Capítulo 9
Hannah Carter
Zak entregó su parte a las once cincuenta y siete de la noche. Yo estaba sentada en la cama, con la computadora portátil apoyada sobre las piernas y Briana mirando el celular a mi lado, cuando apareció la notificación en la plataforma.
Archivo enviado por Zak Prescott.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla.
—¿Qué pasa? —preguntó Briana.
—Lo entregó.
—¿Quién?
Giré la computadora hacia ella.
—Zak.
Briana levantó las cejas.
—¿Dentro del plazo?
—Podemos decir que sí.
—Eso es prácticamente una declaración de amor viniendo de él.
—No digas tonterías.
Abrí el archivo.
Esperaba encontrar tres páginas escritas a toda prisa, frases copiadas de algún artículo o una serie de argumentos tan superficiales que tendría que pasarme toda la madrugada corrigiéndolos.
En cambio, empecé a leer y me irrité. Muchísimo.
—Hijo de puta.
Briana se inclinó hacia mí.
—¿Está mal?
—No.
—Entonces ¿por qué estás insultando?
Deslicé la página.
—Porque está bien.
Se rio.
—Eso parece un problema extraño.
—Es un problema cuando alguien finge que no le importa, se queja de todo, dice que no quiere hacer nada y después entrega esto. —Señalé la pantalla.
Zak había utilizado correctamente las fuentes. Había organizado los argumentos. Había relacionado el poder económico, las redes familiares, las oportunidades de prácticas y el acceso a entornos profesionales exclusivos sin convertirlo todo en una opinión.
Hasta los datos estaban citados.
—Sabe escribir —murmuré.
—Imagino que la gente rica también aprende.
—No me refería a eso.
Seguí leyendo.
Había una frase resaltada en amarillo.
El privilegio no se limita al acceso inicial a las instituciones. Se reproduce a través de las relaciones construidas dentro de ellas, creando ventajas que se extienden mucho más allá del ámbito académico.
Me detuve.
—¿Qué? —preguntó Briana.
—Nada.
Solo que aquello parecía... demasiado consciente. No era la frase de alguien incapaz de reconocer su propio lugar dentro del sistema, Zak lo sabía, quizá no le importara, pero lo sabía.
Cerré el archivo y me recosté.
—Es peor de lo que pensaba.
Briana soltó una carcajada.
—¿Cómo puede entregar un buen trabajo convertirlo en alguien peor?
—Porque significa que podría haber colaborado desde el principio.
—Ah.
—No es desinteresado porque no pueda hacerlo. Es desinteresado porque sabe que puede elegir no hacerlo.
—Eso suena bastante a Zak.
—Exactamente.
Mi celular vibró, un nuevo mensaje.
Zak: Revísalo antes de quejarte.
Fruncí el ceño.
Yo: Ya lo revisé.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Zak: ¿Y?
Miré a Briana.
—Está esperando un elogio.
—Dáselo.
—No.
—Hannah.
—Solo hizo lo que le correspondía.
Escribí.
Yo: Está aceptable.
Aparecieron tres puntos, desaparecieron y volvieron.
Zak: ¿Aceptable?
Sonreí sin darme cuenta.
Yo: No esperes felicitaciones por hacer lo mínimo.
Zak: Eres insoportable.
Yo: Qué curioso. Iba a decir lo mismo.
Briana observaba mi rostro.
—Estás sonriendo.
Me detuve de inmediato.
—No lo estoy.
—Lo estabas.
—Era ironía.
—Claro. —Bloqueé el celular.
—Voy a dormir.
Briana se rio.
A la mañana siguiente, Zak no apareció en clase.
Intenté no fijarme, pero fracasé. Tal vez estuviera en fisioterapia o hubiera ignorado al médico y regresado al entrenamiento o simplemente hubiera decidido que entregar tres páginas era suficiente esfuerzo para una semana entera.
No era asunto mío, me lo repetí varias veces.
Funcionó muy mal.
Cuando salí del edificio principal cerca del mediodía, encontré a Caleb esperándome junto a las escaleras. Llevaba la sudadera del equipo, el cabello todavía húmedo y una bolsa deportiva.
—¿Almuerzas conmigo? —preguntó Caleb, pasándome un brazo por los hombros—. ¿Cómo va el proyecto con Prescott?
—Está colaborando.
—¿Sigue lesionado? —preguntó.
Reduje el paso.
—¿Cómo voy a saberlo?
—Se ven con frecuencia y no apareció en el entrenamiento de contacto.
—Tal vez el entrenador decidió darle descanso.
Caleb soltó una risa.
—Zak no acepta que le den descanso.
Yo lo sabía, más de lo que debería.
—Entonces pregúntale a él.
—Tú sabes algo.
—Sé que es terco.
—Eso lo sabe todo el mundo.
Llegamos a la cafetería y Caleb me sostuvo la puerta.
—Estás ocultando algo.
—No.
Era mentira, una pequeña, pero mentira y me di cuenta de que estaba haciendo exactamente lo que Zak me había pedido. No contarlo.
La sensación no me gustó.
—Hannah.
—¿Qué?
—No te metas en medio de esto.
—¿De qué?
—De mi problema con él.
—Ustedes no tienen un problema. Tienen una competencia idiota alimentada por testosterona y falta de madurez.
—Él me odia.
—Tú tampoco pareces desearle feliz cumpleaños.
—Es diferente.
—Claro.
Caleb eligió una mesa y dejó la bolsa en el suelo.
—Van a venir ojeadores al próximo partido.
—Lo sé.
—Zak también lo sabe.
—Me lo imagino.
—Y no le gusta.
—Caleb, a cualquier capitán le molestaría pensar que alguien intenta quitarle su puesto.
—Yo no estoy intentando quitarle nada.
Me senté frente a él.
—Entonces ¿qué intentas hacer?
—Jugar.
La respuesta fue sencilla.
—Mi beca depende de eso.
Aquello me dejó en silencio.
—Si juego bien, sigo. Si sigo, me quedo aquí. No tengo un padre patrocinando eventos ni un hermano en la NHL para abrirme una puerta cuando todo salga mal.
—No conviertas esto en una guerra.
—No soy yo.
—Los dos lo hacen.
Caleb me miró fijamente.
—Estás defendiéndolo otra vez.
—No estoy defendiendo a Zak. Estoy diciendo que no quiero verte perder la cabeza por su culpa.
—Yo no la pierdo.
Miré su labio.
—Claro.
Se dio cuenta.
—Aquello fue diferente.
—Fue exactamente lo mismo.
—Él me dio un puñetazo.
—Y tú sabías que tenía el hombro lesionado.
Caleb se quedó inmóvil. Mierda.
—¿Cómo sabes eso?
Aparté la mirada.
—Tú lo comentaste.
—Comenté que parecía estar protegiéndose el hombro.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Tomé el menú.
—Pidamos algo.
Caleb no apartó la mirada.
—Viste su hombro.
No respondí.
—Hannah.
—Estamos haciendo un proyecto juntos. Es difícil no darse cuenta cuando alguien apenas mueve el brazo.
—¿Te lo mostró?
Mi rostro se calentó en el peor momento posible y Caleb se dio cuenta.
—¿Qué mierda pasó, Hannah?
—Baja la voz.
—¿Viste a Zak sin camiseta?
Dos personas miraron hacia nuestra mesa.
—Caleb.
—Estoy preguntando.
—Porque no podía ponerse una camiseta solo.
El rostro de mi hermano cambió.
—¿Lo ayudaste?
—Estaba lesionado.
—No es tu responsabilidad.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
La pregunta me molestó porque Zak había hecho exactamente la misma.
—Porque podía ayudar.
—Él no haría lo mismo por ti.
—Tal vez no.
—Entonces para.
—No funciona así.
—Contigo nunca funciona así.
—¿Qué significa eso?
Caleb se pasó una mano por el cabello.
—Siempre intentas arreglar a todo el mundo.
—No estoy intentando arreglar a Zak.
—Todavía.
Sentí una presión en el pecho.
—Eso es ridículo, no tiene sentido. ¿Porque lo odias?
—Porque sé cómo trata a la gente.
—Y yo sé cuidarme sola.
Caleb soltó el aire.
—Solo prométeme una cosa, no confundas cualquier momento decente suyo con un cambio.
Pensé en el archivo entregado antes de la fecha límite, en la fisioterapia, en la forma en que Zak había aceptado ayuda aunque odiara cada segundo.
—No estoy confundiendo nada.
No estaba segura de eso.