Ava 1 Ava (2004) #2
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1 Ava (2004) #2

Me quita la ropa casi a la fuerza. Me unta una crema que huele muy mal en mi zona privada, esa que en el cole nos dicen que nadie debe tocar sin permiso.

Tengo un poco de pelito ahí, pero cuando me lo quita con la crema asquerosa ya no queda nada.

Hace lo mismo con el resto del cuerpo y después se mete en la ducha conmigo.

Las juntas de los azulejos dejaron de ser blancas hace años y huele a moho.

—Mamá, no quiero ponerme eso. Es feo y hace frío.

No me hace caso. Me obliga a ponerme un sujetador negro que me queda grande, igual que las braguitas, transparentes, incómodas, que se me meten por todos lados, unas medias de rejilla, como las de las niñas de mi clase que van a ballet, pero con agujeros, una falda cortísima, y una camiseta de tirantes como si fuera verano.

Siento cómo me arden los ojos. Las lágrimas salen solas, sin que a ella le importe. Después me peina con dos coletas apretadas, me pinta los labios con brillo y me pone máscara de pestañas. Pero primero me seca el llanto con un pañuelo para que no se estropee el maquillaje, dice.

Me lleva a su dormitorio y me ordena que espere ahí hasta que ella vuelva.

Tiemblo.

Hace frío, pero no es solo por eso.

Recuerdo las palabras de mi vecina Angustias. Ahora pienso que debería haberle hecho caso.

Salgo de la habitación tratando de no hacer ruido, pero ella, que está en el salón, me ve al llegar a la puerta. Al instante, me agarra del brazo con fuerza.

—¿Dónde crees que vas? —Nunca he oído ese tono en su voz. No es que sea cariñosa, nunca lo ha sido, pero esta vez es mucho más aterrador o, al menos a mí, me da miedo como me ha hablado.

—Me he dejado una cosa en casa de Angustias —miento con rapidez mientras el murmullo de mi padre conversando con otros hombres llega desde el otro lado de la puerta.

—Ya irás después o mañana. Esa vieja no se va a marchar. Ojalá lo hiciera y dejara de meterse en la vida de los demás. Le hace falta un buen polvo.

No alcanzo a entender el significado de sus palabras ni tengo tiempo de preguntar. Mi padre entra en la estancia y me observa con una mueca que me hiela la sangre. Detesto esa sonrisa.

Quiero salir corriendo.

Quiero huir de esta casa.

Se acerca a mi madre, que viste un vestido tan corto que apenas oculta su cuerpo, y la sujeta por la cintura.

Con la otra mano, le acaricia el escote sin apartar la mirada de mí.

Detrás de él, dos hombres nos observan de manera alternativa, como si fuera un partido de tenis de los que veo cuando me escapo a unas pistas que hay cerca de casa.

Cuando sueño con ser una niña normal.

Cuando imagino que mi familia lo es.

Intento refugiarme en mi habitación para quitarme la ropa que mi madre me ha obligado a poner, pero apenas doy un paso, ella me agarra de nuevo y me arrastra hacia la cocina.

Mi padre y sus acompañantes, o lo que sean, permanecen en el salón.

Los oigo hablar, aunque las palabras resultan ininteligibles. Ahora mi padre no grita; solo murmura.

—Tómate estas pastillas.

Mi madre me tiende una píldora pequeña y un vaso de agua.

—No estoy enferma, no me duele nada. No quiero tomar nada.

—Niña caprichosa y consentida, abre la puta boca de una vez —replica mientras me sujeta la cara con fuerza y me obliga a abrirla. Deja caer las pastillas en mi garganta; intento escupirlas, pero es inútil.

Las lágrimas surcan mis mejillas, pero a ella le resulta indiferente.

Tira de mi brazo y me arrastra fuera de la cocina hasta devolverme a su habitación, donde me empuja contra la cama.

Retrocedo hasta el cabecero y me acurruco pegada a él.

Pronto noto cómo mis piernas y brazos pierden fuerza y me entra mucho sueño.

Oigo voces lejanas, la de mi padre y otras dos que no reconozco, risas ahogadas.

Noto cómo mi cuerpo se mueve, ajeno a mi voluntad.

Siento mucho frío y unas manos, o eso creo, me tocan por todas partes.

Intento encogerme, buscar un refugio en mí misma, pero no lo consigo.

En algún momento, mi mente decide huir y la oscuridad me envuelve hasta la mañana siguiente.

Me despierta el sonido de mi reloj, uno que me regaló mi abuela para la comunión; un despertador que proyecta luces en el techo y emite el sonido de las olas del mar.

Suena lejano. No puedo moverme. Intento buscarlo en la mesilla de noche, pero mi cuerpo pesa como si no me perteneciera.

Oigo a mi padre gritar que lo calle. Sigo inmóvil.

Al no conseguir apagarlo, la puerta se abre de golpe.

Él aparece de mal humor, le da un manotazo y el reloj cae al suelo.

—¡Nooo! —exclamo con un hilo de voz. Es de lo poco que me queda de mis abuelos.

—Haberlo apagado, pequeña zorra —grita antes de salir de nuevo.

Vuelvo a intentar levantarme. Cuando por fin lo logro, el dolor es tan intenso como si me estuvieran clavando miles de agujas, igual que cuando me ponen las vacunas.

Bajo la mirada hacia mis piernas y las veo llenas de marcas, como si me hubieran golpeado desde las rodillas hasta...

El recuerdo de lo sucedido anoche acude a mi mente y el llanto se intensifica.

No sé a ciencia cierta qué ocurrió, pero no llevo mi pijama.

Solo unas braguitas manchadas de sangre y una camiseta de manga corta, también sucia.

Me levanto la prenda y descubro más marcas en el vientre: rojas, rosas, algunas ya tornándose moradas.

Mis pequeños pechos también muestran señales y me duelen al rozarlos.

Me incorporo y miro la hora en mi reloj de muñeca, un Casio de hace mucho tiempo que mi abuelo me dio al ver que me gustaba. Todavía me da tiempo de ir al cole. Si es que soy capaz de moverme.

No puedo.

Nada más poner un pie en el suelo, el dolor se agudiza en todo el cuerpo y las náuseas me invaden. Intento llegar al baño, pero no lo consigo y acabo vomitando en el pasillo.

—Espero que limpies toda esa mierda que acabas de soltar —dice mi madre con la voz pastosa, como tantas otras veces—. Me duele la cabeza y no pienso levantarme.

Como puedo, me dirijo a la cocina, cojo el cubo y la fregona, los llevo al baño para llenarlos de agua y limpio el vómito del pasillo.

Mientras froto el suelo, me pregunto cómo será tener una familia. Ser una niña de once años en un hogar normal, donde los padres quieren y protegen a sus hijos, donde no ocurren las cosas de ayer y que no quiero recordar. O tal vez no ocurrieron. Y solo lo he soñado...