Ava 6 Tal vez la vida pasa muy deprisa #2
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6 Tal vez la vida pasa muy deprisa #2

El anuncio de la llegada del padre me provoca un vuelco inmediato en el estómago. La duda vuelve a asaltarme sobre si habrá sido buena idea quedarme a cenar, pero ya es tarde para echarme atrás.

Cuando llega su padre, Bosco me lo presenta y él me saluda con amabilidad. Me formula un par de preguntas sobre el cole y poco más, sin amago de darme dos besos ni tratar de acercarse demasiado, y eso también me da tranquilidad.

La cena transcurre entre risas y pullas constantes entre Bosco y su hermano. Al otro lado de la mesa, Tana me busca con la mirada, esboza una sonrisa cómplice y se encoge de hombros antes de susurrarme por lo bajo que siempre están igual.

Tienen entre ellos una dinámica tan sana, tan cálida, que se me encoge el pecho al contemplarlos. Una extraña nostalgia me invade al echar de menos algo parecido. Aunque me pregunto si de verdad se puede echar de menos algo que jamás se ha tenido.

El tiempo a veces pasa más deprisa de lo que imaginamos.

Antes de siquiera darme cuenta, el curso se acaba.

Bosco y yo nos hemos convertido en los mejores amigos.

Desde el día que hicimos el trabajo juntos, no nos hemos sentado con otras personas en clase, al menos en las que podíamos.

Hoy es la fiesta de fin de curso, a la que por supuesto yo no quería ir, pero Lorena me ha «casi obligado» y May me ha ayudado a buscar el outfit perfecto para la ocasión.

Porque además, Bosco y yo somos los presentadores de los bailes de los niños de primaria.

He elegido para el evento un pantalón ancho y una camiseta roja anudada al cuello, con la espalda al aire.

May me ha ondulado el pelo, ahora lo llevo mucho más largo, y como ya hace tiempo que vamos a la playa, mi blanco níveo ha dado paso a un dorado pálido.

Tan solo he accedido a aplicarme un toque de brillo en los labios y una capa ligera de máscara de pestañas; el maquillaje cargado me trae recuerdos demasiado nítidos de una época y unas experiencias que jamás debí haber vivido.

Una vez terminada la fiesta, es Nico, el hermano de Bosco, quien me acerca en coche a casa antes de dejar a mi amigo en la suya.

Mañana hemos quedado para ir a la playa con sus amigos, los del equipo de natación, y no sé si quiero.

—Ava, ya verás como te caen bien —me suplica Bosco por enésima vez ante mis reticencias—. Por fin hemos acabado los exámenes, me has obligado a sacar las mejores notas de mi vida... Venga, vente con nosotros.

—Es que yo no pinto nada con vosotros.

Su madre me asegura que por la tarde bajará ella con las madres de los demás chicos, que no me preocupe por nada y que me dedique a disfrutar del día.

Ahora me encuentro tumbada sobre la toalla nueva que me compró Lorena —a pesar de haberme negado mil veces a que gastara dinero en mí—. Se porta tan bien con nosotros que a menudo me cuesta verla como una educadora social y la siento más bien como alguien de mi propia familia.

A lo lejos, los chicos juegan un partido de vóley sobre la arena. Yo me refugio tras las páginas de Marina, la novela de Zafón que me ha prestado Tana. Veo a Mariana avanzar hacia mi toalla.

—Hola, cielo. ¿Qué tal estás? —me saluda con su tono dulce y cariñoso.

—Hola. Bien, no ha estado mal, pero empiezo a notar el cansancio. Creo que me he quemado un poco los hombros.

—Déjame ver. —Extrae un frasco de protección solar de su capazo de paja y comienza a extender la crema sobre mi espalda con la misma delicadeza con que lo ha hecho en otras ocasiones—. Luego te aplicas un poco de aftersún y arreglado. Oye, Ava...

Alzo la vista al notar que se interrumpe. El tono sobrio de su voz me pone en alerta de inmediato.

—¿Sí?

—Quería decirte algo. Llevo mucho tiempo dándole vueltas para no resultar invasiva ni metomentodo, pero no sabía muy bien cómo abordarlo.

Solo quiero que tengas claro que puedes contar conmigo para lo que sea.

Ignoro qué circunstancias te llevaron al piso en el que vives, pero quiero que sepas que puedes confiar en mí; haré todo lo que esté a mi alcance para echarte una mano.

Sé de sobra que no es nada fácil lo que te ha tocado vivir si estás ahí.

—¿Cómo sabes…? —La sorpresa me deja sin aliento.

—No siempre he trabajado en el bufete de Nicolás —explica con voz pausada—.

Hace años, antes de dejar la justicia de oficio, estuve en ese mismo piso y en otros similares, tratando con chicos y chicas que atravesaban situaciones complicadas.

Tuve que dejarlo porque me afectaba hasta el punto de caerme encima una depresión gravísima, y Nic me obligó prácticamente a apartarme.

Aun así, sigo en contacto con antiguos compañeros por si necesitan mi ayuda.

—Bosco... ¿lo sabe?

—¿Lo tuyo? —Asiento con un leve movimiento de cabeza—. No, jamás comento estas cosas con nadie, ni siquiera con mi marido. Tampoco sé qué te ocurrió a ti en concreto.

—Prefiero no hablar de ello —niego con la cabeza.

—No, por Dios, no te estoy pidiendo que me lo cuentes si no te apetece —se apresura a aclarar—.

Tan solo me ofrezco a darte mi apoyo si en algún momento lo necesitas, en el aspecto que sea.

Para desahogarte, si precisas ayuda económica...

Lo que haga falta, Ava. Supe que eras diferente desde el primer día.

El resto de los amigos de Bosco no se parecen en nada a ti.

Al principio no sabría decirte qué me dio la pista, pero con el paso de los meses ha sido muy evidente.

—Bueno, si tenemos en cuenta que no me visto como ellos ni llevo nada de marca... Todavía me pregunto por qué Bosco sigue siendo mi amigo si soy tan distinta a todos ellos.

—Pues yo lo tengo cristalino: tú tienes muchísimo que aportar.

Sus otros amigos son niños de papá que solo tienen pajaritos en la cabeza.

A ti la vida te ha obligado a madurar a pasos agigantados y Bosco siempre ha sido muy adulto para su edad.

Ya has visto la determinación que ha tenido con el fútbol y los motivos que lo han llevado a dejarlo.

¿Qué chaval de catorce años rechaza el fichaje de un club importante solo porque aborrece el ambiente de las gradas o los ademanes poco apropiados de algunos padres?

—Ya... En eso tiene razón. Aunque me cuesta verme encajando en su círculo.

—¿Te sientes a gusto con él? ¿Te sientes bien con nosotros? —me pregunta. Rebusca en su bolso, extrae una gorra de tela y me la ofrece para protegerme del sol.

—Gracias —la acepto y me la acomodo en la cabeza—. Sería imposible no estar a gusto a su lado. Ojalá mi familia se hubiera parecido remotamente a lo que tenéis vosotros.

Un chapoteo ruidoso interrumpe la conversación.

Bosco viene corriendo directamente desde el agua.

Como se ha dejado el pelo algo más largo estos últimos meses, al llegar a nuestra altura se sacude la cabeza con la energía de un perro mojado, acribillándonos a gotas heladas que nos sorprenden a las dos.

—Oye —protesto, sacudiéndome la arena que sus pisadas han levantado sobre la toalla—, ¿alguien te ha dicho que necesitáramos refrescarnos?

—Solo venía a rescatar a mi chica de la chapa insoportable de mi madre —replica con un tinte divertido.

Mariana lo observa con una ceja alzada, sorprendida por el posesivo que acaba de emplear. Yo no me molesto en desmentirlo; estoy exhausta de matizarlo cada vez que lo utiliza en público a pesar de que ambos sabemos de sobra que solo somos buenos amigos.

—¿Cómo que «tu chica»? —interviene su madre con curiosidad—. ¿Qué me he perdido aquí?

—Las cosas del intensito de tu hijo,—le aclaro a Mariana—. No soy su chica, pero es tan pesado que ya he desistido de llevarle la contraria. Además, me conviene: así sus amigos no me dan la paliza.

La tensión que notaba crecer en mi interior durante la charla con Mariana se disipa por completo ante el rostro desencajado de la mujer y la irrupción de mi amigo. Sin darme tiempo a reaccionar, Bosco me agarra de la muñeca y tira de mí hacia la orilla.

—¡Para, para, por favor! —me quejo mientras me arrastra—. ¡Que no me quiero meter!

Mis protestas caen en saco roto. Antes de darme cuenta, el agua del mar me ha calado hasta el último mechón de pelo, gorra incluida.

Al salir a la superficie, me dirijo dando zancadas hacia donde Bosco se desencaja de la risa y trato de hundirlo de un empujón.

Tarea imposible: me saca casi dos cabezas y posee una fuerza descomunal, así que la que termina tragando agua de nuevo soy yo.

—¿Es que no vas a aprender nunca que conmigo no tienes nada que hacer? —me desafía con aire chulesco.

Si hay algo con lo que no puedo es con los vaciles.

Me aproximo a él con decisión y veo cómo se pone a la defensiva.

Lo que no calcula es que me pego tanto a su cuerpo que lo descoloco por completo; aprovechando su vacilación, le cuelo una pierna entre las suyas y lo derribo con una zancadilla limpia.

Es una de las técnicas que nos enseña el instructor en las clases de artes marciales a las que Lorena nos lleva dos tardes por semana a Ana, a May y a mí.

—Creo que te equivocas, Bosquito —le espeto cuando emerge del agua escupiendo espuma y apartándose el pelo mojado de la frente—. Y ahora haz el favor de dejarme en paz, porque tengo los hombros al rojo vivo y prefiero estar bajo la sombrilla con tu madre antes que haciendo el cafre contigo.

Desde la orilla, sus amigos se parten de risa y me jalean. No son mala gente, solo que no creo que su interés en mí vaya más allá de ser «la amiga de Bosco».

—Solo pretendía librarte del sermón de tu futura suegra —murmura él con tono guasón, secándose los ojos con el dorso de la mano.

Uf, y dale. Me acerco un paso más y le susurro, casi rozando sus labios:

—No es mi suegra. Tú y yo solo somos amigos y siempre va a ser así. Deja de decir tonterías, Bosco.

—Algún día, futura poli —responde con una sonrisa.

—¿Cuándo aprenderás que «nunca» es un buen momento?