6 Tal vez la vida pasa muy deprisa #4
Me distraigo contemplando un barco atracar.
Sus ocupantes desembarcan bolsas con provisiones para la cena bajo la luz dorada del atardecer.
La playa me apasiona, pero el ambiente del puerto —esa mezcla de salitre, resina y combustible— me transmite una calma extraña, acompasada por el tintineo metálico de los mástiles al mecerse.
—¿Te gustaría tener un barco algún día?
—No puedo ni soñar con subirme a uno, así que imagina tenerlo en propiedad —respondo sin apartar los ojos del pantalán—. De todas formas, prefiero observarlos desde la barrera; mantener algo así debe de costar una fortuna.
—Soñar es gratis, Ava —murmura, clavando sus ojos oscuros en mí con una profundidad que insinúa algo más.
—Pero todo lo demás no.
—¿Me contarás algún día quién te volvió tan dura? —Inquiere. El Bosco adulto ha regresado de golpe tras el cuerpo del adolescente.
—Hay heridas que es mejor no remover.
—Ava —dice, envolviendo mi mano entre las suyas—, pensaba que éramos amigos. Que confiabas en mí, que podías contar conmigo.
—Y es cierto, pero te quiero tal y como eres ahora, Bosco. No como cambiarías si supieras toda la mierda que arrastro. No me pidas más, por favor.
—¿Algún día? —insiste.
—No lo sé. He visto miradas de rechazo y de lástima que me revuelven el estómago. La tuya me encanta precisamente por eso: porque es limpia, sincera y bonita. Esa es la mirada que necesito que conserves para mí.
—¿Y no ves nada más en ella? —uf, ahí esa pregunta otra vez…
—Deberíamos volver. Tus padres igual se quieren marchar.
—Eres una experta cambiando de tema, Martín.
—A ver si lo vas captando de una vez, Muñoz.
—Venga, vamos —suspira.
Extiende la mano para que la tome. No estamos juntos ni somos novios, pero en tardes como esta, con las emociones a flor de piel, caminamos cogidos de la mano sin dar explicaciones a nadie.
En el fondo, intuyo que él tampoco busca salir con nadie más, al margen de las bromas que suelta sobre nosotros. Porque son solo bromas, ¿verdad?
Al regresar a la terraza donde aguardan sus padres, los veo bromeando.
Se tocan, se miran con cariño y, de vez en cuando, se besan.
Es algo tan bonito lo que desprenden que me hacen añorar algo que no he tenido nunca y sé que nunca tendré.
Pero no importa; ellos son cariñosos y adoro que se lleven bien.
Hacen felices a sus hijos, y eso es más que suficiente para mí.
El verano ha transcurrido en un suspiro.
O tal vez han sido mis ganas de recuperar la rutina las que me han hecho percibirlo así, aunque solo a ratos.
En otros momentos, las tardes se me volvían interminables como meses enteros; donde no tenía otra cosa que hacer salvo quedarme tirada en la cama hasta la hora de la cena, leyendo o con los cascos puestos, dejando que el tiempo pasara sin más.
Ya no queda ni una sola marca en mi piel.
Ha transcurrido más de un año desde todo aquello y la memoria me devuelve una imagen lejana, casi irreal, aunque no ocurre lo mismo con los recuerdos.
A veces, por fortuna no muy a menudo, se transforman en pesadillas atroces que me desvelan a medianoche, y May se desliza en mi cama para abrazarme en cuanto me oye gemir entre sueños.
Ella tampoco sabe lo que ocurrió en realidad.
Nadie en el piso lo sabe; únicamente Lorena y María, y solo porque constaba de forma explícita en la primera página de mi expediente social.
Al arrancar el nuevo curso, nos comunican que Ana, la peque del grupo, vuelve con sus padres.
Ninguna de las educadoras parece muy feliz con la noticia.
Supongo que no es buena para nada, pero la niña está entusiasmada y va de un lado a otro, dando saltitos, recogiendo las pocas cosas que ha acumulado este tiempo, radiante ante la idea de reunirse otra vez con sus progenitores.
Le deseo de corazón que esta vez las cosas funcionen.
Bosco y yo no nos hemos visto en todo el mes de agosto.
Apenas nos hemos llamado algunas veces, porque no es que me sobre el dinero para recargar la tarjeta prepago y la mayoría de las veces es él quien asume el coste de marcar mi número, un detalle que me produce cierto remordimiento.
En su última llamada me decía las ganas que tenía de que volviéramos a clase para poder vernos todos los días.
—Hombre, mi futura poli favorita —eso es lo primero que me suelta al verme, antes de envolverme en un abrazo de esos que, sin ser consciente de ello, he echado tanto de menos. Me aguarda junto a la valla para entrar juntos al aula.
—Señor futuro abogado —le devuelvo la réplica, encogiéndome de hombros para prolongar la broma.
No he vuelto a saber una sola palabra de mis padres.
Soy consciente de que hace meses se celebró el juicio contra mi madre, pero no tuve que personarme en la sala; se limitaron a tomarme declaración en el juzgado de menores a través de un informe a puerta cerrada y jamás me preocupé por indagar si sirvió para condenarla.
Ni idea de qué dictaminó el juez después, y lo prefiero así, del mismo modo que ignoro si mi padre sigue en busca y captura o continúa evaporado entre sus trapicheos de poca monta.
No me importa.
He tachado sus nombres de mi vida y no quiero volver a saber nada de ninguno de los dos.