Capítulo 7
Zak Prescott
El médico confirmó lo que yo ya sabía, mi hombro no estaba roto. El resto de la consulta fue solo una sucesión innecesaria de palabras caras, advertencias y preguntas que no tenía intención de responder.
Contusión severa. Inflamación. Distensión muscular. Posible afectación leve del manguito rotador. Nada que justificara dejarme fuera del próximo partido, al menos esa fue la parte que decidí entender.
—Tuviste suerte —dijo el médico, observando las imágenes en el monitor—. No hay fractura ni signos evidentes de una rotura completa.
Me senté en el borde de la camilla, con el brazo derecho pegado al cuerpo.
—Entonces puedo jugar.
Giró lentamente la silla hacia mí.
—Eso no es lo que dije.
—Acabas de decir que no está roto.
—Que el hueso esté intacto no significa que el hombro esté sano.
Hannah estaba apoyada contra la pared cerca de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión satisfecha por haber encontrado por fin a alguien dispuesto a llevarme la contraria.
—Te lo advertí —dijo.
—Nadie te preguntó.
—También te dije que sería discreto.
—Su discreción todavía está siendo evaluada.
El médico se quitó los anteojos y los dejó sobre la mesa.
Se llamaba doctor Bennett. Tenía poco más de cincuenta años, el cabello canoso y una tranquilidad que empezó a irritarme cinco minutos después de que entráramos en el consultorio.
Hannah tenía razón en una cosa: no hacía preguntas innecesarias. Preguntó cómo había ocurrido el accidente, si había perdido el conocimiento, si había sentido dolor en el cuello y si había consumido alcohol. Respondí solo lo que consideré importante y no insistió. Tal vez por eso seguía allí.
—Será necesaria una resonancia para descartar una lesión más grave —explicó—.
Por la evaluación inicial y las imágenes que hemos podido obtener ahora, tienes una contusión importante, inflamación y probablemente una distensión.
Tu amplitud de movimiento está limitada y el hormigueo indica irritación o compresión nerviosa.
—¿Esto mejora antes del partido?
—Depende de cuándo sea el partido.
—Dentro de cuatro días.
El médico me miró y Hannah soltó el aire a mi lado.
—No puede jugar, ¿verdad? —preguntó.
—Puedo responder yo solo.
—Hasta ahora, solo respondes lo que te gustaría que fuera verdad.
—Nadie te pidió que vinieras.
—En realidad, sin mí todavía estarías fingiendo que el hielo derretido cura una lesión.
—Basta —interrumpió el médico, aunque una pequeña sonrisa amenazaba con aparecer en su rostro.
Señalé a Hannah con la mano izquierda.
—Díselo a ella.
—Se lo digo a los dos.
Hannah cerró la boca y yo también, aunque solo porque necesitaba escuchar la respuesta.
El médico volvió a observar el monitor.
—Cuatro días es muy poco tiempo. Lo ideal sería reposo absoluto, hielo, medicación antiinflamatoria durante un periodo corto y fisioterapia. Nada de entrenamientos ni contacto hasta una nueva evaluación.
—¿Y la opción que no implica sacarme del hielo?
—No existe una opción segura que garantice tu participación.
—No pedí garantías.
—Zak —llamó Hannah, pero la ignoré.
—Necesito una forma de jugar.
El doctor Bennett apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Quieres que te diga que puedes seguir usando el brazo con normalidad, pero no puedo hacerlo.
—Quiero que me diga qué tiene que pasar para que esté sobre el hielo dentro de cuatro días.
Guardó silencio y yo conocía ese tipo de pausa. Era la pausa de las personas que sabían que no aceptaría la respuesta sencilla.
—Primero, tienes que suspender los entrenamientos de contacto hasta el partido —dijo finalmente.
—No.
—Entonces hemos terminado.
Se me tensó la mandíbula.
—Puedo hacer entrenamiento técnico.
—Sin contacto, sin levantamiento de pesas y sin movimientos repetitivos por encima de la cabeza.
—El hockey exige usar el brazo.
—También exige que puedas moverlo.
Hannah apartó el rostro, probablemente para ocultar una sonrisa.
—¿Te estás divirtiendo? —pregunté.
—Mucho. Es raro encontrar a alguien capaz de decirte que no tantas veces en la misma conversación.
—Puedo dejarte volver caminando al campus.
—Fui yo quien te trajo.
—Los dos —advirtió el médico.
Hannah volvió a apoyarse contra la pared.
—Está bien.
El doctor Bennett se levantó y se acercó.
—Existe la posibilidad de que puedas participar, pero depende de cómo responda tu cuerpo durante las próximas cuarenta y ocho horas.
Eso captó mi atención.
—Continúe.
—Inmovilización relativa hoy. Hielo a intervalos regulares. La medicación prescrita, sin superar la dosis. Nada de alcohol. Mañana, una sesión de fisioterapia para reducir la inflamación y evaluar fuerza y movilidad.
—¿Y después?
—Una nueva evaluación dentro de dos días. Si el hormigueo desaparece, recuperas fuerza y alcanzas una amplitud de movimiento aceptable sin un aumento significativo del dolor, podemos considerar un vendaje funcional para limitar los movimientos más arriesgados.
—Entonces puedo jugar.
—He dicho considerar.
—Es suficiente.
—No, no lo es —intervino Hannah—. Dijo que primero tienes que mejorar.
Giré el rostro hacia ella.
—¿Viniste como conductora o como traductora?
—Como la persona que sabe que vas a ignorar la mitad de las indicaciones en cuanto salgas de aquí.
—No necesito supervisión.
—Necesitaste ayuda para ponerte una camiseta.
El médico arqueó una ceja.
—Eso fue antes —dije.
—Hace menos de una hora —replicó Hannah.
—Mi movilidad ha mejorado.
—Ni siquiera has intentado levantar el brazo desde que llegamos.
—Porque él dijo que no lo levantara.
—Entonces sabes obedecer.
—Solo cuando la orden tiene sentido.
—¿Ninguna de las mías lo tenía?
—Pocas.
Hannah abrió la boca para responder, pero el médico levantó una mano.
—Voy a repetirlo una sola vez. Aunque consigas jugar, habrá riesgo.
—Siempre hay riesgo.
—En este caso, un nuevo impacto puede convertir una distensión tratable en una lesión que requiera meses de recuperación. Dependiendo del daño, quizá cirugía.
Cirugía. Meses fuera. Caleb ocupando mi lugar. Liam observando mientras yo permanecía sentado en el banquillo. Mi padre restregándome la decepción por la cara.
—Eso no va a pasar —respondí.
—No puedes controlar la fuerza de un golpe.
—Puedo controlar cómo lo recibo.
—No lo controlaste en el último entrenamiento —dijo Hannah.
La miré.
—Tu hermano golpeó un hombro que ya estaba lesionado.
—Exactamente. Y los otros jugadores pueden hacer lo mismo.
—Eso no va a pasar, nadie va a ocupar mi lugar en el partido —repetí.
Me levanté de la camilla. El dolor me atravesó el hombro, pero no dejé que apareciera en mi rostro.
—Tienes que dejar de tratar esto como una simple competencia entre Caleb y tú.
—Es una competencia.
—La diferencia es que él no tiene un padre capaz de proteger su puesto si algo sale mal —respondió.
Entrecerré los ojos.
—¿Crees que mi padre protege mi puesto?
—Creo que tu apellido abre puertas que permanecerían cerradas para mi hermano.
—¿Y crees que eso significa que no necesito merecer lo que tengo?
—Creo que significa que puedes cometer errores que destruirían la carrera de Caleb.
El médico nos observaba a los dos, probablemente arrepentido de haber aceptado aquella consulta.
Hannah tenía razón en una parte, la universidad se lo pensaría dos veces antes de castigarme.
Patrocinadores, donaciones y contactos lo garantizaban.
Pero no tenía ni idea de que mi padre sería la primera persona en destruirme si lo avergonzaba.
Richard Prescott no me protegía, protegía el apellido y solo mientras yo le resultara útil.
—¿Terminaste? —pregunté.
—Por ahora.
Me volví hacia el médico.
—Haga lo que tenga que hacer.
—Eso incluye seguir las indicaciones.
—Incluye conseguir que juegue.
—Incluye intentar evitar que destruyas tu propio hombro antes de llegar a la NHL.
—¿Cuánto dura la fisioterapia mañana?
—Aproximadamente una hora.
—Prográmela temprano.
—Tienes clase —recordó Hannah.
—Y eso no tiene nada que ver contigo.
El médico terminó de escribir y me entregó la receta.
—Voy a conseguirte un cabestrillo discreto y ajustarlo antes de que te vayas. También me pondré en contacto con un fisioterapeuta de confianza. Atiende a deportistas y no tiene ningún vínculo con la universidad.
El doctor Bennett tomó un cabestrillo negro, lo bastante pequeño como para ocultarlo bajo el abrigo, ajustó las correas, colocó mi brazo y volvió a explicarme todo lo que no debía hacer. Hannah escuchó cada palabra, probablemente para utilizarla contra mí más tarde.
Cuando salimos del consultorio, el sol ya estaba más alto. El estacionamiento estaba casi vacío y mi auto seguía en la zona lateral, bueno, el auto de sustitución que me había dado el seguro.
—Sube al auto. Te llevaré al campus.
Hannah me miró.
—O podemos usar el resto de la mañana para avanzar con el proyecto.
Solté el aire por la nariz.
Después del médico, las pruebas, las recomendaciones y un cabestrillo que pensaba ocultar en cuanto fuera posible, lo último que quería era pasar unas horas más discutiendo artículos académicos. Pero ella había faltado a clase por mi culpa y yo todavía no había hecho prácticamente nada de mi parte.
—Como quieras —acepté, a regañadientes.
La sonrisa que apareció en su rostro fue demasiado pequeña para justificar la irritación que sentí.
—Guau.
—¿Qué?
—Nada. Solo intento procesar el hecho de que Zak Prescott haya aceptado algo sin discutir durante diez minutos.
—No te acostumbres.
—Ya dijiste eso unas tres veces hoy.
—Tal vez porque te cuesta entender.