Ava 5 Una mano amiga #2
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5 Una mano amiga #2

Desvío la vista justo cuando entra la profesora de Biología. Empieza la clase repasando el trabajo en grupo y varios compañeros aprovechan para preguntarle algunas dudas. Intento concentrarme, tomo apuntes y copio fechas, pero mi atención se escapa con demasiada facilidad.

Las dos horas siguientes pasan despacio. Plástica y Música nunca han conseguido despertar mi interés. Hago lo que toca, entrego los ejercicios y saco buenas notas, aunque ninguna de las dos asignaturas logra decirme gran cosa.

Cuando suena el timbre del recreo, guardo los libros deprisa. Mi intención es escabullirme para reunirme con May antes de cruzarme con Bosco.

No llego muy lejos.

—Eh, ¿estás huyendo de mí?

Levanto la cabeza.

Él está apoyado junto a la puerta del aula, con esa media sonrisa que hace imposible saber cuándo habla en serio y cuándo bromea.

—No... Yo iba a buscar a May. Tú tendrás tus amigos y... nunca hemos hablado. Pensé que...

—O sea, que no podemos ser amigos.

—Ava, ¿vamos?

May aparece a mi lado sin que me haya dado cuenta. Basta una mirada para que comprenda que intenta rescatarme.

—Sí... mejor salimos del pasillo.

—Eso. Antes de que nos caiga un parte por quedarnos aquí plantados —añade Bosco, incorporándose para caminar junto a nosotras como si fuera lo más natural del mundo.

May lo observa de arriba abajo y, sin cortarse un pelo, le pregunta:

—¿Hoy no te vas con tus amigos pijos?

Durante un segundo temo que vaya a molestarse. Bosco, sin embargo, suelta una risa breve. Me mira, quizá esperando que intervenga, pero sigo demasiado sorprendida para abrir la boca.

—Iba a comentarle a Ava sobre el trabajo. Si os estoy molestando, ya hablamos luego, ¿no, compi?

—¿Qué querías preguntarme? —digo mientras atravesamos la puerta hacia el patio.

Noto varias miradas sobre nosotros.

Nunca me había fijado en sus amigos. Ahora sí. Algunos observan la escena con curiosidad. May también se da cuenta y tira con suavidad de la manga de mi abrigo para que los mire.

Nos detenemos en uno de los laterales del patio, donde el sol consigue calentar un poco el frío de enero.

A nuestro alrededor, los alumnos forman pequeños grupos.

Unos charlan mientras desayunan. Otros improvisan un partido de fútbol con una pelota hecha de papel de aluminio.

Las risas se mezclan con el silbato lejano de un profesor.

—En realidad no quería preguntarte nada importante —confiesa Bosco en voz baja—. Es que tu amiga se ha puesto un poco a la defensiva. ¿No puedo hablar contigo?

Tiene una seguridad que me desconcierta. Da la impresión de que muy pocas personas le dicen que no. Y, aun así, no transmite esa sensación de superioridad que esperaba encontrar en alguien tan popular.

—Solo trata de protegerme.

May está hablando con otras chicas de su clase sin apartarse demasiado de mí. Siempre lo hace y me integran en su grupo. Hoy soy yo quien se mantiene más al margen, junto a mi nuevo amigo.

Bosco sigue mi mirada.

—Tiene pinta de buena amiga.

—Lo es.

—Pues me alegro.

No insiste. No pregunta. No hace bromas incómodas.

Simplemente permanece a mi lado.

Y eso, por alguna razón, consigue relajarme.

Al entrar en clase, algunos de sus amigos bromean por no haber ido con ellos a jugar al fútbol, pero él los ignora y se va a su sitio tras guiñarme un ojo.

¿En serio acaba de hacer eso?

—¿Bosco te ha guiñado un ojo? —me pregunta Ivana, mi compañera de pupitre. Hay algo en su tono que no me gusta.

Me encojo de hombros y no le respondo. Me siento y saco el libro de mates, que es lo que toca ahora.

—¿En serio, tía? ¿Llevas aquí dos minutos y el tío más popular del cole te guiña un ojo? —no, definitivamente no me gusta su tono.

—Vamos a hacer juntos el trabajo de Biología. Será por eso.

—Claro... Seguro.

El sarcasmo resulta imposible de disimular.

Desde que llegué al piso he aprendido a reconocer muchas cosas. La lástima. El desprecio. El miedo.

Y también el sarcasmo.

Decido no responder. La profesora entra en ese momento y comienza la clase.

Con Ivana nunca he tenido problemas. Tampoco confianza. Nuestra relación se limita a compartir pupitre y apuntes cuando alguno falta. Sin embargo, tengo la sensación de que algo acaba de cambiar.

No entiendo a algunas chicas. ¿Cómo puede cambiar tanto la forma de mirar a otra persona por culpa de un chico?

Miro a Bosco de reojo.

¿De verdad es tan guapo?

Es moreno, nada raro por aquí, y tiene unos ojos oscuros enmarcados por unas pestañas larguísimas que cualquiera diría que parecen dibujadas, y una sonrisa de anuncio. Y bueno, como hace deporte, pues tiene buen cuerpo. Pero ya está. No le veo nada extraordinario.

Yo qué sé, solo tengo trece años y no me interesa nada que no sea estudiar.

Aunque, pensándolo mejor...

Quizá lo extraordinario no sea él.

Quizá lo extraordinario sea que alguien como Bosco haya decidido fijarse en alguien como yo.

A medida que pasa la mañana, mis nervios se intensifican y, cuando llega la hora de salir, estoy a punto de decirle que tengo que irme. Pero, al verlo caminar hacia mí con una sonrisa, no me queda más remedio que devolvérsela.

May me espera en la puerta. No sé si se ha olvidado de que hoy he quedado con Bosco o si, por si me arrepiento, ha decidido asegurarse de que sigo adelante.

—Ava, ¿te quedas? —pregunta.

—Sí. Vamos a comer y a hacer el trabajo. Luego su madre me lleva a casa, ¿verdad, Bosco?

—Sí, en eso quedamos. Pero, si quieres, la llamo para que te lo confirme.

Saca el móvil del bolsillo y me sorprende descubrir que es exactamente el mismo modelo que el mío, solo que de otro color. Sonrío y saco el mío para enseñárselo, lo que hace que él también se ría por la casualidad.

—Así no hace falta llevar un MP3 para la música y el móvil por otro lado —añade, encogiéndose de hombros.

May no se ha movido. Camina a nuestro lado hasta la salida, rodeados de alumnos.

Los más pequeños corren hacia sus padres con las mochilas a la espalda.

Otros se marchan en grupo, jugando o comentando lo que ha pasado durante la mañana.

Algunas chicas se suben la falda nada más cruzar la puerta del instituto.

No sé muy bien por qué... Bueno, en realidad sí lo sé, pero no lo entiendo.

Esa necesidad de llamar la atención nunca ha ido conmigo.

Nos dirigimos a la parada del autobús y, cuando llega, los tres subimos. Nos sentamos al fondo, donde hay sitio para todos. May continúa con nosotros hasta el centro comercial; después seguirá sola hasta casa.

Charlando, parece que incluso May está más tranquila con Bosco. Casi se nos pasa la parada si no llega a ser porque un grupo de chicos se levanta para bajar y reaccionamos a tiempo.

Nos despedimos de mi compañera de piso y, con las mochilas al hombro, caminamos en silencio hasta la hamburguesería del centro comercial.

Nos sentamos en una mesa del interior. Aunque hace un día soleado y aquí, en la costa, el ambiente resulta menos frío, la humedad se deja notar.

—¿Qué quieres pedir? Quédate aquí, voy yo.

—Pues no lo sé. Hace mucho que no vengo y ni siquiera sé si seguirá habiendo lo que me gustaba. ¿Un Cuarto de Libra?

—Vale. ¿Con patatas Deluxe y refresco? ¿Quieres un helado?

Niego con la cabeza. No quiero que gaste tanto dinero.

—¿Qué refresco?

—Coca-Cola. Y sí, Deluxe. Espera, que te doy dinero.

—A la próxima, o a la otra, invitas tú. No vas a hacer el guion, te saco de casa y de tus cosas, y encima vas a pagar.

—Pero…

No me deja terminar. Se limita a sonreír y se marcha hacia la caja para hacer el pedido.

Me entretengo observando a los niños que juegan en la zona infantil, a las madres que conversan alrededor de las mesas decoradas con el payaso de la marca y a algunos padres que parecen aburridos, mientras otros no apartan la vista de sus hijos.

Un nudo se instala en mi garganta.

Los ojos empiezan a escocerme.

Pero no es eso, ¿verdad?

Yo ya no lloro.

No me quedan lágrimas.

Lloré suficiente... ¿o no?

—¿Estás bien? Oye, Ava, ¿qué te pasa? Si llego a saber que por no dejarte pagar te ibas a poner así, te habría dejado hacerlo.

Sé que intenta animarme, pero no consigo sonreír. Solo me doy cuenta de que estoy llorando cuando alarga la mano para secarme las lágrimas y, sin pensarlo, me aparto de él como si fuera a hacerme daño.

—Lo siento. Yo... Joder, no sé si esto ha sido buena idea.

Se queda inmóvil. Ya no sonríe. Parece debatirse entre sentarse o marcharse. Puedo ver la duda en sus ojos. Eso también he aprendido a reconocer.

—Eh, no pasa nada. Solo iba a limpiarte la cara. No pensé que pudiera molestarte. Lo siento. ¿Quieres hablar?

Niego con la cabeza.

Por alguna razón, en ese momento parece mayor de lo que es. Se muestra tranquilo, comprensivo.

—Vale. Pues comamos. Después decides lo que quieres hacer.

—Gracias.

Doy un sorbo al refresco para intentar deshacer el nudo que tengo en la garganta. Después cojo una patata y me doy cuenta de que, aunque le dije que no, ha traído dos helados.

—¿Te vas a comer dos helados? —pregunto, haciendo que se ría.

—No. Uno es para ti. A todo el mundo le gusta el helado.

—Gracias.

—¿Vas a darme las gracias todo el rato? —pregunta con un tono divertido.

—Mi abuela decía que había que ser agradecida —respondo, intentando sobreponerme al recuerdo, que sigue doliendo.

—Pero esto son tonterías. Además, lo hago con un propósito oculto. —Ahora sí tengo claro que está bromeando—. Sé que contigo los trabajos van a sacar un diez. Déjame contarte un secreto...

Se sienta a mi lado y se acerca un poco más. Sin embargo, por primera vez, esa cercanía no me incomoda.

—Odio hacer trabajos. Me da igual estudiar o hacer los deberes, pero no puedo con los trabajos. No sé organizarme. Me agobian los formatos, nunca consigo dejarlos como me gustaría... Uf...