3 Nueva vida
NUEVA VIDA
«Si quieres cuidar de nuestra casa, cocinar, hacer las camas, lavar, coser y remendar la ropa, y si estás dispuesta a mantenerlo todo en orden y limpio, entonces puedes quedarte con nosotros y no te faltará de nada».
— BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.
Sé que el médico no tiene la culpa, pero tal vez, y solo tal vez, y por un segundo o dos, vuelve a mi cabeza la idea recurrente de que ojalá me hubiera quedado en esa mesa yo también.
Ya no habría dolor.
Ni sufrimiento.
Ni angustia.
De todas maneras, nadie lo sentiría.
—Nicole.
Me habla despacio, con una voz calmada, como quien ha vivido más de una batalla y ha tenido que ganarlas, aunque dudo que haya luchado como yo, día tras día, por sobrevivir mientras todo el mundo parecía girar a otro ritmo.
—¿Puedo pedirle una cosa? —interrumpo.
—Por supuesto. Si está en mi mano, cuenta con ello.
—Llámeme Ava.
Nicole López es la niña que sufrió. La que tuvo miedo. La que aprendió demasiado pronto que sus padres podían convertir su propia casa en un lugar del que solo se podía escapar cerrando los ojos. Quiero dejarla atrás. Quiero ser Ava.
—¿Ava? —pregunta, extrañado—. ¿Como la actriz de los cincuenta?
—Sí. No es solo por ella, es por lo que significa el nombre. Nicole murió cuando le arrebataron su vida.
—Por mí no hay problema.
Anota algo en el informe. Imagino que es mi deseo de que me llamen de otra forma, o tal vez piensa que me estoy volviendo loca. Quién sabe, a lo mejor es verdad.
—No sé si podrás hacerlo de manera oficial —añade.
—Ni yo.
—Quería decirte que en unos días sabremos qué tipo de lesiones, o mejor dicho, de secuelas, te han quedado tras la intervención.
Angustias se acerca y toma mi mano, apretándola con cariño. No entiendo muy bien lo que quiere decirme, pero al ver la mirada de pena de mi vecina, puedo suponer que tal vez tenga que ver con que igual no puedo...
—¿Secuelas? No sé lo que quiere decir.
En realidad no lo sé, y además quiero que me lo diga.
—Pues que tal vez…
—Doctor, ¿no será mejor que dejemos eso para cuando vaya sanando? —interviene mi vecina.
—Quizá tenga razón. Bueno, Ni... Ava —rectifica—, te dejo descansar. Te he pautado calmantes. El brazo solo está roto, pero es una fractura limpia y sanará bien, y el resto de los golpes y contusiones también. Lo que necesites, avisa a la enfermera. Mañana tengo guardia, así que me pasaré a verte.
—Gracias.
Es Angustias quien lo dice. Yo solo asiento.
El doctor se marcha, y vuelven a entrar la policía —que no sé si se ha presentado o si me ha dicho algo— y Carmen.
—Hola, Nicole, soy Sandra. Trabajo en la Unidad de Atención a la Familia y Mujer, y voy a ayudarte.
—¿Y puede ayudarme a cambiar de nombre? No quiero ser Nicole nunca más.
—Bueno… Eres menor, y en teoría hasta los dieciséis no se puede, pero tu caso es especial. No te prometo nada, solo que haré lo que pueda. Eso sí, te pido que confíes en mí y en Carmen. Y lo más importante: no vas a volver a tu casa. Tu madre está detenida y tu padre, en busca y captura.
El corazón se me acelera, y veo que el monitor conectado a mi dedo empieza a subir el conteo de pulsaciones. No me van a dejar ir tan fácilmente, estoy segura.
Sandra debe de darse cuenta, porque mira la pantalla y luego a mí antes de hablar de nuevo.
—Te sacaremos de aquí. Málaga y Sevilla es donde más pisos tutelados tenemos. No sé dónde podremos ubicarte, si encontraremos una familia que te acoja o...
—No, no quiero ir a vivir con nadie, salvo que sea ella —señalo a mi vecina—, pero no puedo ponerla en peligro. Mi padre la buscará. Tiene compañías no muy recomendables y… ¿Puedo escoger?
—No. Tendremos que ver lo que hay disponible. No obstante, ¿tienes alguna preferencia?
—Málaga. Pero no quiero ir a una casa de acogida, ni a un centro de menores, ni...
—A ver, Nic... Bueno, vamos a olvidarnos de Nicole, al menos nosotras, Ava.
A los centros de menores normalmente suelen ir chicos con problemas de delincuencia, adicciones y ese tipo de casos.
El tuyo no es eso. Tú eres una víctima, y tu situación es la idónea para un piso tutelado o un hogar de acogida. Eso sí, ya veremos.
—No me gusta la palabra víctima.
—A mí tampoco —responde la policía, y veo que la mujer de servicios sociales asiente.
La puerta se abre y una enfermera, o lo que sea, entra como si estuviera en su casa. Bueno, tal vez lo esté, a fin de cuentas.
—Hola, Nicole. Voy a llevarte a rayos. Tenemos que ver si el brazo puede seguir solo con la inmovilización o si hay que escayolar o intervenir.
Entra otro sanitario y, en la misma cama, me saca de la habitación, seguida de Angustias, que no me deja sola ni un segundo.
Hay unos cuantos chicos esperando lo mismo que yo. Uno de ellos charla con su madre hasta que una chica algo mayor, rubia y muy guapa, entra casi a la carrera y se acerca a ellos.
—Luc, ¿pero qué has hecho esta vez? —le pregunta al chico, que se encoge de hombros.
También es rubio, con el pelo algo más oscuro y los ojos claros, aunque no acierto a distinguir el color desde aquí.
Parece algo mayor que yo, tal vez un par de años, y tiene una familia: la que supongo es su hermana, y su madre, que ahora atiende el teléfono.
¿Por qué me fijo en eso? Supongo que, al ser una situación tan distinta a la mía, me llama la atención.
—Ali, dile a Mario que estoy bien, seguro que está preocupado —le dice a la chica.
Ella contesta que ahora mismo, y la veo sacar el móvil y escribir a toda prisa.
Ni siquiera me doy cuenta de que me llaman hasta que el sanitario le indica a mi vecina que espere allí. Es entonces cuando mi mirada y la del chico se cruzan, y puedo ver que tiene los ojos verdes. Un color raro, según dicen, pero sí, los tiene así.
Confirman que el radio está roto, aunque por suerte ha sido una fractura limpia, así que habrá que escayolar. «Uf, menuda suerte la mía», pienso.
Al salir, mi mirada y la del tal Luc se cruzan de nuevo, y él me sonríe a medias. Sin darme cuenta, yo también lo hago.
Los siguientes días pasan entre curas de las heridas, visitas de Angustias —que en realidad casi no se separa de mi lado— y de Carmen, de servicios sociales, que me va poniendo al día de cómo va todo.
Sandra, la policía, también ha estado en alguna ocasión.
Una de esas veces, para tomarme declaración.
Me ha contado que no dan con mi padre y que mi madre está detenida, ante la posibilidad de que se escape. La van a acusar de varias cosas que no entiendo muy bien.
El día que me dan el alta, Angustias aparece con una maleta y ropa que me ha comprado. Juntas, antes de que Carmen me aleje de la ciudad que para mí se convirtió en un infierno, las dos lloramos y nos abrazamos, con la promesa de vernos pronto.
Al final me han dado una plaza en un piso en Málaga y me han matriculado en un colegio concertado de la ciudad.
—En el piso hay otras seis chicas más —me informa la asistente, asegurando que son buenas y que nos llevaremos bien.
No es algo que me importe. Yo solo quiero estudiar, trabajar cuando me sea posible y salir de ahí valiéndome por mí misma.
Tal vez sea muy pequeña todavía, pero estos días en el hospital, y el trato que me han dado tanto la agente de la UFAM como Carmen y la psicóloga que me ha estado viendo, han forjado en mi cabeza una idea que hasta ahora no se me había pasado por ella.
Quiero ayudar a los demás.
No quiero que haya niñas que pasen por lo que yo he pasado, y si lo hacen, que al menos tengan una posibilidad de salir de eso, como la que estoy teniendo yo.
Tengo pesadillas, no puedo negarlo, pero la terapeuta me ha dado unas pautas para tratar de dejar atrás toda esa mierda de vida que he tenido.
Para nada echo de menos mi casa. Quiero empezar una nueva vida a pesar de la incertidumbre. Tal vez no tenga edad para pensar así, pero es que mi vida no ha sido la de cualquier chica de mi edad.
El nudo que llevo en el estómago desde que me subo al coche de Carmen no se deshace en todo el camino. Cuando, tras la hora y pico de tráfico —a ratos incómodo, o eso me parece, y a ratos fluido—, veo el mar en el horizonte, es como si ese nudo se aflojara un poco. Solo un poco.
Antes de subir al piso, paramos a comer en una hamburguesería. Ahí, Carmen intenta que hable con ella un poco más, pero lo cierto es que ahora mismo me siento agobiada y no estoy muy colaboradora.
—Ava —desde que pedí que me llamaran así, todo el mundo lo hace, y en unos días podré, acompañada por un educador, según me han contado, ir a cambiar de nombre de manera legal; la policía que me ha estado atendiendo lo ha hecho posible, tenemos una orden judicial que lo permite*—, vas a estar bien.
No tengo la menor duda. Este piso lo gestiona la ONG Nuevo Futuro y hacen una labor extraordinaria.
Tienes mi teléfono, puedes llamarme cuando quieras.
Aquí vas a empezar con una nueva terapeuta que te ayudará a superar todo esto.
—¿De verdad crees que esto se puede superar? —le pregunto.
Por la sombra que cruza sus ojos castaños, sé que duda.
—Al menos se intenta, y estoy segura de que lo lograrás. Eres muy fuerte, cariño. He visto muchas cosas en estos años que llevo trabajando de trabajadora social, pero la fortaleza y las ganas que tú le pones a la vida, a pesar de tu pasado, las he visto pocas veces.
Asiento sin quitarle la vista de encima mientras cojo una patata y la mojo en el kétchup.
Esta comida me está sabiendo a la mejor del mundo.
Hace más de tres años que no pruebo nada así.
Ya sé que no es lo más saludable, pero me gusta, y me recuerda retazos de una vida en la que creía que era invencible y que siempre sería feliz.
Con unos abuelos maravillosos y unos padres que, sin ser los más cariñosos del mundo, al menos —o eso creo— se preocupaban por mí.
No sé en qué momento cambió todo, desde la muerte de mis abuelos, hasta que se convirtieron en los monstruos que son.
—Gracias por todo esto. Ya sé que es tu trabajo, pero…
—Es mi trabajo, sí, pero aun así quiero que todos los niños que pasen por mis manos tengan un futuro al menos igual al de los que tienen una familia que los apoya.
El murmullo del restaurante, con el parque de bolas donde los niños se persiguen y juegan unos con otros mientras los padres —no todos— están pendientes, me hacen abstraerme un poco, y por unos momentos dejo de pensar en qué será de mí a partir de ahora.
Pasamos un buen rato allí. Carmen me invita a que pida lo que me apetezca, y después, casi a las cinco de la tarde, ponemos rumbo a mi nuevo hogar.
Es un dúplex, cosa que me sorprende en un principio.
Tiene una habitación para cada una de las chicas que viven allí, y al entrar, Carmen me presenta a Lorena, una de las educadoras que trabaja en el piso.
Está enfrascada ayudando con las tareas a una niña de unos diez años.
Ella me mira con curiosidad y yo trato de sonreírle, sin conseguirlo del todo.
—Hola, Ava —me saluda la educadora, acercándose—. Ven, te voy a enseñar tu habitación. Ana, sigue con las mates, que ahora vuelvo —le pide a la niña, que sigue mirándome sin disimulo.
Carmen y yo vamos detrás de ella, que nos guía hasta un dormitorio al final del pasillo. Abre la puerta y casi se me saltan las lágrimas de la emoción.
No es muy grande, ni tiene muchos muebles, pero es acogedor y huele a limpio.
Tiene unas cortinas muy ligeras que dejan pasar mucha luz, un armario empotrado con las puertas blancas, una mesilla, un escritorio y una cama algo más grande que la que tenía en mi casa.
Hay algunos peluches encima de ella, y una lamparita sencilla en la mesilla.
También una estantería con algunos libros, a la que me acerco con curiosidad.
Harry Potter, Los cinco, La sombra del viento. Este último es el que más me llama la atención.
La educadora me ve pasar los dedos por los lomos y me anima a leer los que me apetezcan.
—Las otras chicas también tienen libros —me dice—, así que cuando termines estos, puedes leer los suyos.
Recorremos el resto del pasillo y se detiene frente a una puerta.
—Mira, este es uno de los baños, tenemos dos y un aseo.
Los turnos de las duchas están apuntados en la puerta del frigorífico; la idea es que no se gaste el agua caliente y que nadie se quede sin poder usarla.
También hay turnos para algunas tareas domésticas en las que tienes que colaborar, como la colada, y a veces la cena, ya que tú eres de las mayores.
Pero tranquila, poco a poco te irás haciendo con todo.
Ahora, con el verano y las vacaciones, vamos a la playa varios días a la semana y hacemos muchas actividades.
Imagino que cuando te quiten la escayola estarás más cómoda —dice, señalando mi brazo.
—Gracias. Intentaré colaborar en todo lo que pueda.
—El resto de las habitaciones ya las irás conociendo. Esa puerta es el otro baño, y esa, el aseo. Acomódate, y ahora te enseño la cocina y te presento a las chicas que hay por aquí. Voy a ver cómo va la benjamina con su libro de vacaciones.
Desando los pasos hasta mi habitación y dejo la maleta sobre la cama. Abro el armario y veo un par de sudaderas con la etiqueta todavía puesta y unos pantalones de chándal. En la otra parte, toallas y sábanas, todo limpio y ordenado. Me da calma, una extraña calma que casi había olvidado.
Saco las cosas de la maleta y las voy colocando con la ayuda de Carmen. Apenas son cuatro cosas, así que acabamos enseguida.
—Ava, me tengo que marchar. Tienes mi número y el de Sandra, así que cualquier cosa, nos llamas.
—Gracias por todo. Todavía no me creo que no vayan a hacerme nada nunca más.
Se me quiebra un poco la voz al decirlo, y Carmen me aprieta el hombro antes de responder.
—Estás a salvo, cariño. Ahora te toca sanar y crecer. Vas a ser una mujer maravillosa. Estoy segura.
Al salir al comedor —o salón, no lo tengo claro—, hay un par de chicas más que me miran con curiosidad.
Es Lorena quien me las presenta. Una de ellas, de piel morena y ojos oscuros, se llama Yaiza.
La otra es justo lo contrario, pálida como la luna, con los ojos de un azul tan claro que parecen casi transparentes; a esta me la presenta como May.
Para ellas, y para todos en esta nueva vida, soy Ava. Ava Martín Espejo, apellidos que he tomado de mi abuela y de mi vecina Angustias.
* N. de la A.: En realidad hasta los dieciséis no se puede. Me he tomado esta pequeña licencia.