6 Tal vez la vida pasa muy deprisa
TAL VEZ LA VIDA PASA MUY DEPRISA
«Blancanieves no temía nada malo, así que se situó ante ella y dejó que le atara al cuello la nueva cinta, pero la vieja la ató tan deprisa y tan fuerte que a Blancanieves se le cortó la respiración y cayó al suelo como muerta».
— BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.
Tana, la novia de Nico, intenta entablar conversación conmigo, pero la verdad es que me he quedado sin fuerzas para socializar.
Respondo con monosílabos breves mientras observo las chanzas y los empujones afectuosos entre los dos hermanos.
Entre ellos flota esa complicidad mágica, una conexión que jamás tendré y que ni siquiera me veo capaz de imaginar.
Es en instantes como este cuando la realidad me golpea y recuerdo todo lo que tendré que pelear si pretendo que mi vida sea mínimamente normal.
El personaje de Ava Martín no deja de ser eso: una máscara. Una coraza tras la que escondo experiencias imposibles de olvidar y más difíciles aún de compartir con nadie.
Jamás.
—Ava, ¿todo bien?
Me doy cuenta de que el murmullo de los hermanos se ha apagado de golpe cuando mi nombre brota de los labios de Bosco. Me observa con una expresión que se parece demasiado a la preocupación.
—Sí, claro. Solo me he distraído un segundo.
Su casa se encuentra bastante cerca de la mía, mucho más de lo que calculaba, aunque el entorno no guarda el menor parecido.
Viven en una urbanización llena de chalés donde el silencio se respira nada más cruzar la verja.
Nico introduce el coche en el garaje, con espacio holgado para otro vehículo más; imagino que el de sus padres.
Desde ahí accedemos a la vivienda. El diseño parece sacado de una revista de decoración o de un programa de televisión.
A pesar de ello tiene personalidad. Hay marcos con fotografías familiares, estanterías repletas de libros y algún trofeo escolar sobre una moderna chimenea.
Es un hogar de verdad. O, al menos, de la idea que yo conservo del hogar de mis abuelos.
—Ven, te enseño esto un momento y nos instalamos aquí, —me señala la mesa amplia del salón, evitándome el trago de ir directamente a una estancia más privada.
Subimos a la primera planta pasando de puntillas frente al dormitorio de sus padres, ante el de su hermano —donde Nico se recluye con su chica— y junto a una habitación de invitados que parece vacía.
Finalmente, llegamos a la suya. Aquí los trofeos y sus recuerdos más personales se exhiben con orgullo: fotos de torneos, recuerdos de viajes, maquetas de coches, cómics, algunos discos de vinilo... ¿En serio tiene vinilos?
—Muy chula tu habitación. Aunque mantengo mi teoría: tú no tienes catorce años.
—¿Lo dices por los vinilos? —Se ríe con ganas—. Eran de mi abuelo. Me los quedé cuando tuvieron que ingresarlo. Tiene alzhéimer, una variante muy agresiva y rápida. Es bastante joven para sufrirlo, la verdad.
—Lo siento.
—En fin… Vamos abajo, que al menos te eche una mano con el dichoso trabajito.
Me cede el paso para salir y descendemos las escaleras en silencio.
De la habitación de su hermano, cuya puerta ha quedado entreabierta, se filtra el rumor de una conversación pausada y una melodía suave de guitarra.
Al notar que desvío la mirada hacia allí, Bosco me aclara en un susurro que Tana toca la guitarra.
Nos acomodamos en la mesa del comedor. Me explica que, si sus padres regresan y se instalan en el salón, nos trasladaremos al despacho, pero que prefiere estudiar allí o en su cuarto. Las vistas a través del ventanal son espectaculares: el jardín se funde casi con la línea del mar en el horizonte.
—Menudas vistas. Podría quedarme mirando toda la tarde.
—Sí, es una de las cosas que sé que echaré de menos en el futuro.
—Lo tienes clarísimo, ¿verdad?
—Por completo. ¿Te apetece tomar algo? ¿Un refresco, una limonada? Mi madre la prepara riquísima. Voy a por un par de vasos.
—No te molestes, de verdad...
Ni me da tiempo a completar la frase; ya ha puesto rumbo a la cocina.
Aprovecho su ausencia para sacar el libro de Biología, el clasificador y mi estuche de bolígrafos de colores.
Son mi único pequeño vicio; siempre le pido a Lorena que me busque los paquetes más económicos donde los encuentre, junto a un par de marcadores fluorescentes.
La puerta principal se abre con un chasquido metálico y una mujer entra en el vestíbulo.
Imagino que es la madre de Bosco. Viste un abrigo cruzado de color beige a media pierna, porta un bolso elegante y un maletín de piel con pinta de caro.
Me descubre al momento y me dedica una cálida sonrisa mientras cuelga el abrigo en el armario del recibidor.
—Hola, cariño, debes ser Ava, ¿verdad? Soy Mariana, la madre de Bosco y Nico.
—Hola, sí. Encantada —respondo, irguiéndome un poco en la silla—. Bosco ha ido a la cocina a por limonada. No me ha dejado ni negarme.
—Ja, ja, ja. Sí, mi hijo es la intensidad hecha persona. En realidad los dos lo son, y su padre tampoco se queda atrás, para qué engañarnos. Pero los adoro igual. Voy a saludarlo un segundo. Ahora vuelvo contigo, cielo.
Se encamina hacia la cocina dejando tras de sí una ráfaga suave de perfume, una fragancia dulce sin resultar empalagosa.
No la había olido jamás, por lo que deduzco que se tratará de algo costoso.
Todo lo que hay en esta casa trasmite esa sensación.
Nada que se parezca, ni de lejos, al mundo al que estoy acostumbrada.
Bosco reaparece en el salón sosteniendo una jarra de cristal y dos vasos altos. La limonada no es algo que me apetezca demasiado en esta época —la asocio más al verano—, aunque la temperatura del interior de la casa resulta muy agradable.
—Bosco —interviene su madre, asomándose tras él—, tienes en la encimera un bizcocho que ha dejado Maite antes de irse. Saca un par de porciones por si a Ava le apetece.
—No es necesario, de verdad... —intento frenarlo, pero mi compañero ya ha vuelto a salir pitando hacia la cocina y regresa al instante con dos platos y un bizcocho cuyo aroma a limón y mantequilla perfuma la mesa.
—Prueba un pedacito, anda. Maite cocina que da gusto.
Me pregunto quién será Maite, aunque prefiero guardarme la duda. Corto un pellizco diminuto con los dedos. La masa se deshace al contacto y la explosión de limón en el paladar es tan intensa que se me escapa un murmullo de satisfacción.
—Está buenísimo —reconozco—. Pero bueno, o abrimos los cuadernos ya o no vamos a empezar en toda la tarde.
—A la orden, jefa —responde, llevándose la mano a la sien al estilo militar antes de regalarme una sonrisa.
Me hace reír.
Otra vez.
Una más.
Por fin, tras dar buena cuenta del bizcocho y la limonada, y después de que su madre nos sugiriera instalarnos en el despacho —opción que Bosco rechazó al instante, devolviéndome la calma—, nos pusimos de lleno con el trabajo.
El tiempo se nos escurrió entre las manos sin que nos diéramos cuenta y, para cuando quisimos reaccionar, la noche se nos echó encima.
—Ava, quédate a cenar y te acerco a casa después, ¿vale?
Justo en ese momento, el teléfono empieza a vibrar en el interior de mi mochila. En la pantalla brilla el nombre de Lorena.
—Tengo que responder —me disculpo—. En cuanto a la cena, no lo sé... Es tardísimo y yo...
—Ava, ¿va todo bien? —pregunta Lorena al otro lado de la línea, con un matiz imperceptible de inquietud—. Es tarde, ¿vienes ya hacia aquí?
—La madre de Bosco me ha propuesto quedarme a cenar, pero... Sí, todo bien, tranquila —respondo mientras me alejo unos pasos de la mesa del salón.
Me pego al ventanal que da al jardín. Afuera se han encendido unas guirnaldas de luces cálidas entre los arbustos. A lo lejos, salpicando la oscuridad del mar, titilan los fanales de algunos barcos de pesca que navegan hacia la costa.
—Quédate si te apetece —me anima Lorena—. No hay ningún problema siempre que te acompañen luego, aunque sea hasta la parada.
—No te preocupes, me llevan en coche hasta la puerta.
—Ava… vive, cariño.
—Gracias.
Cuelgo el teléfono y me quedo unos segundos con la mirada perdida en el horizonte. Noto que Mariana aguarda detrás de mí, manteniendo una distancia prudencial para no invadir mi intimidad, aunque intuyo que le pica la curiosidad.
—¿Todo bien, Ava? ¿Te quedas con nosotros? —pregunta con voz suave cuando me doy la vuelta.
Bosco tampoco me quita el ojo de encima, esperando la respuesta.
—No querría ser una molestia.
—De molestia nada, cielo. Venga, terminad lo que tengáis entre manos mientras preparo algo. Voy a hacer una tortilla de patatas, ¿te gusta?
—Me encanta. Muchas gracias.
Regreso a la mesa y me encuentro con la sonrisa de satisfacción de mi compañero, que me muestra en la pantalla las últimas líneas que ha redactado mientras yo hablaba. Nos va a quedar muy poco, tal vez una tarde más y listo.
Bosco ha ido pasando las notas a un documento de texto en el ordenador mientras yo completaba el trabajo a mano. Aunque la entrega debe ser manuscrita, acordamos conservar una copia digital por si acaso.
—¿Ves cómo elegí a la mejor compañera de trabajo posible? Prácticamente lo dejamos visto para sentencia.
—Menudo morro tienes —le espeto para picarlo—. Si lo único que has hecho ha sido teclear cuatro tonterías mientras yo cargaba con el trabajo duro.
Me da un empujón cariñoso con el hombro haciéndose el ofendido. Nos sostenemos la mirada un par de segundos, aguantando la risa, hasta que terminamos por soltar la carcajada al mismo tiempo. Otra vez.
Risas.
¿Acaso esto es confianza?
—Alucino contigo, qué maltratadora —bromea—. No me has dejado ni respirar desde que cruzamos la puerta.
—Chicos, dejad ya la cháchara —interviene Mariana desde la cocina, asomándose al comedor—. Venga, Bosco, poned el mantel y los cubiertos. Sube a avisar a tu hermano y pregúntale a Tana si se queda también. Papá acaba de llamar, está a punto de llegar.