5 Una mano amiga #3
—Ja, ja, ja... No puedo creerte, lo siento.
—No tengo ni idea del tiempo que hacía que no me reía de verdad, y Bosco lo ha conseguido en un momento—.
Dicen que eres el más popular del cole, juegas al fútbol y, por lo visto, bastante bien; nadas en el equipo de no sé qué, sacas unas notas buenísimas y tus padres son muy importantes.
Bueno, eso cuentan por ahí. No soy de meterme en la vida de nadie, así que dudo mucho que no seas capaz de hacer un trabajo.
—Pues haces bien en no meterte. O, mejor dicho, en no creerte todo lo que dicen, porque la gente inventa cada historia que alucinas. A ver, ¿qué te gustaría saber de mí?
Desenvuelve la hamburguesa y le da un bocado sin dejar de mirarme, esperando mi respuesta. Yo doy un sorbo al refresco y abro la mía. Solo verla hace que se me haga la boca agua. Ni recuerdo cuánto tiempo hace que no me como una.
—Es cierto. No me gusta que se metan en mi vida y yo tampoco lo hago en la de los demás.
Te habrás dado cuenta de que no me sobran precisamente los amigos.
—Hace amago de intervenir, pero lo detengo con un gesto—.
Tampoco me estoy quejando, no te vayas a creer.
No es algo que me quite el sueño. Ya no.
—¿Me he perdido algo? —Arquea las cejas, desconcertado. Si tú supieras, me digo para mis adentros—. Quiero decir, tienes trece años, ¿no? ¿Cómo no va a importarte tener amigos?
—Soy así, sin más.
—Bueno, pues te cuento mi versión. Hago todo eso que has dicho y sí, no se me da mal.
Pero ahora viene lo mejor, lo que nadie sabe...
Voy a dejar el equipo de fútbol. No me llena, odio ir a los partidos y detesto el ambiente que se respira en las gradas.
No somos profesionales, aunque hay padres que parecen olvidarlo.
Los míos no, por fortuna. No suelen ir a verme, cosa que les agradezco; en mi casa no hay costumbre de alimentar egos, por mucho que digan por ahí.
Hace una pausa para dar otro bocado.
—Seguiré nadando porque me gusta y porque hacer deporte me despeja la cabeza, pero tampoco voy a competir.
No me voy a convertir ni en futbolista ni en nadador de élite; ya voy tarde para ambas cosas.
Me lo propusieron, es verdad, pero lo hablamos en familia y decidimos que no.
Mis padres curran mucho y prefieren que pasemos el tiempo libre juntos en casa.
—Vaya —admito, sorprendida por su madurez—. Ahora la que se ha perdido algo soy yo. ¿Cuántos años me has dicho que tienes? —Una sonrisa leve vuelve a asomarse a mis labios. Otra vez. La tercera o cuarta en lo que va de mediodía tras las lágrimas.
—Catorce. Los cumplí el día después de Reyes.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Le da otro bocado a la hamburguesa, a la que apenas le queda el último pedazo, y me mira sin pestañear. Sus ojos oscuros parecen escudriñarme por dentro y no logro decidir si esa sensación me agrada o me intimida. Al final, asiente.
—¿Por qué quieres que hagamos el trabajo juntos? —Lo contengo alzando una mano antes de que responda—. Sí, ya me has contado tus fallos de organización, pero seguro que hay docenas de chicos deseando hacerlo contigo, tus amigos incluidos.
—Me gusta conocer gente nueva y, además, tú eres más guapa.
Lo miro fijamente mientras una ola de calor me asciende a marchas forzadas por el cuello hasta las mejillas. Agacho la cabeza hacia la cajita de patatas y rebusco una pequeña para disimular la turbación.
—Oye, me has preguntado y te he dicho la verdad —añade con total naturalidad—.
Me pareces la chica más guapa del colegio y creo que ni te das cuenta.
Jamás había visto unos ojos de un azul como el tuyo.
Con el pelo oscuro y la piel tan clara pareces Blancanieves.
Se me va la olla, lo sé, pero es que me chiflan los libros y de pequeño leía un montón de cuentos.
—Los ojos los heredé de mi abuela. Era guapísima.
—¿Era? Perdona, no quería... —Todo el descaro de hace un instante se evapora de golpe. Parece tímido de repente.
—Murieron los dos. En un accidente, cuando yo aún no había cumplido los diez. Con ellos se fueron muchísimas cosas.
—Lo siento mucho, Ava. Aunque, si te pareces tanto a ella, cada vez que te mires al espejo sabrás que sigue a tu lado.
—No es suficiente.
—Me lo imagino —Extiende la mano sobre la mesa con la palma hacia arriba, ofreciéndomela en silencio. Vacilo un segundo antes de apoyar la mía. Su agarre es firme, cálido, me transmite un apoyo inesperado que me reconforta. Me gusta esa sensación—. Al menos tienes al resto de tu…
—¡NO!
Mi voz suena con demasiada agresividad. Varias personas en las mesas contiguas se giran a mirarnos. Me percato del numerito y la culpa me aplasta al instante.
—Perdón, no quería gritarte —murmuro, retirando la mano—. No tengo a nadie más. Pero preferiría no hablar de esto.
—Tranquila, no pasa nada —se apresura a decir—. No voy a preguntarte más. Solo quiero que sepas que, si algún día te apetece desahogarte con alguien, cuenta conmigo.
—¿Por qué hablas como un viejo?
—Oye —se ríe, aliviado por el cambio de tono—, tampoco es que tú digas ni hagas cosas propias de una chica de tu edad. Todavía no te he oído hablar ni una sola vez de ropa, de maquillaje o de chicos.
—Que simples son para ti las chicas ¿no? —protesto, algo picada.
—Si te soy sincero, las que me rodean suelen serlo bastante. Por eso me resultas tan diferente.
—A veces me gustaría ser como las demás.
Exhalo un suspiro largo y agarro el vaso para apurar el último trago del refresco, ya aguado por la montaña de hielo. Sin darme cuenta, he acabado con todo salvo el helado, que empieza a derretirse en la tarrina.
—¿Te has quedado con hambre? Puedo ir a pedir más.
—No, no, estoy bien. Me como el helado y listo. Es que hacía una eternidad que no pisaba un McDonald’s.
—¿Seguro?
Asiento con la cabeza, aunque su mirada desconfiada sugiere que no se lo cree del todo
—A ver, Ava Martín —a veces todavía me cuesta reconocerme con ese nombre—, ¿qué quieres ser de mayor?
—Lo dicho, eres un abuelo atrapado en un cuerpo de adolescente. ¿Qué chaval de catorce años pregunta semejante cosa?
—Yo. Y es solo para corroborar mi teoría sobre ti.
—Policía —respondo. Me observa con los ojos muy abiertos antes de esbozar una sonrisa que le dibuja un hoyuelo encantador en la mejilla—. Pero primero quiero estudiar Psicología.
—¿Lo ves? —exclama triunfante—. La gente de clase quiere ser modelo, actriz, como mucho profesora... No conozco a nadie de nuestra edad que aspire a ser policía y, mucho menos, a estudiar Psicología.
—No me has entendido —lo corrijo, moviendo el vaso de helado entre las manos—.
No quiero ejercer como psicóloga. Quiero ser policía, pero no para poner multas o quedarme atrapada en una oficina.
Quiero algo más, ayudar de verdad. Para aspirar a puestos de más responsabilidad hace falta una licenciatura.
* Y esa en concreto es útil y me atrae bastante. ¿Y tú?
—Con los padres que tengo, abogado. ¿Qué si no? —Se encoge de hombros con una sonrisa amarga. Para lo maduro que se muestra en otros aspectos, en este instante su gesto denota cierta resignación.
—Pero ¿es porque te gusta o por pura tradición familiar?
—Me gusta, no te voy a engañar, y además lo tengo bastante más fácil.
Aunque no creo que me quede aquí; no me apetece que mi apellido me condicione el camino.
Tal vez me dedique a otra rama de la abogacía, no lo he decidido aún.
Así que aprovecharé mientras seamos compañeros de clase para hacer todos los trabajos contigo —añade, impostando una risa grave de villano de película.
—Vale, pero cuando cambiemos de curso tendrás que buscarte a otra pardilla. Aunque no tenga los ojos azules ni sea la más guapa —apunto. Apenas me creo el atrevimiento de soltarle semejante pulla, pero él me devuelve el golpe con total descaro.
—Eso lo tengo más que claro, Martín.
En ese momento, el teléfono de Bosco vibra en el interior de su mochila. Lo rescata entre los libros, consulta la pantalla con una mueca de fastidio y descuelga.
—Eres muy pesado —protesta de entrada.
Escucha en silencio la respuesta al otro lado de la línea.
—En el McDonald's —aclara.
Ignoro con quién habla, pero no me apetece que ninguno de sus amigos se pase por aquí. Cuelga al instante y me mira.
—Era mi hermano. Anda por aquí cerca y se ha ofrecido a llevarnos a casa.
—Ah, perfecto.
Primero su madre, ahora su hermano... Al final voy a conocer a la familia entera antes de terminar la semana.
—Eh, enano, ¿habéis acabado ya?
Un chico con un parecido asombroso a Bosco, aunque con unos cuantos años más, irrumpe junto a la mesa.
Lo acompaña una chica guapísima, rubia, peinada con una coleta alta y vestida con vaqueros, zapatillas impolutas y una sudadera de marca.
Han aparecido tan de repente que no me ha dado tiempo a reaccionar.
—Hola, tú debes de ser Ava —se presenta el chico, dedicándome una sonrisa—. Soy Nico, el hermano de este capullo.
La chica le sacude un codazo rápido en las costillas antes de dar un paso hacia mí, cortándole el rollo.
—Ni les hagas caso, siempre están a la gresca —me dice con amabilidad. Se inclina sobre la mesa y me da dos besos—. Soy Tana.
Juntamos los envoltorios en la bandeja y Bosco se encarga de tirarlos al cubo de basura. Los cuatro caminamos en grupo hacia el aparcamiento subterráneo donde su hermano tiene estacionado el coche.
* N. de la A.: Hasta después del año 2008 no empezaron a imponerse los grados que sustituyeron a las licenciaturas en España, implantándose casi por completo en el curso 2010/2011.