7 Nuevas rutinas #3
—Eh, no te me pongas a llorar, boba, que solo es un detalle. Anda, ven aquí. —Me rodea con sus brazos para besarme el pelo. Yo, que debería salir huyendo en dirección contraria, me quedo inmóvil; me encanta estar así, me dejo acunar por su calor y el aroma de su perfume y su gel.
—¡Niños, que es para hoy! Que algunos tenemos cosas que hacer. Vamos ya.
Nico asoma la cabeza por encima del techo del coche mientras Tana le echa una bronca cariñosa para que nos deje en paz. Entre los hermanos no existen las medias tintas: siempre andan a la gresca, aunque sé de sobra que se adoran.
—Vamos, que encima de que nos hacen el favor de llevarnos, no es plan de hacerlos esperar —logro articular, tomando la mano de Bosco, que ya se ha encargado de colgarse mi mochila al hombro.
Conservo la cajita entre las manos. En cuanto nos acomodamos en los asientos traseros y la pareja me felicita, le pido a mi amigo que me abroche el collar.
Me parece precioso. Jamás me habían regalado algo semejante y la emoción vuelve a sobrecogerme al sentir el roce de sus dedos contra la piel de mi nuca.
El contacto me eriza el vello del cuello, produciéndome sensaciones desconocidas.
—¿Os dais cuenta de lo monos que llegáis a ser? —pregunta Tana, girándose en el asiento delantero.
—Te estás montando una película, cuñada. —le responde Bosco—. Ava y yo solo somos amigos. Los mejores, pero nada más.
Lo conozco mejor que nadie; estoy segura de que esa fachada de frialdad es pura pose. Sus dedos buscan los míos sobre la tapicería del asiento y los enlaza con firmeza, dedicándome una sonrisa ladeada en cuanto su cuñada deja de observarnos.
—Pues será porque no queréis, porque, dicho sea de paso, sigo sin entender a qué esperáis.
—Tana... —le advierte Nico desde el volante.
—¿Qué? Hacen una pareja divina. Nosotros a su edad ya salíamos juntos y ellos llevan así... ¿cuántos años ya, cinco?
—Cuatro —aclaro—. Me mudé al centro cuando tenía trece años y cumplí los catorce aquí. En realidad tres años y medio, porque Bosco no me empezó a hablar hasta enero.
—Ahora resulta que la culpa es mía porque tú eras un témpano helado —me pincha con tono guasón.
—¿Que yo qué? Perdona, pero yo me dedicaba a estudiar, nada más.
Lo mismo que llevo haciendo desde el primer día, solo que ahora le sumo el trabajo en el restaurante.
Algunas no hemos tenido tu suerte. Necesito expedientes excelentes si pretendo entrar en la universidad, porque nadie va a pagarme la carrera si no me saco una beca o me dejo los lomos echando horas.
Sé que no lo ha dicho con mala fe, pero él conoce mi situación mejor que nadie. Sabe exactamente por qué trabajo y las dificultades que arrastro, por lo que el comentario me escuece más que nada en el mundo.
—Ava, no te estoy atacando, solo bromeaba. Perdona, no sabía que te iba a sentar tan mal. De verdad que lo siento... Joder, no dejo de cagarla contigo.
—Da igual. Olvídalo.
Llegamos a la playa que tanto nos gusta y Nico y Tana nos dejan en la zona de aparcamiento.
Nos avisan de que tienen un par de recados que hacer y que volverán a por nosotros a última hora de la tarde.
Descargamos las cosas del maletero y descendemos por el sendero hasta la cala, donde apenas hay un puñado de personas repartidas por la arena.
Plantamos la sombrilla y extendemos las toallas; son unas toallas de playa amplias que siempre llevamos encima.
La mía me la regaló su madre hace un par de años a juego con un capazo y un bikini precioso, aunque la prenda acabó desgastándose por el uso de pasarme horas y horas dentro del agua.
Me despojo del pantalón corto y la camiseta de tirantes, y le pido que me extienda la protección solar por la espalda. Hoy debo de tener la sensibilidad a flor de piel, porque un gesto que hemos repetido miles de veces me eriza el vello de la nuca al primer contacto.
—Es que no sé hacerlo de otra forma, Blancanieves —susurra muy cerca de mi oído, regalándome un beso fugaz que me arranca un suspiro.
—Pero esa parte sí que te la puedes ahorrar. Bosco, por favor...
—Me cuesta. Nunca ha habido barreras ni rarezas cuando nos tocamos, pero ahora es como si de repente todo se hubiera vuelto extraño entre los dos...
Me giro sobre la toalla para sostenerle la mirada, oculta tras las lentes oscuras. Le bajo las gafas de sol para verle los ojos, le tomo las manos y aprieto sus dedos entre los míos.
—Yo tampoco quiero esto, pero soy muy consciente de todo y no quiero que nada enturbie lo que tenemos.
—Es que resulta mucho más sencillo que todo eso, Ava —insiste con voz vehemente.
—No. Yo no soy para ti.
Se zafa de mi agarre y se pone en pie enfadado.
Deja las gafas abandonadas sobre la toalla y se quita la camiseta con malos modos.
Camina a zancadas hacia la orilla y se zambulle sin esperarme, nadando mar adentro con ese estilo que le han dado los años de entrenamientos en la piscina y al que yo jamás podría aspirar.
No lo sigo. Sé de sobra que en este instante necesita despejar la cabeza, y no hay mejor remedio para él que devorar metros o kilómetros a nado para intentar apaciguar el enfado. Piensa que para mí esto es facilísimo.
No lo es.
Si no fuera por la mierda que arrastro y que me asfixia por dentro, ni siquiera me lo pensaría un segundo.
Bosco es perfecto: es dulce, atento, cariñoso, responsable, el mejor amigo con el que alguien pudiera soñar y, salvo por ese rincón oscuro de mi pasado donde no le permito el paso, me conoce mejor que nadie.
Sería el mejor chico al que yo pudiera aspirar jamás.
Ignoro cuánto tiempo transcurre hasta que veo que aminora el ritmo y cambia el rumbo para regresar a la costa. Me levanto de la toalla, cubro las mochilas para protegerlas del sol y me encamino hacia la orilla para esperarlo.
Sale del agua como si fuera un ser acuático, como un tritón con piernas. Se aparta el pelo mojado de la cara y aunque no sonríe como es habitual, intuyo que su enfado ha cedido y está más relajado.
—Bosco… —Se detiene justo delante de mí, y con las manos mojadas, retira el pelo de mi cara. Trato de hacerme una trenza, pero el aire no deja de desbaratarme los mechones.
—Déjame a mí.
No es la primera vez que lo hace. Y sí, me peina; mi pelo es fácil de domar, pero ahora lo llevo muy largo y, aunque en varias ocasiones he barajado la idea de pegarme un tijeretazo, siempre ha sido Bosco quien me ha persuadido para no tocarlo.
Eso y que la melena corta me devuelve el reflejo de otra niña, en otra vida. Y yo no soy esa niña.
—Lo siento. No me gusta que estemos a la gresca, pero de verdad me da pánico que las cosas cambien entre nosotros. ¿Puedes entenderlo? —le pregunto mientras sus dedos hábiles me desenredan el pelo y despejan la cara.
—¿Sabes qué es lo que no alcanzo a entender, Ava? —Prefiero mil veces que me llame Blancanieves, al menos en momentos tan tensos como este, porque el matiz con el que pronuncia mi nombre en este instante no me gusta nada. Niego con la cabeza—. ¿Por qué Dani sí y yo no?
Termina de cruzar la trenza y busca la goma elástica que suelo llevar en la muñeca. La anuda en el extremo y me giro para encararlo antes de responder.
—¿Qué crees que pasó con Dani? —le pregunto.
Se encoge de hombros pero tengo claro que piensa que me acosté con él, del mismo modo que yo sé que él lo hizo con Natalia—.
Nada, Bosco. Ni siquiera nos dimos un beso como el de anoche.
Y eso es lo que me da pavor que ocurra contigo, porque significaría la sentencia de muerte de nuestra amistad.
No creo que sea capaz de acostarme con nadie en la vida.
Mi cuerpo se bloquea por completo, no tolera el contacto físico y...
y no soportaría descubrir en ti una mirada que no fuera la limpia y sincera de siempre —confieso, sintiendo cómo el llanto brota a borbotones sin que logre contenerlo.
Me abraza pegándome a su cuerpo y yo rodeo su cintura con mis brazos, sintiéndome en casa, en un hogar del que nunca me querría marchar pero al que sé que no pertenezco.
—No llores, Blancanieves... Shhh, tranqui. Seguiremos siendo amigos, pero no llores, por favor.
Cuando por fin logro serenarme, me alza el rostro y me taladra con sus ojos oscuros.
Se sacude el exceso de agua de las palmas y me limpia el rastro de las lágrimas con los pulgares, antes de rozarme los labios con un beso efímero.
Nada que ver con la intensidad de la noche anterior, un beso que jamás olvidaré pero que no debe repetirse.
A continuación, me toma de la mano y caminamos hasta donde dejamos las toallas.
Me acomodo sobre la toalla y él imita mi gesto, tirando de mí con suavidad para que recueste la espalda sobre sus piernas y la tela de la sombrilla me proteja el rostro del sol.
—¿Algún día confiarás en mí para contármelo todo? Te prometo que nada cambiaría entre nosotros —insiste en voz baja—. No puede ser peor que cualquier aberración que yo me alcance a imaginar.
—¿Y no podemos dejar las cosas como están? —respondo, encajándome las gafas de sol para eludir su mirada.
—Ava, si es un trauma que te sigue bloqueando el cuerpo incluso después de haber pasado años en terapia, no. No puedo dejarlo estar sin más.
Guardo silencio. Dejo que el sol de la tarde, la brisa cálida del mar, el murmullo acompasado de las olas y las voces lejanas de los bañistas calmen mi corazón y todos los sentimientos que andan agitados estos días.
Sus dedos se entretejen en los mechones sueltos que se han escapado de la trenza, acariciándome el rostro y las sienes mientras deja escapar algún suspiro.
No puedo darle una respuesta, o no la que necesita y sé que esa impotencia lo carcome por dentro, pero prefiere no presionar más, al menos por ahora.
—Bueno, Blanca, dime que en esa mochila viene uno de esos bocadillos de tortilla que te salen tan bien —suelta al rato, rebajando la tensión.