2 No quiero vivir así
NO QUIERO VIVIR ASÍ
«Llévate a la niña al bosque, no quiero volver a verla más. La matarás y me traerás como prueba el pulmón y el hígado».
— BLANCANIEVES, JACOB GRIMM.
Desde aquel día, las visitas a casa no han dejado de sucederse. Sobre todo los fines de semana y en vacaciones, cuando las marcas se borran con el paso de los días y no tengo que faltar al colegio para que, según dicen mis padres, «no se ponga en alerta a los servicios sociales».
Ahora ya sé que lo que pasó fue real. Demasiado real.
Y también sé que sigue ocurriendo cada vez que a mi progenitor —he aprendido esa palabra, porque padre le queda inmensa— se le antoja volver a hacerme «jugar», como él lo llama, con sus amigos o con cualquiera de esos tipos a los que les debe dinero por no sé qué.
En casa, la mitad de los días, no hay ni para comer.
Ha sido él quien me ha enseñado a complacer —antes ni siquiera sabía lo que significaba esa palabra— a todo el que entra aquí, con la boca, con las manos o con cualquier parte de mi cuerpo.
Sí, sigo siendo una niña. Acabo de cumplir doce años.
Y este verano se está volviendo un infierno tan sucio, que a veces pienso en ir hasta el puente que hay cerca del recinto de la feria, esa a la que hace años que no me llevan, y tirarme desde allí.
Al menos así estaría con mis abuelos. Porque, si todo lo que existe es esta mierda de vida que me ha tocado y después no hay nada, entonces todo es una enorme putada.
Ya sé que no tengo edad para decir tacos.
Tampoco la tengo para follar, y aun así es lo que hago.
Desde que empezaron las vacaciones y apenas salgo de casa, casi nadie ve las marcas.
Ni siquiera la señora Angustias puede acercarse a mí, aunque sé que viene a menudo y pregunta por mí.
Mi vida se reduce a limpiar la suciedad que mis padres dejan tras sus «fiestas» y a permitir que cualquiera que cruce esa puerta haga conmigo lo que se le antoje. Da igual la hora. Da igual el lugar. Da igual la postura.
Según ellos, que todavía no me haya venido la regla es una ventaja. Así ni siquiera tienen que usar condón. Como si no importara que puedan pegarme Dios sabe qué. Sí, me he informado. Lo he hecho en la biblioteca del centro cívico, leyendo a escondidas, pasando las páginas horrorizada.
Si antes ya no tenía relación con niños de mi edad, ahora mucho menos.
¿De verdad hay alguien que dirija el destino de las personas y permita cosas como esta?
Siento que en estos meses he crecido más que en los doce años anteriores.
El día de mi cumpleaños ni siquiera me felicitaron.
Para «celebrarlo», me tenían preparada una cita con dos de sus amigos.
Luego se unió el cabrón que dice ser mi padre.
En esos momentos intento dejar la mente en blanco.
Si consigo que mi madre me dé una de sus pastillas mágicas, como la que me dio el primer día, todo se vuelve borroso y lejano.
Y si no, procuro desaparecer de otra forma.
Es como si el cuerpo se quedara allí y mi cabeza se marchara a un sitio donde nadie puede tocarme.
Un día de agosto, con un calor insoportable en el que mis padres no están, decido ir a casa de la vecina.
Tengo la camiseta pegada a la espalda y el corazón me golpea tan fuerte que casi no puedo respirar.
Justo cuando levanto la mano para llamar, el ascensor se abre en mi planta y mis padres salen de él muy risueños, pero al verme allí, quieta ante la puerta de Angustias, sus caras cambian.
La sonrisa se les apaga de golpe. Cuando Angustias abre la puerta y me ve, en su gesto aparece algo que se parece al espanto.
No me da tiempo a decir nada.
Mi madre me agarra del brazo con unas uñas que se me clavan en la piel.
Mi padre me sujeta por el otro lado y tira de mí hacia dentro de casa con una fuerza seca, rabiosa.
El olor a sudor, tabaco y ascensor cerrado se me mete en la nariz.
Tropiezo, noto el borde de la puerta golpeándome en la cadera y escucho la voz de Angustias detrás, ahogada, temblando, preguntando qué pasa.
Yo ya lo sé.
Sé lo que viene ahora.
No me da tiempo ni a refugiarme en mi cuarto donde, algunas veces, consigo atrancar la puerta con la cama y arañarle unos minutos al miedo.
Mi padre me derriba de un empujón antes de que pueda reaccionar.
Caigo al suelo con las palmas abiertas y me golpeo las rodillas contra las baldosas.
De su boca salen insultos que una niña de mi edad no debería conocer, palabras sucias, afiladas, lanzadas para herir casi tanto como sus manos.
Luego me agarra del pelo. Tira con fuerza, obligándome a alzar la cabeza, y me arrastra hasta el dormitorio que comparte con mi madre. Ella está allí. Mira. No dice nada. No hace nada.
Se quita el cinturón y me pega con él una y otra vez hasta que mi piel está tan roja que parece a punto de brotar la sangre.
Mi madre sigue allí, inmóvil, como si lo que ocurre no fuera conmigo.
Y no termina ahí.
Lo que viene después es otra forma de violencia, una más, la de siempre.
No necesito ponerle palabras para saber que me deja convertida en un temblor, en un cuerpo tirado en el suelo frente a la cama, incapaz de recoger los pedazos de mí misma.
Noto el frío de las baldosas en la mejilla, el zumbido en los oídos, el sabor salado de las lágrimas bajándome hasta la boca, mezclado con sus fluidos.
Y noto, sobre todo, la humillación. Esa que se queda cuando el dolor físico empieza a bajar y lo que permanece es algo más hondo, más oscuro, más difícil de arrancar.
—Ahora vete a la ducha. En un rato tienes visita.
Lo dice mientras se recompone la ropa, como si acabara de ordenarme cualquier tarea doméstica. Yo me quedo en el suelo, encogida, temblando, sin poder dejar de llorar.
—¿No me has oído?
Su grito llega desde el salón, mezclado con la voz apagada de mi madre, que dice algo que no alcanzo a entender.
Le obedezco. No tengo elección.
En el baño abro el armario con dedos torpes, buscando las pastillas mi madre me dio el primer día.
El pulso me golpea en las sienes. Pienso, con una claridad que da miedo, qué pasaría si me las tomara todas.
Una detrás de otra. Sin agua, sin pensarlo demasiado.
Dormirme. Callarme por fin. Dejar de notar el cuerpo, la casa, el asco.
Pero no están.
Antes de que acabe el verano, me viene la regla por primera vez.
No hay alivio ni consuelo en eso, solo otro motivo para la furia de Klaus.
Me niego a llamarlo padre, papá o cualquier otra palabra por el estilo.
No merece ninguna. Cuando ve la mancha, cuando entiende lo que significa, me da una paliza que me deja varios días en la cama.
En cierto modo, al principio pienso que eso me dará un respiro. Creo que, al menos durante esos días, me dejarán tranquila. Que ni él ni los asquerosos hombres que aparecen por casa quieran acostarse conmigo.
Me equivoco.
Algunos de los que vienen encuentran placer incluso en eso. Nada sirve. Nada detiene esa maquinaria de suciedad y abuso en la que estoy atrapada.
Cuando comienzan las clases y en el instituto se dan cuenta de que estoy todavía más ausente, empiezo a tener problemas.
Soy la rarita, la empollona, la nerd, y sí, mis notas siguen siendo muy buenas, porque espero que en algún momento pueda escapar o que mi padre muera en una pelea.
Mi madre ya ni se molesta en darme las pastillas que me adormecían y evitaban que sintiera lo que siento ahora.
Cada vez que uno de esos hombres me toca, o siquiera me mira, mi mente se refugia en un mundo distinto, uno donde esto no está pasando y solo soy una adolescente de doce años con amigas, que sale los fines de semana, a la que invitan a cumpleaños y que puede contarle a su madre lo que le ha pasado en el colegio.
El curso ha pasado muy rápido. Acabo de cumplir trece años.
Mi única vía de escape eran las clases, y con la llegada del verano ya no me queda ni eso.
Los días se alargan, eternos y calurosos, con esa espera agónica de no saber si esa noche habrá fiesta privada o si tendré la suerte de que me den un respiro.
No me ha bajado la regla desde hace tiempo. No sé cuánto. No es algo que controle, no tengo ni idea. Mi madre, en cambio, parece que sí, y hoy está más nerviosa de lo habitual.
—Nicole, vamos al baño.
Con ella todo es igual: no lo pide, lo ordena. Y a mí no me queda más remedio que obedecer antes de que monte un numerito y alerte a mi padre, que imagino tumbado en la cama, drogado o vete a saber.
Una vez allí, saca un aparatito de una cajita y me dice que haga pis encima del palito. La miro sin comprender al principio, y después, al ver la caja, caigo en la cuenta de lo que es.
No, no, no, no puede estar pasando.
No puedo estar embarazada.
Solo tengo trece años.
La suerte, una vez más, no me acompaña, y las dos rayitas confirman el peor de los destinos.
—Niñata idiota. Verás cuando tu padre se entere.
—Será culpa mía —escupo con toda la rabia que llevo acumulando desde hace más de un año, en el que no he dicho ni una palabra—. Tú debiste protegerme. Eres mi madre, o eso dices. No creo que tu madre te perdonara nunca en la vida lo que me estás haciendo. Ojalá te pudras.
No llego a soltar todo lo que en mi vida pensé que sería capaz de decirle, porque una bofetada me cruza la cara y me hace tambalear contra el lavabo. El golpe me deja un pitido en el oído y el sabor metálico de la sangre en el labio partido.
El llanto, compañero fiel del último año y pico, me asalta de nuevo, y huyo a mi cuarto como si pudiera escapar así de mi destino.
Me refugio en un rincón bajo la ventana, oculta a medias por la cama, hecha un ovillo, las piernas encogidas entre los brazos, dándole mil vueltas a todo. ¿Cómo voy a hacer esto? ¿Cómo voy a seguir estudiando? ¿Cómo voy a ir al instituto con una barriga, y después, qué será del bebé?
No me da tiempo a pensar nada más. Mi padre entra como una fiera y me agarra del pelo sin que me dé tiempo ni a cubrirme la cabeza.
No es la primera vez. Sabe perfectamente cómo pegar y dónde, y por una vez no me resisto.
Le dejo hacer mientras grita y los golpes se suceden por todo mi cuerpo, hasta que dejo de sentir nada.
Oigo a mi madre gritarle que me va a matar, y deseo que lo haga.
Quiero que esto acabe de una vez. Después, voces —creo que la de Angustias— y ya no recuerdo nada más hasta que despierto en una cama de hospital.
Huele a desinfectante y algo pita cerca de mi cabeza. A mi lado, mi vecina; una señora que no he visto en mi vida, y una policía de rostro amable.
Las lágrimas se desbordan de nuevo, y cuando Angustias me ve, se levanta de un salto de la silla en la que está sentada junto a mi cama y viene a abrazarme. Su jersey huele a la colonia de siempre, y por un segundo es lo único que tiene sentido en esta habitación.
—Angustias, tenía que haberte hecho caso cuando me dijiste...
—Ya, cariño —me acaricia el pelo con la ternura que, desde que murió mi abuela, solo ella me ha dado—, todo va a estar bien. Esta señora te va a ayudar. No van a ponerte una mano encima nunca más. Te lo aseguro.
—Pero mi padre irá a por ti —sollozo, y le agarro la manga con la mano que no tengo vendada.
—Voy a mudarme a casa de mi hermana. Estoy harta de esa calle y de ese bloque. Mis sobrinos se han ido fuera y ella está sola. No te preocupes.
—Hola, Nicole —la señora que no conozco se acerca con una sonrisa cansada—. Soy Carmen, de Asuntos Sociales. Vamos a sacarte de ahí, ¿vale? Se ha denunciado a tus padres y...
—Nooo, cuando mi padre dé conmigo…
—Eso no va a pasar —afirma Carmen con rotundidad.
—Angustias, quiero quedarme contigo.
—Nicole —interrumpe de nuevo la mujer—, eso no es tan fácil, y ella no está en condiciones de pedir tu acogida, por diferentes motivos. Te prometo que estarás bien.
—No prometa lo que no puede cumplir —le digo, y noto cómo la voz se me rompe a media frase—. ¿A dónde voy a ir con un bebé y con trece años? Yo quiero estudiar, no quiero la vida que ha tenido mi madre. No puedo con eso.
—Cariño —interviene Angustias, y me aprieta la mano—, has perdido al bebé.
El alivio que me recorre entera me hace sentir la peor persona del mundo, pero es así como lo veo. Para mí, esa criatura que no tenía culpa de nada solo habría sido el recuerdo de todo lo que he pasado, y ni siquiera sé si habría podido amarla como un hijo se merece.
Un sanitario entra en ese momento y les pide a la policía y a Carmen que salgan. Solo deja quedarse a mi vecina.
—Hola, Nicole, soy el médico que te ha intervenido —se sienta en el borde de la cama, despacio, como si temiera asustarme—. Hemos hecho lo posible, pero había lesiones muy graves y no logramos salvar a tu hijo. Lo siento.
—No me importa.
La cara del médico apenas cambia de expresión.
—Es lo mejor —continúo—. Solo tengo trece años y no tengo a nadie. ¿Cree que, después de esto —me señalo las vendas, el brazo inmovilizado que apenas puedo mover—, tener un niño era el mejor de los planes?
—Supongo que no. Pero soy médico, mi labor es salvar vidas. Ahora toca sanar y salir de esto.
—Como si fuera fácil —respondo, y sé que sueno borde, pero ahora mismo todo me da igual.