Ava 4 Despacio, pero sin pausa #3
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4 Despacio, pero sin pausa #3

—Noo —dicen María y May casi a la vez, mientras la pequeña Ana pide chuches, a lo que Lorena responde que hasta el viernes no hay chuches, y que ella lo sabe de sobra.

Nos subimos al coche de Lorena en silencio.

Ella enciende la radio al arrancar, y me gusta la canción que suena, aunque no tengo ni idea de quiénes son.

Ahora es cuando empiezo a escuchar música de verdad, porque desde que mis abuelos ya no están, en mi casa nunca sonaba nada, igual que tampoco se leía…

—¿Te gusta? —me pregunta Lorena, al ver que sigo el ritmo con la pierna.

—Sí. Me gusta la música, pero desde que vivo con vosotras es cuando más escucho.

—Es Chambao, son de aquí, de Málaga. Los he visto varias veces en directo, dan muy buen rollo. ¿En tu casa no...? —deja la pregunta a medias, como si no quisiera hacerme daño. Ella no sabe que todo el daño que pudieran hacerme en la vida ya está hecho.

—No. Ni eso ni otras muchas cosas habituales para todo el mundo, y que, bueno, prefiero no recordar.

—Siento haberte incomodado. La que suena ahora también mola mucho, es de El Barrio. Cuando te apetezca, dime alguna lista y te la paso.

La miro, asintiendo con la cabeza, y ella me sonríe con amabilidad. Me detengo a escuchar la letra.

—Es un poco triste, ¿no?

—Sí, pero ya sabes que en las canciones se refleja de todo, y según nuestro estado de ánimo, unas nos llegan más que otras.

—Pues con esta dan ganas de tirarse de un puente —bromeo, arrancándole una carcajada.

—Uy, niña, quita, quita, vamos a por otra más animada.

Trastea con el mando del CD, y a este sí lo reconozco: Melendi, con su Rumbita para los pies, anima el ambiente.

—¿Mejor? —me pregunta.

—Muchísimo mejor, ja, ja, ja. Gracias, Lorena.

—¿Por cambiar la canción?

Niego con la cabeza y la miro, aunque ella no lo hace; sigue atenta al tráfico denso de estas horas.

—Por todo lo que hacéis por nosotras.

Ella desvía la cabeza un segundo, negando.

—Sí, ya sé que es trabajo, pero antes tenías razón. Me haces sentir como si tuviera una familia, como si este fuera mi hogar.

—Hay muchas clases de educadores, pero en algo sí tienes razón: María, Lex y yo nos preocupamos de verdad por vosotras.

Yo, al menos, necesito saber que estáis bien; es mi forma de comprobar que hago bien mi trabajo, y de poder dormir tranquila.

Bastante mierda habéis tenido ya para que, encima, nosotras no hagamos lo nuestro bien.

Ojalá ni siquiera tuvieran que existir sitios como este, ni los centros de menores, pero la sociedad es una mierda.

Llegamos a un centro comercial. Accedemos al parking y, tras rodear varias filas de coches apretados unos contra otros, encuentra un hueco libre. Nos bajamos y caminamos juntas hacia la zona de tiendas, buscando una de telefonía.

Entre las ofertas que nos hacen —bueno, más bien a ella, porque el dependiente cree que es mi madre, o mi hermana, no sé; siendo menor, no me venderían ni una caja de pañuelos— consigo un móvil que también hace las veces de walkman.

Salimos de la tienda⁠* con mi nuevo número, una tarjeta que espero me dure sin tener que recargarla cada cinco minutos, y una sensación extraña, como si por fin fuera un poco menos rara.

He memorizado el número de Bosco. Le envío un mensaje diciéndole que ese es mi número nuevo y no tarda ni un segundo en llamarme. No sé si sus llamadas también las pago yo, así que dudo un instante, hasta que Lorena me mira y me pregunta con las cejas alzadas si no voy a responder.

—Hola.

—¿Ya has recuperado tu móvil?

—Que va, es uno nuevo. Por eso no me lo sabía, ¿recuerdas?

—Cierto, mi memoria no es como la tuya. —Se ríe, y noto en su voz un tono cálido que me reconforta un poco—. Entonces, ¿cuándo quedamos? Mis padres llegan a casa sobre las cinco. Podemos vernos para comer después de salir del cole y les pido que nos recojan, si te parece...

Lorena que no pierde detalle de la conversación —y no es que me importe—, levanta el pulgar para animarme a decir que sí. Pero una extraña sensación se asienta en mi estómago.

—Te lo digo en un rato, déjame que lo consulte primero, ¿vale? Es que luego no sé cómo volver a casa. Llevo poco tiempo viviendo aquí y yo...

—No te preocupes, le pido a mi madre que te lleve y te acompaño.

Es normal, ¿no? Pero mi experiencia no lo es, y todas mis alarmas se disparan a la vez. Me siento insegura, como si el suelo bajo mis pies fuera de cristal.

—Espera un segundo, te llamo enseguida.

Cuelgo. Lorena me observa con el ceño ligeramente fruncido, extrañada.

—¿Qué ha pasado? Ven, vamos a sentarnos. Te invito a un refresco.

Nos acercamos a una cafetería donde una mesa acaba de quedar libre. Ella se adelanta y coge la silla justo antes de que una pareja, que llegaba casi al mismo tiempo, pueda ocuparla.

—¿Qué te preocupa, Ava?

Se acerca una camarera a atendernos y yo, mientras intento pensar cómo responder porque no tengo ni idea, bajo la vista hacia la bolsa donde va la caja del móvil.

Sostengo el aparato en la mano; los auriculares siguen dentro del envoltorio.

Ahora mismo me gustaría tener una de esas listas de las que me habló Lorena y perderme en ella, dejar que la música tape este nudo en el pecho.

—Es que no sé...

—A ver… —Se inclina hacia adelante y baja la voz, como si quisiera que solo yo la escuchara—.

Entiendo que tengas dudas, incluso miedo, pero no todo el mundo es malo, y ese chico parece interesado en trabajar contigo de verdad.

Cariño, tienes trece años. La mayoría de los chicos de tu edad no tienen la menor idea de lo que has vivido, ni siquiera saben que existen esas cosas.

Menos aún si, como me has contado, viene de una familia acomodada.

* N. de la A.: En 2006, según un artículo de la comisión Europea, un 70% de los adolescentes de entre 13 y 14 años tenían móvil en España.