Capítulo 6
Hannah Carter
Caleb dijo que estaba tomando una decisión idiota. Briana dijo que estaba tomando una decisión necesaria. Preferí creerle a Briana.
La casa de los Bad Kings parecía menos amenazante bajo la luz de la mañana.
Seguía siendo demasiado grande y oscura, lo que me hacía imaginar cuántas cosas ocurrían allí después de que el campus se quedaba dormido.
Pero no había música alta, chicas desperdigadas por la entrada ni jugadores borrachos tropezando por el jardín.
Solo dos vasos desechables abandonados en uno de los escalones y una chaqueta colgada de la barandilla del porche.
Subí los escalones, toqué el timbre y esperé.
Ninguna respuesta.
Volví a tocar. Casi un minuto después, la puerta por fin se abrió.
Edgar apareció con pantalones de chándal y una camiseta arrugada. Tenía el cabello revuelto y parecía haber sido arrancado de una muerte temporal.
—¿Estás perdida?
—Espero que no.
Parpadeó varias veces, todavía intentando reconocer mi rostro.
—¿Hannah?
—Sí.
Edgar miró por encima del hombro hacia el interior de la casa y después volvió a mirarme.
—Son las siete de la mañana.
—También sé leer la hora.
—Eso es perturbador.
—¿La hora o el hecho de que sepa leerla?
—Que alguien aparezca en esta casa antes de las diez por voluntad propia.
—No fue exactamente por voluntad propia. Tengo un proyecto con Zak.
La somnolencia desapareció parcialmente de su rostro, sustituida por una expresión divertida.
—Claro que sí.
—¿No te avisó que vendría?
Edgar abrió más la puerta.
—Zak no avisa las cosas. Espera que el resto del mundo las descubra por su cuenta.
—Eso explica muchas cosas sobre él.
Entré y la sala mostraba rastros de la noche anterior. Había algunas botellas vacías sobre la mesa de centro, una caja de pizza cerrada en el suelo y ropa esparcida por el respaldo del sofá. Aun así, estaba más ordenada de lo que había imaginado.
Tal vez alguien cobrara por limpiar aquella casa. Considerando quiénes eran sus habitantes, probablemente sí.
—¿Está despierto? —pregunté.
Edgar miró hacia el piso superior.
—Esa es una pregunta difícil.
—Quedamos a las siete.
—Para Zak, los horarios funcionan más como sugerencias.
—Para mí, funcionan como horarios.
Sonrió.
—Ahora entiendo por qué los pusieron juntos.
—¿Como un castigo colectivo?
—Como un experimento social.
Dejé la mochila sobre un sillón.
—¿Puedes despertarlo?
—Puedo.
Edgar no se movió.
Esperé unos segundos.
—¿Vas a hacerlo?
—Estoy evaluando cuánto me gusta seguir con vida.
Antes de que pudiera responder, se oyeron pasos en la escalera.
Archie bajó con una camiseta negra y pantalones de chándal. Sostenía una taza de café en una mano y parecía mucho más despierto que Edgar, aunque igual de poco satisfecho de encontrar a alguien en aquella casa tan temprano.
Se detuvo al verme.
—Hannah.
—Buenos días.
Su mirada fue hacia Edgar.
—¿Por qué está aquí?
—Proyecto con el príncipe de hielo.
Archie bebió un sorbo de café.
—No durmió mucho.
La información hizo que mi mirada subiera involuntariamente hacia el piso superior.
—¿Por el hombro?
Los dos intercambiaron una mirada rápida.
Demasiado rápida.
—¿Qué hombro? —preguntó Edgar.
Crucé los brazos.
—El derecho. Ese que apenas puede mover.
—Zak siempre parece rígido —respondió Edgar.
—Estoy hablando del brazo, no de su personalidad.
Archie casi sonrió, pero la expresión desapareció antes de llegar a formarse por completo.
—¿Te dijo algo? —preguntó.
—No. Zak no parece el tipo de persona que admite sentir dolor.
—Por fin alguien lo conoce —murmuró Edgar.
—¿Van a llamarlo o no?
—Entonces quizá sea mejor que esperes aquí abajo —sugirió Archie.
—No crucé el campus para esperar a que se despierte cuando le apetezca.
Volví a tomar la mochila.
—¿Dónde está su habitación?
Archie se puso todavía más serio.
—No vas a subir.
—No pretendo irrumpir en ningún sitio. Voy a llamar a la puerta.
—A Zak no le gusta que entren en su habitación.
—Y a mí no me gusta que fijen una hora y no aparezcan. ¿Qué puerta es?
Edgar señaló hacia el piso superior.
—La última a la izquierda.
Archie giró el rostro hacia él.
—¿Qué? —preguntó Edgar—. La habría encontrado sola.
—Gracias.
Empecé a subir.
—No digas que no te lo advertimos —dijo Archie detrás de mí.
—Lo recordaré durante el funeral.
El pasillo de arriba estaba en silencio. La alfombra amortiguaba mis pasos y todas las puertas permanecían cerradas, excepto la última a la izquierda.
Estaba entreabierta.
Me detuve frente a ella y llamé dos veces.
—¿Zak?
Ninguna respuesta.
Volví a llamar, un poco más fuerte.
—Son las siete y diez.
Esperé unos segundos antes de empujar la puerta apenas lo suficiente para mirar dentro.
La habitación era más grande que todo el dormitorio que compartía con Briana. Una cama amplia ocupaba el centro, había un escritorio cerca de la ventana y un televisor enorme colgado en la pared. Había algo de ropa tirada sobre una silla, pero, aparte de eso, todo parecía demasiado ordenado.
Zak estaba sentado en el borde de la cama, sin camiseta. Tenía la cabeza agachada y el antebrazo derecho descansaba sobre el muslo. Una bolsa de hielo parcialmente derretida seguía sobre su hombro, sujeta de cualquier manera con una toalla que ya se había deslizado hasta el brazo.
El hematoma era peor de lo que había imaginado.
Tonos morados y rojizos se extendían desde la clavícula hasta la parte superior del brazo. La piel parecía hinchada y la forma en que mantenía el cuerpo rígido dejaba claro que cualquier movimiento le provocaba dolor.
Se me encogió el estómago.
—Llamé —avisé.
Zak levantó la cabeza.
Por un instante pareció desorientado. Tenía los ojos pesados, el cabello rubio cayéndole sobre la frente y su habitual expresión arrogante había desaparecido. Duró poco, en cuanto me reconoció, volvió a su lugar.
—Y decidiste entrar sin recibir respuesta.
—Tu puerta estaba abierta.
Su mirada recorrió mi rostro y después bajó hasta la mochila en mi hombro.
—De verdad viniste.
—Habíamos quedado.
—Pensé que te rendirías.
—Entonces todavía no me conoces.
Zak retiró la toalla, haciendo que la bolsa de hielo cayera sobre la cama. Una contracción le atravesó el rostro antes de que pudiera ocultarla.
—Estás peor —observé—. ¿Puedes levantar el brazo?
—Puedo.
—Muéstrame.
—No.
—Entonces no puedes.
Me miró fijamente.
—¿Viniste a hacer un proyecto o una evaluación médica?
—El proyecto. Pero es difícil ignorar que tu hombro parece a punto de separarse del resto de tu cuerpo.
—No necesito que cuides de mí.
—Perfecto. No pensaba hacerlo.
Dejé la mochila sobre la silla frente al escritorio.
—Ponte una camiseta y baja.
—Vamos a trabajar aquí.
Me giré hacia él.
—No.
—La sala está ocupada.
—Por Archie y Edgar tomando café.
—Van a interrumpir.
—La puerta se queda abierta.
Miré hacia el pasillo y cualquiera que subiera podría vernos.
—Y tú te pones una camiseta —determiné.
—¿Te incomoda?
—No quiero pasarme la mañana mirando tu pecho.
—Llevas mirándolo desde que entraste.
Sentí que el rostro se me calentaba.
—Estoy mirando el hematoma. ¿Qué pasó?
—No importa.
—¿Fue el accidente?
Su mirada se enfrió.
—Choqué el auto.
—Chocaste el auto y no fuiste al hospital.
—El auto no estaba en condiciones de llevarme.
—Eso no tiene gracia.
—No era una broma.
Pero la forma en que mantenía el brazo inmóvil y los dedos ligeramente curvados me recordó a Caleb durante algunas de sus lesiones.
—¿Sientes hormigueo en la mano? —pregunté.
—No.
—¿Pérdida de fuerza?
—No.
—¿Dolor que sube hasta el cuello?
—Hannah.
—Caleb ya tuvo una lesión parecida.
Volvió a mirarme.
—Deja de compararme con tu hermano.
—No los estoy comparando. Estoy comparando síntomas.
—No conoces los míos.
—Porque mientes.
—Entonces deja de preguntar.
Volví a abrir la computadora portátil.
—Bien.
Escribí algunas líneas, Zak tomó uno de los artículos impresos y empezó a leer. Permanecimos en silencio durante unos minutos, él sostenía las páginas con la mano izquierda. Cuando intentó separar dos hojas con la derecha, los dedos le fallaron. El papel resbaló y cayó sobre el colchón.
—Caleb perdió fuerza cuando se lesionó el hombro —comenté.
—¿No ibas a parar?
—Cambié de opinión.
Abrí la mochila y saqué una venda elástica, una compresa fría y un pequeño rollo de cinta deportiva.
Zak observó todo.
—¿Trajiste un botiquín médico para hacer un proyecto?
—Llevo algunas cosas por Caleb.
Dejé los materiales sobre el escritorio.
—Puedo estabilizarte el brazo durante unas horas. Eso debería reducir los movimientos y aliviar parte del dolor.
—No.
—No es un tratamiento. Aun así, tienes que hacerte pruebas.
—Sigue siendo no.
—Entonces sigue dejando caer hojas y fingiendo que puedes mover la mano.
Me lanzó una mirada fría.
—No te necesito.
—Nunca dije que me necesitaras.
—Entonces ¿por qué insistes?
La pregunta me hizo detenerme.
—Porque sé lo que pasa cuando alguien convierte una lesión de dos semanas en dos meses lejos del deporte.
Su mirada bajó hacia la venda.
—¿Caleb hizo eso?
—Siguió entrenando a escondidas. Empeoró la lesión y casi perdió una temporada entera.
—¿Dos meses?
—Sí.
Zak guardó silencio. Después soltó el aire y apoyó la cabeza contra la pared.
—Hazlo.
—¿Qué?
—No me obligues a repetirlo.
—Necesito oírlo con claridad para que después no me acuses de haber invadido tu habitación y atacarte con una venda elástica.
Entrecerró los ojos.
—Puedes ocuparte del hombro.
—No soy médica.
—Ya lo entendí.
—Y esto no sustituye unas pruebas.
—Hannah.
—Bien.
Zak Prescott
Cerró la pequeña bolsa, pero no guardó los materiales.
—Conozco a un médico.
Volví a mirarla.
—Felicidades.
—Es discreto.
—Cuidar de mi vida no entra en tus responsabilidades.
—No estoy intentando cuidar de tu vida. Estoy intentando evitar que empeores una lesión que claramente vas a ignorar.
—Hablas demasiado.
—Y tú necesitas jugar.
La frase me dejó en silencio.
—Ya ha atendido a Caleb algunas veces —continuó—. No hace preguntas innecesarias, no comenta nada con nadie y puede examinarte el hombro sin convertirlo en un espectáculo.
Me miró durante unos segundos, como si estuviera decidiendo si todavía valía la pena insistir.
—Puedo ir contigo ahora por la mañana.
Solté una risa breve.
—¿Vas a faltar a clase?
—Te duele y esto parece urgente.
—¿Y desde cuándo mis urgencias valen más que tu beca?
Hannah apretó los labios.
—No valen más.
—Entonces ve a clase.
—Puedo decirle al profesor que tuve una emergencia familiar.
—Yo no soy tu familia.
—Por suerte.
—Entonces deja de actuar como si fueras responsable de mí.
—No soy responsable de ti. Solo te estoy ofreciendo una solución.
—Una solución que implica faltar a clase, cruzar la ciudad y entregar mi hombro a un médico elegido por tu hermano.
—Un médico que puede decirte si puedes jugar o si vas a destrozarte el brazo para siempre.
Se me tensó la mandíbula.
—Voy a jugar.
—Entonces quizá sea mejor descubrir cómo hacerlo sin causarte un daño permanente.
Tenía razón. Y eso solo hacía que todo fuera aún más insoportable.
—¿Cuánto tiempo?
—¿La consulta?
—No. El viaje alrededor del mundo.
Hannah puso los ojos en blanco.
—¿Cómo sabes que está lejos?
—Debe de estar en algún suburbio lejos de aquí.
—Eres insoportable. Queda a menos de una hora, si puede atendernos ahora.
—Llámalo. Solo una cosa —dije.
—¿Qué?
—Nadie puede enterarse.
—Te dije que es discreto.
La discreción no era lo único que me preocupaba.
Los médicos hacían preguntas. Registraban información.
Escribían informes. Y los informes tenían la desagradable costumbre de llegar a las personas equivocadas.
Bastaba una llamada para que me dejaran fuera del próximo partido antes incluso de que alguien descubriera qué demonios tenía en el hombro.
No confiaba en aquel médico y tampoco confiaba en Hannah. Aun así, necesitaba jugar.
La observé mientras se llevaba el teléfono al oído. Yo no le debía nada y aquello no nos convertía en aliados, Hannah era solo el camino más corto entre yo y la posibilidad de seguir sobre el hielo.
Eso era lo que necesitaba creer, porque admitir que había aceptado la ayuda de una becada a la que conocía desde hacía pocos días ya sería suficientemente malo.