Capítulo 11
Zak Prescott
Al día siguiente, me desperté antes de que sonara la alarma, no porque estuviera nervioso, yo no me ponía nervioso antes de los partidos. A veces me irritaban, era diferente.
Me quedé unos segundos mirando el techo, sintiendo el peso del hombro incluso antes de intentar moverlo. El dolor seguía ahí, más débil que en los últimos días, concentrado en un punto específico que parecía protestar cada vez que olvidaba que debía tener cuidado.
El fisioterapeuta había sido claro, nada de contacto innecesario, nada de movimientos bruscos antes del partido. Calentamiento controlado y, si volvía el entumecimiento, debía salir del hielo. La última parte ya había decidido ignorarla.
Me senté en la cama y moví lentamente el brazo, estaba mejor. No perfecto, pero no necesitaba estar perfecto, solo necesitaba jugar mejor que Caleb.
Tomé el celular de la mesita de noche y había varias notificaciones. Un mensaje del entrenador con la hora a la que debíamos estar en la arena y otro de mi padre.
Richard: Tu hermano ya llegó. Estaremos en la sección reservada. Haz un buen partido.
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos. Haz un buen partido. No tenía otra opción.
Bloqueé el dispositivo y me levanté.
En el baño, observé mi reflejo mientras me cepillaba los dientes.
Las ojeras delataban que había dormido menos de lo necesario, pero el resto estaba exactamente como siempre.
Me veía bien. No importaba que mi hombro pareciera a punto de explotar cada vez que hacía determinado movimiento, nadie en las gradas lo vería, mucho menos los ojeadores.
Cuando bajé, Edgar ya estaba en la cocina, lo que por sí solo debería haber sido considerado un acontecimiento sobrenatural. Sostenía una taza de café en una mano y revisaba el celular con la otra.
—Estás despierto demasiado temprano.
Abrí el refrigerador y saqué una botella de agua.
—¿Dormiste?
—Lo suficiente.
—¿Tu hombro?
Lo miré.
—Sigue en el mismo lugar.
—Muy gracioso.
—Tú preguntaste.
Edgar bebió un sorbo de café.
—Archie ya salió.
—¿Adónde?
—Fue a buscar a Briana a la residencia.
Solté una risa breve.
—¿Ahora es chofer?
—Novio.
—Peor todavía.
Tomé algo para comer y me apoyé contra la barra. Edgar me observó durante unos segundos.
—¿Estás nervioso?
—No.
—Tu padre va a estar mirando.
—Lo sé.
—Liam también.
—También lo sé.
—Ojeadores.
Levanté la mirada.
—¿Quieres seguir enumerando cosas obvias o piensas llegar a algún punto?
Sonrió.
—Solo intento descubrir cuál de ellas te pone más nervioso.
—Ninguna.
—¿Caleb cuenta?
Se me tensó la mandíbula.
Hijo de puta.
—Ah —dijo—. Entonces tenemos un ganador.
—Cállate.
—Solo digo que quizá sería interesante intentar terminar el partido sin golpearlo.
—Depende de él.
—No. Normalmente depende de ti.
Tomé la botella.
—Deberías dejar de hablar antes de las nueve.
—Y tú deberías ir a terapia.
—Ya tenemos a Archie ocupando ese puesto.
Edgar soltó una carcajada.
Mi celular vibró sobre la barra y miré.
Hannah: Buena suerte hoy.
Me quedé quieto durante un instante, no tenía que responder. Volví a dejar el celular sobre la barra.
—¿Quién es? —preguntó Edgar.
—Nadie.
—Esa respuesta empieza a repetirse demasiado.
Lo ignoré y bloqueé la pantalla.
—Estás sonriendo —dijo Edgar.
Tomé mi bolsa, ignorándolo.
—Te veo en la arena esta noche. Voy a entrenar.
—Estaré allí.
La arena era diferente los días de partido. Incluso horas antes de la primera salida al hielo, ya había empleados recorriendo los pasillos, estudiantes intentando acceder a lugares donde no deberían estar y gente de la prensa organizando equipos cerca de las zonas reservadas.
Conocía aquel ambiente mejor de lo que conocía cualquier aula de la universidad. Allí sabía exactamente quién era. Capitán. Prescott.
El tipo que salía al hielo y hacía que los demás recordaran por qué estaban mirando. El problema era que aquel día había más gente prestando atención.
Caminé por el pasillo que llevaba al vestuario y encontré a Caleb apoyado cerca de la puerta, poniéndose los auriculares. Cuando me vio, la sonrisa apareció lentamente.
—El hombro sobrevivió.
Me detuve frente a él.
—¿Decepcionado?
—Un poco.
—Tendrás que esforzarte más si quieres mi puesto.
Caleb se rio cuando pasé junto a él y empujé la puerta.
—Prescott.
Me detuve.
—¿Qué?
—Tu hermano está aquí, ¿verdad?
Giré el rostro, Caleb seguía sonriendo.
—Escuché a algunos chicos comentándolo.
—¿Y?
—Nada. Debe ser genial tener a alguien de la NHL mirando.
—Concéntrate en tu partido.
—Lo haré. Es exactamente lo que pienso hacer —respondió Caleb.
Entré en el vestuario antes de que me entraran ganas de responder de otra manera.
Algunos jugadores ya se estaban cambiando, lancé mi bolsa sobre el banco y empecé a sacar mis cosas.
Mi hombro estaba bien y necesitaba seguir así. El entrenador entró poco después, acompañado por dos hombres a los que reconocí de inmediato. Ojeadores.
Las conversaciones en el vestuario disminuyeron.
—Sigan preparándose —dijo—. No están aquí para distraer a nadie.
Mentira, su presencia distraía a todos.
Cuando salimos a calentar, las gradas ya estaban prácticamente llenas.
El ruido era ensordecedor y las luces me molestaron, pero enseguida llegó aquella sensación familiar y todo lo que quedaba fuera del hielo dejó de importar.
Di la primera vuelta a la pista y sentí que el hombro respondía bien, todo parecía bajo control. Hasta que miré hacia la sección reservada. Liam fue la primera persona que reconocí, incluso sentado llamaba la atención. A su lado estaba mi madre y, por supuesto, mi padre.
Liam levantó una mano y respondí con un movimiento breve del stick. Entonces escuché unos gritos provenientes de otra zona de las gradas.
—¡CALEB!
No tuve que buscar demasiado. Hannah estaba de pie junto a Briana. Levantaba los brazos mientras llamaba a su hermano, completamente indiferente a las personas que la rodeaban. Caleb pasó cerca de la banda y levantó la mirada.
Su sonrisa cambió de inmediato, se volvió más amplia, más ligera. Apuntó el stick hacia ella y Hannah se rio. Mi mirada permaneció allí más tiempo del necesario, hasta que ella me encontró y su sonrisa disminuyó. No desapareció, simplemente cambió.
Hannah levantó una mano hacia mí en un pequeño saludo. Debería haberla ignorado, pero, en cambio, hice un breve movimiento con la cabeza. Sonrió y fue exactamente en ese momento cuando Caleb pasó junto a mí.
Interesante.
Tal vez acababa de encontrar algo que realmente fuera capaz de sacarlo de quicio.
—Buena suerte, capitán.
Aceleró antes de que pudiera responder. Cerré los dedos alrededor del stick y volví a mirar hacia las gradas. Hannah ya estaba hablando con Briana como si no acabara de darme una información que quizá valiera más de lo que imaginaba.
Richard seguía observándome. Los ojeadores estaban unos lugares más abajo y Caleb recorría el hielo intentando demostrar algo.
Perfecto, yo también tenía algo que demostrar.
Solo que, en aquel momento, empezaba a sentir curiosidad por otra cosa: ¿hasta dónde llegaría Caleb para proteger a su hermanita?
Y, sobre todo, ¿a qué estaría dispuesto a renunciar si se daba cuenta de que yo había descubierto exactamente dónde golpear?