Capítulo 29
Hannah Carter
Me desperté buscando el celular en el lugar equivocado. Mi mano se deslizó por la sábana, encontró el borde de una almohada y, antes de abrir los ojos, escuché:
—Si estás buscando la manta, puedes relajarte. Ya te quedaste con toda.
Giré el rostro y Zak estaba acostado de lado, con la cabeza apoyada en una mano y el cabello revuelto. La manta terminaba a la altura de su cintura, mientras el resto estaba enrollado alrededor de mí.
Tardé un segundo en recordar dónde estaba. Después, los recuerdos de la noche anterior regresaron y subí un poco más la tela.
—Ahora lo estás haciendo a propósito. —Su sonrisa se ensanchó.
—Podrías haber tirado de ella.
—Lo intenté. Hiciste un sonido bastante amenazante.
—Yo no hago sonidos amenazantes mientras duermo.
—Yo tampoco lo creía. Aprendí muchas cosas sobre ti esta noche.
—¿Solo tienes una en tu habitación? —Tomé la punta de la manta y la lancé sobre él, que no respondió.
Zak aprovechó el movimiento para acercarse y pasó un brazo alrededor de mi cintura.
Mi cuerpo se acomodó junto al suyo con una facilidad que me dejó quieta durante un instante y eso era lo que me sorprendía.
Había imaginado que, si alguna vez despertaba en aquella cama, no sabría dónde poner las manos ni qué decir.
Pero allí estaba, discutiendo por una manta e intentando no sonreír mientras él hundía el rostro en mi cabello.
—¿Qué hora es? —pregunté.
—Temprano.
—Eso no es una hora.
—Es hora de volver a dormir.
Estiré el brazo hasta la mesa de noche. Esta vez encontré el celular.
—Mierda.
—Buenos días para ti también.
—Tengo que pasar por mi habitación antes de clase. —Me senté rápidamente, acomodándome su camiseta.
—Hay tiempo. —Zak miró el reloj y volvió a acostarse.
—Para ti, tal vez.
—Falta a la primera clase.
Lo miré y él sostuvo mi mirada, completamente serio, lo que solo hizo que la sugerencia resultara todavía más absurda.
—¿De verdad crees que voy a faltar a clase para quedarme en tu cama?
—Tengo muchas esperanzas.
—Entonces vas a decepcionarte.
—Hannah, es una clase.
—A la que voy a asistir. —Aparté la manta y puse los pies en el suelo. Detrás de mí, Zak soltó un suspiro exagerado.
—¿Ni siquiera una negociación?
—No.
—Media hora.
—No.
—Diez minutos y te llevo.
—Ayer dijiste que me llevarías. —Lo miré por encima del hombro.
Zak se pasó una mano por el rostro.
—¿Te acuerdas de todo lo que digo?
—Creo que voy a tener que grabarlo y usarlo como prueba.
—Todavía vas a darme mucho trabajo.
Me levanté buscando mi ropa. Los pantalones estaban doblados sobre el brazo del sofá, con la blusa encima. Recordaba haberlos dejado en el baño.
Miré a Zak.
—¿Recogiste mis cosas?
—No iban a doblarse solas.
—Gracias.
Antes de entrar en el baño, escuché su voz otra vez:
—Hannah.
Me giré y Zak estaba sentado en el borde de la cama.
—Ven aquí un segundo.
—Acabas de intentar negociar diez minutos.
—Estoy reduciendo mis exigencias.
Me acerqué con desconfianza y él tomó mi mano. Tiró de mí solo lo suficiente para que quedara entre sus rodillas, levantó el rostro y me besó. El beso fue breve y, cuando me aparté, todavía sonreía.
—Buenos días.
Apreté los labios, incapaz de contener mi propia sonrisa.
—Buenos días.
Cuando salí del baño, Zak ya se había puesto una camiseta y estaba buscando algo entre los objetos de la mesa. Doblé la camiseta del equipo y la dejé sobre la cama.
—Puedes llevártela —dijo.
—Tengo ropa.
—Ya me di cuenta. Llevas puesta.
—Entonces ¿por qué me llevaría la tuya? —pregunté mientras encontraba las llaves del auto y se las guardaba en el bolsillo.
—Para que siempre recuerdes esta noche.
—Vamos. Si pierdes esa clase, vas a decir que fue culpa mía. —Me quedé mirando la camiseta durante un instante, Zak se acercó, tomó la prenda y la puso en mis manos.
Guardé la camiseta en el bolso antes de que tuviera tiempo de comentar mi sonrisa.
En el pasillo, el olor a café llegó antes que el sonido del televisor.
Bajé las escaleras detrás de él, recogiéndome el cabello con los dedos.
Solo cuando escuché la voz de Edgar procedente de la cocina pensé de verdad en la posibilidad de encontrarme con alguien.
Me detuve en el último escalón y Zak miró hacia atrás.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Siguió mi mirada hacia la cocina y pareció entender.
—Edgar ya ha visto gente tomando café, Hannah.
—Eres insoportable.
—Y tú estás perdiendo el tiempo para alguien que tenía tanta prisa.
Edgar estaba sentado en la barra, con una taza cerca de la mano y el celular apoyado contra una caja de cereal. Levantó la mirada cuando nos vio y su sonrisa apareció lentamente.
—Ahora entiendo por qué el café estaba listo antes de que yo bajara.
Miré a Zak. Abrió un armario como si no hubiera oído nada y pensé: ¿lo preparó mientras yo estaba en la ducha?
—Buenos días, Hannah. ¿Vas a empezar a recibir correspondencia aquí o todavía es pronto? —preguntó Edgar, dejando el celular.
Abrí la boca, pero Zak acercó una silla junto a la suya.
—Siéntate aquí. —Después miró a su amigo—. ¿Desde cuándo te preocupa el correo?
—Tengo que irme —dije mirando el reloj.
—Come primero.
—Zak…
—Tu edificio está a cinco minutos de aquí. Hay tiempo. Preparé todo esto antes de que te levantaras, así que solo come.
Lo dijo sin apartar los ojos de mí y terminé tomando una tostada. Edgar volvió al celular con una sonrisa discreta. Esperé otra broma, pero no llegó.
Y de la nada empezaron a hablar de un partido que los dos habían visto, y Zak me explicó una jugada cuando se dio cuenta de que yo no la estaba entendiendo.
No parecía preocupado por mi presencia allí ni por lo que Edgar pudiera pensar.
En ningún momento se apartó cuando nuestros brazos se rozaron sobre la mesa y terminé el café sintiéndome cómoda.
Solo cuando me levanté y vi la taza que había separado para mí junto a la suya me di cuenta de cuánto empezaba a significar aquello.
Zak esperó en el auto mientras yo subía para cambiarme de ropa y recoger mis cosas. Briana no estaba en la habitación. Dejé su camiseta sobre la cama, me detuve y después la doblé mejor antes de guardarla.
Mi celular vibró.
Zak: Dijiste cinco minutos.
Respondí mientras cerraba la mochila.
Hannah: Van cuatro.
Cuando bajé, estaba sonriendo a la pantalla. Cuando subí al auto, él me miró y extendió una mano para apartar un mechón de cabello que había quedado atrapado en la correa de la mochila.
—¿Vamos?
Asentí.
El trayecto hasta el edificio donde tenía clases fue corto. Aun así, Zak encontró tiempo para quejarse de mi horario, preguntarme a qué hora terminaba e intentar reservar mi almuerzo sin saber siquiera si estaría libre.
—Tengo que estudiar después de clase.
—Puedes estudiar mientras comes.
—Y tú puedes almorzar sin mí.
—Puedo, pero no quiero. —Detuvo el auto.
Giré el rostro hacia la ventana antes de que viera el efecto que había tenido aquella respuesta. Estaba embobada con cada cosa que hacía y cada vez resultaba más difícil no enamorarme de él.
Caleb estaba cerca de la entrada, con la mochila colgada de un hombro y el celular en la mano. La sonrisa desapareció de mi rostro y Zak siguió mi mirada. Sus dedos se quedaron inmóviles sobre el volante durante un instante.
—Mierda, ¿Caleb?
—Sí.
Caleb levantó la cabeza en ese momento y nos vio. Guardó el celular, pero no se acercó.
—Hablaré con él. —Me quité el cinturón.
—¿Quieres que me quede? —Zak me miró.
—No hace falta.
Salí del auto. Zak también bajó, rodeó la parte delantera y me entregó la mochila que había dejado junto a mis pies.
—Mándame un mensaje cuando salgas.
—Lo haré.
Cuando Zak se alejó, esperé a que el auto se marchara antes de caminar hacia Caleb.
—Buenos días.
Miró en la dirección por la que Zak se había ido.
—¿Desde cuándo?
Apreté la correa de la mochila.
—Caleb…
—¿Desde cuándo está pasando esto?
Algunos estudiantes pasaron entre nosotros. Esperé a que se alejaran.
—Estamos juntos desde hace poco.
—¿Juntos cómo?
Sabía que había entendido y solo quería oírme decirlo.
—Somos novios.
Caleb bajó la cabeza y soltó el aire por la nariz. Cuando volvió a mirarme, su expresión me puso a la defensiva incluso antes de que hablara.
—¿Ibas a contármelo?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando pudiéramos hablar sin que pusieras exactamente esa cara.
—¿Qué cara esperabas que pusiera, Hannah? Es Prescott.
—Sé quién es.
—¿Lo sabes?
Miré hacia la entrada del edificio. Todavía tenía unos minutos, pero ya había gente subiendo las escaleras con prisa.
—Si tienes algo que decir, dilo.
—Sabes cómo me trata. Sabes lo que piensa de gente como nosotros. —Caleb se acercó, bajando la voz.
Lo sabía. No había olvidado las provocaciones, la arrogancia ni las veces que había querido lanzarle algo a la cabeza a Zak. Pero también conocía al chico que se había quedado despierto conmigo y había preparado café antes de que me levantara.
—Está intentándolo, Caleb.
—Contigo. —Mi hermano soltó una risa breve, sin humor.
—Es conmigo con quien está saliendo.
En cuanto lo dije, me di cuenta de cómo había sonado. Caleb apartó la mirada y di un paso hacia él.
—No quise decir que lo que pasa entre ustedes no importe.
—Pero no importa lo suficiente.
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Obligarme a elegir un lado.
Me miró en silencio. Había rabia allí, pero también otra cosa que conocía demasiado bien, tenía miedo.
Caleb se había acostumbrado a comprobar si había llegado, si necesitaba algo, si estaba bien.
Yo hacía lo mismo con él. Solo que aquella conversación empezaba a parecer una petición de permiso y no quería que ninguno de los dos llegara a ese punto.
—Eres mi hermano. Eso no va a cambiar porque tenga novio. —Toqué su brazo.
—Sé que no va a cambiar.
—Entonces confía en mí, Zak va a esforzarse para que ustedes se lleven bien.
—En ti confío. —Miró mi mano antes de responder.
—No te estoy pidiendo que sean amigos. Solo te lo estoy contando porque eres importante para mí y no quiero ocultártelo. —Caleb se pasó una mano por el cabello. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
—¿Te está tratando bien? —preguntó finalmente.
—Sí. —Mi respuesta salió sin esfuerzo.
Mi hermano asintió, pero no pareció aliviado. Volví a mirar hacia las escaleras.
—Tengo que entrar.
—Hannah. —Me detuve en cuanto me llamó.
—Puedes elegir estar con él. Solo no me pidas que confíe en él.
Me tragué la respuesta que estaba a punto de darle. Seguir discutiendo no haría que Caleb viera lo que yo había visto aquella mañana.
Mi celular vibró mientras subía.
Era Zak.
Zak: ¿Y? ¿Todo bien con tu hermano?
Hannah: No quiero hablar de eso ahora.
Zak: Está bien, dejaste tu cargador aquí. Malas noticias: vas a tener que volver.
Me quedé mirando el mensaje, todavía escuchando las palabras de mi hermano.
Después escribí:
Hannah: Guárdamelo.
Y pulsé enviar.