Capítulo 5
Zak Prescott
—¿De verdad estás lesionado? —preguntó alguien detrás de mí.
Giré el rostro de inmediato.
—Métete en tus asuntos —gruñí, y el jugador levantó las manos antes de volver a su casillero.
Todos fingían estar concentrados en sus propias cosas, pero lo habían visto y esa era la peor parte. No el dolor, sino que me vieran sintiéndolo.
Tomé la bolsa con la mano izquierda y salí, pero el fisioterapeuta del equipo me esperaba en el pasillo.
Estaba apoyado contra la pared, sosteniendo una carpeta y con la expresión de quien ya había recibido todas las órdenes necesarias.
—Sala de evaluación, Prescott.
—Tengo clase.
—Dentro de casi dos horas.
—Tengo otras cosas que hacer. —Seguí caminando.
—Si sales de la arena sin que te evalúe, el entrenador te dejará fuera del próximo partido. —Me detuve y me volví lentamente.
—No puede hacer eso.
—Puede. Y lo hará.
—Soy el capitán.
—En este momento, eres un atleta que casi se cae después de un contacto normal y que está ocultando una posible lesión.
—No estoy ocultando nada.
—Perfecto. Entonces entra en la sala y demuéstralo.
Aquella palabra hizo que se me tensara la mandíbula.
Demuestra. Siempre era lo mismo.
Demuestra que podías soportarlo, que merecías el puesto, que no eras débil. Demuestra que el apellido Prescott no había sido desperdiciado contigo.
—Tienes cinco minutos —dije en cuanto entré en la sala.
—El tiempo lo determino yo. —Cerró la puerta y señaló la camilla.
—Quítate la sudadera y la camiseta.
—Puedes evaluarme por encima.
—No puedo.
—Entonces encuentra la manera.
—Zak.
El uso de mi nombre de pila fue un intento de parecer comprensivo y lo odié.
—¿Qué le pasó a tu hombro?
—Recibí un golpe.
—¿Hoy?
—Hoy empeoró.
—Entonces ya estaba lesionado antes del entrenamiento.
No respondí, pero esperó una respuesta.
—Quítate la ropa —repitió.
Me saqué la sudadera con la mano izquierda. La tela volvió a engancharse y una punzada me atravesó el cuello. Conseguí quitármela y la lancé sobre la camilla. Después vino la camiseta.
El fisioterapeuta miró el hematoma extendido cerca de la clavícula y su expresión cambió.
—Eso no ocurrió durante el entrenamiento.
—Ya dije que no.
—¿Qué pasó?
—Golpeé algo.
—¿Qué?
—El interior de un auto. —Levantó la mirada.
—¿Tuviste un accidente?
—No fue nada.
—Esa marca dice lo contrario.
—El auto quedó peor. —No se rio de mi broma.
—¿Buscaste atención médica?
—Estoy aquí.
—Esto no sustituye una evaluación después de una colisión.
Se acercó y presionó con los dedos alrededor de la articulación. Cuando llegó a la zona cercana a la clavícula, mis músculos se contrajeron.
—¿Te duele aquí?
—No.
Volvió a presionar y el dolor me consumió.
—Tu capacidad para mentir empeora cuando estás a punto de desmayarte.
—No estoy a punto de desmayarme.
—Levanta el brazo.
Obedecí. Conseguí elevarlo hasta un poco por debajo de la altura del hombro. Después de eso, algo pareció atascarse por dentro.
—Más.
—Es suficiente.
—Necesito comprobar el rango de movimiento.
—Y yo necesito jugar. —Forcé el brazo. El dolor descendió hasta la mano. Los dedos se me abrieron de forma involuntaria y el fisioterapeuta me sujetó la muñeca antes de que el brazo cayera.
—Basta. —Me aparté.
—Tú dijiste que lo levantara.
—Y ahora te estoy diciendo que necesitas hacerte pruebas.
—No voy a hacerlas.
—Puede ser una lesión, pero tampoco puedo descartar una fractura sin una prueba de imagen.
—No está roto.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque puedo moverlo.
—Eso no significa que no haya una lesión grave.
Tomé la camiseta.
—¿Terminamos?
—No. Quedas apartado de los entrenamientos hasta que te hagas las pruebas.
Me detuve.
—No estoy apartado de una mierda.
—Es una decisión médica.
—Ni siquiera sabes qué tengo.
—Exactamente. Hasta que lo sepamos, no vuelves al hielo.
Me puse la camiseta con dificultad.
—Tenemos un partido en pocos días.
—Lo sé.
—Mi padre y mi hermano estarán allí.
—Eso no cambia el estado de tu hombro. —Solté una risa amarga.
No tenía ni idea. Liam no asistía a uno de mis partidos desde hacía meses. Mi hermano estaba demasiado ocupado jugando en la NHL, acumulando contratos y ofreciéndole a nuestro padre todo lo que Richard Prescott esperaba de un hijo.
Ahora los dos estarían en las gradas y ¿yo me quedaría en el banquillo mientras Caleb ocupaba mi lugar? Ni de puta manera.
—Hazme un vendaje —ordené—. Dame algo para el dolor y autorízame a jugar.
—No funciona así.
—Todo funciona de alguna manera.
—¿Estás intentando amenazarme?
—Te estoy dando la oportunidad de resolver esto sin convertir una lesión en un problema mayor.
—La lesión ya es un problema.
—Para mí.
—Para el equipo también.
—El equipo necesita que juegue.
—El equipo necesita un capitán que no ponga en riesgo su propia carrera para alimentar su ego.
Me acerqué.
—Ten cuidado con lo que dices.
—Tu padre puede tener influencia sobre la universidad, pero no manda sobre mí.
—A todo el mundo le gusta creer eso.
El desprecio atravesó su rostro, era una expresión conocida. Las personas admiraban el poder del apellido Prescott hasta el momento en que yo lo utilizaba. Después, actuaban como si yo hubiera creado por mi cuenta el sistema que las hacía obedecer.
—Precisamente por eso crees que nunca tienes que enfrentarte a las consecuencias —dijo.
—No. Precisamente por eso sé que las consecuencias pueden negociarse. —Tomé la sudadera y salí antes de que respondiera.
Mi padre llamó antes de que llegara al estacionamiento y me quedé mirando su nombre en la pantalla hasta que la llamada estuvo a punto de terminar, pero respondí en el último instante.
—Has tardado en contestar —dijo Richard.
—Estaba entrenando.
—Tu entrenador me llamó.
Claro que lo había hecho.
—¿Y?
—Dijo que perdiste el control y agrediste a otro jugador.
—Fue una discusión.
—Mencionó un puñetazo.
—El hockey es un deporte de contacto.
—No intentes hacerte el gracioso. ¿El jugador era Caleb? —preguntó.
—Sí.
—El becado.
No era una pregunta.
—Sí.
—Liam comentó que algunos ojeadores están interesados en él.
Mis dedos apretaron el celular.
—Liam no sabe nada de nuestro equipo.
—Sabe reconocer el talento.
—Caleb tuvo suerte en algunos partidos.
—Tienes que resolver las cosas cuando alguien destaca más que tú.
—Él no destaca más que yo.
—Pareces sentirte amenazado.
—No lo estoy.
—Tu comportamiento dice lo contrario.
Crucé el estacionamiento hasta una zona más vacía.
—Solo fue una pelea.
—Eres el capitán. No puedes comportarte como cualquier jugador desechable.
—No volverá a pasar.
—Eso espero. Liam estará en el próximo partido.
—Ya lo dijiste.
—Reorganizó su agenda para verlo. No hagas que se arrepienta.
Solté una risa breve.
—No sabía que el partido era un homenaje para él.
—No empieces.
—Hablas como si tuviera que agradecer que mi hermano encontrara unas horas libres para recordar que existo.
El silencio se prolongó al otro lado.
—Liam tiene responsabilidades que tú todavía no eres capaz de comprender.
—Claro.
—Su carrera es muy importante.
—A diferencia de la mía, que solo sirve para ocupar mi tiempo hasta que decidas qué hacer conmigo.
—Si estás descontento con las oportunidades que has recibido, podemos hablar cuando llegue.
—No hay nada que hablar.
—Perfecto. Entonces haz tu trabajo, conserva el brazalete y evita otro escándalo.
Mi mirada bajó hasta el hombro.
—Lo conservaré.
—Eso espero.
Terminó la llamada y me quedé quieto, con el celular todavía junto al oído.
No hubo ni una sola pregunta sobre cómo estaba. El entrenador podía no haber mencionado la lesión o podía haberla mencionado y mi padre simplemente no la había considerado lo bastante importante como para preguntar.
Guardé el dispositivo en el bolsillo.
Jugaría, aunque tuviera que inmovilizarme el hombro hasta minutos antes del partido, aunque al día siguiente no pudiera levantar el brazo, aunque el dolor acompañara cada movimiento sobre el hielo.
No me quedaría en el banquillo mientras los ojeadores observaban a Caleb y Liam miraba desde las gradas. No le daría a mi padre otra razón para mirar a mi hermano y pensar que había invertido en el hijo correcto.
El resto de la mañana transcurrió entre una sucesión de llamadas ignoradas, hielo derritiéndose sobre mi hombro y pastillas que reducían el dolor apenas lo suficiente como para hacerme creer que todavía podría jugar.
No regresé a casa. Archie haría preguntas, Edgar volvería a llamar a su madre y ninguno de los dos aceptaría mi respuesta favorita: todo estaba bien porque yo había decidido que lo estaba.
Me quedé en la residencia de los deportistas hasta principios de la tarde, con el brazo apoyado sobre una almohada y el celular boca abajo. El fisioterapeuta envió dos mensajes recordándome que seguía apartado de los entrenamientos hasta que me hiciera las pruebas.
A las cuatro, el hombro parecía más rígido que antes, a las cuatro y diez, consideré no presentarme al proyecto, a las cuatro y cuarto, todavía estaba al otro lado del campus.
El trabajo no importaba. Una mala calificación no cambiaría mi vida y la idea de pasar una hora discutiendo temas académicos con Hannah parecía un castigo desproporcionado incluso para las mierdas que había hecho aquella semana.
Podía simplemente no ir y ella lo haría todo sola. Era exactamente el tipo de persona que asumiría la responsabilidad de otro con tal de asegurarse de que nada amenazara su expediente perfecto.
Tomé la mochila y fui hacia la biblioteca.
Llegué veinte minutos tarde, y no por accidente. Si Hannah quería trabajar conmigo, tendría que entender desde el principio que no reorganizaría mi vida por una asignatura que ni siquiera me interesaba.
La biblioteca estaba más llena de lo que esperaba. Varios grupos ocupaban las mesas principales, algunas personas susurraban cerca de las estanterías y el sonido de las teclas llenaba el silencio del lugar.
Encontré a Hannah en la zona más apartada. Estaba sola en una mesa cerca de la ventana, rodeada de libros, hojas impresas y marcadores de distintos colores. La computadora portátil seguía abierta delante de ella, mostrando un documento dividido en apartados.