Aunque se acabe el mundo Capítulo 46. Diana
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Capítulo 46. Diana

Cristo lleva dos meses sin limpiar este uniforme.

Lo sé porque cuando cierro los ojos vuelvo siempre al mismo sitio: a un aula de primero de la ESO que Alma ha apodado como el Microclima.

Tela sintética caliente, rígida. Dormir plastificada en un maletero.

Le dije a Cristo que no hacía falta que me diera su chaqueta de la Guardia Civil, pero ya sabes cómo es, Laia.

Cuando escucha, más bien está planeando qué es lo siguiente que dirá.

Entramos en Sevilla hace tres días.

En Granada, las dos noches que pasamos en el centro médico, me suturaron la herida con ocho grapas y me dijeron que la mantuviese limpia de sudor.

Cristo hizo lo propio, que fue tratar de convencerme de que me recuperara con mis padres en el polideportivo; pero yo llevo ya tres días sudando esta chaqueta bajo el puente del Rectorado.

Hay una mujer que se acerca cada hora para comprobar que sigo viva, seguramente loca, y me ofrece una botella de agua.

Tenías razón: este foso de la tierra es el lugar más seguro de Sevilla.

Los bomberos han montado un refugio y sortean el muro con escaleras de incendios. En las tiendas en el extremo oeste, alguno aún alimenta a los gatos, porque es un espacio inaccesible para Ellos, aunque tampoco es que haya visto a ninguno desde que llegué. Sevilla está patrullada y vacía, en calma.

De pronto, parece que vigilamos una amenaza que nos hemos imaginado.

Pienso en todos Ellos ahora, en los de la estación, los enfermos del granero, en Mario Volkswagen, al que un día vi ser un niño. Blaz y el anciano de la gasolinera. Sara y los cuerpos en la playa.

Si tú no estás aquí, ¿eso qué significa? Que he llegado aquí y aquí no hay nada; un plan que a lo mejor nunca hemos hecho y destapar el espejismo de que no existe. Esto es un foso de tierra. Yo sigo siendo yo y nunca he sabido cómo encontrarte.

Lo vuelvo a ver todo en la pantalla de la cámara, buscando el giro en el que me equivoqué de salida: árboles de autopista y una tumba llena de hojas. La chica que le habla a los chicles pensando que lo oirás tú.

La mujer de la botella se acerca y echa un vistazo sobre mi hombro.

—Chiquilla —me dice—, pero ¿tú de dónde vienes?

—¿Eh?

—¿Dónde has estado tú?

—En Wurzbur… —balbuceo sorprendida, y es la primera vez que hablo hoy—. En Alemania. De Alemania de intercambio, en un Erasmus.

—Por Dios… Eso que tienes ahí debería ser un documental.

No duermo bajo la lona de otra carpa nueva. No duermo por si puedes pasar de largo.

Estoy sentada bajo un puente en un agujero y te imagino caer como una estrella, justo cuando no miro.

El cuerpo se me rinde en cabezadas sobre Alma, que durante el día se levanta y te busca en otros lugares.

Ha ido a la urbanización y a la casa de tu madre.

Le dije que se fuera a su casa con la suya, pero ya sabes cómo es: en tres horas, resolvió lo que sea y volvió afónica de gritarle a Halim.

Trajo una almohada y se sentó conmigo a esperarte como si esto no fuese una locura.

—El piso está cerrado —me retransmite—. He ido al aparcamiento y creo que no he visto el coche que me dices.

—Vale.

—¿Cómo era el coche?

—Citroën negro.

—A lo mejor lo he visto. No se veía un carajo en el aparcamiento de su madre.

—Vale.

—Cristo va a ir a ver a Cazalla. A lo mejor mañana, cuando le den la furgo… Pero aún no da tono el puto Movistar y aquí en el hoyo no da tono nada. Si mañana voy y le digo a tu padre…

—No.

—Diana, si le pregunto que…

—Va a sacarme de aquí —le repito—. Dame un día más. Falta un día.

No sé cuánto falta, pero estoy casi segura de que este es el tercero.

La chaqueta de Cristo es áspera y grande. Las grapas me escuecen una a una como un dedo escalando un teclado.

Sé que tengo que rendirme y limpiarme la infección que me late en la espalda, pero vuelvo a ver mi vida en una pantalla extraíble y se apaga este sol.

En un rato anochecerá y hará frío. Me encontrará junto a una nevera apagada de yogures.

Junto a un árbol, Alma amenaza a Cristo con que robará un coche y se irá, y esto es lo que he venido a hacer: esperarte, esperarte y esperarte.

Las pilas de la cámara se gastan al fin. Es como la culminación silenciosa de un milagro.

Durante un momento, espero a que se derrita entre mis manos y el mundo se acabe con un fundido, pero todo sigue. Miro el cielo y está extraño, aunque ya no me asusta. Si te he perdido, Laia, el cielo puede hacer lo que le dé la gana.

Me pongo en pie con las piernas entumecidas. Me paseo hasta el otro lado del muro y agarro la mochila y la botella de agua. La abro mientras contemplo el foso, pero el tapón se me cae de las manos y tengo que agacharme para…

¿Qué?

Un grafiti.

Hay algo blanco y recto dibujado en el suelo.

Lo destapo de debajo de los restos de huellas. Sigo su forma con las manos sucias. Es una mancha de pintura desdibujada, casi fresca, a la que le ha llovido encima. Cuando vuelvo a ponerme en pie, me descubro en el centro de ella: una «X» gigantesca pintada bajo el puente.

La cúpula late.

De repente, un zumbido de enjambre en un canalón. Una vibración en la base de las orejas. El ruido empieza mientras retrocedo y miro la pintada, luego las voces. Hay gente que exclama algo junto a las tiendas de campaña de los bomberos.

El foso se altera entonces y cambia de luz. No, es el foco del cielo: el mundo parpadea en azul como si estuviésemos bajo el agua.

Yo me giro, confundida, y veo una escalera de incendios tambalearse.

Un par de personas bajan y otras les ordenan desde arriba.

Alguien exclama y alguien se queja; alguien huye de la mujer y recorre el foso escaneándolo con la mirada, y tiene un peto vaquero roto en las rodillas, y cuando me encuentra con los ojos y se aparta el pelo

eres tú.