Aunque sea mentira Capítulo 30
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Capítulo 30

Zak Prescott

Horas después, en el entrenamiento

Caleb falló el mismo pase dos veces. La primera pensé que había calculado mal la distancia. La segunda, el disco pasó lejos de su compañero y golpeó la banda, provocando un grito del entrenador.

Conocía aquel ejercicio. También conocía la forma en que Caleb solía ejecutarlo. Era rápido, preciso y constante, pero aquella tarde estaba llegando tarde a todo.

Me ajusté el guante y seguí con la mirada su regreso a la fila. Pasó junto a mí sin levantar la cabeza, apretando el stick con tanta fuerza que habría podido ver sus nudillos ponerse blancos si no estuvieran cubiertos.

—¿Estás dormido? —preguntó el entrenador.

—No, señor.

—Entonces empieza a prestar atención. —Caleb asintió.

No necesitaba preguntar qué estaba pasando. Había visto su expresión aquella mañana, al otro lado del estacionamiento, mientras Hannah se despedía de mí. Esperó a que me marchara para hablar con ella. Había considerado quedarme, pero probablemente la conversación sería mejor sin mi presencia.

Sonó el silbato y entré en el siguiente ejercicio. Mi hombro todavía exigía cuidado en algunos movimientos, pero ya no me limitaba como antes. Hice un pase sencillo, recibí el disco de vuelta y disparé. El portero lo detuvo, dejando el rebote para uno de nuestros delanteros.

—¡Eso es! —gritó el entrenador—. ¡Sigan la jugada!

Volví a la fila, encontré a Caleb mirándome y no oculté la sonrisa.

Durante la pausa para hidratarse, vino hasta donde yo estaba. Acababa de quitarme el casco. Tomé la botella y esperé.

—Necesito hablar contigo.

—Te escucho. —Caleb miró a los jugadores que estaban cerca—. Allí. —Señalé con la barbilla hacia el pasillo de acceso al vestuario y fui delante. Me detuve junto a la pared, todavía al alcance del ruido del entrenamiento.

Tardó un segundo en empezar.

—Hannah me lo contó.

—¿Sobre qué? —Tomé un sorbo de agua.

—No te hagas el idiota.

—Entonces haz bien la pregunta. —Enrosqué la tapa despacio.

Caleb se pasó la lengua por los labios y miró al suelo antes de volver a mirarme.

Se estaba conteniendo. Conocía aquel esfuerzo; había pasado entrenamientos enteros esperando que mi padre llamara, incapaz de pensar en nada más.

Era fácil reconocer cuando otra persona tenía la cabeza lejos del hielo.

—¿Qué quieres con mi hermana?

—Salir con ella. Creí que esa parte ya había quedado clara.

—¿De verdad esperas que me crea eso?

—No estoy saliendo contigo. —Me encogí de hombros.

—Hasta hace poco no podías mirarla sin decir alguna mierda. —Se acercó medio paso.

El recuerdo me molestó. Sobre todo porque podía recordar algunas de aquellas cosas con precisión.

—Y ahora ella puede decidir sola si quiere estar conmigo.

—Hannah no te conoce.

—Parece que te conoce mejor de lo que te gustaría. —Solté una risa breve.

Su mandíbula se endureció.

Sabía exactamente cómo empeorar aquello. Bastaba con mencionar que había dormido en mi cama. Ni siquiera necesitaba dar detalles; Caleb haría el resto por su cuenta.

Abrí la boca, pero recordé a Hannah sentada en la cocina, sosteniendo la taza con ambas manos, intentando disimular una sonrisa, así que cambié de idea.

—Si tienes algo que decir sobre mí, dilo. Déjala fuera de esto.

—¿Me estás pidiendo que deje a mi hermana fuera de una conversación sobre mi hermana?

—Te estoy pidiendo que dejes de actuar como si necesitara tu autorización.

—Y yo estoy intentando entender por qué, de repente, decidiste interesarte por ella.

Estaba demasiado cerca de la pregunta correcta. Apoyé la botella en el banco a mi lado y sostuve su mirada.

—Cuidado, Caleb. Vas a terminar diciendo que no puedes imaginar que alguien quiera estar con Hannah.

—No tergiverses lo que estoy diciendo.

—Entonces piensa antes de hablar.

El silbato sonó dentro de la pista. Ninguno de los dos se movió.

—Ella se está tomando esto en serio. —Caleb respiró hondo.

Mi primera reacción fue querer saber qué había dicho Hannah exactamente. Si había defendido nuestra relación. Si se había puesto nerviosa. Si había sonreído al hablar de mí y aquella curiosidad me hizo sentir como un idiota.

—Lo sé.

—Si la estás usando para llegar hasta mí…

—Te crees jodidamente importante, ¿eh?

La respuesta salió rápida. Ya me la había respondido antes, en mi cabeza, aunque nunca la había dicho en voz alta.

—Conozco el tipo de persona que eres cuando quieres ganar.

—Entonces deberías preocuparte por tu entrenamiento. —Tomé la botella y pasé junto a él, regresando al hielo antes de que respondiera.

En el vestuario, tomé el celular incluso antes de quitarme todo el equipo. Había un mensaje de Hannah.

Hannah: No olvides ponerte hielo en el hombro después del entrenamiento.

Lo leí dos veces.

Antes habría respondido con alguna provocación. Le habría preguntado si iba a venir a cuidarme o habría dicho que aceptaba una consulta privada, pero en aquel momento solo pude mirar la pantalla. Caleb entró y pasó junto a mi banco. Lanzó la mochila al suelo con fuerza.

—Caleb, habla conmigo antes de irte. —El entrenador apareció en la puerta.

—Está bien. —Se detuvo con uno de los guantes en la mano.

Eso era lo que yo quería. Caleb inseguro, jugando mal, obligado a justificar sus propios errores mientras yo recuperaba terreno.

La pantalla se apagó en mi mano, la toqué y abrí otra vez la conversación con Hannah.

Zak: No te preocupes. ¿Cómo fue tu clase?

La respuesta llegó mientras me quitaba la protección del brazo.

Hannah: Bien. ¿Y el entrenamiento?

Miré a Caleb. Seguía con la cabeza baja, tardando más de lo necesario en guardar sus cosas. Pensé en la conversación del pasillo. En el cuidado que había tenido para golpear exactamente donde sabía que dolería. En las jugadas en las que había ido detrás de mí, olvidándose del resto del equipo.

Escribí:

Zak: Fue bien.

Antes de que dejara el celular, apareció otro mensaje.

Hannah: Qué bueno. Espero que tú y Caleb no hayan peleado.

Me quedé con el pulgar inmóvil sobre la pantalla, después bloqueé el celular y lo guardé.