Aunque sea mentira Capítulo 8
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Capítulo 8

Zak Prescott

La fisioterapia empezó a las siete de la mañana.

A las siete y diez, ya odiaba al fisioterapeuta, a las siete y veinte, estaba seguro de que disfrutaba comprobando hasta dónde podía moverme el brazo antes de que le ordenara detenerse.

A las siete y media, descubrí que el médico al que Hannah me había llevado había recomendado a un hijo de puta competente.

—Relaja el hombro —me pidió por tercera vez.

—Está relajado.

—No lo está.

—Entonces considera que este es el máximo nivel de relajación que vas a conseguir de mí.

Soltó mi brazo y retrocedió. Se llamaba Daves. Debía de tener poco más de treinta años, trabajaba con atletas profesionales y, al parecer, era inmune a las amenazas. El doctor Bennett lo había llamado personalmente la noche anterior y, sí, también era muy discreto.

—La inflamación ha disminuido desde ayer —dijo Daves.

—Entonces tengo autorización.

—No.

—¿Los médicos entrenan esa palabra?

—Soy fisioterapeuta.

—Lo mismo.

—No, no es lo mismo.

Apoyé la cabeza contra la camilla.

—¿Puedo entrenar hoy?

—Sin contacto.

—Eso no es entrenar.

—Entonces no entrenes.

Se me tensó la mandíbula, pero él lo ignoró. Presionó con dos dedos cerca de la parte anterior del hombro, el dolor seguía allí, pero no era tan intenso como el día anterior.

—¿Mejor?

—Un poco.

—¿Hormigueo?

—Menos.

—¿Pérdida de fuerza?

—Sigue igual.

—Eso importa.

—Para ti.

—Para cualquiera que quiera que sigas usando ese brazo dentro de unos años.

—Necesito que funcione para el partido.

Soltó un suspiro.

—Bennett me advirtió que eras difícil.

—Me conoce desde hace menos de cuarenta y ocho horas.

—Fue suficiente.

La fisioterapia terminó poco después de las ocho, salí con menos dolor y más restricciones. Daves me dio una serie de ejercicios suaves para hacer durante el día y repitió al menos cuatro veces que no debía recibir ningún contacto. Ignoré la mayor parte.

El celular sonó antes de que llegara al auto, era mi padre. Pensé en dejarlo sonar, pero contesté.

—¿Qué pasa?

—Buenos días para ti también —respondió Richard.

—Estoy ocupado.

—Me lo imagino.

Su tono ya me irritó antes de que dijera nada importante.

—Liam llega mañana.

—Lo sé.

—Se quedará en casa.

—Felicidades.

—Zak.

Aquella pausa siempre cargaba la misma amenaza. Contrólate y recuerda quién manda.

—¿Qué?

—Quiero que vengas a cenar con nosotros.

—Tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas?

—Universidad.

Soltó una risa breve.

—¿Desde cuándo te tomas la universidad tan en serio?

No respondí. Mi mirada cayó sobre la mochila en el asiento del copiloto, el artículo de Hannah estaba dentro.

—La cena es a las siete.

—Tengo entrenamiento.

—Dijiste que estabas ocupado con la universidad.

—Tengo las dos cosas.

—Vas a faltar al entrenamiento.

—No.

—Liam reorganizó su agenda para estar aquí.

—Eso no convierte mi agenda en basura.

—Tu hermano tiene una carrera.

—Yo también.

—Tú tienes una posibilidad de carrera. Liam ya demostró lo que puede hacer.

—Claro.

—Tú todavía lo estás intentando.

—Entonces quizá deberías dejarme entrenar.

—Una cena no va a destruir tu temporada.

Tal vez una lesión sí, pero eso no lo dije.

—Iré después.

—A las siete.

—Cuando termine.

—Zak.

—Tengo que colgar.

—No hagas que mande a alguien a buscarte.

Colgué antes de que continuara, el celular permaneció en mi mano y, durante unos segundos, me quedé mirando el reflejo de la pantalla oscura.

Liam había reorganizado su agenda.

Liam tenía una carrera.

Liam ya había demostrado.

Yo todavía lo estaba intentando.

Siempre era la misma mierda, desde niño, desde antes de entender por qué aquel apellido parecía pesar más sobre mí que sobre cualquier otro. Guardé el teléfono e intenté no pensar en eso durante el resto del día.

Fui al entrenamiento, aunque sabía que no debía. Entré en la arena por la puerta lateral, fui directo al vestuario y el entrenador estaba allí.

—Pensé que habías entendido que estabas apartado hasta una nueva evaluación.

—Me hice la evaluación.

Miró mi hombro.

—¿Y?

—Contusión. Nada roto.

—¿Autorizado?

—Parcialmente.

—¿Qué significa eso?

—Sin contacto hoy.

Entrecerró los ojos.

—¿Quién lo dijo?

—Un médico particular.

—Quiero el informe.

—No.

—Zak.

—Es información médica privada.

—Estás bajo la responsabilidad del equipo mientras entrenas.

—Entonces déjame hacer entrenamiento técnico y ya está.

El entrenador permaneció en silencio, yo sabía lo que estaba haciendo y él también. Si me apartaba por completo antes del partido, mi padre haría preguntas y nadie quería a Richard Prescott haciendo preguntas.

—Sin contacto —dijo finalmente—. Cualquier dolor fuera de lo normal, sales.

—De acuerdo.

Pasé junto a él y fui directo al vestuario, algunos jugadores me miraron. Caleb también. Su mirada cayó sobre mi hombro antes de volver a mi rostro.

—Milagro —comentó.

—¿Decepcionado?

—Pensé que pasarías unos días descansando.

—¿Soñaste conmigo?

Algunos jugadores se rieron. Caleb cerró el casillero.

—Te crees mucho porque eres el niño mimado de papá, pero sabes que no tienes suficiente talento.

Las ganas de cruzar el espacio y golpearlo aparecieron de inmediato, pero mi brazo derecho palpitó como recordatorio.

Hoy no.

—Sigue intentando ser mejor que yo —dije—. Es bonito ver a un becado creyendo en la movilidad social.

—Y es bonito ver a un heredero fingiendo que el talento viene incluido con el apellido.

Di un paso hacia él, pero el entrenador apareció en la puerta.

—Prescott. Todos al hielo.

Tomé mis guantes y pasé junto a Caleb, que seguía mirándome.

—Aprovéchalo mientras puedas.

—Claro que sí, capitán.

Ese día el entrenamiento fue una mierda, tal como había imaginado y, cuando por fin terminó, salí antes de que alguien intentara hablar conmigo. Mi hombro estaba caliente, peor que antes, pero todavía funcionaba y eso era suficiente por ahora.

Llegué a casa de mis padres poco después de las ocho. Había dos autos estacionados en la entrada, reconocí el de Liam inmediatamente.

Me quedé unos segundos dentro del mío antes de salir, pensé en marcharme no porque tuviera miedo de mi padre, sino porque simplemente sabía cómo terminaría aquella noche, con comparaciones, preguntas, consejos que nadie había pedido y Liam siendo Liam, Richard siendo Richard y yo fingiendo que no me importaba.

Entré y mi madre fue la primera en verme.

—Zak.

Evelyn se levantó del sofá y vino hacia mí, el abrazo fue rápido y cuidadoso, como si todavía tuviera doce años.

—Llegas tarde.

—Lo sé.

—Tu padre está irritado.

—Eso tampoco es ninguna novedad.

Frunció el ceño.

—¿Estás bien?

—No es como si a ustedes les importara, ¿verdad, mamá?

Liam apareció antes de que ella respondiera. Mi hermano mayor se veía exactamente como la gente esperaba que se viera un jugador de la NHL. Alto, fuerte y seguro de sí mismo.

Abrió los brazos.

—Por fin.

—¿Me extrañaste?

—No exageres.

Nos abrazamos rápidamente.

—Estás más grande —comentó.

—Tú estás más viejo.

—Hijo de puta.

—Estrella de la NHL.

Liam sonrió. Era difícil odiarlo y esa era parte del problema. Nunca había sido cruel conmigo. Nunca lo necesitó, las comparaciones hacían el trabajo por sí solas.

—¿Cómo está el equipo? —preguntó.

—Bien.

—Me enteré de que hay un chico nuevo llamando la atención.

—Caleb.

—Ese.

—¿Quién te lo contó?

—Algunos ojeadores comentan sobre él. ¿De verdad es bueno?

—Algunos días.

Liam se rio.

—Entonces es bueno.

—No necesariamente.

—Siempre fuiste pésimo admitiendo cuando alguien juega bien.

—Y a ti siempre te gustó parecer sabio. Debe de ser agotador ser perfecto.

Su sonrisa disminuyó.

—Nadie dijo eso.

Antes de que pudiera responder, la voz de mi padre llegó desde el comedor.

—Zak.

Liam me puso una mano sobre el hombro, el derecho y el dolor me atravesó el brazo. Apartarme me habría delatado, así que no me moví.

—Vamos —dijo.

Fuimos hasta allí. Richard estaba sentado en la cabecera de la mesa y no se levantó cuando entré, solo miró el reloj.

—Ocho y diecisiete.

—Felicidades.

Mi madre cerró los ojos por un instante y Liam sacó una silla.

—Comamos antes de que empiecen.

Me senté.

—¿Entrenaste? —preguntó mi padre.

—Sí.

—Quiero que estés bien.

Casi me reí, no por la preocupación, sino por el verdadero significado.

Quiero que juegues bien.

—Lo estaré.

Liam empezó a servirse la comida.

—No hace falta convertir mi visita en presión —dijo Liam.

Lo miré.

—Yo no voy a convertirla en nada.

—Papá lo está haciendo.

Richard dejó los cubiertos.

—Nadie está convirtiendo nada. Zak es capitán y debe comportarse como tal.

—Lo hago.

—Golpear a un compañero de equipo no es liderazgo.

—Richard —intervino mi madre, pero él la ignoró.

—Un capitán no demuestra inseguridad cuando aparece competencia.

—No estoy inseguro.

—Entonces deja de hablar de Caleb como si estuviera robándote algo.

—Está intentando quitarme mi puesto.

—Esa es su función.

La respuesta vino de Liam y me giré inmediatamente.

—Gracias por el apoyo.

—Estoy siendo sincero. Todos los jugadores quieren ascender. Tú harías lo mismo.

—Yo no soy él.

—Menos mal —dijo mi padre.

Giré el rostro hacia él.

—¿Qué significa eso?

Richard dejó los cubiertos con calma.

—Significa que ya tuvimos un hijo que pasó demasiado tiempo luchando por seguir donde estaba.

El aire pareció desaparecer de la habitación. Mi madre dejó de mover el tenedor y Liam se quedó inmóvil. El nombre de Ethan no fue pronunciado, pero no hacía falta.

Mi hombro empezó a palpitar con más fuerza, aunque sabía que el dolor no tenía nada que ver con la lesión.

—No hagas esto —murmuró mi madre.

Mi padre ni siquiera la miró.

—¿Hacer qué? ¿Decir la verdad?

—No metas a Ethan en esta conversación.

—Forma parte de esta familia.

Solté una risa seca.

—Qué gracioso. La mayor parte del tiempo actúan como si fuera un tema prohibido.

Richard me miró fijamente.

—Tal vez porque algunos aprendimos algo de lo que pasó.

—¿Y qué se supone exactamente que debía aprender yo, papá?

—Que las oportunidades no duran para siempre. Que el cuerpo puede fallar. Que ningún talento importa si no estás disponible para utilizarlo.

—¿Esto es sobre mi partido o sobre él?

—Te estoy diciendo que lo tienes todo en las manos y sigues encontrando formas de ser un fracasado que no sirve para nada.

Mi madre empujó la silla unos centímetros.

—Richard, basta.

—No. Necesita oírlo.

Miré a Liam, mi hermano parecía incómodo. Perfecto. Al menos alguien en aquella mesa todavía tenía la capacidad de sentir vergüenza.

—Zak —me llamó Liam.

—No.

Volví a mirar a mi padre.

—Termina.

Richard permaneció en silencio durante un instante.

—Ethan habría dado cualquier cosa por tener el cuerpo que tú tienes.

Sentí que el pecho se me cerraba y los recuerdos llegaron sin pedir permiso: la habitación del hospital, los tubos, mi madre llorando a escondidas en el baño, mi padre hablando con los médicos en el intento inútil de negociar con la muerte.

Yo era demasiado pequeño para entender por qué todos me miraban esperando algo que jamás podría darles.

Se suponía que debía haber nacido llevando conmigo una solución que no llevaba y, de alguna manera, aquello siempre había parecido un fracaso mío.

—No hables como si yo hubiera robado algo —respondí.

Mi voz salió baja y Richard entrecerró los ojos.

—No dije eso.

—No hace falta.

—Zak —advirtió mi madre.

—¿Cuántas veces tuve que escuchar que Ethan lo habría hecho mejor? ¿Cuántas veces tuve que oír que era más disciplinado, más fuerte, más decidido?

—Porque lo era.

El silencio después de la respuesta fue absoluto. Liam cerró los ojos durante un segundo y mi mano izquierda se cerró sobre el borde de la mesa.

—Papá —lo llamó, ahora con más firmeza.

Richard siguió mirándome.

—Ethan luchaba por cada día.

—¿Y qué se suponía que debía hacer yo? ¿Pedir perdón por seguir vivo?

Mi madre palideció.

—Zak.

—Eso no es lo que quiso decir —dijo Liam.

—¿No? Porque parece bastante claro.

Richard se inclinó un poco hacia delante.

—Estoy intentando hacerte entender lo que tienes.

—No. Estás intentando recordarme lo que no fui capaz de hacer.

Su expresión cambió.

—Yo era un niño —dije.

Mi madre bajó la mirada, Liam se quedó completamente inmóvil y mi padre no respondió.

Me ardía el pecho.

—Yo no elegí nacer para salvar a nadie.

La frase salió antes de que pudiera detenerla y ahora ninguno de ellos parecía respirar bien. Tal vez ya era hora de que alguien más sintiera el peso de aquello además de mí.

—Zak —murmuró mi madre.

—No.

Aparté la silla.

—Yo no elegí ser compatible o incompatible. No elegí si mi cuerpo serviría o no. No elegí llegar a esta familia con la función de salvarle la vida a alguien antes siquiera de saber hablar.

Richard se puso rígido.

—Nadie te culpó nunca.

Solté una risa vacía.

—Solo pasaron años recordándome que fracasé de todos modos.

—Eso no es verdad —respondió Liam.

Lo miré.

—Tú nunca supiste cómo me sentía. Cómo me siento.

Liam abrió la boca, pero lo detuve.

—Tú eras el hijo que salió bien. Ethan era el hijo que necesitaba ser salvado.

Recorrí la mesa con la mirada.

—Y yo era el plan que fracasó.

Mi madre se llevó una mano a la boca, mi padre permaneció en silencio.

Me levanté y el dolor del hombro explotó con el movimiento. Lo ignoré.

—Zak, siéntate —ordenó Richard.

—Vete a la mierda.

—No me hables así.

—Entonces deja de hablarme como si fuera una inversión que no dio el rendimiento esperado.

Salí del comedor, detrás de mí, oí a mi madre llamar mi nombre. Después a Liam, pero no me detuve, porque lo peor no era que mi padre todavía pudiera herirme, era saber que una parte de mí seguía intentando demostrar, todos los días, que mi nacimiento no había sido un desperdicio.