Aunque sea mentira Capítulo 4
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Capítulo 4

Hannah Carter

Debería haber ido a ver el entrenamiento. Caleb me había invitado tres veces durante la semana y, después de rechazar las dos primeras alegando trabajos, lecturas y una cantidad inhumana de textos atrasados, prometí que aparecería aquella mañana.

Llegué temprano al edificio principal, compré un café y me dirigía hacia la arena después de hablar con el coordinador. Mi plan era sencillo: ver una parte del entrenamiento, saludarlo con la mano cuando notara mi presencia y marcharme antes de la primera clase.

Entonces me encontré con Zak Prescott, aunque no exactamente.

Lo vi. Cruzaba el campus unos metros delante de mí, mucho más temprano de lo que solía verlo por los pasillos.

Llevaba una sudadera negra, pantalones deportivos y cargaba una bolsa de entrenamiento en la mano izquierda.

Zak parecía más tenso de lo habitual. Sus pasos eran firmes, aunque un poco más lentos, y mantenía el hombro derecho rígido bajo la tela oscura.

Tal vez simplemente estaba cansado después de haber pasado la noche en alguna fiesta y todavía sentía los efectos de las pésimas decisiones que hombres como él podían tomar sin miedo a las consecuencias.

No era asunto mío, aun así, disminuí el paso. Zak no me vio. Continuó hacia la arena sin mirar a los lados, parecía que el resto del campus no merecía su atención.

Era ridículo permitir que su presencia alterara mis planes.

No tenía motivos para evitarlo. No haríamos el entrenamiento juntos, yo estaría en las gradas, él sobre el hielo, y probablemente ni siquiera notaría que estaba allí, pero la idea de entrar en aquel lugar y pasar más de una hora observándolo hizo que se me encogiera el estómago.

Zak podía pensar que lo seguía. Peor aún, podía creer que me interesaba verlo jugar.

Me detuve en mitad del camino.

—Esto es absurdo —murmuré.

Una estudiante pasó junto a mí y me lanzó una mirada curiosa. La ignoré.

Miré la arena a lo lejos. Zak ya había desaparecido por la entrada reservada a los deportistas.

Podía seguir caminando, ocupar un lugar discreto y cumplir la promesa que le había hecho a Caleb, pero, en vez de eso, me dirigí hacia la biblioteca.

Le enviaría un mensaje a mi hermano después.

Inventaría una lectura atrasada, un trabajo urgente o cualquier otra excusa académica que sonara lo bastante importante como para justificar mi ausencia.

Caleb se quejaría y después se olvidaría. Al menos eso esperaba.

Dos horas después, había leído la misma página cinco veces sin comprender una sola frase. Cerré el libro y miré el reloj de la pared. El entrenamiento ya debía estar terminando.

Tomé el celular y encontré tres mensajes de Caleb.

Caleb: ¿Dónde estás?

Caleb: Pensé que vendrías.

Caleb: Traidora.

Me mordí el interior de la mejilla antes de responder.

Yo: Surgió un trabajo. Estoy en la biblioteca.

La mentira era pequeña. Casi inofensiva, aun así, apareció la culpa.

Caleb leyó el mensaje y no respondió.

Guardé mis cosas, salí de la biblioteca y fui hacia la arena. No había visto el entrenamiento, pero podía encontrarme con él a la salida y compensarlo invitándolo a desayunar.

Cuando llegué, algunos estudiantes ya estaban dejando las gradas.

Dos chicos pasaron comentando algún altercado ocurrido durante el entrenamiento, pero hablaban demasiado bajo para que pudiera entender los detalles.

Me detuve cerca de la entrada principal y busqué a Caleb entre los jugadores que salían cargando bolsas deportivas, pero él no aparecía.

Le envié otro mensaje.

Yo: Te estoy esperando frente a la arena.

Esta vez, ni siquiera lo leyó.

Me senté en uno de los bancos y observé el movimiento a mi alrededor.

Pasaron cinco minutos, luego otros diez y mi preocupación aumentaba cada vez que la puerta se abría y Caleb no aparecía.

Con él y Zak en el mismo equipo, un altercado podía significar cualquier cosa entre una discusión estúpida y un intento de homicidio.

Cuando empecé a plantearme entrar en la arena para buscarlo, la puerta lateral volvió a abrirse y Caleb por fin apareció. Llevaba la gorra baja sobre la frente, la bolsa colgaba de uno de sus hombros y tenía un corte evidente en el labio.

Me levanté de inmediato.

—¿Qué te pasó?

Caleb se detuvo frente a mí.

—Buenos días para ti también.

—Te está sangrando el labio.

Se pasó la lengua por el corte e hizo una mueca.

—Ya dejó de sangrar.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Entrenamiento de hockey.

—¿Ahora entrenan usando los puños?

—Es una modalidad nueva.

Me acerqué y le sujeté el mentón, girándole el rostro para verlo mejor. Había una pequeña hinchazón cerca de la boca y una mancha rojiza en un lado de la mandíbula.

—Caleb.

—Estoy bien.

—¿Quién te hizo esto?

Soltó un suspiro exagerado.

—¿No se suponía que debías estar dentro de la arena?

—Estaba yendo.

—¿Y por qué cambiaste de opinión?

Solté su rostro y crucé los brazos.

—Me encontré con Zak en el camino.

La expresión de Caleb cambió de inmediato.

—¿Te hizo algo?

—No, solo lo vi.

—Hannah.

Desde la muerte de nuestros padres, Caleb había asumido una responsabilidad que nadie le había dado: impedir que algo malo volviera a alcanzarme.

No importaba que nuestros tíos nos hubieran acogido, cuidado y reconstruido un hogar alrededor de dos niños rotos.

Caleb seguía actuando de forma sobreprotectora, vigilando el mundo entero para que yo no volviera a perder a nadie.

A veces era reconfortante, pero la mayoría de las veces resultaba asfixiante.

—Vamos a ser compañeros en un proyecto —expliqué.

Me miró fijamente.

—¿Tú y Zak?

—Por desgracia.

—Cambia de compañero.

Dejé escapar una risa sin humor.

—Impresionante.

—¿Qué?

—Él dijo exactamente lo mismo.

—Entonces, por primera vez en su vida, Prescott tuvo una idea inteligente.

—Ya se lo pedí al profesor y al coordinador. Se negaron.

Caleb se acomodó la bolsa en el hombro.

—Yo puedo hablar con él.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque no necesito que mi hermano irrumpa en el despacho de un profesor para resolverme un trabajo universitario.

—No voy a irrumpir.

—Vas a entrar con esa cara de querer partir a alguien por la mitad y fingir que solo estás conversando.

—Funciona la mayoría de las veces.

—Conmigo, no.

Caleb volvió a pasarse la lengua por el corte.

—¿Qué te dijo Zak para que desistieras de ver el entrenamiento?

Miré la arena detrás de él.

—No fue importante.

—Entonces dímelo.

—Dijo que no trabaja con becados.

La mandíbula de Caleb se contrajo.

—¿Te dijo eso en la cara?

—Sí.

—¿Delante de otras personas?

—De todos los que estaban en el aula.

Dejó caer la bolsa al suelo.

—Voy a volver ahí dentro.

Lo sujeté del brazo antes de que diera el primer paso.

—No vas a hacerlo.

—Te humilló.

—Olvídalo.

Volvió a recoger la bolsa del suelo.

—No me gusta esto.

—A mí tampoco. Pero solo es un proyecto.

—Con Zak.

—Seguirá siendo solo un proyecto aunque repitas su nombre de forma amenazante.

Caleb miró el edificio y luego a mí.

—Mantente lejos de él fuera de clase.

—¿Me estás dando una orden?

—Te lo estoy pidiendo.

—Parece una orden.

—Es una petición hecha por alguien que conoce a Prescott mejor que tú.

—¿Lo conoces tan bien que terminaste el entrenamiento con el labio partido?

Volví a mirarlo fijamente.

—Fue él, ¿verdad?

Caleb no respondió.

—Te peleaste con Zak.

—Él empezó.

—¿Cuántos años tienes?

—Los suficientes para saber cuándo alguien se merece un puñetazo.

—¿Y se lo merecía?

—Mucho.

—Eso no significa que tuvieras que golpearlo.

Caleb apartó la mirada.

—Técnicamente, él me golpeó a mí.

—Son dos idiotas.

—No me compares con él.

—En este momento me cuesta encontrar las diferencias.

—Yo soy más guapo.

—Tu labio está empezando a hincharse.

—Sigo siendo más guapo.

—Ponte esto en la boca.

Empezamos a caminar hacia la cafetería. Caleb iba más despacio de lo habitual, pero no parecía herido en ninguna otra parte.

—¿Por qué empezaron a pelear? —pregunté.

—Por lo de siempre.

—¿Los egos de los dos no caben en la misma pista?

—Yo estaba jugando mejor.

—¿Y eso hirió sus sentimientos?

—Zak no tiene sentimientos.

—Todo el mundo tiene sentimientos.

—Él debe de haber vendido los suyos para comprarse otra chaqueta negra.

Intenté no reírme, pero fracasé.

—Eso fue gracioso.

—Soy gracioso todo el tiempo.

—No exageres.

La cafetería estaba casi vacía. Elegimos una mesa alejada de la entrada y Caleb dejó la bolsa en el suelo antes de sentarse. Fui hasta el mostrador, tomé servilletas, hielo y otro café. Cuando regresé, estaba escribiendo algo en el celular.

—Dame eso.

Le entregué la servilleta con hielo.

—Póntelo.

Obedeció, presionando la servilleta contra el labio.

Me senté frente a él.

—¿El entrenador vio la pelea?

—La detuvo.

—¿Y los castigaron?

—A Zak lo expulsaron del entrenamiento.

Levanté las cejas.

—¿Expulsaron al capitán?

—No ocultes tu satisfacción.

—No estoy satisfecha.

—Un poco sí.

—Tal vez un poco.

Caleb soltó una risa, pero hizo una mueca cuando el movimiento tiró del corte.

—Hoy estaba raro —comentó.

—Zak siempre parece raro.

—Diferente.

—¿Cómo?

—Protegiéndose el hombro derecho. Evitando el contacto. Usando más la mano izquierda.

—¿Está lesionado?

—Probablemente.

—¿Y aun así entrenó?

Caleb me lanzó una mirada.

—Pareces preocupada.

—No lo estoy.

—Lo pareció.

—Solo pregunté.

—Y yo respondí.

—Acabas de decir «probablemente».

—Porque él lo negó.

—Tal vez no esté lesionado.

—Lo está. —Caleb se recostó en la silla—. Cuando golpeé su hombro, casi se cayó.

—¿Golpeaste donde sabías que le dolía?

—No lo sabía antes.

—¿Y después?

Guardó silencio.

—Caleb.

—Fue durante el ejercicio.

—Eso no parece una respuesta.

—Estaba intentando fingir que se encontraba bien. Me di cuenta y se lo dije. Después perdió el control.

—Entonces lo provocaste.

—Solo dije la verdad.

—En tu idioma, eso significa provocación.

Se apartó el hielo de la boca.

—No empieces a defenderlo.

—No lo estoy defendiendo. Solo intento entender por qué mi hermano salió de un entrenamiento con la cara lastimada.

—Porque el capitán del equipo es un imbécil.

—Eso ya lo sabía.

Mi celular vibró sobre la mesa.

Una notificación de la plataforma académica apareció en la pantalla.

Proyecto semestral — primera etapa disponible. Fecha límite: viernes.

Abrí el aviso. Teníamos que enviar el tema, los objetivos de la investigación y la división de responsabilidades.

—¿Qué pasa? —preguntó Caleb.

—La primera entrega del proyecto es el viernes.

—Hazla sola.

Levanté la mirada.

—No voy a hacerla sola.

—Zak no va a hacer nada.

—Entonces sacará una mala calificación conmigo.

—Tú no harías eso.

—Tal vez sí.

Caleb se rio.

—Pasaste la mitad de la adolescencia llorando cuando sacabas menos de nueve.

—Yo no lloraba.

—Te encerrabas en el baño.

—Para estar sola.

—Mientras llorabas.

—No es relevante.

Apoyó los codos sobre la mesa.

—Sabes que va a intentar cargarte todo el trabajo.

—Lo sé.

—Y vas a terminar haciéndolo.

—No.

—Hannah.

—Sé defenderme.

Caleb me observó durante unos segundos.

—Deja de actuar como si tuvieras que aceptar todo solo porque conseguiste una beca.

La frase golpeó una zona demasiado sensible y desvié los ojos hacia la pantalla.

—No estoy aceptándolo todo.

—Vives intentando no molestar a nadie.

—Porque nosotros no podemos equivocarnos como esa gente, Caleb.

—¿Quiénes son «esa gente»?

—Zak, Archie, todos los estudiantes que tienen familias capaces de hacer desaparecer un problema. Si ellos reprueban una asignatura, vuelven a pagarla. Si yo repruebo, puedo perder la beca. Si ellos se pelean, reciben una advertencia. Si tú te peleas, puedes perder tu puesto en el equipo.

Su expresión se cerró.

—Lo sé.

—Entonces empieza a actuar como si lo supieras.

Caleb bajó el hielo.

—Solo no quiero que tires por la borda todo aquello por lo que has trabajado —añadí en voz más baja—. Nuestros tíos renunciaron a muchas cosas para que llegáramos hasta aquí.

—No voy a perder la beca.

—Hoy te peleaste con el capitán.

—Él me dio un puñetazo.

—A la universidad no le va a importar quién empezó cuando aparezca su padre.

Caleb se pasó una mano por el cabello.

—El entrenador no llevará esto más lejos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no es la primera vez que alguien se pelea durante un entrenamiento.

—Pero es la primera vez que te peleas con alguien cuyo apellido financia la mitad de los eventos deportivos de Montlake.

No respondió y fue suficiente para saber que comprendía el riesgo.

Extendí la mano sobre la mesa y apreté la suya.

—Entonces prométeme que no irás tras él por lo que pasó conmigo.

—Hannah…

—Promételo.

Soltó el aire lentamente.

—No iré tras él por lo del proyecto.

—Ni por lo que dijo.

—¿Eso está incluido en el proyecto?

—Caleb.

—Está bien. Lo prometo.

—Gracias.

—Pero, si te toca…

—No va a tocarme. Y si lo hace, yo misma le romperé los dedos.

Una sonrisa orgullosa apareció en su rostro.

—Ahora sí pareces mi hermana.

Solté su mano.

—Por desgracia.

Tomé el celular y abrí el contacto de Zak en la plataforma de la universidad. Mi dedo permaneció sobre la pantalla.

—¿Vas a escribirle? —preguntó Caleb.

—Necesito concertar una reunión.

—¿Ahora?

—Cuanto antes resolvamos esto, antes dejaré de depender de él.

Escribí:

Tenemos que definir la primera etapa del proyecto. Puedo estar en la biblioteca hoy a las cinco.

Lo leí dos veces y lo borré.

—¿Te da miedo mandarle un mensaje?

—Estoy eligiendo las palabras.

—Escribe: «Haz tu parte, imbécil elitista».

—Muy académico.

Volví a escribir:

La primera etapa del proyecto debe entregarse el viernes. Tenemos que definir el tema y dividir las tareas. Estaré en la biblioteca a las cinco.

Lo envié antes de cambiar de opinión y Zak lo leyó casi de inmediato, pero no respondió. Dejé el celular sobre la mesa.

—Va a ignorarte —afirmó Caleb.

—Espera.

Pasaron unos minutos y el dispositivo vibró.

Zak: Cinco y media.

Le mostré la pantalla a mi hermano.

—Resuelto —dije.

—No te quedes sola con él.

—Es una biblioteca, Caleb.

—La gente hace cosas raras en las bibliotecas.

—Ves demasiada pornografía.

—No estaba hablando de eso.

Me miró con falsa indignación. Me levanté y tomé mi bolso.

—Tengo que ir a clase.

—Y yo tengo que ducharme.

—¿Saliste del entrenamiento sin ducharte?

—Tenía prisa.

—Por eso apestas.

—Gracias.

Me incliné y besé la parte superior de su cabeza.

—Ponte más hielo en ese labio.

—Sí, mamá.

Me detuve y Caleb se dio cuenta en el mismo instante. La palabra se le había escapado sin intención, pero permaneció entre nosotros demasiado tiempo. Bajó la mirada y yo forcé una sonrisa.

—Nuestra madre te habría puesto hielo y después te habría golpeado por meterte en una pelea.

—Probablemente.

—Y nuestro padre habría preguntado si ganaste.

—Sin duda.

Durante unos segundos compartimos el mismo recuerdo, Caleb tomó mi mano y apretó mis dedos.

—Todo va a estar bien.

No sabía si hablaba del proyecto, de la pelea o de la ausencia que todavía cargábamos después de tantos años.

Asentí.

—Vete.

Solté su mano y me alejé. Al salir de la cafetería, abrí de nuevo la conversación con Zak. Había aceptado demasiado rápido y eso era preocupante.