Aunque sea mentira Capítulo 3
4%

Capítulo 3

Zak Prescott

El dolor empeoró durante la noche, en el instante en que intenté ponerme la camiseta y mi hombro respondió con una punzada tan fuerte que tuve que apoyar una mano en la pared para no perder el equilibrio. Me quedé inmóvil, respirando entre dientes, hasta que la sensación disminuyó.

El vendaje que había hecho la madre de Edgar todavía cubría parte de mi hombro y del brazo.

Según ella, debía pasar el día descansando, evitar cualquier movimiento brusco y acudir a un médico si el dolor aumentaba.

Hice exactamente lo contrario, el entrenamiento empezaría a las ocho y yo estaría allí antes que todos.

Tomé el antiinflamatorio que había dejado sobre la cómoda, me tragué dos pastillas sin comer nada y me puse una sudadera amplia para ocultar el vendaje.

Cuando llegué al vestuario, todavía estaba vacío: los bancos alineados, los casilleros abiertos, los uniformes colgados y el símbolo de Montlake estampado en el centro del suelo.

Aquel lugar siempre me había parecido más honesto que cualquier otro rincón de la universidad.

Sobre el hielo, a nadie le importaban los discursos ni las buenas intenciones.

Tenías que ser lo bastante rápido porque, si no lo eras, tendrías que soportar el impacto y caer.

Ganabas o veías cómo otro hombre ocupaba tu lugar.

Me senté frente al casillero y me quité la sudadera con cuidado. El vendaje seguía firme, pero una mancha violácea empezaba a extenderse cerca de la clavícula.

—Mierda.

Presioné los dedos alrededor del hematoma. El dolor aumentó de inmediato.

Me quité el vendaje y lo escondí en el fondo de la mochila. Si el fisioterapeuta del equipo notaba algo, el entrenador se enteraría incluso antes de que me pusiera los patines.

Empecé a colocarme el equipo.

El pantalón no fue un problema. Las protecciones de las piernas tampoco. Pero cuando llegó el turno de las hombreras, tuve que detenerme dos veces.

Levantar el brazo parecía tirar de algo dentro de la articulación. Cerré los ojos, forcé el movimiento y el dolor casi me hizo gritar.

—Joder.

—¿Hablando solo tan temprano?

La voz de Caleb surgió detrás de mí. Entró en el vestuario con la bolsa de entrenamiento colgada de un hombro, el cabello todavía húmedo y una expresión de buen humor.

—No sabía que los recolectores de basura se levantaban antes del amanecer —dije.

Caleb dejó la bolsa frente a su casillero.

—No sabía que los príncipes mimados podían vestirse solos sin ayuda.

—Algunos aprendemos habilidades básicas.

—Debió de ser una semana productiva para ti.

Ignoré la provocación e intenté ajustar la protección. El movimiento hizo que mi brazo fallara durante un segundo, Caleb se dio cuenta y su mirada bajó hasta mi hombro.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Parece que ese nada te impide levantar el brazo.

—Preocúpate por tu propia vida.

—Mi vida sería mucho más fácil si no fueras el capitán de mi equipo.

Solté una risa breve.

—¿Tu equipo?

—Nuestro equipo —corrigió, abriendo el casillero—. Aunque, por los últimos partidos, quizá el entrenador esté empezando a considerar la primera opción.

Se me tensó la mandíbula.

Caleb se quitó la camiseta y empezó a cambiarse como si no acabara de insinuar que podía quitarme mi puesto.

—Marcar unos cuantos puntos no te convierte en capitán.

—No. Pero jugar bien ayuda.

—Ten cuidado con lo que dices.

Me miró.

—Claro, no olvido que tu apellido pesa más que el mérito.

Antes de que pudiera responder, otros jugadores empezaron a entrar al vestuario. Las voces llenaron el ambiente, acompañadas por el sonido de las bolsas cayendo al suelo y los casilleros abriéndose.

Caleb apartó la mirada, se sentó y yo también desvié la atención, no porque la conversación hubiera terminado, sino porque no le daría el placer de verme perder el control delante del equipo.

El fisioterapeuta entró unos minutos después con una carpeta en la mano.

—¿Alguna lesión nueva? ¿Algún dolor fuera de lo normal? —preguntó, como hacía antes de todos los entrenamientos.

Nadie respondió. Recorrió al grupo con la mirada hasta detenerse en mí.

—¿Prescott?

—Estoy perfecto.

La mentira salió sin vacilar.

—Me dijeron que ayer no fuiste a la sesión de recuperación muscular.

—Tenía un compromiso.

—¿Alguna molestia después del último partido?

Moví el hombro solo lo suficiente para que pareciera natural.

—Ninguna.

Caleb me observaba desde el otro lado del vestuario. Aparté los ojos antes de que pudiera encontrar algo en mi rostro.

El entrenador entró poco después y todas las conversaciones disminuyeron.

—En la pista en cinco minutos. —Me señaló—. Prescott, quiero hablar contigo después.

—¿Sobre qué?

—Después.

Salió antes de que pudiera insistir, Caleb se puso el casco y pasó junto a mí.

—Parece que han convocado al príncipe al trono.

—Vete a la mierda.

—Después del entrenamiento. Primero tengo que quitarte el puesto.

Lo sujeté del brazo antes de que se alejara, usé la mano izquierda y mantuve inmóvil el hombro lesionado.

—No vas a quitarme nada.

Su sonrisa desapareció.

—No necesito quitártelo. Estás haciendo un excelente trabajo perdiéndolo tú solo.

Lo solté con fuerza y Caleb siguió hasta la pista sin mirar atrás.

Ni de puta manera iba a perder mi puesto por un becado que ni siquiera tiene dónde vivir.

El primer contacto de los patines con el hielo siempre silenciaba algo dentro de mí. El frío atravesaba las protecciones, el aire quemaba los pulmones y el sonido de las cuchillas contra la superficie ahogaba todo lo demás.

Mi padre, Liam, durante unos segundos, nada existía más allá de la velocidad.

Di la primera vuelta a la pista sin dificultad. En la segunda, aumenté el ritmo. El hombro palpitaba con cada movimiento, pero el antiinflamatorio empezaba a disminuir las punzadas más intensas.

Podía hacerlo, solo tenía que mantener el brazo cerca del cuerpo y evitar choques directos. Una idea brillante para alguien que jugaba al hockey.

—¡Parejas! —gritó el entrenador.

Los jugadores se organizaron para el ejercicio de pases. Caleb vino hacia mi lado antes de que pudiera elegir a otra persona.

—No te emociones —dijo—. Fue orden del entrenador.

—Debe de querer que aprendas algo.

—Tal vez quiera descubrir si todavía puedes seguir el ritmo.

Agarré la crosse con las dos manos y mi hombro protestó.

—Pasa el puto disco.

Caleb obedeció. Recibí el pase, giré y se lo devolví. La primera secuencia fue sencilla. En la segunda, tuve que extender el brazo un poco más. Una punzada me recorrió el hombro, pero mantuve el movimiento. En la tercera, el disco se me escapó y Caleb lo recuperó antes de que cruzara la línea.

—¿Estás bien? —preguntó.

Esta vez no había provocación en su tono y eso me irritó todavía más.

—¿Estás preocupado por mí?

—Estoy preocupado por el equipo.

—Entonces haz tu parte y cierra la boca.

Continuamos y, con cada pase, la articulación parecía más inestable. La crosse pesaba cada vez más y los dedos empezaron a hormiguearme. Una de las señales sobre las que me había advertido la madre de Edgar, pero la ignoré y el entrenador hizo sonar el silbato.

—¡Ejercicio de contacto! ¡Quiero intensidad de partido!

Los jugadores se dividieron. Caleb quedó en el lado contrario.

El ejercicio empezó con una disputa por el disco junto a la banda.

Conseguí llegar primero, pero Caleb apareció justo detrás.

Golpeó mi cuerpo de lado, no fue un choque especialmente fuerte, pero el impacto dio exactamente en el hombro lesionado y el dolor borró el resto del mundo durante un segundo.

La visión se me oscureció, el brazo perdió fuerza y la crosse casi se me escapó de la mano. Me apoyé en la banda para no caer.

—¿Zak? —llamó Caleb.

El entrenador hizo sonar el silbato.

—Prescott, ¿estás esperando una invitación?

Las voces regresaron de golpe.

Me aparté de la banda y agarré la crosse con más fuerza.

—Estoy bien.

Caleb siguió observándome.

—Eso no parece estar bien.

—Juega.

El ejercicio se reanudó y, esta vez, fui tras él. Caleb recibió el disco y avanzó por el centro de la pista. Podría haber intentado quitárselo.

Podría haber acompañado su velocidad y esperado una oportunidad, pero, en lugar de eso, aceleré y lo golpeé con toda la fuerza del lado sano. Su cuerpo chocó contra la banda y el disco salió despedido. El silbato sonó inmediatamente.

—¿Qué mierda fue eso? —gritó Caleb, girándose hacia mí.

—Contacto de partido.

—El ejercicio había terminado antes del golpe.

—Entonces aprende a prestar atención.

Vino hacia mí. Los otros jugadores redujeron el ritmo, formando un círculo discreto a nuestro alrededor. A nadie le gustaba admitirlo, pero todos disfrutaban viendo cómo el capitán y el becado decidían medir fuerzas.

—¿Qué intentas demostrar? —preguntó Caleb.

—Que todavía no estás preparado para jugar con los adultos.

—¿O intentas ocultar que no puedes mover el brazo?

Se me heló la sangre.

—No sabes de qué hablas.

—Sé que llevas protegiendo ese hombro desde que entraste al vestuario.

Me acerqué hasta que nuestros cascos casi se tocaron.

—Di una palabra más y haré que te tragues los dientes.

—Hazlo. —Caleb abrió los brazos—. Al menos tendrás una excusa para no terminar el entrenamiento.

Lo empujé y él me devolvió el empujón. Mi hombro recibió otro impacto y el dolor se volvió insoportable. Reaccioné antes de pensar. Solté la crosse y le golpeé la cara con la mano izquierda.

El golpe le hizo girar la cabeza, todo el vestuario estalló en gritos, aunque estábamos en medio de la pista.

Caleb avanzó, dos jugadores intentaron sujetarlo y otros me apartaron a mí.

—¡Basta! —rugió el entrenador, metiéndose en medio del caos—. Prescott, sal de la pista.

—Él empezó.

—¡He dicho que salgas!

—No voy a abandonar el entrenamiento por culpa de este imbécil.

El entrenador se arrancó el silbato del cuello.

—No estás abandonando nada. Estás expulsado.

Las palabras provocaron un silencio inmediato, nadie expulsaba al capitán de un entrenamiento. Mucho menos delante de todo el equipo.

Me quité el casco y lo arrojé al suelo.

—¿Hablas en serio?

—Al vestuario. Ahora.

Miré a Caleb, se le estaba formando un pequeño corte en el labio, pero su expresión no mostraba victoria.

Recogí el casco y salí de la pista antes de que todos se dieran cuenta de cuánto me temblaba el brazo.

Tardé casi cinco minutos en quitarme las protecciones, no por cuidado, sino porque mi hombro no obedecía. Me senté en el banco, incliné el cuerpo hacia delante y respiré lentamente mientras el sudor me corría por el rostro.

La puerta del vestuario se abrió, el entrenador entró y la cerró detrás de él.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Deja de tratarme como si fuera idiota.

—Caleb estaba provocando.

—Caleb siempre provoca. Tú siempre provocas. Esa dinámica ridícula existe desde el comienzo de la temporada.

Empecé a quitarme la cinta de las muñecas.

—No sé qué quieres que diga.

—Quiero que me digas por qué no puedes levantar el brazo derecho.

Me detuve y el silencio respondió antes que yo.

El entrenador se acercó.

—Quítate la camiseta.

—No.

—No era una petición.

—Estoy bien.

—Casi te caes después de un contacto básico.

—Perdí el equilibrio.

—Y llevas usando solo la mano izquierda desde que entraste aquí.

Lo miré.

—¿Vas a dejarme en el banquillo?

—Depende de lo que haya pasado.

—Entonces no ha pasado nada.

Soltó el aire con fuerza y se pasó una mano por el rostro.

—Habrá ojeadores en el próximo partido.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—¿Para quién?

—Para el equipo. Están siguiendo a Caleb.

Su nombre me golpeó la cabeza con más fuerza de la que debería.

—¿Caleb?

—Su rendimiento ha llamado la atención.

—Ha tenido dos buenos partidos.

—Ha tenido una temporada constante.

—Yo soy el capitán.

—Y nadie está cuestionando tu brazalete.

—Todavía.

El entrenador guardó silencio y eso fue suficiente.

Me puse de pie.

—Voy a jugar.

—Zak…

—No me importa quién esté mirando. Voy a salir a esa pista y voy a demostrar por qué el equipo es mío.

—Esa actitud es exactamente lo que está poniendo en riesgo tu posición.

—¿Mi actitud?

—Te preocupa más derrotar a Caleb que liderar al equipo.

La rabia me subió por la garganta.

—Él no estaría aquí si yo no lo hubiera permitido.

—Tú no permitiste nada. Caleb se ganó la beca y su puesto.

—Eso es lo que a todos les gusta repetir.

—Porque es verdad.

Mi celular empezó a vibrar, miré la pantalla.

Papá.

El entrenador también vio el nombre.

—Contesta. Tal vez él consiga hacerte entrar en razón.

Solté una risa amarga.

—No conoces a mi padre.

Rechacé la llamada.

—Lo conozco lo suficiente para saber que se pondrá furioso cuando descubra que estás lesionado.

Volví a mirarlo.

—No estoy lesionado.

—Entonces demuéstralo. Hazte una evaluación con el fisioterapeuta. Si te da el alta, entrenas mañana. Si no, te quedarás fuera hasta que estés recuperado.

—¿Y el partido?

—Se decidirá después de la evaluación.

—No voy a perderme ese partido.

—En ese caso, deberías haber pensado en eso antes de ocultar lo que pasó.

El entrenador abrió la puerta.

—Quedas fuera por el resto del día.

Salió, dejándome solo.

El celular volvió a vibrar y, esta vez, mi padre envió un mensaje.

Papá: Liam consiguió entradas para su partido. Estaremos allí. No me avergüences.

Lo leí dos veces y luego lancé el teléfono contra el banco.

Mi hermano estaría en el próximo partido, mi padre también, Caleb sería observado por ojeadores y yo quizá ni siquiera pudiera pisar la pista.