4 Despacio, pero sin pausa #2
Termino el capítulo y, tal como les he dicho, voy hacia la cocina, donde Lorena y María se afanan con la cena. Pregunto en qué puedo ayudar, y me dicen que coja hojaldre y lo rellene con los distintos ingredientes que ponen delante, queso, paté…
Cuando termino con el encargo, lo meten en el horno y me mandan a poner la mesa junto a la peque, que está pintando los hojaldres con huevo. Por un segundo, hasta podría creer que somos una familia.
Pero no lo somos.
Yo no tengo familia.
No creo que vaya a tenerla nunca.
Creo que mis sentimientos se redujeron a cenizas el día que mis abuelos desaparecieron, y quienes debían cuidarme hicieron justo lo contrario.
—Ava, ¿crees que mis papás me llevarán a casa algún día, en vacaciones? —me pregunta Ana, y a mí se me forma un nudo en la garganta. No tengo ni idea de qué responderle, ni siquiera conozco bien su historia. Lorena, que nos ha oído, viene en mi ayuda.
—Ana, cariño, tus papis este año no pueden. Ya sabes que están malitos y tienen que curarse, pero estoy segura de que, en cuanto lo hagan, te llevarán con ellos —le dice, agachándose a su altura y acariciándole la carita, ahora un poco triste.
Me mira, y sus ojos me dicen que no es verdad. Pero ¿para qué hacer sufrir a una niña que no entiende ni lo que está pasando?
Y las vacaciones pasan demasiado deprisa, porque sí, aunque me guste estudiar y mis notas hayan sido muy buenas, a nadie le importa.
No tengo a nadie a quien enseñárselas, nadie que se sienta orgulloso de mí…
Sé que las educadoras son amables, y también soy consciente de que no tienen por qué serlo; es solo su trabajo, no tienen obligación de implicarse, y sin embargo lo hacen.
—Ava…
Un chico de mi clase, uno que creo bastante empollón y también muy bueno en algunos deportes, me sorprende al salir de la clase de inglés. Nunca se había dirigido a mí.
—Hola, disculpa, ¿puedo hacerte una pregunta?
Me dan ganas de girarme para comprobar si de verdad es a mí a quien habla.
—Tú dirás, Bosco.
—Pensé que ni siquiera sabías cómo me llamaba —añade, sonriendo, y deja ver unos hoyuelos que no le había visto antes. No es que me haya fijado mucho.
—Tengo buena memoria. Voy a perder el bus si no me doy prisa, y May me estará esperando. Dime qué quieres, porfa.
—He visto que no tienes pareja para hacer el trabajo de biología, ¿quieres que lo hagamos juntos?
Lo miro como si tuviera antenas.
—¿Tú y yo?
Creo que he sonado demasiado sorprendida, porque vuelve a sonreír.
—No veo a nadie más por aquí. O espera, ¿hay alguien más con tu nombre en la clase?
—Vaya, así que, aparte de empollón, también eres gracioso —respondo con sarcasmo.
—Eh, para, para, que ya veo que te vas a ir por las nubes.
Solo te he hecho una pregunta. Sé que sacas buenas notas, que apenas te relacionas con nadie y que eres una crack en la mayoría de las asignaturas.
Yo tampoco tengo con quién hacer el trabajo, y ya está.
¿Vale? Podemos tomarnos una hamburguesa mañana, si te parece, y quedar después para hacer el dichoso trabajo, que por otra parte odio hacer.
Y si no quieres, nunca más te vuelvo a proponer nada.
Tal vez me haya pasado un poco, pero mi escasa o nula relación con compañeros de clase, de cualquier género, me hace suspicaz, y mi pasado todavía más.
Además, es un chico muy guapo, si me fijo...
o bueno, aunque no lo haga, si hago caso a los rumores y a las chicas que ahora mismo pasan a nuestro lado, me miran raro a mí y le sonríen a él como idiotas.
—Vale, a lo del trabajo, pero déjame que lo consulte. No sé si puedo mañana, mi vida es… algo complicada.
—Perfecto, dame tu número y así lo concretamos luego.
Buf. ¿Y ahora qué le digo, si no tengo móvil?
—Mejor dame tú el tuyo, porque he cambiado de número, no me lo sé todavía y hoy no he traído el móvil.
Saco la agenda que siempre llevo, y cuando voy a apuntarlo, me la quita y lo escribe él mismo, añadiendo una carita sonriente al lado de su número.
—¡Bosco! —lo llaman desde el final del pasillo, justo cuando May aparece por el otro extremo, buscándome a mí.
—Ya voy, pesados —responde, dándose media vuelta hacia donde viene la voz—. Hasta mañana, Ava. Mándame un mensaje luego y me cuentas, ¿vale?
Me guiña un ojo y se marcha, guardándose el móvil en el bolsillo del pantalón, justo cuando May llega hasta mí.
—¿Estabas hablando con Bosco? —pregunta sorprendida.
—¿Le conoces?
—Ava, es el tío más popular del insti. Da igual en qué curso estés, es la hostia jugando al fútbol y a no sé cuántos deportes más, va al conservatorio, sus padres son abogados famosos, es listo, está muy bueno y tiene a todas locas.
—Ah —es lo único que se me ocurre decir—. Quiere que hagamos juntos un trabajo.
—Joooder, ¿y qué le has dicho?
Creo que está a un paso de flipar.
—Pues, teniendo en cuenta que no tengo móvil y que se supone que hemos quedado mañana para comernos una hamburguesa y después hacer el trabajo... nada.
—¿Por qué no te has comprado un móvil todavía? Tienes dinero, ¿no?
—Sí, pero del dinero que me dio Angustias cuando vine no he gastado apenas nada, salvo en los regalos de Navidad, y tampoco gasto lo que nos dan para la semana. Pero un móvil es muy caro, y la línea y todo…
—El mío es de prepago, lo recargo cuando se me acaba, y en casa ya sabes que usamos el wifi.
—Ah, pues igual se lo digo a Lorena luego y que me lleve a comprar uno, pero tampoco quiero gastarme todo el dinero. Quedan años antes de que yo pueda trabajar. Aunque podía dar clases a niños pequeños o a gente de la clase a la que le cueste algo…
—Venga, vamos, que se nos va el bus. Lo otro, háblalo con las educadoras, a ver qué te dicen.
Y con esa idea en la cabeza llegamos a casa, donde huele de maravilla. Lorena ya ha puesto la mesa, y María llega en ese momento, tras haber recogido a las pequeñas. Yaiza no ha llegado, o no la he visto, ni siquiera cuando he ido a mi habitación a soltar las cosas.
Tras la comida, todas ayudamos a recoger y después nos vamos a nuestro dormitorio, salvo las pequeñas, que se quedan con las educadoras para hacer los deberes.
Cuando terminan, le pido a Lorena si puedo hablar con ella un momento, y responde que en un segundo viene. Mientras tanto, sigo hojeando los apuntes, mirando lo que nos han pedido para el dichoso trabajo, y organizo un guion para hacerlo más rápido y acabarlo cuanto antes.
—Dime, Ava —se sienta en la cama, y yo me doy la vuelta en la silla, tratando de poner en orden mis ideas, porque no sé cómo plantearlo—. ¿Qué te preocupa? ¿En qué puedo ayudarte?
—Verás, hoy en el cole nos han pedido un trabajo, y un chico…
—Te ha pedido hacerlo contigo —asiento— y no quieres.
Me encojo de hombros, cojo el extremo de mi trenza y lo enrollo entre los dedos. Me doy cuenta de que es un tic que tengo cuando estoy nerviosa.
—No es eso, es que… bueno, pues que… parece que es uno muy popular, en todo, y yo no tengo móvil, ni casa, ni familia, ni…
—A ver, lo del móvil se soluciona fácil, tienes dinero, ¿no?
—vuelvo a asentir—. Vale, pues podemos ir ahora, antes de que me vaya, y comprarte uno.
No será como los que tienen algunos de tus compañeros, pero te servirá igual.
Y lo demás no es cierto: tienes una casa, o ¿qué es esto?
—abre los brazos, señalando el entorno—.
Porque yo veo un hogar, y nosotras somos tu familia.
Algo distinta, sí, pero no todo el mundo tiene el mismo tipo de familia.
Y si no quieres traerlo aquí, puedes ir a la biblioteca, o a su casa, o quedaros en el cole, no sé, hay otras opciones.
—Ya…
—¿Tú quieres hacer el trabajo con él?
—Tengo que hacerlo con alguien, y no es que me lluevan las ofertas. No tengo ningún amigo, que se diga, y ni siquiera sé bien quién es él, ni si lo hace por el trabajo o por otra cosa. No imaginaba que alguien así fuera a pedirme a mí compartir un trabajo.
—No veo por qué no. Eres preciosa, diría que de las niñas más guapas de la clase, o del instituto entero, y muy inteligente. Si él también lo es, es normal que quiera a la mejor para hacer el trabajo, ¿no crees?
—¿Y si no es eso?
—Pues entonces está en tu mano negarte. Pero, por lo pronto, cámbiate y vamos a solucionar lo de tu teléfono. ¿Tienes su número?
Asiento, y ella se levanta para dejarme espacio.
Sale de la habitación, y yo me quedo sin saber muy bien qué decisión tomar.
Cuando al fin pienso que lo de tener un móvil no está mal, me dirijo al armario y, entre mi escasa ropa, escojo un pantalón vaquero que una de las educadoras me regaló por Navidad y una sudadera.
Saco las deportivas que uso en educación física y me visto con todo ello, recogiéndome el pelo otra vez en una coleta, como casi siempre.
Ahora lo llevo más largo. En estos meses desde que me fui, o me sacaron de mi casa, no me lo he cortado, cosa que antes hacía a menudo, porque sabía que a los tipos que iban a mi casa les gustaba largo, y yo no estaba dispuesta a eso.
Así que, en cuanto tenía una oportunidad, lo cortaba yo misma. Me daba igual el resultado.
Los golpes nunca se hacían esperar cuando eso pasaba.
No me importaba.
Ahora mi pelo castaño oscuro luce más largo, y solo me corto el flequillo cuando me molesta; resalta mis ojos azules. Desde que estoy aquí, mi piel se ve más sana y ya no tengo ojeras. Creo que hasta he cogido algo de peso, no mucho, sigo siendo muy delgada, pero me veo mejor.
—Ava, ¿estás lista? —la voz de Lorena me llega amortiguada a través de la puerta entornada.
—Sí, solo tengo que coger el abrigo.
Salgo con él en la mano y una pequeña mochila, lo único que traje de mi otra vida, regalo de Angustias, donde llevo algo de dinero. No tengo ni idea de cuánto cuesta un móvil, así que he cogido parte del que guardo en una bolsita de fieltro debajo del colchón.
—Chicas, voy con Ava a hacer unas compras, ¿necesitáis algo? —pregunta Lorena cuando ya estoy en la puerta.