7 Nuevas rutinas
NUEVAS RUTINAS
«Luego se disfrazó y adoptó la forma de otra anciana. Así vestida atravesó las siete montañas en dirección a la casa de los siete enanos, llamó a la puerta y gritó: —¡Vendo buena mercancía!»
— BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.
Todavía me cuesta asimilar que llevo tres años viviendo aquí y que pronto cumpliré los diecisiete.
Hace unos meses comencé a trabajar en un local de comida rápida para ganarme mi propio dinero, compaginando las jornadas con el primer curso de Bachillerato, que sigo cursando en el mismo colegio desde que llegué gracias a una beca.
Bosco y yo mantenemos intacta nuestra amistad y, sí, de tanto en tanto vuelve a la carga insistiendo con la broma de salir conmigo.
Tiene clarísimo que haríamos una pareja estupenda.
Yo, en cambio, no lo veo así. De todas formas, hace un par de meses empezó a salir con una chica de su equipo de natación. No me gusta nada.
No me cae bien, pero no porque yo sienta celos o aspire a ocupar su lugar, sino porque intuyo que solo lo busca por interés: porque es el mejor del equipo y porque, para qué nos vamos a engañar, ha pegado un estirón espectacular y está guapísimo.
Siempre lo ha sido, pero ahora mucho más.
Su presencia lo ha ido distanciando de mí y admito que lo echo de menos.
—Ava, ¿te vienes a tomar algo cuando cerremos? —me aborda Fran por enésima vez.
Qué tipo tan pesado. Mi compañero de turno no se da por enterado de que no tengo el más mínimo interés en él y, cada vez que nos toca coincidir en el restaurante, vuelve al ataque con la misma pregunta.
Se escuda en que saldremos en grupo con otros empleados, pero la realidad es que yo no salgo con nadie. Ni con compañeros ni con desconocidos.
Jamás.
Tan solo con Bosco y con su hermano, al menos antes de que Natalia apareciera en escena.
Ahora termino la jornada en el curro y me marcho directa al piso a colaborar con las educadoras; hace un par de semanas ingresaron dos gemelas muy pequeñas que demandan muchísima atención, y no me importa echar una mano.
—No, Fran, lo siento, tengo cosas que hacer en casa —respondo hastiada.
—¿Nunca te diviertes? —insiste al cruzar la puerta del establecimiento, siguiéndome los pasos hacia la parada del autobús.
—Sí, pero no como tú.
—Eso es porque no me das la oportunidad de enseñarte cómo lo pasaríamos juntos —suelta, deslizando una insinuación que me revuelve el estómago.
Y menos me agrada aún la forma en que recorta las distancias hasta pegarse a mí.
—A lo mejor es eso, así que aplícate el cuento. Hasta mañana.
Trato de marcharme, pero me ataja agarrándome de la muñeca con una presión excesiva. La calle está desierta y la hora es intempestiva. No siento miedo, sé defenderme de sobra si la cosa se tuerce, pero no quiero tener malos rollos con un compañero de trabajo.
—¿Puedes soltarme, por favor?
—Venga, no seas tan sosa...
—¿Es que no la has oído? —interviene una voz a mi espalda.
Mierda, ¿qué hace Bosco aquí? Su sola presencia basta para que Fran se arrepienta al instante de haberme puesto una mano encima.
Bosco impone muchísimo: si cuando lo conocí ya era alto y corpulento para su edad, estos años de natación le han proporcionado una envergadura que el otro no tiene ni de lejos.
—¿Y tú quién eres? —se atreve a encararlo Fran, tratando de mantener el tipo.
—Su novio —suelta Bosco con un aplomo pasmoso.
Espero que no se me note en la cara el sobresalto por el farol, ni tampoco por el beso que me planta en los labios para dar credibilidad a la mentira—.
De todos modos, lo que seamos no es de tu incumbencia.
Lo que sí debería preocuparte es que te ha pedido que la sueltes y has hecho caso omiso.
—Joder, Ava, ya podías haberme dicho que tenías novio en lugar de darme largas. Perdona, tío, yo no sabía nada...
—¿Nos vamos? —le pregunto a mi supuesto novio, tirando de su manga hacia la parada del autobús.
Me frena y desvía el rumbo hacia la zona de aparcamiento. Lo miro de reojo y él se limita a encogerse de hombros.
—¿Has venido en la moto?
—¿A este trasto lo llamas moto? —pregunta con guasa, señalando la vieja Vespa que heredó de su hermano—. Estoy deseando cumplir los dieciocho para sacarme el carné de coche de una vez.
—Mira que eres quejica... Por cierto, ¿a qué ha venido semejante numerito? —pregunto, señalando nuestras manos entrelazadas. No me refiero al gesto de ir cogidos, sino al espectáculo del novio y al beso.
—Ni que fuera la primera vez que caminamos cogidos de la mano —protesta.
Lo detengo en seco justo al llegar a la altura del scooter.
—Bosco…
—Vale, joder —suspira, pasándose una mano por el pelo—. Vi que la situación se estaba pasando de la raya con ese imbécil y creí que debía darle credibilidad a la historia. No es la primera vez que te incomoda, ¿a que no?
—Me lo ha dicho en otras ocasiones, sí, pero siempre le he parado los pies. Aunque dime una cosa: ¿qué va a opinar tu querida Natalia de que andes por ahí besando a otras y haciéndote pasar por su novio?
—Punto uno: tú no eres «otras», eres Ava. Y punto dos: me importa entre poco y nada lo que opine. Ya no estamos juntos.
Creo que mis ojos deben abrirse de tal forma que puedo parecer un personaje de dibujos animados Se acerca un paso, me sostiene la barbilla con dos dedos y me cierra la boca con delicadeza antes de susurrarme al oído con tono burlón:
—Te van a entrar moscas, Blancanieves.
—¿Y desde cuándo habéis roto?
—¿Tienes hambre? —pregunta, esquivando el tema con una habilidad pasmosa—. ¿Vamos a ese chiringuito de la playa que te gusta?
—Bosco —lo freno de nuevo cuando hace ademán de encajarse el casco y me tiende el mío—. ¿Por qué has roto con Natalia y por qué has venido a buscarme a estas horas? Además, apesto a patatas fritas y a nuggets.
—En primer lugar, porque mañana es tu cumpleaños y sé de sobra que estas fechas se te hacen cuesta arriba, aunque sigas sin contarme los motivos.
Y lo de Nat... Uff, es complejo, pero se resume en que no es lo que busco ahora mismo.
Tal vez nunca lo sea. Y deja de someterme al tercer grado y ponte el casco o nos cierran la cocina.
Por cierto, me encanta cómo hueles —añade, inclinándose hacia mi cuello para olfatearme entre risas como si fuera un perrito sabueso.
Sé que no me está diciendo toda la verdad. Hay algo más denso escondido tras sus evasivas, una corriente que lleva sobrevolando nuestras vidas desde hace mucho tiempo.
Algo que no puede ser y que él sabe de sobra.
Algo que tal vez en otra vida, con otra Ava…
Pero no con esta Ava. Ni ahora, ni en el futuro, ni nunca.
Me acomodo a su espalda en la Vespa. Me encanta sentir el calor de su cuerpo a través de la tela de la camiseta blanca que lleva hoy, junto con el aroma del perfume que utiliza desde hace un par de años.
Ya no es una fragancia infantil. Es un olor fresco, con un matiz especiado que me reconforta, me calma y me transmite la sensación de estar en casa.
Es la misma seguridad que siento siempre que estoy a su lado, con su familia o incluso en el piso de acogida, donde continuaré hasta que el año que viene me mude para empezar la universidad.
Al llegar al restaurante nos encontramos con bastante movimiento para la hora que es.
Bosco vuelve a tomarme de la mano para guiarme entre las mesas hasta que el camarero nos acomoda.
Me doy cuenta de que había reservado con antelación; esto no es una parada improvisada, sino un plan organizado con detalle, y no sé si me gusta o no.
Le envío un mensaje a Lorena para avisarle de que me he entretenido con Bosco y me da el visto bueno; sé que ella da por hecho que estamos juntos desde hace tiempo y yo jamás me he molestado en sacarla de su error.
—Ava, deja de darle vueltas a todo, cariño. Solo vamos a tomarnos unas tapas o lo que te apetezca. Y siento si te ha molestado la escena de antes, ¿vale? Me ha jodido mucho verlo agarrarte del brazo. Sé que eres capaz de defenderte sola, pero los tíos como ese me tocan los cojones.
—Hala, vaya vocabulario. Si te oyera tu madre... —trato de bromear, aunque me noto rígida, una sensación extraña que casi nunca me ocurre cuando estoy a su lado.
El camarero que suele atendernos cuando venimos en grupo se acerca a la mesa, nos pregunta con una sonrisa si esta noche venimos solos y Bosco responde que sí.
Desvío la vista hacia la arena, solo un par de metros más allá, y me fijo en el vaivén de las olas al romper contra la orilla.
Es algo que voy a echar mucho de menos el día que me marche de aquí.
Hace meses que recibí el alta en terapia. Ya no tengo pesadillas. Todo aquello quedó en un mal recuerdo. Uno que dejó profundas cicatrices, sí, pero al que me niego a seguir alimentando. Lo que no sé es si seré capaz de lograrlo del todo.
—¿Me vas a contar la verdad? —insisto en cuanto el camarero nos sirve los refrescos y vuelve a alejarse.
—No hay nada que contar. Ya te lo he dicho todo. —Se enroca en esa versión prefabricada que, conociéndolo como lo conozco, sé que ha ensayado mil veces en su cabeza para resultar convincente. Pero no cuela.
—Vale.
No vuelvo a abrir la boca. Pedimos unos calamares, boquerones y un par de raciones típicas de la zona, pero se me ha cerrado el estómago. Lo que peor llevo de todo esto es que me mienta. Él no. Bosco es la persona en quien más confío en este mundo y me duele que no sea capaz de corresponderme.
Me observa en silencio mientras da cuenta de los platos. Yo me limito a marear la comida con la punta del tenedor, hasta que su mano se posa sobre la mía y me quita el cubierto con el que maltrataba a un calamar que no me había hecho nada.
—Para ya, Ava, joder —protesta, contrariado—. ¿Quieres dejar de pagar tus frustraciones con la comida?