4 Despacio, pero sin pausa
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DESPACIO, PERO SIN PAUSA
«Cuídate de tu madrastra, pronto sabrá que estás aquí; no dejes entrar a nadie».
— BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.
Los días se escurren lentos, uno detrás de otro. Hay algunos que apenas recuerdo, o ni siquiera lo intento; en otros me resulta imposible, y no solo por las marcas que todavía dibuja mi cuerpo o por el yeso del brazo, que aún me duele de vez en cuando.
Carmen me ha llamado algunas veces. Angustias dice que quiere venir a verme, pero todavía no lo ha hecho. No sé si no ha podido o si no se lo permiten. No tengo ni idea.
Llevo aquí un mes y creo que me he adaptado bien, o eso quiero pensar. Tampoco es que tenga mucha relación con mis compañeras de piso, salvo con May y con Ana, la más pequeña del grupo.
En unos días me quitarán la escayola, y no sé si me pondrán otra cosa o si por fin me dejarán libre. Los días que hemos ido a la playa han sido un rollo, porque he descubierto que me encanta y no he podido disfrutarla.
No tengo ni idea de si, cuando empiecen las clases, podré apuntarme a alguna actividad, como hacen los chicos de mi edad. No sé nadar y me gustaría aprender…
En estas semanas, la pesadilla en la que estuve sumergida durante años empieza a parecer solo eso, una pesadilla, si no fuera por las marcas de mi cuerpo y por esa idea que me asalta de vez en cuando, la de que nunca tendré una primera vez con un chico que me guste, que tal vez, cuando conozcan mi pasado, nadie querrá estar conmigo, que quizás toda la vida me miren raro, que…
He estado con una psicóloga varias veces estas semanas y no tengo ni idea de si servirá de algo.
Ella pregunta, yo a veces respondo, otras me callo, tratando de no recordar.
Quiero pensar que yo no soy esa niña a la que le robaron todo.
Deseo creer que esa niña no existe, que Nicole López Jiménez murió el día que salió de casa inconsciente, en una ambulancia camino del hospital, el mismo día en que un monstruo tal vez hizo que esa niña nunca pudiera ser madre.
Casi sin darme cuenta llega septiembre, y con él mi incorporación al nuevo instituto, o colegio más bien, porque es uno concertado donde hay hasta bachillerato.
Con un poco de suerte no tendré que salir de allí hasta acabar esos estudios, si es que me dejan hacerlo o puedo permitírmelo; todavía no sé cómo funciona esto.
Lo que tengo claro es que, cuando cumpla los dieciséis, trataré de buscar un trabajo que me permita seguir estudiando, por si las normas del piso tutelado ya no lo contemplan.
Es algo que debo hablar con alguna de las educadoras; si puedo, lo haré con Lorena, que es la que más afinidad muestra conmigo.
May también va a mi mismo colegio, solo que ella empieza tercero de la ESO y yo segundo.
Lleva más tiempo allí que yo y me presenta a algunas de sus amigas.
Ellas intentan que me integre, pero lo único que yo quiero es estudiar y, cuando llegue el momento, salir de donde estoy ahora.
Si algo tengo claro es que no quiero ser víctima de un pasado que no merecía y que no puede condicionar mi futuro.
He leído decenas de casos de niños o adolescentes en mi situación que acaban repitiendo los pasos de sus padres, y no, no es lo que quiero.
No tengo ni idea de cómo voy a conseguirlo, pero lo haré.
Y si de paso puedo ayudar a que esto no le pase a nadie más —tal vez «nadie» sea una utopía, pero al menos al mayor número de personas que pueda ayudar—, lo haré.
En el tiempo que llevo aquí he tenido acceso a internet y he estado consultando estadísticas, y no quiero formar parte de ninguna de ellas. Ava Martín Espejo no va a permitir que el pasado condicione su futuro.
«Ava Martín, acude a dirección». Escuchar mi nombre por megafonía no es algo que me espere, y mucho menos que me tranquilice.
May me mira y yo me encojo de hombros. Estamos en el recreo.
Ella me aprieta la mano y me desea suerte, y yo, con pasos rápidos pero sin ninguna gana, me dirijo hacia donde me han reclamado.
El pasillo se me hace largo, interminable, y los nervios que anidan en mi estómago casi me hacen vomitar el bocata del desayuno. Tomo aire, como me ha enseñado Pilar, la psicóloga, y llamo a la puerta. Me coloco bien la falda y el polo del uniforme justo cuando oigo un «adelante».
La directora es una mujer de unos cuarenta años.
Lleva el pelo por el hombro, en un peinado perfecto, y unos cálidos ojos color chocolate me sonríen al verme.
Me encanta su estilo al vestir, moderno sin llegar a resultar vulgar.
Lleva un vaquero blanco y un jersey amarillo pálido que resalta el bronceado de su piel, maquillaje discreto y las uñas perfectas en un suave tono pastel.
—Pasa, Ava, siéntate.
—¿He hecho algo malo? —pregunto. Pero, al ver su sonrisa, intuyo que no es eso.
—Oh, no, claro que no. Llevas aquí ya unas semanas y quería que me contaras cómo te sientes, si notas que te integras, cómo te tratan los compañeros... no sé, tus impresiones de este tiempo.
—Ah, estoy bien, gracias. Los compañeros también están bien, May me ha presentado a sus amigos y, bueno, pues yo en realidad vengo a estudiar y…
—Ya, y eso es lo recomendable, pero tienes trece años, y a tu edad también hay que divertirse y hacer amigos, amigos que probablemente conserves para siempre y que también te vendrán bien el día de mañana, para algún trabajo o lo que sea.
Ya sé que no has tenido un pasado fácil, pero quiero que cuentes conmigo si tienes alguna inquietud.
Tal vez en tu antiguo colegio hacían la vista gorda con ciertas cosas.
Te garantizo que aquí eso no pasa. Sé muy bien por lo que has pasado y que no es fácil de superar.
—No lo creo —se me escapa, y rectifico de inmediato—. Perdón, no quería…
—Créeme si te digo que sí. Mientras yo siga siendo directora de este centro, las chicas como tú tendrán un lugar seguro.
—Gracias. Sé que queda tiempo, pero me gustaría saber si también podré cursar aquí el bachillerato —me animo a preguntar.
—Aunque los dos cursos de bachillerato son de pago, la subvención de la Junta no llega a todo, por más que lo pedimos.
Hay un programa de becas del que estoy segura podrás beneficiarte.
¿Ya sabes qué quieres estudiar después? Imagino que, si deseas completar la formación, es porque quieres seguir estudiando.
—Psicología, pero quiero ser policía.
Parece sorprendida, aunque el cambio en su mirada solo dura un segundo. Me estoy volviendo una experta en interpretar gestos y lenguaje corporal, o será que la experiencia me obliga a fijarme en esos detalles más que en otros…
—Pues no me cabe la menor duda de que, decidas lo que decidas, serás una excelente profesional.
—Quizás no debiera apuntar tan alto, pero es que no quiero verme limitada.
—Escucha bien lo que voy a decirte —la miro, me enderezo en la silla, suelto el dobladillo de la falda con el que estaba jugando y le presto atención—.
Nunca, jamás, te infravalores ni pienses que no eres capaz de hacer algo.
El origen de una persona no define su vida ni su futuro si ella no quiere que lo haga.
A veces es más fácil creer que sí, porque resulta cómodo, no solo para el niño que ha sufrido dejarse llevar hacia el lado oscuro, sino, sobre todo, para las autoridades, la administración, el sistema, para quienes solo somos un número que engrosa las filas de las distintas etiquetas.
Pero se puede, Ava, te lo aseguro. Y tú, con lo joven que eres y todo lo que llevas a cuestas, lo tienes muy claro, y eso es admirable.
Así que sí, lucha, lucha por lo que quieres. ¿Me has entendido?
Asiento con la cabeza, pero no se da por aludida, y me lo vuelve a preguntar hasta que consigue que lo diga en voz alta.
—Gracias —añado, y ella me sonríe de una manera que solo le he visto a mi vecina, a la que sigo echando de menos.
Cuando vuelvo, la clase ya ha empezado, y al entrar todos clavan los ojos en mí, lo que hace que me sonroje. Busco a la profesora de inglés, que me indica con un gesto de cabeza que me siente.
May me mira, y le digo con un gesto que después le cuento, aunque supongo que ella pasó por algo parecido cuando llegó aquí.
Sigo acudiendo a mis citas con la terapeuta, y también he conseguido apuntarme a clases de natación. Es raro, porque los chicos de mi edad ya compiten y están en un nivel que ni sueño con alcanzar, pero al menos me da cierta seguridad saber que ya me defiendo en el agua.
Casi sin darnos cuenta se acercan las navidades, unas fechas que, desde que mis abuelos no están, no han vuelto a tener el mismo significado.
Pero este año, en el piso, decoramos e incluso hemos salido a comprar regalitos, detalles pequeños, aunque al menos no serán unas fechas vacías, y la pequeña Ana las está viviendo con mucha ilusión.
Ella llegó a la casa un poco antes que yo, y ahora parece que empieza a salir de su caparazón.
Estoy leyendo en mi habitación cuando May y Yaiza entran sin llamar.
—Ava, vamos a ayudar a Lorena y a María, que están cocinando.
—Acabo el capítulo y voy, ¿vale? Solo me quedan dos páginas.
—No sé cómo puedes estar todo el día leyendo —me recrimina la mayor, para picarme, como hace siempre que puede.
May le da un codazo y le dice que me deje en paz.
—¿A ti qué te importa en qué emplee su tiempo? Como a ti los únicos que te interesan son los chicos con los que sales —le suelta, y tengo que aguantarme la carcajada.
No es que Yaiza sea fácil de tratar, pero tiene que seguir las normas o no la dejan salir. Pronto cumplirá la mayoría de edad, y creo que se marchará.
—Mucho mejor que vivir en sueños, como ella, con esos libros que no cuentan más que mentiras —la oigo decir mientras sale al pasillo, arrastrando los pies con unas zapatillas que le quedan grandes y no parecen suyas.