Ava
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1 Ava (2004)
«Si tuviese una niña tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre y tan negra como la madera de este marco…».
— BLANCANIEVES, JACOB GRIMM.
No quiero volver a casa.
No quiero volver a casa.
No quiero volver a casa.
—López, es hora de irse.
La monitora del comedor se acerca a mí y yo, un día más, trato de alargar todo lo posible mi estancia en el colegio.
Ella no tiene ni idea de por qué, después de acabar la comida y quedarme a ayudarla a recoger el comedor, el patio, y a veces hasta las clases si me dejan, sigo sin querer marcharme. No es algo que le importe.
A nadie tiene que importarle, en realidad.
Solo tengo once años, pero para mí cualquier cosa es mejor que regresar a casa.
No tengo extraescolares, así que, alargando todo lo que puedo la jornada, salgo en silencio, sin decir nada a nadie, y camino hasta el centro comercial que hay junto al colegio. Bueno, muy cerca.
En el McDonald's hay padres con niños, grupos de amigos, chicos de mi edad.
Todos parecen felices, todos ríen y se empujan entre risas.
No lo sé del todo, nunca he entrado, solo los miro desde fuera, con la nariz casi pegada al cristal y el aliento empañándolo.
Mis padres nunca me han llevado a una hamburguesería, ni a un parque. Yo no tengo amigos.
No voy a cumpleaños.
Nadie me invita.
No podría llevar un regalo aunque me invitaran.
Soy la rarita de la clase.
Desde que mis abuelos murieron, cuando yo estaba en tercero, siento que sobro en todas partes.
El último recuerdo que tengo de algo parecido a la felicidad es el día de mi comunión.
No hubo una gran celebración, mis padres ni siquiera querían que la hiciera, pero mi abuela (la madre de mi madre, la única que nunca entendió por qué su hija se comportaba así conmigo, la única, junto a mi abuelo, que me dio cariño, abrazos y esos besos impregnados de un perfume que jamás olvidaré) se empeñó.
Fueron ellos quienes me llevaron a catequesis y, cuando estuve lista, me compraron un vestido. Uno con el que, según mi abuela, parecía una princesa. Yo nunca lo vi así. Quizá era el azul de mis ojos, heredado de ella, lo que la hacía pensar eso.
Ojalá hubiera ido con ellos en ese coche.
Ese día.
Ese en el que mi infancia, o la poca que me quedaba, murió con ellos.
Fue poco antes de la feria. Yo ni siquiera había cumplido nueve años. Solo recuerdo mucha gente, recuerdo que a ellos los quería todo el mundo, y recuerdo no volver a verlos jamás.
Aprendí a marchas forzadas lo que era perder a tu familia, perder el amor incondicional de una abuela que fue mucho más que eso, y empezar a vivir una pesadilla de la que no creo que vaya a despertar nunca.
Entro en el Toys "R" Us y me pierdo entre sus pasillos.
Miro las muñecas, esa Barbie que siempre he querido y que sé que jamás tendré.
Los peluches, como los que mis abuelos me regalaban y que mi madre tiró sin que yo entienda por qué.
Y por fin llego a la sección de los cuentos.
Allí me siento en el suelo, con las piernas cruzadas, y cojo uno.
Vengo casi todos los días y ya casi lo he terminado.
—Eh, oye, ¿dónde están tus padres? Aquí no se puede leer, esto no es una biblioteca.
El vigilante, uno al que no había visto nunca, me arranca el libro de las manos de un tirón y me obliga a levantarme y abandonar la zona.
Salgo a la carrera, con el corazón golpeándome el pecho. Nunca me había pasado eso. Siempre vengo y nadie me había reñido, pero hoy ha sido distinto.
Vuelvo a la calle arrastrando los pies, como si con eso pudiera evitar cruzar las dos manzanas que me separan de mi casa.
Llego al portal, pero no subo. Me siento en el escalón. Todavía hace frío, en marzo a veces caen días bonitos, pero hoy no, hoy es de esos días grises, ha llovido y la humedad se cuela por mi abrigo viejo y estrecho. No recuerdo cuándo lo estrené, si hace uno o dos años, ya da igual.
No quiero subir a casa.
—Nic, ¿qué haces aquí? Cariño, hace mucho frío, vamos a mi casa. ¿No están tus padres?
Es mi vecina Angustias. Me ve sentada en el escalón, con la mochila tirada en el suelo, y se compadece de mí. Es la única persona a la que parece importarle lo que me pasa.
A veces, cuando mis padres discuten y yo salgo a la escalera para no escucharlos, ella me abre la puerta de su casa.
Es un piso un poco más grande que el nuestro, o eso me parece, claro que mis padres tienen muchas cosas acumuladas, sofás viejos y muebles que llevan años encontrándose por la calle.
El de mi vecina es, no sé cómo decirlo, bonito. Huele bien y se está calentito.
—¿Has comido?
Asiento con la cabeza.
—Pero seguro que te apetecen unas galletas y un vaso de leche caliente. Tengo de las de chocolate que te gustan. ¿Quieres? Ven, quítate el abrigo y siéntate, que tengo puesta la estufa y se está muy bien aquí, en el sofá.
Creo que la vecina vive sola. Nunca he visto a nadie en su casa, ni niños, ni un marido, ni nada.
Se marcha y me deja en el salón. Me siento donde ella me ha dicho y, sí, se está calentito. Vuelve con un vaso de leche, cacao y unas galletas rellenas de chocolate.
—Gracias.
—Cuéntame, ¿cómo te ha ido el cole?
Me lo pregunta con un tono dulce que me recuerda a mi abuela.
—Bien. Es fácil, no hay mucho que hacer.
Y sin saber muy bien por qué, le cuento lo que me ha pasado en la tienda de juguetes.
—A ver, Nic, si quieres podemos ir a la biblioteca, y allí puedes leer los libros que quieras y sacar los que más te gusten.
—¿Y si mi madre se enfada? Es que no sé...
—Puedo hablar con ella y proponérselo.
Empuja las galletas hacia mí, porque todavía no las he tocado, y al ver que no las abro es ella quien lo hace. Saca unas cuantas y las pone en el mismo plato donde descansa la taza, una con un dibujo de un gatito que me mira divertido.
Justo cuando voy a darle un bocado a la galleta, los gritos que llegan del piso de al lado (del mío) me sobresaltan y casi tiro la taza. Angustias se da cuenta y coge mi mano entre las suyas, apretándola con suavidad.
—Nic, podemos intentar que salgas de ahí.
(«Eres una inútil, no sirves para nada, ¿te crees que la comida sale sola de la nevera? Zorra impertinente. Y eso que te gusta, ¿eh?»). No entiendo bien el significado de algunas de esas palabras, pero el tono de mi padre me recorre entera de escalofríos. Como se dé cuenta de que no estoy...
Se oye un portazo que retumba por toda la escalera, y después el llanto de mi madre, supongo que pegada a la pared del salón.
—Nic, por favor, quédate conmigo. Mañana podemos pedir ayuda y...
—No, tengo que volver a mi casa. Si mi padre se entera de que no estoy, le pegará más y...
La voz se me corta y las lágrimas me caen por las mejillas antes de que la vecina me abrace y me acurruque contra su pecho, que huele a suavizante y a un perfume que me recuerda al de mi abuela, aunque la vecina es más joven, o eso creo.
Me levanto para marcharme. Angustias me da el paquete de galletas, yo lo rechazo con la cabeza, pero ella lo mete en mi mochila igualmente y me hace callar con un dedo sobre los labios.
Voy hasta la puerta del piso de mis padres y abro con la llave que me dio mi madre hace tiempo. Al entrar, la oigo llamar a mi padre.
—¿Klaus?
—Soy yo, mamá.
Me acerco despacio y la veo tirada en el suelo del salón.
Tiene la ropa desgarrada y el maquillaje que llevaba por la mañana ya no es más que manchas en su cara.
Antes era muy guapa, o eso me parece, aunque no lo recuerdo bien.
Ahora nunca sonríe, siempre está como floja, dormida algunas veces.
A veces mi padre trae a otras personas a casa y se encierran todos en su habitación, mientras a mí me recluyen en la mía.
Solo se oyen gritos y suspiros que trato de no escuchar, tapándome las orejas con las manos.
Nunca dejo de oírlos.
La oigo.
Todas las veces.
Luego se marchan y ella llora, y a veces se queda dormida.
Cuando mi padre regresa, todo empieza de nuevo.
—Ah, Nic, pensé que era tu padre. Creía que estabas en tu habitación. Ayúdame a ir a la ducha, anda. Papá volverá pronto y tengo que estar guapa para sus amigos y para él.
—Mami, vámonos. Vámonos de aquí. No quiero que llores más, papá te hace llorar. No le quiero, me da miedo, te hace daño.
Levanta los ojos, llenos de churretes negros de lo que se pone en las pestañas, y me mira con rabia, o eso creo. Suelta la mano que le he ofrecido y tambaleándose se levanta con esfuerzo.
—Niña desagradecida. ¿Dónde te crees que vamos a ir? No tengo trabajo. No tengo dinero. No tengo dónde caerme muerta. Tu padre nos quiere. Nos cuida. Por eso trae a sus amigos. Está orgulloso de mí, de nosotras. Tenemos que hacerlo feliz. ¿Lo entiendes?
Ahora baja el tono. Su voz parece casi una caricia, pero no es así. Es como si las palabras le salieran huecas, vacías de sentido.
Me agarra la muñeca con fuerza. Tira de mí y me arrastra hacia el baño.
Encima del váter hay ropa. Una prenda que no había visto antes. Mi madre la aparta de un manotazo y se sienta a hacer pis sin soltarme. Me tiene sujeta todo el rato.
—Hoy es un día especial, Nic. Hoy papi te va a presentar a sus amigos. Vas a ser una niña buena. Harás lo que te digan. Quiero que te des una ducha y te pongas esa ropa. Ven, vamos a ducharnos juntas. Hay cosas que necesito enseñarte.
Me duele la barriga solo de pensar en lo que me ha dicho mi madre. Sé que cuando vienen los amigos de mi padre ella acaba hecha polvo y yo no quiero eso. No quiero llorar. No quiero que nadie me toque como hacen con ella.
—Mami, tengo deberes —le suelto como excusa.
—Eso puede esperar. Ahora déjame prepararte. Ven. Vas a estar preciosa. Eres una muñequita muy bonita.