golpe en algo mucho más denso y abrasador. Traga saliva con dificultad, se zafa del trance y se deja caer a mi lado sobre la arena.
—Gracias —murmuro.
Me observa con gesto confundido.
—Por detenerte a tiempo —aclaro—. Y no hace falta que pongas esa cara, que no me refiero a las cosquillas.
Se pasa la mano por el pelo como hace cuando está agobiado, deja escapar un suspiro y yo busco su otra mano para apretarla entre las mías.
—Dani no te merecía —suelta por fin, mirando hacia el horizonte.
—Él no tiene la culpa de mis taras. Ni él ni tú.
—No vuelvas a decir eso —me ataja—. No te menosprecies jamás, y menos delante de mí. Algún día llegará tu momento, Ava. Pero ese tipo es un gilipollas integral; me alegro un montón de que le dieras la patada.
—No fui yo la que cortó la relación —admito en voz baja.
—Me da igual. —Sigue sin mirarme y entonces me doy cuenta de algo en lo que no había reparado hasta este instante.
—Joder... Tú le rompiste la nariz, ¿verdad? Fuiste tú el que le dejó el ojo morado y... No, Bosco. Por favor, no vuelvas a hacer algo así. No te metas en líos por mí. Nunca.
—Eres la única persona por la que lo he hecho y por la que lo seguiré haciendo —responde, encarándome por fin con la mirada encendida—.
Tú no tuviste que oír las barbaridades que soltó sobre ti.
Y bastante suerte tuvo de que David, Josi y Samu entraran en ese momento al vestuario; la cosa habría acabado mucho peor, porque encima es un mierda que no sabe ni defenderse.
—Yo no merezco que te le juegues por mí. Tienes un apellido, tus padres son muy conocidos, podrías buscarte un lío.
—Me importa un pimiento —sentencia—. Un tío capaz de expresarse así de una chica merece todo lo malo que le ocurra. Y lo dijo a sabiendas de que yo estaba delante. Por eso te lo repito: no te menosprecies. Nunca.
Puntualiza la última frase con un deje de rabia mientras aprieta la mano que mantenemos enlazada.
Saco los bocadillos de la mochila con la intención de zanjar el asunto.
Le tiendo el suyo, que acepta con poco entusiasmo.
La jornada se está torciendo y me siento fatal.
Él y su familia han logrado que cada cumpleaños desde que llegué a esta ciudad fuera una fecha especial, haciéndome sentir querida del mismo modo en que lo hacían mis abuelos.
Hoy, sin embargo, un enorme elefante invisible se ha sentado entre los dos sobre la toalla sin que ninguno de los dos sea capaz de mandarlo a paseo.
—Bosco... ¿podemos dejar todo esto al margen por lo que queda de día? Vosotros conseguís que mi cumple sea una fecha bonita y hoy todo es diferente.
—Tienes toda la razón, Blancanieves —admite, esbozando una sonrisa—. Es tu día y tiene que ser maravilloso, tal como te mereces. Mira lo que me he traído.
Rebusca en el fondo de su bolsa y saca una bolsa llena de chuches, patatas, Doritos, y un recipiente hermético en cuyo interior adivino un bizcocho. Junto al táper saca dos velas de cera con la forma del número diecisiete. Él ha logrado que las apague cada año.
—¿En serio has traído tarta a la playa?
—Bizcocho del que te gusta, por supuesto. ¿O acaso pensabas que este año te ibas a quedar sin apagar las velas? Bueno, sin extinguirlas de un soplido, que ya sé que prefieres matarlas con los dedos para no soplar.
Pasamos un día divertido, dejando en pausa los temas espinosos que yo prefiero no remover y que él ansía descifrar.
Cerca de las seis de la tarde comenzamos a recogerlo todo tras habernos zambullido una docena de veces, haber jugado en la orilla como cuando éramos más jóvenes y haber dado buena cuenta de las provisiones, apagando las velas tras entonar Cumpleaños feliz en un perfecto inglés.
Nico nos llama al teléfono justo cuando salimos de las duchas de la playa, limpios de sal y arena.
—Y ahora, Blanca, una ducha y te pones guapísima, más si eso es posible, y a las nueve te pasamos a buscar, que nos vamos de cena y de fiesta —me dice al sentarnos en el coche de Nico.
—Nene, ¿recuerdas que tú y yo tenemos diecisiete años y que no nos dejan entrar en casi ningún local nocturno?
—No te preocupes por eso, Ava, —interviene Tana desde el asiento del copiloto con una sonrisa misteriosa. Es mejor no pedirle explicaciones cuando se pone en ese plan porque es muy peligrosa.
—Ah, y te quedas a dormir en nuestra casa —añade Bosco.
—¿Qué? No, de eso nada. Mañana curro, no puedo recogerme a las mil.
—Entras a trabajar a las tres de la tarde, no seas dramática. Diviértete.
—¿Ahora ejerces de agenda personal? —le pregunto, divertida.
—Si tengo que serlo, lo soy.
Le doy un manotazo y finge dolor, hasta que al final los dos acabamos muertos de risa con las miradas de su hermano y su cuñada clavadas en nosotros desde el retrovisor.
Una vez en el piso, María —a quien le corresponde el turno de noche— me echa una mano para revisar el armario.
No es que tenga grandes opciones, pero entre sus ideas y lo poco que hay en las baldas, apañamos un outfit más o menos adecuado para el plan, ya que pretenden cenar en la zona de Puerto Marina y tomar algo después.
Me decanto por el mono que me regaló la madre de Bosco para la graduación de la ESO y que solo me puse esa vez, pese a que mi amigo me lo recuerda cada dos por tres.
Es de un tono rojo intenso, con cuello de estilo halter, la espalda descubierta y la pierna ancha; resulta vistoso sin caer en lo estrafalario.
Lo compagino con unos pendientes de aro que me regaló May antes de marcharse hace unos meses y unas sandalias de esparto con cuña bastante cómodas.
Me recojo el pelo en una trenza, casi siempre lo llevo así, pero es que me resulta práctico, me despeja el cuello del calor y evita que el pelo se me enrede con la humedad de la costa, que a veces lo vuelve indomable.
Un bolso pequeño colgado del hombro y quedo lista. En cuanto suena el timbre del portal, me apresuro a bajar para no hacerlos esperar.
—Estás guapísima, Ava —me dice Ana, la pequeña que, tras un breve e infructuoso periodo de convivencia con sus padres, regresó al piso de acogida para quedarse de forma definitiva. De aquello han transcurrido ya más de dos años.
—Gracias, princesita. Tú siempre lo estás.
—De mayor yo quiero conseguir un novio como el tuyo, que me saque a cenar por ahí el día de mi cumpleaños —añade ilusionada. Pobre criatura, si supiera la verdad...
—Cariño, Bosco solo es un amigo. Mi mejor amigo.
—Bueno, pues me da lo mismo. —concluye, abalanzándose sobre mí para rodearme la cintura.
La estrecho contra mi pecho y le deposito un par de besos en el pelo, que conserva todavía ese olor infantil tan característico.
María me guiña un ojo al salir, y le recuerdo que pasaré la noche en casa de Bosco. Cuelgo del hombro la mochila con la ropa para el día siguiente y salgo al encuentro de mi amigo, que me aguarda en la puerta como de costumbre.
—Wow… Por fin me concedes el privilegio de verte de nuevo con ese modelito. Estás preciosa, Blancanieves —murmura, depositando un beso cálido en mi mejilla.
—Anda, tira, que eres un pesado.
Lo pasamos muy bien, nos reímos y, por unas horas, me logro abstraer de los fantasmas del pasado para centrarme en lo único que importa en este instante: mis amigos y el presente.
Nada más.
Nada menos.