Ava 7 Nuevas rutinas #2
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7 Nuevas rutinas #2

—¿Cómo? ¿De verdad me estás diciendo eso?

Mira, Bosco, eres un capullo. Sabía yo que esto no era buena idea.

—Hago ademán de levantarme de la silla, pero me detiene sujetándome de la muñeca.

No quiero montar un espectáculo en mitad del local, así que le clavo la mirada hasta que me suelta de inmediato.

—Está bien. No tienes remedio —suspira, pasándose las manos por la cara—. Cenamos tranquilos y luego damos un paseo, ¿de acuerdo? Hablamos fuera. No hay manera contigo; no conozco a nadie más cabezota en este mundo.

—Yo sí: a ti.

Concluimos la cena e iniciamos la habitual discusión por ver quién paga la cuenta.

Al final me rindo y dejo que invite él; ya hay demasiada marejada entre los dos como para sumar otro motivo.

Salimos por la puerta que comunica con la playa y me descalzo sobre la arena.

Me he puesto un pantalón ancho de lino al salir del trabajo; me lo remango hasta las espinillas y me acerco a la orilla del mar, sintiendo las pisadas de Bosco a mi espalda.

Dejo que las olas laman mis pies. Tras tantas horas seguidas de pie en el local donde trabajo, la temperatura del agua me alivia el cansancio de las piernas y el rumor del mar me serena por dentro.

Solo un poco.

Bosco me rodea la cintura con un brazo desde atrás y deposita un beso en mi pelo, cerca de la coronilla. Es un gesto muy cariñoso, algo muy nuestro.

—Lo siento —murmura muy bajo, sin soltarme—. No me obligues a decirlo en voz alta. Ya lo sabes de sobra y me sé de memoria tu respuesta. ¿Por qué tenemos que seguir dando vueltas sobre lo mismo?

Me giro sobre mis talones sin que su mano deje de rozarme el costado.

No va más allá; jamás traspasa ese límite.

Sé que le gustaría hacerlo, pero, tal como él mismo admite, respeta mi decisión.

Le miro a los ojos y alzo la mano para apartarle de la frente ese mechón de pelo rebelde que lleva algo más largo de la cuenta.

—Bosco, no lo estropees. Yo no soy buena para ti. Lo sabes de sobra. Ni para ti ni para nadie, pero para ti menos que para ninguno. Te mereces todo lo mejor, y esa persona no soy yo. Jamás podría darte lo que me gustaría que tuvieras.

Lo veo tragar saliva con dificultad. Esta vez es su mano la que se hunde en mi pelo, desordenado por la brisa del terral, para deslizar una caricia por mi mejilla hasta rozarme los labios.

—Es que no puedes decidir por los demás, Ava. Habla conmigo de una vez. Cuéntame qué es eso tan horrendo que crees que llevas dentro para no dejar que te amen.

—Ni siquiera somos mayores de edad; no creo que esa palabra deba usarse tan a la ligera.

Pero ya sabes que no puedo. Necesito esa mirada tuya intacta, Bosco.

Eres consciente de ello. No quiero otra cosa.

No quiero lástima, ni compasión, ni una tristeza infinita en tus ojos, y eso es exactamente lo que vería en ti si supieras todo lo que ocurrió.

Además, esa niña ya no existe. Murió hace años.

—Pues con más motivo —insiste—. Vive de una vez, joder, y deja que te quieran como te mereces.

Esta vez no me echo atrás. No puedo. Sus labios descienden sobre los míos; primero con un roce tímido, casi imperceptible, después pide permiso para acceder a mi boca.

Se lo concedo sin saber muy bien qué fuerza me arrastra a hacerlo, y me entrego a un beso tierno, cálido, y maravilloso que no creo merecer hasta que lo interrumpo.

—No. Por favor... —mi voz suena casi como una súplica desesperada—. No nos hagamos esto.

—Ava…

Sin embargo, no nos separamos.

Ni un solo milímetro.

Permanecemos inmóviles, con su frente apoyada en la mía.

La respiración agitada.

Pero no.

—Deberíamos volver —murmuro, dando un paso atrás.

No añade nada más. Se limita a tomarme de la mano de nuevo y caminamos en silencio hacia donde dejamos la moto. Ninguno de los dos se atreve a romper ese vacío. Es por esto por lo que intentaba evitarlo a toda costa.

Algo se ha resquebrajado entre nosotros.

Algo irreparable que no sé cómo solucionar.

Llegamos a la puerta de mi edificio y me bajo del scooter. Esta vez no se molesta en acompañarme hasta el portal como de costumbre; se queda apoyado en el manillar de la Vespa, esperando en silencio a que introduzca la llave en la cerradura y me pierda en el interior.

Llego arriba y el silencio es absoluto. Solo se adivina un hilo de luz bajo la puerta de la estancia donde duermen las educadoras. Llamo con un suave golpeteo y Lorena me dice que pase.

Al verme la cara, se alarma y se levanta de un salto del sillón, dejando caer el libro que estaba leyendo, y viene directa hacia mí.

—¿Qué tienes? ¿No estabas con Bosco? Ava, ¿qué ha ocurrido?

Le abro mi corazón de par en par. Esta vez no me guardo nada en el tintero. Mientras le hablo, ella asiente o niega en silencio, permitiendo que vacíe todo el lastre de angustia que llevaba acumulado sin ser del todo consciente.

—Cariño, dale una oportunidad —me pide con ternura en cuanto termino de hablar—. Dátela a ti misma si te gusta, porque está claro que es así. El pasado no puede condicionar tu futuro hasta ese punto.

—No creo que sea capaz —admito, dejando caer los hombros—.

Bosco no es para mí... Bueno, ni él ni nadie.

Tú conoces mi historia, a pesar de que ya no necesito terapia a los niveles de cuando llegué, no hay nada en mí que esté en su sitio.

Quiero autoengañarme pensando que puedo ser una chica normal, pero es mentira.

Sabes que lo intenté con Dani, y ni si quiera fui capaz de dejar que me besara, más allá de un roce.

Mi mente se bloquea, me invade el pánico y regresan imágenes horribles sin permiso.

No quiero que me pase eso con él. Bosco y su familia han conseguido que me sienta querida, como si formara parte de algo real junto a vosotros.

No quiero destrozar eso, aunque sé que tiene los días contados.

Aun así, prefiero apurar el tiempo que me queda a su lado sin alimentarle falsas expectativas.

—Ay, Ava... No puedes pasarte la vida saboteándote a ti misma —suspira Lorena, acariciándome el rostro—. Tienes diecisiete años, cielo. Esto no es sano.

Se acerca a mí y limpia una lágrima que ni yo sabía que estaba derramando.

Después, me acoge en su pecho como tantas veces estos años.

Su perfume con notas de jazmín se impone sobre el olor tenue de la cena y me reconforta.

Acaricia mi pelo y yo le rodeo la cintura con los brazos y me pego a ella, dándole las gracias en silencio por cruzarse en mi camino.

Mi teléfono suena anunciándome la entrada de un mensaje. No me hace falta sacarlo para saber quién es. Lorena me anima a hacerlo, pero prefiero refugiarme en mi habitación y llamarlo desde allí.

—Buenas noches, Ava. Por favor, no le des más vueltas a la cabeza.

Me quito la ropa nada mas traspasar la puerta de mi cuarto.

Dejo el pantalón de lino sobre la silla porque noto el bajo humedecido por el agua del mar y guardo la camiseta en el armario.

Tras ponerme el pijama, lavarme los dientes y comprobar en el espejo del lavabo que mis ojos siguen enrojecidos, rescato el móvil de la mochila y abro el mensaje.

Lo siento. No quiero perderte. Prefiero que seamos amigos antes que no tenerte en mi vida. Feliz cumpleaños, Blancanieves.

Consulto el reloj del teléfono y son las doce y diez de la noche. Ni me había percatado de que ya es el día de mi cumpleaños. Un año más.

Otro día que pronto dejará de tener sentido.

Al menos me quedará el recuerdo de lo vivido con ellos durante esta etapa.

Marco su número de memoria. No alcanza a sonar el primer tono cuando descuelga al otro lado de la línea.

—Gracias —murmuro por el auricular—. Yo tampoco quiero perderte. Pero es que, de verdad, no puedo... No sé cómo...

—Ava, olvídalo, ¿vale? ¿Vamos mañana a la playa? ¿Te recojo temprano y pasamos el día en esa cala que tanto te gusta?

—¿Y cómo piensas ir hasta allí? —le pregunto, sabiendo lo mucho que me apasiona esa playa apartada y de acceso complicado donde apenas hay gente, aunque dependemos de que alguien nos lleve porque la línea de autobús no llega hasta allí.

—Déjalo de mi cuenta. Tú ocúpate de preparar unos bocadillos. Eso sí: por la noche no te libras de salir a cenar con mi hermano y con Tana. Sabes que nos marchamos de viaje en un par de días y...

—De acuerdo. Pero no, no me voy a ir de vacaciones con vosotros —añado antes de que vuelva a la carga—. No me lo vuelvas a pedir, por favor. Llevas cuatro años haciéndome la misma pregunta.

—Pesada.

—Cabezota.

—Buenas noches, Blancanieves.

—Buenas noches, Bosco.

Su mensaje a las diez me informa de que está abajo.

Yo, que apenas he pegado ojo en toda la noche dándole vueltas a lo que ocurrió en la playa, me he levantado muy temprano.

He preparado una tortilla de patatas enorme para dejarles parte a las chicas en la cocina, he sacado pan del congelador y he dejado listos un par de bocadillos.

De camino compraremos refrescos o cualquier otra cosa para picar.

Me lo encuentro junto al portal vistiendo un bañador azul que realza su bronceado y una camiseta blanca que marca su impresionante físico.

Lleva las gafas de sol puestas y esa sonrisa capaz de derretir el Polo Norte.

Se aproxima a mí y me deposita un beso tierno en la mejilla.

Por un instante, volvemos a ser solo nosotros dos, como si la noche anterior nunca hubiera existido.

—Buenos días, Blancanieves. Aunque ahora tienes bastante más color que ella. Felicidades otra vez, por cierto. Toma.

Me tiende una cajita con el sello de una firma de joyería que sabe que me gusta.

La abro con un leve temblor en las manos, consciente de que su mirada no se aparta de mí.

En el interior descansa un delicado colgante con la forma de una manzana, la de Blancanieves.

Alzo los ojos hacia él, vuelvo a fijarlos en la joya y esbozo una sonrisa, incapaz de evitar que mis ojos se aneguen de lágrimas.