5 Una mano amiga
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UNA MANO AMIGA
«Espejito, espejito de la pared, la más hermosa de todo el reino, ¿quién es? A lo que el espejo respondió: —Mi reina y señora, aquí sois vos la más hermosa, pero en los montes, al otro lado, Blancanieves con los siete enanos mil veces más preciosa que vos es».
— BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.
—¿De verdad lo piensas? Hace dos años, yo tampoco lo sabía, pero mírame ahora.
Hay cosas que nunca podré recuperar. A veces siento que de repente tengo treinta años y estoy atrapada en un cuerpo de trece.
¿Por qué me tocó a mí? Solo quería estudiar y tener una vida normal.
Era solo una niña, y ahora ni siquiera sé lo que soy.
Cualquier cosa menos una adolescente normal. Lorena...
—Ava…
—Respóndeme una cosa —la interrumpo.
Ella hace un leve gesto con la mano para que siga.
—¿Crees que esto se supera? ¿Llegará un día en que deje de sentirme así?
¿Olvidaré lo que me hicieron? ¿Habrá un lugar en mi vida para una relación normal?
O, en realidad, todas nosotras, y también los chicos que han pasado por algo parecido, ¿estamos condenados a repetir la misma historia que hemos vivido hasta ahora?
Lorena da un sorbo a su batido con la pajita.
Estamos en enero y, aun así, se lo ha pedido helado.
Delante de mí descansa un ColaCao cuyo sobre sigue cerrado junto al vaso de leche.
Ella me observa en silencio, toma una de mis manos entre las suyas y la aprieta con una calidez que consigue aliviar el temblor de mis dedos.
No sé si todas las educadoras son así o si Lorena es distinta. Si algún día la cambian de piso, yo...
—Ava, es verdad que no hablas como una chica de trece años.
Eso salta a la vista. También te diré una cosa.
Llevo casi quince años trabajando en esto y he visto de todo.
Algunos niños han crecido y hoy son grandes profesionales.
Otros no han tenido la misma suerte. Si me guío por lo que veo en ti, creo que estarás entre los primeros.
Hace una pausa antes de continuar, sin soltarme la mano.
—Respecto a si esto se supera, esa respuesta no puedo dártela yo.
Estoy aquí para escucharte siempre que lo necesites, y también tienes a tu psicóloga.
Pero, aunque suene extraño, depende en parte de ti.
Yo creo que sí podrás tener una vida normal, si eso es lo que deseas.
No será fácil ni rápido, pero llegará. Solo tienes que avanzar paso a paso. Quizá este sea el primero de muchos.
Bajo la mirada hasta el vaso.
—¿Y si me pregunta por mi familia? No lo conozco. Dicen que es el más popular del instituto. No sé de qué va... ¿Y si intenta humillarme? ¿O algo peor?
Lorena suspira despacio.
—Ava, no puedo aconsejarte y esperar que, si sale mal, me culpes a mí. No conozco a Bosco. Por eso te propuse que viniera al piso. Lo único que sé es que no puedes esconderte el resto de tu vida. ¿De verdad quieres vivir así?
Esbozo una sonrisa triste.
—Es justo lo que pretendo. ¿Cómo voy a contarle mi historia al primero que conozca?
—No tienes por qué hacerlo. En un piso tutelado hay muchas razones para vivir. Si alguna vez te pregunta, escoge otra. No le debes explicaciones a nadie hasta que tú quieras dárselas.
—Voy a llamarlo.
Marco su número y no da más de un tono antes de que responda.
—¡Ava! —Su voz suena alegre, como si hubiera estado esperando mi llamada.
—Hola otra vez, perdona lo de antes. ¿De verdad tu madre puede llevarme luego?
Aparta el teléfono un instante.
—Mamá, mi amiga Ava pregunta si, cuando terminemos el trabajo de Biología, puedes acercarla a casa.
Cubro el micrófono con la mano.
—Le está preguntando a su madre.
Lorena sonríe y levanta el pulgar. Después señala mi vaso y el sobre de ColaCao. Asiento. Ella abre el envase, vierte el cacao en la leche y comienza a remover con la cucharilla mientras escucho una voz femenina al otro lado del teléfono.
—Claro que sí. Dile que no se preocupe. Incluso podemos recogerla donde vayáis a comer.
Bosco vuelve a hablar.
—¿La has oído?
—Sí... Bueno, entonces quedamos mañana después de clase. ¿Dónde comemos?
—¿Te gusta McDonald's?
—Sí, claro.
—Pues te invito. Es lo que te dije esta mañana.
—No hace falta —respondo algo agobiada.
—Ya has hecho hasta el planning del trabajo, es lo menos que puedo hacer.
No puedo evitar sonreír.
—Vale. Gracias. Hasta mañana, Bosco.
—Hasta mañana, Ava.
Respiro hondo y dejo escapar el aire poco a poco. Ni siquiera era consciente de cuánto estaba conteniendo. Remuevo el ColaCao y doy un sorbo. Ya casi está frío. Nunca me ha gustado la leche templada.
Lorena observa mi gesto.
—¿Quieres que pida que lo calienten?
—No, da igual. Me lo termino y nos vamos. Te estoy entreteniendo mucho y ni siquiera forma parte de tu trabajo.
Ella niega despacio.
—Pensar en vosotras tampoco forma parte de mi trabajo, y aun así lo hago cada día. Es inevitable. Ava, solo quiero que seáis felices. Que todo lo que habéis sufrido sea lo único terrible que tengáis que soportar en vuestra vida.
Niego con la cabeza.
Ella sonríe con cierta melancolía.
—Lo sé. Suena utópico. Pero no por eso dejo de desearlo.
La miro unos segundos.
—¿Me pasarás canciones para ponerlas en el móvil?
Creo que sonrío más de lo habitual.
—Por supuesto. Te prepararé una lista... o varias. Muy eclécticas. Así irás descubriendo qué te gusta de verdad.
—Síí, por favor. Gracias.
Termino la leche. Recogemos los abrigos y mi bolsa antes de salir hacia el coche.
Esa noche, Ava Martín es un poquito más feliz, y Nicole López está un poquito más muerta.
Llego a casa y, después de comprobar que todavía no me necesitan ni en la cocina ni en ningún otro sitio, entro en mi dormitorio.
Abro con cuidado la caja del móvil, saco los auriculares y me siento en la cama.
Tardo unos segundos en averiguar cómo funciona la radio, pero al final encuentro las emisoras.
Algo tan sencillo para cualquiera se convierte, para mí, en un pequeño milagro.
Me coloco los auriculares y el mundo desaparece.
La primera canción que suena, según anuncia el locutor, es Ni una sola palabra, de Paulina Rubio.
Escucho la voz de la cantante sin apartar la vista de la ventana.
No conozco la canción, pero me dejo llevar por la melodía.
Después llega David Bisbal. A él sí lo conozco.
Empieza Esta ausencia y sonrío al pensar que habla de echar de menos a alguien con una intensidad que todavía me cuesta comprender.
Ni siquiera sé si yo echo de menos a alguien.
Al menos, no de la forma en que lo cuenta la canción.
Es extraño descubrir que existen personas capaces de poner música a sentimientos que yo ni siquiera sé nombrar.
Estoy tan concentrada que no oigo abrir la puerta.
Solo me doy cuenta de que María ha entrado cuando se planta delante de mí y agita una mano para llamar mi atención. Me quito un auricular sobresaltada.
Ella se ríe.
—Llevo un rato llamándote.
—Perdón... No te había oído.
—Ya veo. ¿Qué tal con tu móvil? Está muy bien. Tiene para escuchar música y todo, ¿no?
Levanto el aparato como si todavía me costara creer que es mío.
—Síí, me encanta. Nunca había podido escuchar la radio cuando me apetecía. Lorena me ha dicho que me grabará canciones en una tarjeta para que vaya descubriendo música.
Los ojos de María se iluminan.
—Es una idea estupenda. Lorena tiene muy buen gusto para eso.
Asiento con entusiasmo.
—Dice que me hará varias listas.
—Entonces prepárate para escuchar de todo.
Sonrío. Cada vez me resulta menos raro hacerlo.
No sé si todas las educadoras serán como ellas, pero nosotras hemos tenido suerte. Ninguna intenta sustituir a nadie. No pueden hacerlo. Sin embargo, consiguen que este lugar se parezca un poco más a un hogar.
María da dos palmadas suaves.
—Venga, artista. Vamos a la cocina, que ya casi está la cena.
Me levanto de un salto.
—Sí. Tengo hambre.
Ella me observa unos segundos mientras caminamos hacia la puerta.
—Te veo distinta hoy. Más animada de lo normal.
Bajo la vista al móvil, que todavía llevo entre las manos.
—Puede ser...
—¿Tiene algo que ver cierto chico del instituto?
Siento cómo el calor me sube por el cuello.
—Solo vamos a hacer un trabajo de Biología.
María arquea una ceja con gesto divertido.
—Claro. Solo un trabajo.
Pongo los ojos en blanco.
—No empieces tú también.
Su risa llena el pasillo.
Salimos juntas del dormitorio y caminamos hacia la cocina. Desde allí llegan el tintineo de los cubiertos, el olor del tomate frito y las voces de las demás. May y Yaiza ya están colocando los platos sobre la encimera, mientras Ana termina de poner el mantel y reparte los cubiertos.
Al levantarme por la mañana, los nervios ya anidan en mi estómago. Solo de pensar que, en algún momento, Bosco y yo podemos quedarnos a solas, noto un nudo en el pecho.
¿Y si espera algo de mí?
¿Y si me hace alguna pregunta que no sé responder?
¿Y si descubre quién soy en realidad?
Apenas consigo desayunar. Me tomo un vaso de leche y doy un par de bocados a una magdalena que creo que hizo Yaiza la tarde anterior. O quizá la compró. No estoy segura. Sé que estudia algo relacionado con hostelería y el dulce está buenísimo, pero el estómago no me deja disfrutarla.
—Ava, si necesitas cualquier cosa, llámame —dice Lorena al ver que juego con la cuchara y que las migas siguen esparcidas por el plato—. Sé que es difícil, pero intenta confiar en tu instinto. Estoy convencida de que no te va a fallar.
Asiento despacio.
—Vale.
El camino hasta el instituto transcurre casi en silencio. May habla de una profesora que les ha puesto un examen sorpresa, aunque apenas la escucho.
Al llegar, ella se dirige a su clase y yo entro en la mía.
Me siento donde la tutora decidió colocarme después de las vacaciones.
Antes incluso de sacar los libros, mis ojos viajan hasta la segunda fila, donde Bosco me devuelve la mirada con una sonrisa que, lejos de tranquilizarme, me pone todavía más nerviosa.
¿Siempre habrá sonreído así y yo nunca me había fijado?