Aunque sea mentira Capítulo 12
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Capítulo 12

Hannah Carter

Debería haber estado prestando atención a Caleb.

Estaba allí por él, era su nombre el que gritaba cada vez que salía al hielo, el número que buscaba primero entre los jugadores y la razón por la que había aceptado pasar buena parte de la noche en unas gradas heladas rodeada de universitarios borrachos.

Aun así, mis ojos seguían encontrando a Zak Prescott.

Lo cual era perturbador. Muy perturbador.

—Estás mirando otra vez —comentó Briana a mi lado.

Aparté de inmediato la mirada de la pista.

—Estoy mirando el partido.

—Claro.

—Caleb está jugando.

—Y Caleb definitivamente no es ese de ahí.

Señaló a Zak con la barbilla.

—Estaba comprobando si movía el brazo con normalidad.

—Eso hace que todo parezca mucho más inocente.

—Está lesionado.

—Lo sé.

—Entonces ya está.

Briana sonrió.

—Hannah, puedes admitir simplemente que sientes curiosidad.

—No siento curiosidad.

—¿Preocupación?

—Tampoco.

—¿Interés?

Giré el rostro hacia ella.

—¿Quieres seguir viendo el partido o quieres que te empuje desde estas gradas?

—Solo intento entender.

—¿Entender qué?

—Cómo pasaste de «Zak Prescott es un idiota arrogante» a vigilar la amplitud de movimiento de su hombro durante un partido de hockey.

—Sigue siendo un idiota arrogante.

Soltó una risa, pero la ignoré. En la pista, Caleb recibió el disco y avanzó por un lateral. Todo mi cuerpo se enderezó.

—¡Vamos, Caleb!

Esquivó a un jugador, pasó a otro, lanzó y el disco entró. Me levanté en el mismo instante.

—¡SÍ!

Briana se puso de pie conmigo, gritando mientras las gradas estallaban a nuestro alrededor.

Caleb levantó el stick y giró sobre el hielo mientras sus compañeros se acercaban para celebrar.

Unos segundos después, miró hacia nuestro sector.

Levanté los dos brazos y él me señaló. Sonreí tanto que me dolieron las mejillas.

Aquella era la mejor sensación. Ver a Caleb conseguir algo por lo que había luchado tanto hacía que cada madrugada estudiando, cada cuenta ajustada y cada miedo de volver a perderlo todo parecieran un poco menos pesados. Se lo merecía más que cualquier otra persona en aquella arena.

Cuando volví a sentarme, Briana seguía sonriendo.

—Está jugando muy bien hoy.

—Está increíble.

—Los ojeadores están mirando.

Se me encogió el estómago.

—Esta es su oportunidad.

No quería pensar demasiado en eso, o mejor dicho, sí quería, pero pensar demasiado hacía que pareciera que había mucho más en juego que un partido.

Para Caleb estaban la beca, su lugar en el equipo, la oportunidad de llamar la atención.

Tal vez una carrera. Cosas que jugadores como Zak podían perder y aun así encontrar otra puerta abierta en algún sitio, Caleb no.

Mi mirada volvió a encontrar a Zak. Estaba cerca del banquillo, escuchando algo que le decía el entrenador desde lejos, nadie notaría la forma en que mantenía el brazo derecho un poco más pegado al cuerpo.

El movimiento breve del hombro cuando creía que nadie lo miraba y la manera en que cerró y abrió los dedos dentro del guante antes de regresar al hielo.

—Le está doliendo —murmuré.

—¿A quién?

No respondí, pero Briana siguió mi mirada.

—Ah.

—No empieces.

—No dije nada.

—Pero lo pensaste.

—Bastante.

Puse los ojos en blanco.

Zak volvió al partido y, durante unos minutos, parecía estar bien.

Rápido, agresivo y controlando el disco como si no tuviera absolutamente nada malo hasta que recibió un golpe lateral, mi cuerpo se contrajo antes que el suyo.

Zak chocó contra la banda y el impacto dio exactamente en el lado lesionado.

Contuve la respiración cuando permaneció inmóvil durante un segundo antes de apartarse del borde y seguir jugando.

—Idiota —murmuré.

—Seguro que te oyó desde aquí —respondió Briana.

—Eso espero.

En la siguiente jugada, Zak falló un pase y Caleb recuperó el disco, avanzó, era otra gran oportunidad y los minutos siguientes parecieron pertenecerle a mi hermano.

Caleb estaba en todas partes. Interceptaba, creaba jugadas y obligaba a los rivales a cometer errores.

Cuando veía sus partidos desde pequeña, sabía reconocer cuándo entraba en ese estado en el que parecía olvidarse de todo lo que existía fuera de la pista y aquella noche estaba así y, lo mejor de todo, todos se estaban dando cuenta.

Incluidos los hombres sentados unos lugares más abajo de la sección reservada, los ojeadores.

Mi corazón se aceleró.

—Están tomando notas —dije.

Briana miró discretamente.

—Caleb está brillando.

—Dios mío.

—Respira.

—Estoy respirando.

Me reí nerviosa.

Cuando volví a mirar la pista, Zak estaba mirando directamente a Caleb.

Incluso desde la distancia, reconocí la tensión en su rostro, no parecía la mirada de un compañero satisfecho porque el equipo estuviera jugando bien, sino la de alguien viendo a otra persona ocupar demasiado espacio.

Entonces giró el rostro hacia las gradas y seguí la dirección de su mirada, fue fácil reconocer a Liam Prescott.

Incluso para quien no seguía el hockey, era lo bastante famoso como para llamar la atención.

Sentado a su lado había un hombre mayor y lo supe antes incluso de que Briana lo comentara.

—Es su padre.

—Eso imaginé.

Aquel hombre no parecía alguien viendo jugar a su hijo, no sonreía ni reaccionaba cuando Zak hacía una buena jugada. A su lado, Liam parecía muy diferente. En un momento determinado, se levantó para aplaudir una jugada de su hermano.

—Qué extraño —murmuré.

—¿Qué?

—Nada.

Volví a concentrarme en Caleb, era más seguro, acababa de recibir el disco otra vez. El partido siguió reñido hasta los últimos minutos, pero nuestro equipo se mantuvo por delante y cuando sonó la señal final, la arena estalló.

Me levanté.

—¡Ganaron!

Briana me abrazó rápidamente.

—Y tu hermano acaba de jugar probablemente el mejor partido de su vida.

Miré hacia la pista y Caleb estaba rodeado de sus compañeros.

Quería bajar hasta él en aquel mismo instante.

Quería abrazarlo y decirle que lo había visto todo, que había estado increíble, que nuestros padres se habrían sentido orgullosos.

La última idea apretó algo dentro de mi pecho y la aparté antes de que pudiera crecer.

—Vamos —dije.

Briana tomó su bolso y bajamos junto con parte de la multitud. Tardamos unos minutos en llegar a la zona por la que empezaban a salir los jugadores.

Lo vi antes de que él me viera.

—¡Caleb!

Se giró y la sonrisa apareció al instante. Corrí los últimos pasos y me lancé contra él.

—¡Estuviste increíble!

Caleb se rio y me abrazó con fuerza.

—Lo sé.

Me aparté de inmediato.

—Retiro todo lo dicho.

—Soy muy bueno, Hannah.

Le di un golpe en el pecho.

—Engreído.

—Gritaste mi nombre durante medio partido.

—Porque alguien tenía que compensar tu pequeño ego.

—¿Pequeño?

—Minúsculo.

Briana llegó detrás de mí.

—Felicidades. De verdad estuviste muy bien.

—Por fin alguien que me respeta.

—No exageres.

Se rio. Fue entonces cuando me di cuenta de que Caleb estaba mirando por encima de mi hombro. Su sonrisa desapareció y no tuve que girarme para saber quién era, pero aun así lo hice.

Zak venía por el pasillo, la bolsa deportiva colgaba de su lado izquierdo y el brazo derecho permanecía prácticamente inmóvil. Parecía cansado, más que cansado, irritado.

Todavía tenía el cabello húmedo, la mandíbula tensa y esa expresión en el rostro que empezaba a reconocer como una advertencia de que cualquier persona sensata debería mantenerse lejos, entonces sus ojos encontraron los míos y, por reflejo, miré hacia su hombro.

—Hannah —llamó Caleb.

Lo ignoré, mi atención parecía atrapada en aquel idiota. Caleb se acercó un poco más a mí.

—Vamos, Hannah —dijo.

Lo miré.

—Espera.

—¿Para qué?

—Yo solo...

Me detuve.

¿Yo solo qué? ¿Quería preguntarle si Zak sentía entumecimiento? ¿Si el fisioterapeuta iba a evaluarlo después? ¿Si había empeorado? No era mi responsabilidad. Tenía médico, fisioterapeuta y dinero suficiente para contratar a cualquier profesional que quisiera. Yo no necesitaba cuidar de él.

—Nada —concluí.

Caleb sujetó la correa de mi bolso.

—La fiesta empieza dentro de poco.

—¿Fiesta?

Briana respondió antes que él.

—La del equipo. Prometiste que irías conmigo.

Lo había prometido antes de descubrir que pasaría toda la noche prestándole atención a dos jugadores en lugar de a uno.

—Voy.

—Perfecto —dijo Caleb.